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History academy - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 El Caos
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3: El Caos.

3: El Caos.

En un lugar más allá de la lógica, donde el concepto de luz no existe, donde todo es oscuridad absoluta no por falta de luz, sino por esencia, algo se movió.

No fue un temblor ni un estruendo, solo una presencia.

Unos ojos se abrieron.

Blancos.

No brillaban, no iluminaban…

solo eran.

En medio de la nada, dos ojos blancos, como fracturas en la realidad oscura.

Su dueño tenía cabello negro como el abismo, su piel del mismo tono.

Su vestimenta, de existir tal cosa, se confundía con su forma, envolviéndolo en sombras líquidas.

Todo en él era oscuridad pura, menos sus dientes y ojos.

El ser se incorporó, como si despertara de un letargo de eones.

Con ese solo gesto, una leve onda negra pulsó desde su cuerpo y varios microagujeros negros nacieron y murieron a su alrededor, como si su despertar alterara las leyes naturales de ese sitio, si es que había alguna.

Permaneció en silencio por varios segundos…

o tal vez años.

El tiempo no tenía sentido en aquel plano.

—Estoy…

despierto —susurró con una voz que no hizo eco, pero sí causó ondulaciones en la nada.

Miró sus manos.

Al cerrarlas, el vacío se retorció.

Al abrirlas, una chispa de poder pareció nacer entre sus dedos.

Sintió que podía destruirlo todo con una orden, una emoción…

un pensamiento.

Pero algo en su pecho latió, como una intuición enterrada.

—¿Y si…

puedo crear?

Esa idea, ajena a lo que parecía ser su naturaleza, lo intrigó.

Movió las manos de forma distinta.

Sintió resistencia, como si la creación doliera más que la destrucción.

Poco a poco, de entre la sombra, surgió una figura pequeña: humanoide, de tez grisácea, de ojos vacíos, y con un corazón hecho de sombra palpitando débilmente.

El ser dio un paso atrás, observando a la pequeña criatura con una mezcla de curiosidad y asombro.

—Tú…

eres…

mío —dijo con voz profunda, pero no violenta—.

Te he hecho yo…

La criatura levantó la mirada.

No habló, pero sonrió, como un niño reconociendo a su creador.

El ser sintió algo que no había experimentado antes.

—¿Es esto…

alegría?

Pero esa emoción, desbordada, lo superó.

Al acercarse, intentó tocar a la criatura…

y la apretó con demasiada fuerza.

Un leve destello oscuro y sordo sonó en el vacío.

La pequeña figura se deshizo, regresando a la nada.

El silencio volvió.

El ser miró sus manos, confundido, temblando ligeramente.

—Yo…

no quería…

—murmuró, y por primera vez bajó la cabeza.

Entonces comprendió algo: tenía el poder de crear, sí.

Pero su naturaleza, su esencia, estaba ligada al equilibrio.

Si deseaba crear, debía aprender a contener lo que siempre había sido.

Y así, en ese rincón de oscuridad eterna, un dios sin nombre, sin propósito claro, comenzó a descubrirse a sí mismo.

No por su poder… Sino por su error.

Aquel ser, aún envuelto en la niebla de su recién adquirida consciencia, se detuvo un momento a pensar.

Había matado… o más bien, había deshecho la existencia de una criatura que apenas había tenido tiempo de comprender.

Un leve remordimiento se apoderó de él, no por compasión, sino por la extrañeza de sentir algo.

—Supongo que si tengo consciencia… necesito un nombre —murmuró para sí.

Lo primero que cruzó por su mente fue “Carlos”.

Sonaba… interesante, tal vez humano, pero algo en su interior lo rechazó con una mueca.

—Carlos… no, suena demasiado bueno, demasiado…

común —reflexionó, dando un paso entre las ruinas del lugar que había creado y destruido casi al mismo tiempo.

Probó otro: “Gokaui”.

Lo repitió en su mente una y otra vez, pero tampoco encajaba.

Le sonaba a algo sin creencias, sin sustancia.

Un nombre vacío.

Entonces, sonrió.

Alzó la mano lentamente y chasqueó los dedos con un eco que retumbó entre las dimensiones que lo rodeaban.

—Me llamaré…

Karla’k —declaró, con voz firme y orgullosa.

Sintió que el nombre encajaba como una pieza olvidada en un rompecabezas infinito.

