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History academy - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - Capítulo 30: El último encuentro.
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Capítulo 30: El último encuentro.

Rigor avanzó de regreso hacia la mansión con pasos firmes, aunque su cuerpo aún protestaba en cada movimiento. La sangre seca cubría parte de su rostro y su ropa estaba rasgada, empapada de recuerdos que no le pertenecían. El dolor seguía ahí, punzante, pero ya no lo frenaba. Lo aceptaba como parte del precio.

Sabía que faltaban pocos. Lo sentía.

La isla estaba demasiado silenciosa para haber terminado. Entre ese silencio quedaban las presencias más pesadas, las que no huían ni gritaban. Los guardias de élite, entrenados para pelear incluso cuando todo estaba perdido. Y más allá de ellos, como sombras inevitables al final del pasillo del destino, estaban Rod y Clork.

Rod, el instructor brutal. El hombre que lo había forjado a golpes, que confundió disciplina con crueldad y llamó lealtad al miedo. El que escuchó, el que traicionó, el que lo entregó sin dudar cuando vio una oportunidad de sobrevivir un día más. Y Clork.

El estratega. El que sonreía mientras calculaba cuántas vidas podía sacrificar sin perder ganancias. El que hablaba de familia mientras construía jaulas invisibles. El que vio a Clasto no como un niño, sino como una herramienta… desechable.

Rigor apretó el puño hasta que los nudillos crujieron. El eco de Clasto: “Véngame…” latía en su cabeza como un segundo corazón. No pararía.

Cada paso hacia la mansión era un eco pesado, como si la propia isla entendiera que se acercaba el final. Las luces exteriores parpadeaban, dañadas por la energía residual del combate. El aire estaba denso, cargado de electricidad estática, olor a metal quemado y un leve regusto a sangre que el viento no lograba llevarse. No había prisa.

Ellos no escaparían.

Rigor no caminaba ya como un sicario ni como un templario al servicio de una mafia. Caminaba como algo distinto, algo que había nacido en el calabozo junto al cuerpo sin vida de Clasto. Algo que había aceptado que no quedaba redención, solo cierre.

—Solo ustedes… —murmuró, casi para sí mismo, la voz ronca por el esfuerzo anterior.

La mansión se alzaba frente a él, imponente, lujosa, manchada ahora por la sangre de quienes creyeron que el poder los protegería. Rigor cruzó el umbral sabiendo que, cuando todo terminara, ese lugar dejaría de existir para siempre.

Rod y Clork eran lo último. Y Rigor no pensaba irse hasta que el silencio fuera absoluto.

Rigor termina llegando al lugar con ese sonido de zapatos que se escuchaba muy bien, como se subía cada escalón y entrando a la mansión. Sus pasos eran firmes e infalibles, un sonido seco y deliberado que resonaba contra las paredes altas y los techos abovedados. Cada bota golpeaba el mármol pulido como un martillo sobre un yunque helado, y el eco parecía viajar más allá de los pasillos, como si la mansión misma contuviera el aliento.

El miedo recorría todo el lugar. No era un miedo gritón ni histérico; era silencioso, profundo, de ese que eriza la piel y acelera el corazón sin una razón aparente. Las luces de los candelabros colgantes titilaban, no por una corriente eléctrica inestable, sino porque la energía residual de Rigor las hacía vibrar. Las sombras se alargaban y encogían, como si intentaran huir de él. En algún punto lejano, un reloj de pared dio una campanada solitaria y luego se detuvo. Nadie se atrevió a arreglarlo.

El vestíbulo principal estaba vacío, pero no desierto. Había rastros: una silla volcada, una lámpara rota, un charco de sangre que aún no se había secado del todo. Rigor pasó junto a ellos sin mirarlos. No necesitaba pruebas de lo que ya había hecho afuera. Lo que importaba estaba adelante.

Subió la escalera principal. Cada peldaño crujía bajo su peso, como si la madera supiera que no volvería a soportar pisadas. El pasamanos de madera oscura estaba manchado de huellas ensangrentadas que no eran suyas. Alguien había intentado huir. No lo logró.

Al llegar al rellano superior, el pasillo se extendía como un túnel hacia la nada. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas, pero detrás de ellas se escuchaban respiraciones contenidas, susurros ahogados, el roce de cuerpos pegándose a la pared, intentando volverse invisibles.

