Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

History academy - Capítulo 29

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. History academy
  4. Capítulo 29 - Capítulo 29: La masacre de la mafia sagitaria
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 29: La masacre de la mafia sagitaria

El poder de Rigor estalló. No fue una explosión común, ni un simple aumento de aura. Fue algo descomunal, primitivo. Una presión invisible salió disparada desde su cuerpo y atravesó la isla entera, elevándose hasta las nubes como un rugido silencioso. El cielo pareció encogerse ante esa presencia, y el aire se volvió pesado, irrespirable. No era solo energía: era miedo puro, una sensación ancestral que obligaba a los cuerpos a temblar incluso antes de entender por qué.

La selva guardó silencio. Las bestias callaron. Los guardias, a lo lejos, sintieron un escalofrío recorrerles la espalda sin saber la razón.

Rigor avanzó unos cuantos pasos. Sus botas resonaban contra el suelo con un eco lento, firme, como si cada pisada marcara un juicio. La luz del amanecer chocaba contra su figura, pero no lograba suavizarla. Su aura morada ondulaba alrededor de él, deformando levemente el espacio, haciendo que el tiempo pareciera retrasarse a su paso.

Entonces, un guardia apareció desde uno de los pasillos laterales del complejo. Venía apurado, cargando un arma, hasta que levantó la vista… y se detuvo en seco.

El mundo pareció congelarse.

Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Rigor de frente. No era solo su apariencia cubierta de sangre, ni el brillo antinatural de sus ojos. Era esa sensación. Esa presión que aplastaba el pecho y hacía que las piernas se volvieran débiles.

El guardia tragó saliva. Un recuerdo emergió en su mente como un golpe: historias susurradas entre los miembros de la mafia, miradas nerviosas, advertencias nunca dichas en voz alta. Aquel hombre que trabajó con ellos… Pero que jamás fue uno de ellos. El que daba miedo incluso a los más veteranos. El que parecía observarlos como si fueran piezas descartables.

Sus labios temblaron.

—N-no… —murmuró, dando un paso atrás sin darse cuenta.

El nombre escapó de su boca casi como una plegaria rota, cargada de terror.

—…Nahuel.

El aire vibró. Rigor no respondió. No hizo falta. Porque en ese instante, el guardia entendió algo demasiado tarde: la leyenda no había desaparecido.

Había despertado.

El guardia ya no pudo más. El miedo lo aplastó como una garra helada alrededor del pecho, y las armas se le escaparon de las manos temblorosas. Cayeron al suelo con un estruendo seco y metálico que resonó demasiado fuerte en el silencio de la isla. Entre ellas, una katana rodó apenas unos centímetros y quedó expuesta, la vaina oscura atrapando un último destello del amanecer como si supiera que era su momento.

El hombre retrocedió un paso torpe, el pie tropezando con una raíz invisible. Su respiración se volvió ruidosa, entrecortada, un jadeo que rompía el aire quieto. No podía apartar los ojos de Rigor. No quería, pero tampoco podía. Cada segundo que pasaba parecía estirarse, como si el tiempo mismo dudara antes de decidir qué hacer con él.

Rigor bajó la mirada un instante. Vio el arma. Luego la levantó lentamente hacia el guardia. No hubo gesto. No hubo advertencia. No hubo ni un parpadeo de ira o satisfacción en su rostro. Solo esa quietud absoluta que hacía que el corazón latiera más fuerte en los oídos del otro.

El guardia abrió la boca para decir algo un grito, una súplica, un nombre, pero el sonido nunca llegó.

En un yoctosegundo el mundo se quebró.

Rigor desapareció de donde estaba y, en el mismo latido que no existió, ya estaba frente a él. Tan cerca que el guardia sintió el leve calor de su cuerpo antes de comprender que había muerto. La mano de Rigor se cerró alrededor del mango de la katana con una precisión que parecía ensayada por siglos. La hoja salió de la vaina en un susurro afilado, casi tierno, como si el acero pidiera permiso para cortar el aire.

El corte fue perfecto. Un solo movimiento. Fuerza exacta. Velocidad que no pertenecía a los vivos. La hoja atravesó el cráneo en una línea tan fina que no hubo crujido, ni salpicadura inmediata. Solo una línea roja perfecta que apareció de la nada. Rigor ya se había girado de espaldas cuando el cuerpo del guardia, todavía confuso, intentó girar sobre sí mismo, como si su cerebro se negara a aceptar que ya no tenía órdenes que dar.