En él resonaba algo antiguo, primitivo, caótico.

Y al pensarlo, lo entendió.

—Puedo crear… y destruir con la misma facilidad.

No obedezco a leyes ni me rijo por reglas.

Soy el principio y el final del orden.

Entonces… ¿qué soy?

—hizo una pausa, dejando que la oscuridad a su alrededor lo envolviera—.

¿Un dios?

No.

¿Un ser?

Quizás.

¿Un concepto?

Sí… eso tiene más sentido.

Y entonces, con una sonrisa tan amplia como la eternidad misma, Karla’k lo dijo en voz alta: —Soy el caos.

¿Y si… soy el concepto más fuerte?

Su risa resonó en los confines del vacío, un eco sin fin de algo que recién comenzaba a ser.

Sintió algo que jamás había experimentado: emociones.

Un torrente abrumador le recorría el pecho si es que podía llamarse así.

No comprendía lo que sucedía dentro de sí, pero por primera vez… se sentía vivo.

Y eso era extraño.

Incompatible.

Inaceptable… para un ser como él.

Era caos.

Era la contradicción hecha carne conceptual.

Un ente que no debería sentir, que no necesitaba comprender, y sin embargo, ahí estaba, tocado por la chispa de lo humano, de lo divino… de algo más allá de la lógica.

Sintió la divinidad dentro de sí.

El fuego primordial que acompaña solo a los dioses verdaderos.

“¿Acaso soy el dios del caos… y su concepto mismo?”, se preguntó con una sonrisa que desafiaba el vacío.

—Entonces crearé… con todo lo que tengo.

Si el caos era el inicio de todo, él no solo lo dominaría: lo celebraría.

Porque si de algo estaba seguro Karla’k, era que el universo jamás volvería a ser igual.

Él sintió un impulso irresistible.

Si había nacido para crear y destruir, no podía quedarse inmóvil.

Con un gesto decidido, comenzó a moldear la nada que lo rodeaba.

Primero, trazó los límites de un reino flotante, un vasto territorio suspendido en el vacío.

Su mente y su poder trabajaban a una velocidad vertiginosa, y la magnitud de lo que formaba era colosal: un continente inmenso, con una extensión de 45.9 millones de kilómetros cuadrados.

La tierra se alzó majestuosa, llena de picos, valles y llanuras, pero flotando libre entre las estrellas negras.

Para dar vida y energía a su creación, Karla’k convocó una luz artificial, una esfera incandescente que se alzó en el cielo oscuro como un sol.

Su brillo no era natural, sino forjado con su poder, una fuente de calor y luz que bañaría el reino con su resplandor.

Era solo el comienzo de algo grande, una señal del caos que podía también engendrar orden y existencia.

Karla’k sonrió ampliamente y aplaudió para sí mismo, con una mezcla de orgullo y asombro.

—Esta es mi primera creación —dijo con voz grave pero satisfecha—.

Aunque recién nací, ya poseo un cuerpo joven y un poder inmenso.

Con un movimiento de su mano, comenzó a moldear una energía vibrante y caótica, pura en su esencia.

Para su magnificencia, aquello era el caos en su forma más pura y concentrada.

Lo partió en varios fragmentos, pequeños y poderosos, que lanzó con rapidez hacia el vasto continente flotante.

Así nacía la primera raza: la raza caótica.

Llevaban el sello de Karla’k, nacidos en su imagen y semejanza, con un consentimiento natural más fuerte y puro que cualquier otra raza que aún estaba por existir.

Porque Karla’k así lo quiso.

Ellos serían el reflejo vivo de su poder y esencia, los primeros hijos del caos que comenzarían a poblar ese reino suspendido en el vacío.

Karla’k aún tenía sus sentimientos a flor de piel.

Sentía una mezcla extraña, como si la felicidad estuviera rota dentro de él.

Aun así, estaba orgulloso.

Por primera vez, sentía que había mejorado, que había hecho algo más allá del caos: había creado.

Aquel lugar que ahora existía no era para él, sino para una raza que había nacido de su esencia.

Y por eso, él gobernaría ese lugar.

Sería su reino.

Miró a los habitantes que había formado, todos únicos, todos con algo de él.

Pero uno le llamó la atención.

Era distinto.

Tenía una actitud servicial, tranquila, casi humilde.

Eso lo intrigó.

¿Podría ese ser ser más que un habitante?

¿Quizás… un amigo?

