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History academy - Capítulo 27

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Capítulo 27: Invocación divina

Rigor apoyó una mano contra unas cajas deformadas para no desplomarse. El metal crujió bajo la presión de sus dedos mientras su peso recaía sobre ellas. Su respiración se volvió pesada y desigual; soltó un suspiro áspero, cargado de dolor, consecuencia directa del golpe que aún le quemaba desde el estómago hasta el pecho. Cada inhalación le recordaba el impacto.

Alzó la mirada con dificultad. El entorno se le presentaba distorsionado, como si el mundo estuviera cubierto por una capa de niebla inestable. Las luces del hangar se duplicaban, los contornos se deshacían y volvían a formarse. Parpadeó varias veces, intentando forzar a su vista a obedecerle, pero el mareo persistía. El suelo parecía inclinarse bajo sus pies, y por un instante tuvo la sensación de que, si soltaba las cajas, todo daría vueltas.

—¿A dónde mierda me lanzaron…? —murmuró con la voz ronca, más para sí mismo que para alguien más.

Giró lentamente la cabeza, evaluando el lugar. Contenedores destrozados, estructuras dobladas y restos de metal esparcidos por todas partes daban testimonio de su aterrizaje violento. Apretó la mandíbula, notando el sabor metálico de la sangre que aún no desaparecía del todo. Su cuerpo le pedía descanso, pero su mente seguía alerta, consciente de que el combate no había terminado. Aunque su visión seguía borrosa, Rigor se obligó a enderezarse un poco más, preparándose para lo que fuera a venir.

Mientras tanto Draok avanzó prácticamente corriendo, pero su movimiento no era común: cada zancada parecía separada por un segundo exacto, como si el mundo se detuviera brevemente entre paso y paso. Era una técnica rara, una habilidad que solo unos pocos dragones humanoides dominaban, un desplazamiento que convertía la velocidad en algo casi cinematográfico. El aire se comprimía a su alrededor cada vez que su pie tocaba el suelo.

A su lado, Yoraza Ustra y Trogter lo siguieron sin dudar. Mientras corrían juntos, un recuerdo breve, pero profundo, cruzó por sus mentes. Se vieron a sí mismos siendo niños, sentados en algún lugar olvidado del pasado, hablando de sueños demasiado grandes para su edad. Querían conquistar un país, controlar la política, moldear el mundo a su antojo. Un sueño infantil, sí… pero genuino. En ese entonces también se habían prometido algo más importante: una amistad que no se rompería. Se abrazaron en aquel recuerdo, sin saber en qué monstruos o leyendas se convertirían.

Ahora, los tres avanzaban a la par. El suelo temblaba bajo sus pasos, como si un tren atravesara el lugar a toda velocidad. Sus miradas se sincronizaron y una sonrisa se dibujó en sus rostros. Miles de recuerdos se mezclaban mientras corrían: amor torcido, comprensión nacida del crimen, lealtad forjada en sangre y mafia. Yoraza Ustra recordaba la voz de su familia diciéndole que el veneno era la mejor forma de atacar, incluso si el objetivo era la propia sangre. Trogter evocaba su hogar, donde la fuerza lo era todo y el débil no tenía derecho a existir. En el caso de Draok, su pasado era más simple, casi puro… pero lo impulsaba una promesa: volverse aquello que juró junto a sus amigos, conquistar un país y ser los mejores.

Frente a ellos, la invocación Hagrold dio unos pasos. Su rueda energética permanecía inmóvil, silenciosa, inquietante. Sus movimientos eran demasiado simples, casi básicos para una entidad de su nivel. Pero esa simplicidad era engañosa. De pronto, aceleró. Sus piernas comenzaron a moverse una tras otra, alcanzando una velocidad comparable al propio sonido, superándolo en instantes, como si el estruendo llegara después del movimiento.