Rigor no se detuvo. Siguió caminando.

El aire se volvía más denso cuanto más avanzaba. Olía a cera quemada, a sudor frío y a pólvora vieja. Las lámparas de gas parpadeaban, como si tuvieran miedo de iluminarlo por completo. Su sombra se proyectaba enorme detrás de él, alargada y distorsionada, como si el propio pasillo tratara de escapar de su presencia.

Entonces escuchó el clic. Un sonido metálico, preciso. El mecanismo de un arma siendo amartillada.

Rigor se detuvo. No giró la cabeza. Solo ladeó ligeramente el rostro.

Desde el fondo del pasillo, una voz ronca y temblorosa rompió el silencio.

—Detente ahí, Nahuel.

Era uno de los guardias de élite. Uno de muchos que faltaban matar y que quedaba en pie. Estaba en la penumbra, rifle levantado, dedo en el gatillo. Sus ojos brillaban con una mezcla de terror y resignación.

Rigor no respondió. Solo lo miró.

El guardia tragó saliva. El arma temblaba en sus manos.

—Sé lo que hiciste afuera… sé lo que les hiciste a todos… Pero aquí termina. Clork y Rod están en la sala de mando. No pasarás.

Rigor dio un paso más. Su mirada se sentía penetrante ante el guardia.

El guardia disparó. El estruendo fue ensordecedor. La bala salió disparada, directa hacia el pecho de Rigor.

Y se detuvo.

No en el aire. No por un escudo invisible. Simplemente dejó de moverse a centímetros de su piel, como si el tiempo mismo hubiera dicho no.

Rigor extendió la mano lentamente. La bala flotaba, inmóvil, atrapada en un instante congelado.

El guardia abrió los ojos de par en par.

Rigor cerró los dedos. La bala se deshizo en polvo de plomo, que cayó al suelo como ceniza.

El guardia dejó caer el rifle. Sus rodillas cedieron. Cayó sentado, respirando con dificultad, mirando a Rigor como si estuviera viendo a la muerte misma caminar hacia él.

Rigor pasó a su lado sin tocarlo.

—No eres uno de ellos —dijo con voz baja, casi indiferente—. Vive.

Las palabras de Rigor resonaron por el lugar. Mientras el guardia tiembla, sentía pánico por aquel sicario, que en sus recuerdos le recordaba a Nahuel. Nahuel y Rigor básicamente les recordaba mucho a ese monstruo demasiado para él. El guardia escapó y corrió lo más lejos posible de ese lugar. No quería volver a dentro solo quería irse lejos de ese lugar dejando a Rigor.

Rigor, solo suspiro no comento nada, no lo necesitaba de su parte gastar energías en esto, caminó unos cuantos metros y se detuvo frente a la puerta. Detrás de esa puerta estaban Rod y Clork. Los últimos. El silencio de la mansión se volvió absoluto. Rigor puso la mano en la manija. Y la abrió.

Rigor abrió la puerta, soltó la manija y dio un paso al frente.

Entró en un recinto amplio, bañado por una mezcla fría de luz artificial que se reflejaba sobre el mármol pulido del suelo y las columnas. El lugar imponía silencio. A los costados había varios guardias: pocos, tensos, algunos desconocidos. Entre ellos se distinguían nuevos mafiosos y unos cuantos sicarios, todos con la postura rígida de quienes saben que no habrá retirada.

—Son los últimos —dijo Rigor con voz firme, sin rastro de duda.

Su mirada recorrió la sala hasta detenerse en el centro. Allí estaban Rod y Clork, de pie, separados pero sincronizados, con los cuerpos ligeramente inclinados hacia adelante, listos para reaccionar. No hablaban, no era necesario. Sus manos estaban preparadas, sus ojos fijos, y el ambiente se cargó de una tensión densa, como si el mármol mismo contuviera la respiración.

El enfrentamiento era inevitable.

Primero, uno de los guardias se lanzó contra Rigor.

Su velocidad dejó pequeños destellos en el aire, como chispas breves que marcaban cada paso. Para cualquiera habría sido difícil seguirlo, pero Rigor no se alteró. Su cuerpo apenas se movió: unos cuantos ajustes mínimos, casi imperceptibles. En su mente, el trayecto del enemigo ya estaba claro.