Se acercó a él y le preguntó su nombre.

El ser no supo qué decir.

No tenía uno.

Karla’k sonrió, y con voz suave dijo: —Desde este momento, te llamarás Konan.

Luego lo abrazó, como si con ese gesto le diera identidad.

Konan lo miró en silencio unos segundos… y luego le devolvió el abrazo.

Por un instante, el caos y la soledad de Karla’k se apagaron un poco.

Konan, después de abrazar a Karla’k, lo soltó con respeto, asegurándose de que su dios estuviera bien.

Observó a su alrededor, contemplando aquel extraño mundo.

Aunque no había aire, todos vivían… y eso solo podía significar una cosa: el caos también podía sostener la vida.

Había seres de toda clase, incluso animales, algunos tan caóticos como el entorno mismo.

Todos respiraban, pensaban o actuaban… porque Karla’k les había dado existencia, tanto a lo racional como a lo salvaje, todo por el bien de su nuevo pueblo.

Fue entonces que Karla’k, de pie frente a todos, alzó la voz: —Siganme.

Todos ustedes… hacia el centro de este mundo.

Lo llamó simplemente el continente.

Un lugar cubierto de montañas negras, tierra ardiente y agua brillante que fluía de manera antinatural, subiendo en lugar de caer, desafiando la lógica misma.

Cuando llegaron a una planicie amplia y abierta, Karla’k chasqueó los dedos.

Y en un instante, ante los ojos de todos, un gran reino surgió del vacío.

Torres, murallas, caminos y estructuras colosales se formaron en medio de la energía caótica.

Era majestuoso, oscuro y vivo.

—Este será nuestro hogar —dijo Karla’k con solemnidad—.

El Reino del Caos.

Mi reino.

Nuestro reino.

Karla’k observó su reino recién creado y sonrió.

Lo que sentía al crear era indescriptible.

Nunca imaginó que algo tan sublime como dar vida, formar estructuras y modelar la existencia pudiera ser tan satisfactorio.

A su lado, Konan miraba a su dios, aquel que lo había traído al mundo… y a quien comenzaba a ver como un amigo.

Pero algo pesaba en el corazón de Konan.

Si él era especial para Karla’k, ¿por qué se sentía tan vacío?

¿Debería ignorar ese sentimiento?

Las preguntas resonaban en su mente como ecos perdidos, y Karla’k, que percibía incluso las dudas no dichas, notó su inquietud.

El pueblo, al percibir la tensión entre su dios y su compañero, les dio espacio.

Admiraron el nuevo reino: casas oscuras como el abismo, montañas negras que vibraban con poder, y agua brillante que fluía desafiando toda lógica.

Sin pensarlo, se adentraron en sus hogares, como si siempre hubiesen vivido allí.

Entonces, Karla’k se acercó a Konan.

Le respondería todas sus preguntas.

Era momento de que entendiera su propósito… y el verdadero significado del caos.

Konan, con la voz temblorosa, le preguntó si realmente los amaba, a él y al pueblo.

Karla’k, sin dudar, asintió.

Sí, los amaba.

Sabía que su pueblo podía vivir en paz y protegerse mutuamente.

Nunca los abandonaría… pero si alguna vez debía hacerlo, sería solo para proteger aquello que más amaba.

Karla’k lo observó y dijo.

—Sí.

Te he observado desde el primer suspiro que diste… y aún me sorprendes.

— dijo Karla’k con un tono amable y solemne.

Konan bajó la mirada, como si buscara respuestas en la tierra misma.

—A veces siento que no merezco estar aquí.

— mencionó Konan con una mirada perdida casi sin levantarla.

Karla’k dio un paso hacia él, su presencia inmensa, pero no opresiva.

—La duda no es debilidad.

Es parte de tu fuerza.

Eso también lo puse en ti.

— Dijo con una sonrisa en sus ojos.

Konan levantó la vista, con los ojos cristalinos.

—¿Entonces… me diste la duda para que aprendiera a vivir con ella?

— dijo esas palabras como si quisiera llorar.

Karla’k asintió con suavidad.

—Y para que te hiciera libre.

—Dijo Karla’k con una sonrisa y puso su mano en el hombro de Konan.

— Eso es lo que hace un verdadero Dios.

El viento sopló, oscuro pero cálido.

Los pilares del reino recién creado vibraban levemente, como si también escucharan.