Entonces la realidad se alcanzó con cruel lentitud.

La mitad superior del cráneo se deslizó hacia un lado con un sonido húmedo y definitivo, como una tapa que se levanta con cuidado. Cayó al suelo con un golpe sordo. El resto del cuerpo lo siguió un segundo después, desplomándose sin un gemido, los ojos abiertos de par en par, congelados en la última pregunta que nunca formularía: ¿qué acaba de pasar?

Rigor sostuvo la katana un instante más. La hoja seguía limpia. Demasiado limpia. La sangre tardó en llegar. Goteó con vacilación, gota a gota, como si temiera manchar algo que ya no era humano.

Solo entonces Rigor avanzó.

Y la isla, que hasta ese momento había guardado un silencio reverente, comprendió con un escalofrío colectivo que la cacería no solo había comenzado… sino que ya era imparable.

Rigor siguió caminando.

No miró atrás. No le importó que el cuerpo que acababa de dejar en el suelo hubiera pertenecido a alguien que, hace apenas horas, lo llamaba “hermano” o “compañero”. La palabra “familia” se había extinguido en el momento exacto en que Clasto dejó de respirar. Ahora solo quedaba una cosa latiendo en su pecho: una venganza tan pura, tan afilada, que anulaba cualquier eco de duda o remordimiento. Le habían arrebatado lo único que le había hecho sentir humano otra vez. Y por eso, todos pagarían. Todos.

En la sala de control de la mansión, las pantallas de seguridad capturaban su avance por los pasillos exteriores como si fueran imágenes de un depredador grabadas en cámara lenta. El guardia a cargo de la vigilancia un reptiliano de escamas grises y cola larga se quedó petrificado. Sus escamas se erizaron con un crujido audible, como si intentaran escapar de su propia piel; la cola se tensó en un espasmo violento y sus pupilas verticales se contrajeron hasta convertirse en finas rendijas negras.

No era solo Rigor lo que veía en la pantalla. Era esa mirada. La misma. El mismo desprecio absoluto, helado, que no necesitaba palabras ni gestos para aplastar el alma.

El recuerdo de Nahuel regresó como un latigazo: aquel hombre caminando por los antiguos pasillos del taller, sin prisa, sin alzar la voz, porque todos sabían en los huesos que podía matarlos cuando quisiera, y que simplemente elegía no hacerlo. El guardia tragó saliva con tanta fuerza que sonó como un clic en su garganta. Sus dedos temblorosos golpearon el comunicador.

—T-todos los guardias… —la voz se le quebró como vidrio fino— al pasillo principal. ¡Ahora! Yo… yo también voy.

No sonó ninguna alarma. No hizo falta.

El miedo fue suficiente. Por toda la mansión, puertas se abrieron de golpe. Botas golpearon el suelo en estampida desordenada. Rifles fueron empuñados con nudillos blancos, lanzadores cargados a toda prisa, cuchillas desenfundadas con manos que sudaban frío. Algunos corrían sin entender del todo qué ocurría; otros sí lo sabían… y esos eran los que más temblaban.

Entre ellos iba Mauro. Su placa brillaba bajo la luz fría de los pasillos mientras apretaba el rifle con fuerza excesiva, como si el arma pudiera protegerlo de lo que se acercaba. Respiraba rápido. Demasiado rápido. El pecho subía y bajaba en jadeos cortos, casi animal.

Rigor avanzaba con la katana en la mano derecha.

No la blandía. No la levantaba. La llevaba baja, relajada, la punta rozando apenas el suelo con un leve rasguño rítmico que se oía antes de que él apareciera. Como si el arma fuera una extensión natural de su cuerpo, algo que no necesitaba esfuerzo para ser mortal.

Sus ojos morados no ardían con furia desbordada. Ardían con algo mucho peor: desprecio frío, absoluto, la certeza tranquila de que lo que venía no era una pelea, sino una limpieza. Una ejecución que ya había sido dictada.

Cuando levantó el rostro y su mirada se cruzó con la de los guardias que se alineaban al fondo del pasillo principal una muralla improvisada de rifles, escamas y miedo, el silencio se volvió espeso, opresivo, como si el aire mismo se hubiera solidificado alrededor de ellos.