Adivinó el instante exacto en que intentaría atacarlo por la espalda.

Rigor solo retrocedió el brazo. El codo salió disparado hacia atrás y se hundió con precisión quirúrgica en el plexo solar, justo en la boca del estómago. El impacto robó todo el aire del guardia; el cuerpo se dobló sobre sí mismo en un espasmo silencioso.

Antes de que pudiera caer, Rigor dio un paso corto y, con un movimiento cargado de energía controlada, descargó el segundo golpe directo a la sien. Seco. Definitivo.

El enemigo se desplomó sin siquiera entender qué había pasado. El mármol volvió a reflejar quietud… pero la tensión en la sala apenas comenzaba.

Rigor movió lentamente la cabeza y volvió a clavar la mirada en todos sus enemigos.

En el instante en que varios se le lanzaron al mismo tiempo, su cuerpo reaccionó sin vacilar. No había prisa, no había caos: cada movimiento estaba calculado. Avanzó un paso y comenzó a golpear uno por uno, desplazándose entre ellos como una sombra sólida.

Sus ojos analizaban en fracciones de segundo: cuello, sien, tráquea, base del cráneo, corazón. Cada enemigo tenía un punto exacto al cual atacar.

Un golpe corto y preciso apagó al primero antes de que pudiera gritar. El siguiente cayó con un impacto limpio en la garganta, el aire cortado de raíz. Rigor giró sobre su eje, usando el impulso del cuerpo para clavar un ataque letal en el punto vital del tercero, sin desperdiciar energía.

No era brutalidad descontrolada. Era eficiencia absoluta. Cada golpe buscaba el final inmediato. Cada movimiento tenía un propósito claro: matar sin prolongar el combate. Los cuerpos empezaron a caer alrededor, uno tras otro, mientras el eco seco de los impactos se mezclaba con el silencio pesado del mármol.

Rigor respiró hondo… y el mundo cambió.

El tiempo no se detuvo por completo, pero se volvió espeso, pesado, como si cada segundo se estirara bajo su voluntad. Los movimientos de los sicarios se volvieron lentos a sus ojos: balas saliendo de cañones, músculos tensándose antes del golpe, miradas cargadas de intención asesina. Todo era predecible.

Rigor dio el primer paso.

Desapareció de un punto y apareció frente a un sicario que apenas estaba levantando su arma. Un giro corto del torso, la mano abierta, y los dedos impactaron con exactitud en la base del cuello. El crujido fue seco. El cuerpo cayó sin vida antes de tocar el suelo.

El siguiente intentó atacarlo por el costado. Rigor ya lo había visto. Avanzó dentro de su guardia, ignorando la navaja que le rasgó la piel del hombro. El dolor estuvo ahí, punzante… pero irrelevante. Con un golpe ascendente clavó el puño en el esternón, liberando una descarga de energía contenida. El corazón falló en el acto.

El tiempo seguía bajo su control.

Dos más atacaron a la vez. Uno logró golpearlo en las costillas; se escuchó el impacto sordo, el aire escapando de los pulmones de Rigor. Su cuerpo resistió. Apretó los dientes, soportó el dolor, y respondió sin retroceder. Tomó al primero del brazo, lo giró con fuerza y lo usó como escudo humano mientras, con la otra mano, descargaba un golpe preciso en la sien del segundo. Ambos cayeron casi al mismo tiempo.

Rigor avanzaba entre ellos como una sentencia inevitable.

Un sicario logró acertarle un disparo que rozó su costado. La sangre brotó, caliente. Rigor ni siquiera miró la herida. Se impulsó hacia adelante, atrapó al tirador por la cabeza y, con un movimiento brutal pero exacto, giró el cuello más allá de su límite natural.

Otro intentó aprovechar ese instante. Error fatal.

Rigor redujo aún más el flujo del tiempo solo para él. Vio el miedo reflejarse en los ojos del hombre antes de que su codo impactara directamente en la tráquea, aplastándola. El cuerpo se desplomó, convulsionando apenas unos segundos.