Konan volvió a hablar.

—¿Tú… me quieres, Karla’k?

— Dijo sin arrogancia, solo quería la verdad de su Dios.

Hubo un breve silencio.

No por indecisión, sino por respeto.

Un respeto que solo entendía él y Karla’k.

Karla’k lo miró a los ojos.

—Sí.

No como una creación.

No como un sirviente.

Como un reflejo…

de lo que quiero proteger.

— dijo Karla’k con suavidad y claridad.

— Eres mi amigo y debo protegerte.

Konan cerró los ojos un instante y respiró profundo.

—Entonces lucharé.

No por obligación… sino porque te creo a ti también, Karla’k.

— Dijo Konan con servicialidad a su Dios creador.

Karla’k sonrió por primera ante lo que dijo su amigo.

—Entonces… somos creadores los dos.

— Dijo para quitarle la mano de los hombros y decir.

— Y todo esto es nuestro.

Karla’k dio la vuelta con lentitud, sus ojos contemplaron el vasto horizonte de su creación.

Era un mundo joven, profundo en esencia pero aún carente de alma.

—Ve a tu casa, amigo mío… —murmuró con solemnidad—.

Yo debo ir al reino.

Dentro de unos días, habrá cosas maravillosas.

No hubo despedida teatral, ni palabras vacías.

Solo una afirmación cargada de poder.

Karla’k caminó solo, sin escolta ni sonido más que el eco de su propio paso resonando en la tierra que él mismo había moldeado.

Cada pisada era un susurro al tiempo, un llamado al destino.

Al llegar a su palacio, este se abrió como si lo estuviera esperando desde hacía siglos.

Las paredes se cerraron tras él, y con su entrada, el mundo pareció apagarse, como si comprendiera que su creador necesitaba silencio.

Se sentó en su trono, alto, inabarcable, y pensó.

Los siglos pasaron allá afuera como segundos dentro.

El tiempo fluyó distinto en su presencia.

Su raza, poderosa, longeva, capaz de durar más allá de billones de ciclos… aún así, su conocimiento era limitado.

Sus almas eran vastas pero sin dirección.

Habían aprendido a existir, pero no a protegerse de lo que podría venir.

Karla’k sintió algo que rara vez lo tocaba: miedo.

Un miedo antiguo.

Instintivo.

No por su vida, sino por su pueblo.

El miedo de que un día, algo o alguien pudiera despertar que ni siquiera él pudiera detener.

Entonces lo hizo.

Desde su trono, alzó su mano y creó soldados, guardianes sin tiempo, forjados de su misma esencia, invencibles ante lo vulgar, leales solo a él.

Y con ellos, les entregó todo su conocimiento, cada secreto, cada visión del caos y del orden.

Les dio razón, propósito, y juicio.

Les dio nombres que solo él pronunciaría.

No serían solo defensa.

Serían advertencia.

Mientras el exterior aún estaba oscuro, fuera de los muros del reino, dentro del palacio se iluminaban pasajes de sabiduría, ecos del propio Karla’k enseñando a su guardia élite lo que significaba vivir… y proteger de él mismo, si alguna vez fuera necesario.

Karla’k caminó por los pasillos de su palacio con paso lento.

Las paredes parecían más silenciosas que de costumbre.

Cada eco de sus pies era un peso más en su conciencia.

Se detuvo frente a la sala del trono, suspiró, y empujó las puertas con un gesto.

El mundo exterior había cambiado.

Años, siglos, quizás más, habían pasado.

Pero dentro de él… algo se quebraba.

—Soy un peligro para ellos —murmuró.

Se sentó en el trono.

Sus dedos tocaron el brazo del asiento, como si buscara consuelo en el frío del metal.

Entonces, la sintió.

Una presencia firme, serena, conocida.

Se giró.

Ella ya estaba allí.

—Escarlata…

—la nombró, como si por fin la viera con claridad.

La general escarlata se arrodilló frente a él.

Su armadura brillaba como fuego contenido.

—Mi señor Karla’k —dijo con firmeza—, siempre he estado aquí.

Karla’k la observó en silencio.

No recordaba haberla creado… y sin embargo, la conocía.

Su esencia era suya, pero su historia le era ajena.

Había estado tan encerrado en su mente, que no vio crecer a su propia creación.

Una que se volvió líder por voluntad, no por orden.

—El reino es tuyo —dijo, al fin—.