Uno murmuró, casi sin aliento:

—…Nahuel.

Otro lo repitió, la voz apenas un hilo:

—Es igual que él…

Ese sonido. Ese nombre. No era solo una palabra. Era un trauma colectivo que se activaba como un interruptor. Un recuerdo que dolía en la nuca, en el estómago, en las piernas que de pronto pesaban toneladas.

Rigor dio un paso más hacia ellos. Lento. Deliberado. El eco de su bota resonó como un martillo en el pecho de cada uno.

Y en ese instante, todos lo entendieron al mismo tiempo, con una claridad que helaba la sangre: la isla ya no era un refugio. Era una tumba. Y la tapa ya estaba empezando a cerrarse.

Rigor alzó la vista hacia el techo. Su mirada atravesaba el concreto como si pudiera romperlo solo con la intención. Dentro de él convivían demasiadas cosas al mismo tiempo: el enojo crudo, la furia que hervía, la venganza que exigía sangre… y algo más débil, pero más doloroso. El deseo de llorar. Porque, aunque nunca lo admitiría, les había tomado cariño. A la rutina, a la falsa familia, incluso a algunos rostros que ahora debía borrar.

Pero entonces volvió el recuerdo. Clasto tendido en el suelo. Sus palabras antes de morir. La inocencia torpe con la que creyó que podía salvarlo. Y más atrás aún, los rostros de Rosk y Tify, sus padres, iluminados por una luz que ya no pertenecía a este mundo.

Eso fue lo que terminó de romperlo.

Rigor bajó la cabeza lentamente. La expresión se vació de emoción, como si alguien hubiese cerrado una puerta dentro de él. Cuando volvió a alzar el rostro, ya no había tristeza. Solo una mirada fría, calculadora, precisa. La de alguien que ya había tomado su decisión.

Mauro fue el primero en moverse.

Corrió con un grito ahogado, impulsado más por el pánico que por el valor. Rigor apenas giró el cuerpo medio grado. La katana subió en un arco perfecto, el filo capturando la luz del amanecer en una línea plateada que parecía cortar el aire mismo. El movimiento fue tan rápido que Mauro aún tenía la boca abierta cuando la hoja lo alcanzó.

Observo todo en cámara lenta, la katana descendiendo en un ángulo de 45 grados exacto. El filo rozó primero la sien izquierda, luego abrió el cráneo como si fuera papel mojado. Hueso y masa gris salieron despedidos en un arco rojo que pintó la pared. El cuerpo de Mauro se quedó un instante de pie por inercia, los ojos abiertos en shock eterno, antes de que las rodillas cedieran y cayera hacia adelante como una marioneta sin hilos.

El pasillo estalló en caos. Varios guardias dispararon al mismo tiempo. Balas trazaron líneas brillantes en el aire. Rigor detuvo el tiempo.

El mundo quedó congelado en un cuadro grotesco: balas suspendidas a medio camino, bocas abiertas en gritos mudos, dedos crispados en gatillos, sudor congelado en frentes. Rigor caminó entre ellos con calma antinatural, la katana baja, la punta rozando el suelo con un leve rasguño rítmico.

Primero el de la izquierda: un tajo horizontal a la altura del cuello. La cabeza se separó limpiamente, rodando tres vueltas antes de detenerse contra la pared. Segundo: corte ascendente desde la cadera hasta el hombro. El torso se abrió como una cremallera, órganos cayendo en un montón húmedo. Tercero: un golpe preciso en los ojos. La hoja entró por las órbitas y salió por la nuca; el guardia quedó ciego para siempre, aunque ya no importaba. Cuarto: un giro de muñeca, la katana perforó el pecho y salió por la espalda, atravesando corazón y columna en línea recta.

Cuando el tiempo volvió a fluir, el infierno cayó de golpe.

Las manos chocaron contra el suelo con un slap húmedo. Una cabeza salió volando y rodó varios metros, dejando un rastro rojo. Un torso se abrió como flor grotesca, sangre brotando en chorros rítmicos. El guardia cegado gritó mientras la sangre le llenaba las cuencas vacías y, en su desesperación, disparó sin control, balas impactando a sus propios aliados en piernas y torsos.

Rigor giró la cabeza con lentitud, observando el desastre con frialdad clínica.

Dos guardias más intentaron levantar lanzadores. No lo lograron. Las cabezas cayeron casi al mismo tiempo. Los cuerpos avanzaron un par de pasos por inercia antes de desplomarse, como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos.