Golpe tras golpe, caída tras caída. Algunos lograron tocarlo, herirlo, hacerle sentir el peso real del combate. Cada impacto le arrancaba dolor, cada herida ardía… y aun así, Rigor seguía. Su voluntad era más firme que cualquier daño físico.

Cuando el control del tiempo se disipó, la sala volvió a la normalidad.

El mármol estaba cubierto de cuerpos inmóviles. El silencio regresó, roto solo por la respiración pesada de Rigor y el goteo de sangre cayendo al suelo.

Aún herido, aún de pie, Rigor levantó la mirada. La pelea no lo había quebrado.

Solo había confirmado quién dominaba ese lugar.

Rigor alzó la vista y los vio.

Clork y Rod seguían de pie entre los restos del combate, intactos, observándolo en silencio. Rod, su entrenador, mantenía la postura firme, como si evaluara cada respiración suya. Clork, su jefe, lo miraba con una calma pesada, imposible de descifrar. No había reproche inmediato… ni aprobación clara.

Rigor no supo qué decir.

Las palabras se quedaron atoradas en su garganta, ahogadas por la sangre, el cansancio y todo lo que había hecho ahí dentro. Sus puños temblaron apenas, no por miedo, sino por la tensión contenida que aún recorría su cuerpo.

Entonces tomó una decisión.

Rigor extendió lentamente una mano hacia el centro de la sala. La energía comenzó a concentrarse, densa, vibrante, deformando el aire a su alrededor. El mármol empezó a resquebrajarse bajo sus pies, las luces parpadearon una última vez.

—Esto se acaba aquí… —murmuró.

La explosión fue brutal. Un estallido de energía pura se expandió en todas direcciones, devorando columnas, paredes y techos en una fracción de segundo. La mansión entera fue desgarrada desde sus cimientos; el mármol se pulverizó, el metal se retorció y el fuego se mezcló con la onda expansiva. Todo lo que quedaba dentro fue borrado sin oportunidad de escapar.

Todo… excepto ellos.

Entre los escombros ardientes, Clork y Rod permanecieron con vida. Sus cuerpos estaban cubiertos por escamas de dragón que brillaban con tonos oscuros y rojizos, resistiendo la devastación. Las llamas se deslizaban sobre ellas sin causar daño real, y la presión de la explosión apenas logró hacerlos retroceder unos pasos.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, la mansión ya no existía. Solo quedaba un cráter humeante, fragmentos dispersos y el eco lejano de la destrucción. En medio de ese paisaje arrasado, Clork y Rod seguían en pie, observando el resultado del poder de Rigor.

El silencio que siguió fue más pesado que la explosión misma.

Clork y Rod se lanzaron al mismo tiempo.

Sus cuerpos atravesaron el espacio a una velocidad que superaba al aire y al sonido; no hubo estela ni aviso, solo una presión brutal que deformó el entorno. Rigor reaccionó por instinto puro. Con movimientos mínimos, casi elegantes, comenzó a esquivar: un giro de hombros, un paso lateral, una inclinación precisa.

Golpeó primero a Clork en el pecho, apuntando al punto exacto para romper la respiración. Luego giró y atacó la tráquea de Rod con un impacto limpio, calculado para detenerlo.

Pero no fue suficiente. Ambos resistieron.

En el mismo instante, Clork y Rod contraatacaron. Dos puños avanzaron como meteoros: uno impactó de lleno en el rostro de Rigor, el otro se hundió en su pecho con una fuerza aplastante. El choque resonó como un trueno seco.

Rigor salió despedido hacia atrás, arrastrando los pies sobre los restos humeantes del suelo hasta detenerse varios metros después. Escupió sangre, respiró hondo… y sonrió con rabia contenida.

—Maldición… —gruñó, limpiándose la comisura de la boca—. Hace tiempo no sentía esto. Hizo una pausa, apretando los puños. —O mejor dicho… nunca me había sentido así.

Levantó la mirada. Su tono se volvió serio, oscuro.

Rod dio un paso al frente, con los brazos relajados, pero los ojos afilados como cuchillas.

—No es enojo lo que sientes, Rigor —dijo con voz firme—. Es frustración. Porque por primera vez tu cuerpo encontró un límite.

Clork sonrió de medio lado, sus escamas de dragón aún visibles entre el polvo y las llamas.