Hagrold lanzó un golpe directo al estómago de Draok. El impacto resonó como un trueno contenido. Antes de que el dragón pudiera reaccionar por completo, Yoraza Ustra y Trogter saltaron al mismo tiempo, coordinados, y golpearon la mandíbula de la invocación con precisión brutal, obligándolo a retroceder varios metros.

El aire vibró cuando Hagrold rugió. No fue un sonido común, sino una onda profunda que sacudió el entorno, como si el mismo espacio reaccionara a su furia recién despertada.

El entorno vibró con ese rugido. La onda expansiva de Hagrold recorrió el puerto como una tormenta invisible, reventando ventanas, doblando estructuras metálicas y arrancando trozos de madera y óxido de los muelles. Rigor, aún apoyado en las cajas, observó con atención aquella cosa imposible, viendo cómo su fuerza se desataba sin ningún tipo de contención.

Hagrold se movió y, en una secuencia brutal de golpes, lanzó a Draok por los aires. Cada impacto fue dirigido con precisión despiadada: su cabeza y brazos chocaron contra varios contenedores de carga, el metal abollándose y crujiendo con cada colisión. El cuerpo del dragón humanoide atravesó uno, luego otro, hasta quedar finalmente incrustado en el noveno contenedor, el acero deformado abrazándolo como una prisión.

Aprovechando la apertura, Yoraza Ustra se lanzó al frente y clavó su golpe en el pecho de la invocación. El aguijón perforó y el veneno se liberó de inmediato, fluyendo en grandes cantidades. Durante unos instantes, parecía que funcionaba. Sin embargo, la rueda energética de Hagrold giró una vez… dos… tres. El flujo se estabilizó, y el veneno simplemente dejó de surtir efecto, disipándose como si nunca hubiera existido.

Entonces se escuchó un golpe seco. El impacto cayó directamente sobre el cuerpo de Yoraza Ustra. No fue un golpe cualquiera: Hagrold había creado una pequeña cuchilla que emergió de los nudillos de su mano en el instante exacto del ataque. La precisión fue tan perfecta que el aire alrededor se comprimió violentamente, generando un calor abrasador que quemó la piel al contacto. El daño fue interno, profundo, un sangrado que no se veía pero que se sentía como un colapso desde dentro.

Yoraza Ustra salió volando, su cuerpo atravesó el aire sin control y terminó estrellándose contra un hangar, chocando entre varios contenedores que se derrumbaron con estruendo a su alrededor.

Trogter no se detuvo. Rugió y cargó contra Hagrold, lanzando una serie de combos directos al cuerpo, golpes cargados de pura fuerza bruta, buscando romper, aplastar, destruir. Durante un segundo, parecía que lograba presionar a la invocación. Pero Hagrold comenzó a moverse con una calma inquietante. Sus manos se adelantaron, atrapando los brazos de Trogter con firmeza antinatural.

El contraataque fue inmediato.

Golpeó puntos nerviosos específicos, uno tras otro, anulando la fuerza del mafioso, quebrando su coordinación. Finalmente, lanzó un golpe directo a la mejilla de Trogter. El puño se hundió parcialmente en la carne, deformándola, rompiendo hueso. El impacto fue tan brutal que Trogter salió disparado hacia abajo, estrellándose contra el suelo.

El suelo explotó en un cráter, el pavimento se hizo añicos, y Trogter quedó incrustado en el centro, inmóvil por un instante. Su mejilla estaba destruida, la sangre extendiéndose entre las grietas del terreno mientras el puerto quedaba sumido en un silencio tenso, roto solo por los ecos lejanos del combate.

Draok, con un gruñido ahogado, reunió lo que le quedaba de fuerza. Las escamas de su cuerpo brillaron apenas un instante y, desde su interior, liberó una mínima explosión de fuego. No fue grande, ni espectacular, pero sí suficiente. El contenedor que lo aprisionaba se abrió con un estallido seco, el metal doblándose hacia afuera como si hubiese sido golpeado desde dentro por una bestia furiosa.

