History academy - Capítulo 28
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Capítulo 28: Hablar de más.
Rigor llegó al territorio de la Mafia Sagitaria cargando a Clasto entre sus brazos. No había tensión en su postura, ni prisa; al contrario, una leve sonrisa se dibujaba en su rostro, una de esas que no nacen de la alegría, sino de la certeza de haber cumplido. Clasto seguía con vida, inconsciente pero estable, y eso bastaba.
El lugar estaba en pleno movimiento. Guardias iban y venían cargando cajas pesadas, sellándolas con símbolos y cerraduras especiales, otros revisaban armamento y documentos. Todo funcionaba como una maquinaria bien aceitada. No había celebración, solo eficiencia.
Desde una radio abierta se escuchó la voz de Clork, firme, autoritaria:
—Todos nos vamos de este lugar. Tuve que comprar una isla… algo de buen tamaño. Las cajas van al hangar del sur, las armas ahí. Díganle a Rigor que nos veremos en la isla.
Rigor alzó un poco la mirada. Entendió el mensaje sin necesidad de más palabras. Asintió para sí mismo, esa sonrisa suya volviendo a aparecer, discreta. En su mente, aunque no lo admitiría en voz alta, esperaba algo más que órdenes: un reconocimiento. No por ego, sino porque sabía que había sido una pieza esencial en todo aquello.
Mientras avanzaba, pasó cerca de unos guardias que hablaban en voz baja.
—Usaremos el barco portal —decía uno—. Es más rápido y no deja rastro.
Rigor giró levemente y cambió su rumbo. Caminó hacia el barco.
Los pasillos que atravesó estaban mal iluminados, con luces intermitentes que reflejaban charcos de agua estancada en el suelo. El aire olía a metal viejo y humedad. Aunque el lugar ahora funcionaba como taller, alguien le había confesado tiempo atrás que esos corredores eran antiguos, largos, llenos de rutas ocultas que conectaban con distintas zonas de la ciudad. Para Rigor, nada de eso resultaba extraño. Con su percepción, sentía cada espacio como si ya lo hubiera recorrido antes.
Finalmente llegó al muelle del suroeste.
Ahí estaba el barco portal. Era una embarcación grande, imponente, con runas grabadas en el casco y estructuras que no pertenecían a ninguna tecnología común. No era solo un barco: era un umbral flotante. La superficie del agua a su alrededor parecía distorsionarse levemente, como si el espacio mismo se preparara para doblarse.
Uno a uno, los guardias comenzaron a subir. Las cajas de armas, los contenedores sellados, el personal de apoyo… todos abordaron con rapidez y orden. Rigor fue de los últimos en entrar, aún cargando a Clasto.
Antes de subir, se detuvo un segundo y miró atrás, hacia la ciudad. Nada lo retenía ya.
Luego dio el paso al interior del barco portal. Rigor sintió el cambio en el instante exacto en que las compuertas se cerraron. No fue un sonido, ni una vibración común: fue una presión distinta, como si el aire dentro del barco hubiera decidido volverse más pesado. El casco respondió primero. Las runas grabadas a lo largo de la estructura comenzaron a encenderse una por una, trazando líneas de luz que recorrían la nave como venas luminosas.
El barco portal despertaba. Un zumbido grave atravesó el suelo metálico bajo sus pies. No era molesto, pero sí constante, profundo, algo que se sentía más en los huesos que en los oídos. Rigor ajustó su postura por instinto. Clasto seguía inconsciente, aferrado contra su pecho, y aun así, el templario pudo sentir cómo la energía del niño reaccionaba al entorno, como si reconociera que algo grande estaba a punto de suceder.
Cuando el barco comenzó a moverse, el mar a su alrededor se agitó levemente. No avanzaron de inmediato hacia el portal. Primero navegaron varios kilómetros marítimos, lo suficiente como para alejarse de cualquier mirada indiscreta. El agua golpeaba el casco con un ritmo lento, casi ceremonial.
Entonces ocurrió. Frente a la proa, el espacio empezó a deformarse. No se abrió como una grieta violenta, sino como una herida controlada. Un portal del tamaño exacto del barco se formó ante ellos, una superficie oscura atravesada por patrones de luz similares a las runas del casco. Parecía un espejo profundo, uno que no reflejaba nada.