—Creíste que después de todo lo que hiciste aquí, seguirías estando solo en la cima —añadió—. Pero no estás peleando contra mafiosos ni sicarios ya.

Rod continuó, sin apartar la mirada de su alumno:

—Nosotros te entrenamos para destruir a otros… pero también para detenerte cuando cruzaras una línea.

Rigor enderezó la espalda lentamente. El dolor seguía ahí, vibrando en cada hueso, pero su postura no se quebró.

—Entonces vengan —respondió con voz baja, cargada de determinación—. Levantó la guardia, con los ojos encendidos. —Porque no pienso retroceder ahora.

El aire volvió a tensarse. El verdadero combate apenas comenzaba.

Rigor vaciló solo un instante. En su mente aparecieron fragmentos sueltos: Clork corrigiendo su postura, Rod colocando una mano firme sobre su hombro después de una derrota, risas breves, silencios cómodos. Momentos pequeños… pero reales. Por un segundo, los sintió como familia.

Pero ese segundo murió ahí mismo.

El recuerdo de Clasto atravesó su pecho como una hoja ardiente. Ese niño mitad dragón y mitad reptiliano, su mirada aún llena de vida, su final injusto. No había perdón posible. No para esto.

—No… —murmuró Rigor, bajando la cabeza—. Clasto tiene que ser vengado.

Alzó la vista y desapareció.

El impacto fue inmediato. Rigor apareció entre Clork y Rod, descargando un golpe brutal con ambos puños al mismo tiempo. La fuerza fue suficiente para hacerlos retroceder varios metros, el suelo quebrándose bajo sus pies. Aun así, ninguno cayó. Sus escamas absorbieron gran parte del daño, vibrando como placas vivas.

Rod fue el primero en responder.

Su cola barrió el suelo en un arco bajo, obligando a Rigor a saltar. En el aire, Clork abrió la boca y exhaló una llamarada densa y comprimida. El fuego no era caótico: estaba dirigido, controlado. Rigor cruzó los brazos y se dejó envolver; el calor quemó su piel, el impacto lo lanzó contra los restos de una columna.

Cayó de rodillas… y se levantó.

—Eso no bastará —dijo con la voz ronca, avanzando entre el humo.

Atacó a Clork de frente, encadenando golpes al torso y al cuello, buscando romper el ritmo. Cada impacto resonaba como metal contra roca. Clork gruñó, resistiendo, y contraatacó con un rodillazo que hizo retroceder a Rigor un paso. Rod aprovechó la apertura: su cola se enroscó alrededor del torso de Rigor y lo levantó del suelo.

—¡Rigor! —rugió Rod— ¡Detente!

Rigor apretó los dientes. Sus músculos se tensaron hasta el límite y, con un grito de rabia, descargó un golpe directo al suelo. La onda expansiva obligó a Rod a soltarlo. Rigor cayó de pie y, sin dar respiro, giró sobre sí mismo, conectando un golpe ascendente al mentón de Rod que lo elevó en el aire.

Clork descendió desde arriba, alas parcialmente extendidas, y lanzó fuego a quemarropa. Rigor cruzó el brazo frente al rostro y avanzó dentro de las llamas, recibiendo el castigo. Su piel ardía, su respiración dolía, pero no se detuvo. Golpeó a Clork en el abdomen con toda su potencia, haciéndolo estrellarse contra el suelo.

Rod cayó detrás de él, de pie otra vez, respirando con dificultad.

—Tu fuerza ha crecido —admitió Rod—. Pero tu rabia te está cegando.

Rigor se giró lentamente, el cuerpo humeante, los ojos llenos de furia contenida.

—Tal vez —respondió—. Pero esta rabia es lo único que me queda.

Ambos dragonoides atacaron juntos: colas, puños, fuego sincronizado. Rigor se movía entre los golpes, esquivando algunos, resistiendo otros, devolviendo cada impacto con una violencia implacable. El combate sacudía el terreno, levantaba polvo, fuego y escombros.

Ninguno cedía.

No era una pelea para decidir quién era más fuerte. Era una batalla entre pasado y presente… y Rigor no pensaba dejar que el pasado lo detuviera.