Con un movimiento torpe pero decidido, dio un salto hacia otro contenedor cercano. Al caer, sus rodillas se destrozaron contra el metal para amortiguar el impacto; el crujido fue audible incluso entre el caos. Apretó los dientes, ignorando el dolor, y alzó la mirada hacia Hagrold, que seguía avanzando como una calamidad inevitable.

—Maldita sea… ese maldito nos va a matar —murmuró, con la voz cargada de angustia—. Trogter no se levanta… no sé si está muerto o si ya cruzó ese límite.

Respiró hondo, y sus pensamientos se aceleraron. La conexión entre los tres latía como un hilo tenso dentro de su pecho. Entonces lo dijo, casi escupiendo las palabras.

—Mientras estemos conectados… si nos mata, ese mocoso seguirá vivo —se refería a Clasto—. Pero si lo matamos a él… muere el portador de esta porquería.

Sus ojos se afilaron al recordar algo más, algo que había pasado desapercibido en medio del desastre.

—Pero el maldito mafioso sagitario… el que vino a interrumpir… —sonrió con amargura—. Salió volando por mi golpe. Ya no está dentro del rango de la invocación. Eso significa que puede matar a esa cosa… y salvar al mocoso. Nosotros no tuvimos esa suerte. A nosotros sí nos afectó.

No sabía que cada palabra había sido escuchada.

Rigor, a la distancia, lo oyó todo con una claridad inquietante. Sus oídos, afinados por esos meses de entrenamiento brutal, captaron cada frase, cada intención oculta. Mientras se alejaba del epicentro del combate, su mente trabajaba con frialdad quirúrgica.

—Ahora ya sé cómo salvar a Clasto… —murmuró para sí.

Se movió rápido, saliendo del área directa del conflicto. Mientras corría, concentró energía natural en su interior, forzándola a recorrer su cuerpo. No era una curación completa, lo sabía bien; era un refuerzo, una contención. Selló heridas internas, estabilizó órganos golpeados, cerró cortes y sostuvo músculos dañados lo justo para no colapsar en pleno combate.

El dolor seguía ahí, ardiente, persistente. Pero ya no importaba.

Cuando se detuvo, respiró hondo. Su postura se enderezó, sus ojos se afilaron y una calma peligrosa se asentó en su expresión. Rigor estaba listo. El verdadero combate apenas estaba por comenzar.

Rigor ya estaba listo. Apenas enderezó el cuerpo cuando sus piernas se movieron con una violencia antinatural; la distancia entre el hangar y el centro del combate comenzó a colapsar, como si el espacio mismo se plegara ante él. El tiempo se volvió casi inexistente, rozando una fracción absurda, apenas 0.1 nanosegundos. Su cuerpo chisporroteó, pequeñas descargas recorrieron su piel; la resistencia creada por su propia energía era lo único que evitaba que se desintegrara bajo esa velocidad imposible.

Avanzó a un ritmo cercano al de la luz, recorriendo centímetros en lo que para el mundo no fue más que un parpadeo, y apareció justo frente a Hagrold. El impacto fue inmediato. Un golpe seco, brutal, lanzó a la invocación varios metros hacia atrás, deformando el aire a su alrededor.

Rigor no se detuvo. Giró apenas el torso y, en el mismo movimiento, apareció frente a Draok. Su puño se hundió en la boca del estómago del dragón humanoide. El aire escapó de los pulmones de Draok en un jadeo ahogado; sus rodillas casi cedieron. Antes de que pudiera reaccionar, Rigor lo sujetó con una mano y, con un jalón violento, lo lanzó contra un hangar repleto de cargamento inflamable.

—Demasiado lento.

Un ataque de energía salió disparado de su palma y cayó exactamente donde Draok había impactado. El hangar explotó en una reacción en cadena; fuego, metal y fragmentos salieron despedidos en todas direcciones. El estruendo sacudió el puerto entero.