Yo… ya no puedo protegerlos.

Solo los haré temer.

Escarlata levantó la vista, sorprendida.

Pero no protestó.

No lo detuvo.

—Entonces lo cuidaré —respondió—.

Por ti.

Por ellos.

Karla’k asintió con una mirada amarga, pero aliviada.

Se levantó del trono, y sin mirar atrás, se fue.

Su figura se desvaneció en una niebla oscura.

Fuera, en la ciudad, el cielo cambió.

Había comenzado una nueva era.

La era de Escarlata.

Escarlata estaba sentada en el centro del gran salón del reino, con la mirada fija en el vacío.

Había sido nombrada reina, pero ese título no había llenado el vacío que sentía en su interior.

La responsabilidad la abrumaba, y a pesar de todo, sabía que debía seguir adelante.

—Tengo que hacerlo por Karla’k —susurró, apretando los puños—.

Por nuestro dios, nuestro rey.

Ella no había nacido como los demás habitantes del reino.

No provenía directamente del poder de Karla’k.

Escarlata había llegado al mundo de manera común, nacida en una familia sencilla, con un padre y una madre trabajadores y bondadosos que le enseñaron el valor del esfuerzo y la voluntad.

Por su propia fuerza, Escarlata se convirtió en general, superando a muchos que no lograron llegar tan lejos.

Era imparable y su único propósito ahora era cuidar y proteger el reino que le habían confiado.

En un rincón del reino, Konan caminaba pensativo.

Había tomado distancia de su amigo Karla’k, pero seguía atento a todo lo que ocurría.

Cuando escuchó que Karla’k se había ido, una tristeza silenciosa lo invadió.

—¿Por qué se fue?

—preguntó con voz baja, como para sí mismo.

Sabía que debían ser fuertes, por Karla’k y por el pueblo.

Mientras tanto, más allá, en la oscuridad sin vida ni luz, Karla’k observaba el reino desde su trono, rodeado por la nada.

No había estrellas, ni cielos, solo un vacío inmenso y silencioso.

—¿Cuánto tiempo estuve ausente?

—se preguntó en voz baja—.

¿Cuánto miedo habré causado a mi gente?

El miedo le punzó el pecho.

No quería ser un peligro para aquellos a quienes había creado.

Con cuidado, comenzó a moldear una nueva dimensión.

No era ni demasiado grande ni pequeña, sino lo justo para proteger a su pueblo.

Creó reglas, leyes que darían sentido a ese espacio vacío y oscuro.

Para darles ciclo y tiempo, formó una luna que sería la guardiana de las noches y las horas, dando luz y sombra alternadas.

Luego, con un gesto simple, un movimiento de sus dedos, reunió a su pueblo y los transportó lejos, a esa dimensión protegida y aislada, donde nadie podría dañarlos.

Konan observaba a Escarlata, que aún seguía con la mirada fija en el suelo.

—¿Crees que él volverá?

—preguntó, sin alzar mucho la voz.

Escarlata suspiró y levantó la vista con determinación.

—No lo sé, Konan.

Pero mientras tanto, nosotros debemos ser la fuerza que él no pudo ser.

Debemos proteger este reino.

Konan asintió.

—Entonces no hay otra opción que luchar.

Por Karla’k.

Por nuestro futuro.

Y así, bajo la luz tenue de la luna que Karla’k había creado en medio de la oscuridad, comenzaron a preparar el reino para lo que vendría, conscientes de que su lucha apenas había comenzado.

Karla’k estaba sentado en su trono negro, imponente y frío.

De la parte trasera del trono sobresalían espinas blancas que parecían absorber la poca luz que había en la oscura sala.

Su mirada estaba fija en el vacío, pensativo, con el peso de sus decisiones rondando su mente.

Había alejado a su pueblo de él, consciente del peligro que podía representar.

Pero, en el fondo, se preguntaba si realmente había hecho lo correcto.

Suspiró profundo y una idea comenzó a tomar forma en su mente.

—¿Y si vuelvo a crear?

—murmuró, con un dejo de duda y determinación.

A pesar del miedo que sabía que eso traería, su deseo de seguir moldeando el destino era más fuerte.

Y así, en un lugar muy lejano, en una dimensión fría y metálica, bajo la sombra del caos, algo nuevo comenzaba a brillar.

Un planeta nacía, listo para dar paso a una nueva era.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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