Rigor se movió. No hubo anuncio, ni preparación visible. En un instante estaba frente a ellos y, con un golpe simultáneo, hundió ambos puños directamente en los tórax de Clork y Rod. El impacto fue brutal, seco, definitivo. Los dos salieron despedidos hacia atrás, arrastrándose entre escombros y ceniza hasta quedar inmóviles por un momento.

Rigor no los persiguió. Se quedó ahí, respirando con dificultad, observando cómo lentamente ambos comenzaban a levantarse. Sus cuerpos estaban dañados, las escamas resquebrajadas, el fuego interno inestable… pero seguían de pie. Siempre lo hacían.

Entonces Rigor bajó los brazos. Y comenzó a mover las manos. Sus dedos trazaron patrones precisos, antiguos, combinando mudras con una calma inquietante. El aire alrededor empezó a distorsionarse, como si el tiempo mismo dudara en avanzar. La presión aumentó, el suelo vibró, el cielo se oscureció levemente.

—Acabaremos esto aquí… y ahora —dijo Rigor con voz firme, sin odio, sin temblor.

Clork y Rod se miraron apenas. No dijeron mucho. No hacía falta.

Ambos abrieron las manos y comenzaron a concentrar energía. Una bola de fuego se formó frente a cada uno, densa, comprimida, girando con furia. No era un ataque desesperado, era su respuesta final.

Rigor alzó la vista.

—Cañón temporal.

La energía explotó desde él como una columna colosal. No era solo poder: era tiempo colapsando sobre sí mismo, eras superpuestas en un solo disparo. El ataque creció hasta volverse gigantesco, una masa imposible destinada a borrar la isla entera junto con todo lo que existiera sobre ella.

Clork y Rod lanzaron sus ataques. El fuego chocó contra el cañón temporal… Y simplemente fue devorado.

No hubo resistencia real.

La colisión creó una explosión absoluta, una luz tan intensa que borró el horizonte. La isla se desintegró en fragmentos de polvo y energía, el mar fue empujado hacia atrás y el cielo se abrió como una herida.

En el centro de todo, Clork y Rod se deshacían. Sus cuerpos se fragmentaban, sus escamas se convertían en cenizas luminosas. En esos últimos segundos, cuando ya no había dolor ni fuerza, sus voces aún alcanzaron a Rigor.

—Perdónanos… Rigor.

No era un perdón por matar. Era un perdón por haber fallado. Por haber perdido… ante el sicario en el que lo habían convertido.

Rigor permaneció inmóvil mientras la luz se apagaba. Cuando todo terminó, solo quedó silencio.

—Ya no puedo hacer mucho… —murmuró Rigor, con la voz vacía.

El viento arrastró las últimas partículas de ceniza. Y Rigor quedó solo, de pie sobre lo que alguna vez fue una isla, cargando no la victoria… sino el peso irreversible de haber cerrado ese capítulo para siempre.

Rigor no sabía qué decir. No había palabras para llenar ese vacío, ni pensamientos capaces de ordenar lo que acababa de perder. El silencio lo envolvía todo, pesado, absoluto, como si incluso el universo guardara respeto.

Solo… empezó a elevarse.

Su cuerpo se alzó lentamente entre las partículas de polvo y energía que aún flotaban en el espacio donde antes existía una isla. No miró atrás. No cerró los ojos. Simplemente dejó que la gravedad dejara de importarle.

Entonces, sin previo aviso, salió disparado.

Atravesó la atmósfera como un destello silencioso, dejando atrás el planeta, las nubes, el cielo, todo rastro de hogar o pasado. El espacio lo recibió con su oscuridad infinita y fría, y Rigor siguió avanzando, cada vez más lejos.

No huía. No buscaba nada. Vagaría. De mundo en mundo, de sistema en sistema, cargando consigo los recuerdos que ya no podía cambiar. No como castigo… sino como recordatorio. De lo que fue, de lo que perdió, y de lo que jamás volvería a ser.

Rigor avanzó hacia lo desconocido, convertido en una figura solitaria cruzando el vacío. Y mientras las estrellas pasaban a su alrededor, una verdad quedó clara, incluso para él mismo: A partir de ahora, su camino no tendría destino. Solo existencia.

Fin.

I’m finishing the chapter about the strongest hitman.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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