El barco aceleró. Al cruzar el portal, Rigor sintió que todo cambió de golpe. El sonido desapareció primero. Luego el peso. Por un instante, no hubo arriba ni abajo. El tiempo se estiró de una forma extraña, como si cada segundo se diluyera en algo más largo y a la vez inexistente. No era doloroso, pero sí inquietante, incluso para alguien como él.
Después… estabilidad.
El mar volvió a sentirse mar. El aire recuperó su densidad. La vibración del barco se normalizó y las runas comenzaron a apagarse lentamente, como brasas que se enfrían tras un incendio.
Frente a ellos, emergiendo de la bruma, apareció la isla. Era grande, solitaria, rodeada por aguas tranquilas que contrastaban con todo lo que acababan de dejar atrás. No había puertos visibles desde esa distancia, solo tierra firme, vegetación densa y una sensación clara: ese lugar no figuraba en ningún mapa común.
Habían llegado.
Rigor exhaló despacio, sin darse cuenta de que había contenido la respiración. Acarició con el pulgar la tela manchada del traje, donde Clasto descansaba, y fijó la mirada en la isla.
La misión había terminado. Pero algo en su interior le decía que aquello… Solo era el principio.
El barco tocó el muelle con un golpe seco y definitivo. Las amarras fueron lanzadas con rapidez, y los guardias comenzaron a bajar las cajas una tras otra, organizadas, eficientes, como si aquella isla hubiera sido siempre su hogar. Rigor descendió sin prisa. Sus botas tocaron la madera húmeda del muelle y, por un instante, se permitió observar el lugar: selva espesa, aire pesado, silencio denso. Un sitio perfecto para desaparecer.
Sin decir una palabra, se elevó del suelo con un movimiento limpio, casi natural, llevándose a Clasto entre los brazos. El niño se removió apenas, los párpados temblándole, y de sus labios salió un murmullo débil, casi inconsciente.
—Destrucción…
Rigor frunció ligeramente el ceño. No entendió a qué se refería, ni si era un recuerdo, un sueño o algo más profundo. No preguntó. Siguió avanzando.
La casa apareció entre la vegetación como una anomalía: enorme, lujosa, desproporcionada para una isla que no figuraba en ningún mapa. Cuando se acercó a la entrada, la puerta reaccionó de inmediato. Runas discretas recorrieron la madera y se abrieron solas, reconociéndolo.
Rigor cruzó el umbral.
El interior era silencioso, elegante, calculado hasta el último detalle. Caminó por el pasillo principal hasta encontrarse con Clork, que lo esperaba con una sonrisa satisfecha.
—Buen trabajo —dijo Clork—. Cumpliste mejor de lo que esperaba.
Rigor devolvió la sonrisa. Por dentro, algo se asentó en su pecho con un peso extraño: orgullo, cansancio, aceptación. Clork, en cambio, observó con atención. Sus ojos se movieron de Rigor a Clasto por una fracción de segundo, demasiado breve para ser obvia, demasiado precisa para ser casual. Luego disimuló.
—Llévalo a la habitación de arriba —ordenó con voz tranquila.
Rigor asintió sin dudar. Subió las escaleras, cruzó una puerta ya abierta y dejó a Clasto con cuidado sobre una cama amplia, cubierta de telas finas. El niño respiraba con dificultad, pero estaba vivo. Rigor se sentó a su lado, apoyando los codos en las rodillas, mirando al vacío.
La misión había cambiado algo en él.
Ya no era solo un templario huyendo de su pasado. Ya no era un chico buscando olvidar. Había matado con precisión, sin titubeos. Había cumplido. Eso lo convertía, le gustara o no, en un sicario de verdad.
Una parte de su mente le susurró que algo estaba mal. Que el silencio de la casa no era paz, que la mirada de Clork no era gratitud, que Clasto no era solo un “botín”.
Rigor cerró los ojos un segundo. No quiso escuchar. En ese momento, la mafia sagitaria se sentía como una familia. Y después de todo lo que había perdido… Eso era suficiente para seguir adelante.
Pasaron las horas y Clasto despertó, cuando la noche de la isla ya había caído como un manto pesado. La habitación estaba iluminada por una lámpara tenue, y Rigor aún estaba allí, sentado esperando que el despertara, sus ojos fijos en la ventana donde la jungla susurraba algo inaudible.
El niño dragón y reptiliano se incorporó con esfuerzo, escamas crujiendo.
—¿Por qué me salvaste? —murmuró, voz ronca.
Rigor lo miró, expresión neutra pero con un brillo morado fugaz en los ojos. —Esa pelea con la mafia rival fue un dolor de cabeza —dijo, voz baja como el viento entre las hojas—. Te querían muerto. Pero esta… la Sagitaria… te usa como un arma desechable. Clork te ve como un invocador que puede romper cuando ya no sirvas. Lo mejor sería acabar con ellos. Con todos aquí.
Clasto se tensó, ojos amarillos ampliándose. —Sería traición… a los tuyos. A los que te dieron un lugar después de huir. ¿Por qué… por mí? —Mencionó el niño, sus ojos y su expresión lo decían todo.
Rigor se inclinó hacia adelante, voz un susurro.
—Quizás lo hago por ti. Porque me veo reflejado en tí, como me forzaron a mí de niño a cosas indeseables. O quizás porque ya no aguanto esta vida de herramientas y traiciones. Pero si seguimos aquí, nos destruirán a los dos. La isla es un refugio… Pero también una trampa.
Clasto asintió lentamente, entendiendo. No había más palabras. Solo un silencio que se extendió.
Pero fuera de la habitación, oculto en el pasillo oscuro, alguien escuchaba: Rod, el instructor brutal que había entrenado a Rigor con golpes sin piedad. Sus oídos captaron cada susurro. Su expresión se endureció. Sin una palabra, se alejó hacia un bunker no tan secreto de Clork.
Al amanecer, la traición cayó como una tormenta repentina. Guardias armados irrumpieron en la habitación antes de que Rigor pudiera reaccionar del todo. Eran demasiados: bastones temporales que ralentizaban sus movimientos, dardos con veneno que quemaba venas desde dentro, golpes brutales con puños reforzados. Rigor peleó, rompiendo cuellos y deteniendo fracciones de tiempo para esquivar, pero el veneno lo debilitó rápido. Clasto invocó una sombra débil, pero lo derribaron con un golpe en la cabeza.
Los dejaron malheridos, sangrando y jadeando, al borde del colapso. Clork los miró desde arriba, en el pozo de ejecución de la isla: un calabozo subterráneo húmedo, lleno de bestias mutadas criaturas con colmillos curvados y ojos inyectados, adictas a la carne de dragones Floult y quizás algo más que ellos, alimentadas con restos de prisioneros para hacerlas feroces. El olor a podredumbre y gruñidos llenaba el aire espeso.
—Hablar de más —dijo Clork, cigarro encendido, voz fría como la niebla matutina—. El templario y el invocador. Traidores. Alimenten a las bestias.
La rejilla se cerró con un clang metálico. Las sombras se cerraron sobre ellos. Clasto tembló, sangre goteando de su sien, pero Rigor se interpuso, herido pero firme, el veneno ardiendo en sus venas.
—No lo toques —gruñó a las bestias que se acercaban, ojos amarillos brillando en la oscuridad.
El dolor fue insoportable. Dos bestias los golpearon con violencia, dejándolos apenas conscientes. Clasto miró a Rigor, respirando con dificultad, y sonrió débilmente.
—No te preocupes… —susurró—. Te salvaré, amiguito.
Con la poca energía que le quedaba, mientras su sangre caía al suelo, Clasto activó su poder. Su voz se quebró en una última palabra cargada de odio y súplica.
—Véngame…
Rigor sintió que su conciencia se deslizaba hacia otro lugar. Se encontró ante dos caminos. Uno era hermoso, lleno de luz y calma. El otro era oscuro, retorcido, cubierto de árboles muertos. Instintivamente, quiso ir hacia el camino bello… pero entonces los vio.
Rosk y Tify.
Sus padres lo miraban con comprensión, tomándolo de la mano como cuando era un niño. En sus ojos había preocupación… y despedida. Sin decir nada, lo guiaron hacia el camino oscuro, mientras ellos mismos brillaban con una luz suave. Rigor entendió. Habían muerto. No pudo decirles nada.
Al final del camino, vio a Clasto. El niño le sonrió.
—Hey… todo bien, ¿no? —dijo—. Gracias por salvarme.
Rigor sintió que algo se rompía dentro de él. Despertó de golpe. Estaba vivo. Frente a él, en el suelo, yacía Clasto. Sus ojos abiertos, la sangre manchando su boca y su cabeza. No respiraba.
Rigor se levantó lentamente, su cuerpo temblando no por debilidad, sino por la furia que se acumulaba como una tormenta interna. El veneno aún ardía en sus venas, pero ya no importaba. El monstruo interior había tomado el control, y sus ojos morados brillaban con una luz que devoraba la oscuridad del calabozo. El cabello teñido flotaba levemente, como si el tiempo mismo lo empujara hacia adelante.
Las bestias cargaron primero. Eran formas retorcidas, con colmillos curvados que goteaban saliva ácida, ojos inyectados en un amarillo enfermizo que reflejaba su adicción a la carne prohibida. Una se lanzó contra él, garras extendidas para rasgar. Rigor no se movió hasta el último instante. Con un movimiento rápido, cruel, su puño se hundió en la mandíbula de la criatura, rompiendo hueso y carne en un estallido de sangre negra. No paró allí: giró el brazo y tiró, arrancando la cabeza con un giro seco. El cuerpo decapitado se convulsionó en el suelo, salpicando el calabozo con fluidos viscosos.
Otra bestia atacó desde el lado, dientes buscando su cuello. Rigor la interceptó con una patada ascendente, el impacto levantando al monstruo en el aire antes de estrellarlo contra la pared. El crujido de la espina dorsal resonó como un trueno contenido. No le dio tiempo a caer: avanzó y pisoteó el cráneo, hundiendo la bota hasta que el cerebro se esparció en un charco espeso. Sangre salpicó su rostro, pero solo dejó rasguños leves en sus brazos heridas superficiales que ignoró, como si fueran recordatorios de que aún estaba vivo.
La tercera se abalanzó con un rugido gutural, garras arañando el aire. Rigor la recibió con un golpe al pecho, perforando costillas y llegando al corazón palpitante. Sacó la mano empapada en sangre, y la bestia colapsó, gorgoteando su último aliento. La cuarta y última intentó huir hacia las sombras, pero Rigor fue más rápido: extendió el brazo y, con un pulso de energía temporal, congeló su movimiento en un frame eterno. Luego, con frialdad, aplastó su cráneo contra el suelo, dejando un rastro de vísceras y huesos astillados.
El calabozo quedó en silencio, roto solo por el goteo de sangre. Rigor respiraba pesado, cubierto de salpicaduras rojas y negras, algunos rasguños leves sangrando en su piel. Empezó a caminar hacia la salida, pasos lentos pero inexorables. Cada uno resonaba en el aire espeso, cargado de enojo y venganza, como si el ambiente mismo se tiñera de su rabia. El veneno aún latía en su cuerpo, pero lo convertía en combustible.
Subió las escaleras poco a poco, cada peldaño crujiendo bajo su peso. El aire se volvía más frío, más denso, impregnado de esa aura amenazante que emanaba de él. A mitad de camino, su vista volteó levemente al cuerpo de Clasto, que seguía ahí abajo, inmóvil, ojos abiertos al vacío, sangre seca en la sien y la boca. No dijo nada. Solo un segundo de pausa, un reconocimiento silencioso. Luego siguió subiendo, hasta llegar a la puerta.
En su mente, mientras empujaba la rejilla con un golpe que la distorsionó como si el tiempo la hubiera envejecido en segundos, recordó uno de esos tantos meses donde Rod lo entrenó. El instructor, entre golpes brutales y lecciones duras, había mencionado algo en voz baja, casi como un secreto temido. “Hubo un tipo que trabajó con nosotros… pero nunca trabajó con nosotros de verdad. Era repudiado por su poder. Daba miedo, porque sabíamos que en cualquier momento nos podía matar. Ese sujeto solo nos tenía como adornos, por capricho. Nunca nos mató, pero un día se retiró… y ya nunca se encontró.”
Rigor abrió la puerta de un tirón. La luz del amanecer lo bañó, pero no iluminó nada dentro de él. Solo avivó la promesa: mataría a toda la mafia Sagitaria. Por Clasto. Por sí mismo. Porque esto tenía que pasar.
Continuará…
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