Entre las llamas, Draok emergió malherido. Sus escamas se endurecieron por instinto, protegiéndolo de lo peor del estallido, pero aun así cayó de rodillas, respirando con dificultad.

No muy lejos, Yoraza Ustra comenzó a moverse entre los escombros. El dolor recorría su cuerpo, pero no era suficiente. Con una sola mano empujó contenedores deformados, apartándolos como si pesaran poco, y volvió al campo de batalla con la mirada encendida.

Hagrold, recuperándose con una rapidez monstruosa, salió del hangar destruido y lanzó un ataque directo contra Rigor. Este respondió golpeando de lleno el pecho de la invocación, obligándola a retroceder varios pasos. Entonces Hagrold alzó el brazo y descargó su fuerza contra el suelo. El concreto se fracturó en ondas concéntricas, rompiéndose hasta formar un enorme cráter bajo sus pies.

Mientras tanto, Trogter volvió en sí. El mundo le daba vueltas, el dolor era insoportable, pero logró arrastrarse lentamente hacia Draok y Yoraza Ustra. Cada movimiento era un suplicio.

Hagrold percibió algo. No lo vio. Lo sintió.

Giró apenas y avanzó lo justo. De uno de sus nudillos emergió la cuchilla energética. El movimiento fue limpio, preciso. La hoja perforó la piel de Trogter, atravesó músculo, hueso… y llegó al corazón.

El aire escapó de sus pulmones en un suspiro roto. Sus ojos se apagaron poco a poco mientras caía inmóvil sobre el suelo destrozado.

—Les dejo… el resto, amigos… —murmuró con una sonrisa débil.

Y entonces, el silencio alrededor de su cuerpo pesó más que cualquier explosión.

Draok se levantó con un rugido ahogado. El fuego brotó de su boca sin control, impulsado por una rabia que ya no cabía en su pecho. Sus escamas reaccionaron al instante, endureciéndose, brillando con un fulgor más intenso, como si el propio dolor las hubiera templado. De sus ojos no cayó sangre, sino lágrimas: gruesas, ardientes, nacidas de la impotencia de ver a su amigo tendido en el suelo, inmóvil para siempre.

El fuego se mezcló con su cuerpo, recorriendo las grietas entre las escamas, fundiéndose con ellas. Entonces se movió.

Fue como una escena sacada de una película ralentizada y acelerada al mismo tiempo. Un solo paso, un solo impulso… y Draok apareció frente a Hagrold. Su pierna subió y descendió en una patada directa a la cabeza de la invocación. Pero el impacto no fue único. Hubo una repetición extraña, antinatural: la patada se multiplicó, una tras otra, superpuestas, como si el mismo golpe se estuviera ejecutando varias veces en el mismo instante. Esa era su habilidad. No importaba si cambiaba de ataque o de postura; cada acción se replicaba, castigando el mismo punto una y otra vez.

Hagrold retrocedió bajo la presión acumulada de esos impactos fantasma.

Al mismo tiempo, Yoraza Ustra apareció desde un costado. Su movimiento fue limpio, venenoso. Golpeó directo al pecho de la invocación, perforando parte de su cuerpo. El aguijón liberó una cantidad absurda de veneno, suficiente como para llenar una piscina entera. La sustancia se expandió dentro de Hagrold, corroyendo, invadiendo, intentando dominarlo desde dentro.

La combinación fue brutal: la fuerza repetitiva de Draok y el veneno de Yoraza Ustra empujaron a Hagrold al límite. Su rueda energética comenzó a girar lentamente… luego más rápido. Su cuerpo tembló, deformándose apenas.

No estaba muriendo. Se estaba adaptando. La energía de la invocación cambió de tono, ajustándose al daño, aprendiendo de cada golpe, de cada toxina. El veneno dejó de surtir efecto pleno. Las repeticiones empezaron a perder impacto.

Hagrold alzó la cabeza y rugió, no con furia, sino con algo peor: comprensión. Había entendido a sus enemigos.