El silencio regresó al pasillo, roto solo por el goteo de sangre y los últimos estertores.

Rigor permaneció inmóvil un segundo. Y entonces lo entendió. Su venganza ya no era una promesa. Era un hecho en marcha.

Pero no había terminado.

Desde el fondo del pasillo, un grupo más grande apareció. Cinco guardias: tres con cuchillos largos y curvos estilo kukri, rápidos y letales en corta distancia, dos con bastones de energía que chisporroteaban con luz azulada ondas temporales que ralentizaban o aceleraban golpes.

Los de cuchillos se lanzaron primero, movimientos coordinados como en una danza mortal: uno por el flanco izquierdo, otro por la derecha, el tercero directo al centro con un salto giratorio.

Rigor no retrocedió.

El primero llegó con un tajo descendente al hombro. Rigor inclinó el cuerpo medio centímetro. La hoja pasó rozando su oreja, cortando un mechón de cabello morado. En el mismo movimiento, su katana subió en reversa, abriendo al atacante desde la ingle hasta el esternón. El cuerpo se partió en dos mitades que cayeron por separado, intestinos derramándose como cuerda húmeda.

El segundo cuchillo llegó por la derecha, un corte horizontal al cuello. Rigor detuvo el tiempo de nuevo. Caminó alrededor del atacante congelado, colocó la punta de la katana en la base de la mandíbula y empujó hacia arriba. Cuando el tiempo volvió, la hoja salió por la coronilla, partiendo el cráneo en dos como una nuez. El cuerpo se quedó de pie un segundo, sangre brotando de la división perfecta, antes de colapsar.

El tercero saltó con giro, cuchillo en ambas manos. Rigor esperó hasta el último instante, giró la muñeca y cortó el aire. La hoja interceptó las muñecas del atacante en pleno vuelo, seccionando ambas manos. El hombre cayó gritando, aterrizando de rodillas mientras los muñones chorreados golpeaban el suelo.

Los dos con bastones de energía atacaron desde atrás.

Uno lanzó una onda azul que ralentizaba el tiempo en un radio pequeño. Rigor sintió el tirón, pero lo contrarrestó con un pulso propio: el espacio alrededor de él se aceleró, rompiendo la onda como cristal. Giró y lanzó la katana como boomerang temporal. La hoja voló en un arco imposible, cortando el bastón por la mitad y luego el pecho del atacante. El cuerpo explotó en una lluvia de sangre y chispas azules.

El último bastón disparó una ráfaga de energía que aceleraba el tiempo en el objetivo de envejecimiento rápido. Rigor se movió en yoctosegundos, apareciendo detrás del guardia. La katana entró por la espalda y salió por el pecho, atravesando el corazón. El hombre envejeció décadas en un segundo: piel arrugada, cabello blanco, huesos frágiles. Cayó hecho polvo y huesos.

Rigor recogió la katana del suelo con un movimiento fluido. La hoja volvió limpia, como si la sangre nunca la hubiera tocado.

El pasillo estaba vacío ahora. Solo cuerpos, sangre y silencio. Rigor siguió avanzando. El lugar ya no era seguro. Era un matadero. Y él era el verdugo.

Rigor siguió caminando y salió de la mansión sin detenerse, el aire salado y húmedo de la isla golpeándole el rostro como un reproche. Sin mirar atrás, lanzó la katana con un gesto seco. El arma giró en el aire, hoja brillando bajo el amanecer, y se perdió entre la vegetación y las rocas como si ya no tuviera ningún valor. Al instante siguiente, alzó la mano abierta. Un pulso de energía pura salió disparado contra el barco portal. El impacto fue absoluto: las runas se quebraron como cristal helado, el casco se partió por la mitad y la estructura colapsó en una explosión de luz blanca y fuego azul que iluminó la costa entera. No habría escape. No para nadie.

Entonces algo se quebró dentro de él.

La mente de Rigor se aceleró hasta un punto que no pertenecía a ningún ser vivo. Procesaba información como si se hubiera sincronizado con algo anterior incluso al nacimiento del universo: ecos más viejos que cualquier línea temporal conocida. Sus células entraron en un estado de superposición cuántica temporal inestable; su cuerpo dejó de pertenecer a un solo instante. El tiempo ya no fluía alrededor de él: lo devoraba.