En ese instante Rigor apareció frente a Hagrold en un parpadeo imposible. No fue un ataque anunciado, ni un salto vistoso: simplemente ya estaba ahí. Su mano tocó el cuerpo de la invocación en un punto preciso, y durante ese instante Hagrold no se movió… como si el tiempo, por una fracción infinitesimal, hubiese decidido ignorarlo.

Entonces empezó.

El puño de Rigor brilló con una energía púrpura densa, casi líquida. Golpeó una vez. Luego otra. Y otra más. Cada impacto atravesaba el cuerpo de Hagrold como si no fuera del todo sólido, desgarrando capas de energía, rompiendo estructuras internas que ni siquiera tenían nombre. El aire se comprimía y explotaba alrededor de cada golpe, el sonido llegando tarde, desfasado.

Rigor dio un paso lateral y lanzó un corte temporal, una línea invisible que rasgó el espacio mismo. La grieta cruzó a Hagrold de arriba abajo, separando causas de consecuencias. La invocación reaccionó, su rueda energética giró con violencia, intentando adaptarse una vez más.

No lo logró.

Rigor volvió a golpear sin darle respiro. No había ritmo, no había patrón. Solo presión constante. Castigo puro. Cada ataque interrumpía el proceso de adaptación antes de que pudiera completarse.

Draok y Yoraza Ustra se lanzaron también, atacando desde ambos flancos. No era cooperación: era desesperación. Sabían que esa cosa debía morir ahí, ahora, o no moriría nunca. Fuego, veneno, golpes repetidos… todo cayó sobre Hagrold al mismo tiempo.

Entonces Rigor se giró. Su movimiento fue seco. Preciso. Su puño impactó primero en Yoraza Ustra, deteniéndola en seco. Luego giró sobre el eje de su cuerpo y golpeó a Draok, obligándolo a retroceder varios pasos. La energía púrpura aún vibraba alrededor de él.

—Lo escuché —dijo Rigor, sin alzar la voz, pero con un filo que cortaba más que cualquier ataque—. Escuché todo.

Sus ojos se clavaron en Draok, luego en Yoraza Ustra, y finalmente volvieron a Hagrold.

—Dijiste que si mataban a esta cosa… podrían matar a Clasto.

El aire alrededor de Rigor se tensó. El tiempo, una vez más, se quebró.

—Y eso —continuó— no lo voy a permitir.

En un yoctosegundo, desapareció. No fue velocidad común. Fue ausencia. Cuando volvió a existir, su puño ya estaba incrustado en el pecho de Yoraza Ustra, exactamente donde latía su corazón. El golpe no fue explosivo: fue definitivo. La energía atravesó carne, hueso y veneno acumulado, apagando todo desde dentro.

Antes de que el cuerpo cayera, Rigor ya estaba frente a Draok.

Otro golpe. Mismo punto. Mismo resultado. El corazón del dragón humanoide recibió el impacto como si el mundo entero hubiese decidido concentrarse en ese instante. El fuego que lo rodeaba se extinguió de golpe, sus escamas perdieron brillo y sus ojos se abrieron, incrédulos.

El silencio que siguió fue más violento que cualquier explosión. Hagrold quedó en medio del campo de batalla, todavía en pie… pero por primera vez, sin aliados.

Y en ese momento Hagrold se movió de forma errática, casi antinatural. Su cuerpo crujió, la rueda energética giró con un ritmo distinto, y entonces ocurrió: el veneno dejó de afectarlo. No fue resistencia ni tolerancia. Fue algo peor. Rigor lo entendió al instante.

La sustancia que antes lo debilitaba ahora formaba parte de él. El veneno había sido absorbido, reinterpretado, fijado de manera permanente en su estructura conceptual. Adaptación completa.

—Ya veo… —murmuró Rigor.

No retrocedió. Volvió a golpear.

Hagrold respondió del mismo modo, copiando el patrón, imitando la fuerza, ajustando cada impacto a la presión recibida. Puño contra puño. Energía contra energía. El aire se rompía en capas, el suelo vibraba como si el planeta mismo dudara en seguir intacto.

Entonces Rigor rompió el ritmo. En un solo yoctosegundo, su cuerpo se desdobló en movimiento puro. No fueron uno ni dos golpes, sino una sucesión imposible de impactos comprimidos en un instante que no debería contenerlos. Cada golpe atacó un punto distinto: estructura, flujo, núcleo, rueda energética. No le dio tiempo a adaptarse. No le dio tiempo a pensar.

El último impacto fue distinto.

Rigor concentró todo su peso, su energía y su control del tiempo en un solo puño y lo estrelló contra Hagrold con una violencia silenciosa. La invocación salió disparada, atravesando restos de concreto y metal, hasta desaparecer en el horizonte y caer en el mar con un estruendo ahogado.

El agua se levantó como un muro.

Rigor alzó ambas manos. La energía comenzó a reunirse entre sus palmas, densa, giratoria, comprimida hasta que el espacio alrededor empezó a deformarse. No era solo poder: era tiempo forzado a obedecer.

—Cañón temporal.

El disparo no fue inmediato. Avanzó como una condena inevitable, arrastrando capas de realidad consigo. Cuando alcanzó el mar, la explosión fue gigantesca, un colapso de energía y tiempo que devoró el punto exacto donde Hagrold había caído.

El océano se abrió. Luego se cerró. No quedó rastro de la invocación. Ni adaptación. Ni núcleo. Nada. El campo de combate quedó en silencio, roto solo por el eco lejano del agua regresando a su lugar.

Rigor bajó los brazos lentamente. Su respiración era pesada, pero estable.

Miró en dirección a donde había quedado Clasto. Hagrold había perdido. Y eso solo significaba una cosa: Clasto estaba a salvo.

Después de eso Rigor, aún con la energía residual vibrando en sus manos, giró el rostro apenas terminó el combate. La marea seguía inquieta, el puerto humeaba y los hangares crujían como si estuvieran a punto de rendirse. Fue entonces cuando los vio.

Draok y Yoraza Ustra yacían en el suelo. No estaban separados por la violencia del final, sino unidos por ella. Sus cuerpos habían caído cerca, demasiado cerca. Las manos, ya sin fuerza, habían quedado juntas, casi entrelazadas, como si en el último instante hubieran intentado buscarse. No hubo palabras, ni fuego, ni veneno en ese momento. Solo el silencio de quienes persiguieron un sueño infantil demasiado grande para el mundo que eligieron.

Rigor se detuvo un segundo. No por culpa. No por duda. Solo por respeto.

—Al final… eligieron pelear juntos —murmuró con voz baja, casi perdida entre el viento salino.

Luego apartó la mirada. El combate había terminado. Permanecer allí solo atraería más sangre innecesaria.

Rigor caminó hacia Clasto. El niño estaba de rodillas, exhausto, la respiración irregular, el cuerpo temblando por el gasto brutal de energía. Sus ojos amarillos seguían abiertos, pero ya no había miedo en ellos, solo cansancio y confusión.

Rigor se inclinó frente a él.

—Ya pasó —dijo con un tono firme, pero extrañamente suave—. No te van a tocar.

Clasto intentó decir algo, pero la voz no le salió. Rigor no esperó. Lo tomó con cuidado, sosteniéndolo como si el peso no fuera físico, sino algo más frágil. En un instante, el espacio a su alrededor se plegó apenas lo suficiente para sacarlos del área del puerto, lejos del humo, del fuego y de los cadáveres.

Cuando desaparecieron del campo de combate, el lugar quedó atrás como un recuerdo sellado: un puerto destruido, una invocación borrada del tiempo… Y dos mafiosos que, incluso en la muerte, no se soltaron.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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