Rigor corrió. No fue velocidad. Fue ausencia. Alcanzó un umbral que nadie había tocado antes: el tiempo de Planck. La realidad se volvió granular, rota en fotogramas demasiado pequeños para existir. Sus ojos veían a varios enemigos al mismo tiempo desde ángulos imposibles, no porque se moviera rápido, sino porque estaba en todos esos instantes simultáneamente. El mundo se fragmentaba; él se fragmentaba con él.

Su cuerpo comenzó a radiar luz violenta, antinatural. El cerebro anuló leyes. La carne ignoró límites. La lógica dejó de aplicar. Era fuerza histérica llevada al extremo absoluto: adrenalina en cascada, sistema nervioso simpático forzado más allá de cualquier barrera de seguridad, músculos contrayéndose con una eficiencia que debería haberlos destrozado. Los huesos resistían por pura negación de la realidad. Rigor no solo rompió los límites del cuerpo: los negó. Y el precio empezó a cobrarse de inmediato.

Atravesó a dos guardias. No los golpeó. No los atacó. Solo los tocó. Sus cuerpos explotaron desde dentro: una expansión instantánea de energía que convirtió carne, hueso y alma en una nube roja suspendida en el aire. Rigor siguió adelante, más rápido aún. La luz no podía alcanzarlo. El sonido quedaba atrás. Los guardias de la isla morían antes de entender que estaban muertos.

Cabezas arrancadas en una sucesión imposible. Cuerpos cayendo sin saber por qué. Sangre salpicando su piel… porque él lo permitía.

Cada cabeza que caía traía consigo un fragmento: recuerdos ajenos, miedo, órdenes, culpas. Todo entraba en su mente como una avalancha que no podía detener. Y entre ese caos, el tiempo traidor, implacable le mostró algo más.

Un recuerdo futuro. Un chico de cabello café y ojos del mismo color lo observaba. Sonreía. No con maldad, sino con una seguridad absoluta que helaba la sangre. Luego la visión cambió: ese mismo chico enfrentando a algo que no debía existir, una divinidad o peor. Después, la imagen se volvió insoportable: el chico matando a la mitad de la existencia, borrando vida como si no significara nada, sin dudar, sin remordimiento.

—Nah… yo ganaré.

La voz resonó como una burla al destino mismo.

La escena cambió una última vez: el chico caminando hacia el combate final, mientras alguien en algún punto del tiempo, en algún lugar del multiverso pronunciaba con solemnidad absoluta:

—El más fuerte de hoy.

El futuro se cerró con un chasquido.

Rigor arrancó la última cabeza. Y se detuvo. La fricción generada por su movimiento era suficiente para desgarrar la realidad entera, pero la anuló con pura voluntad, con un esfuerzo que le arrancó un gemido interno. Poco a poco, forzó a su cuerpo a regresar a la normalidad. La superposición colapsó. Las leyes regresaron, obedientes, como perros castigados que saben que han sido vencidos pero volverán a morder.

La luz se apagó.

Rigor cayó de rodillas. Un dolor insoportable le atravesó la cabeza, como si le estuvieran partiendo el cráneo desde dentro con un martillo de tiempo. Sangre brotó de sus ojos por el sobreesfuerzo, corriendo por sus mejillas en hilos calientes. Su boca se llenó de sabor metálico y amargo. Respiraba con dificultad, el cuerpo temblando, pero seguía consciente.

La isla estaba en silencio.

Y Rigor… seguía en pie. Pero dentro de él, algo se había roto para siempre. La rumiación ya había comenzado: fragmentos de Clasto sonriendo, de sus padres guiándolo al camino oscuro, de la voz del chico diciendo “Nah… yo ganaré”. No pararía nunca.

Pero la mansión aún se erguía al fondo. Dos figuras quedaban dentro: Rod, el instructor que lo había forjado a golpes, y Clork, el jefe que había ordenado la muerte de Clasto. Ellos habían sobrevivido al caos inicial. Esperaban. Y Rigor lo sabía.

Se levantó lentamente. La katana seguía perdida en la vegetación, pero ya no la necesitaba. Lo que venía ahora no era una masacre. Era la última pelea. La que cerraría este capítulo de su vida con sangre y silencio. Con pasos pesados, avanzó hacia la mansión una vez más.

Continuará…

El combate se va a decidir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo