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History academy - Capítulo 31

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Capítulo 31: La esperanza.

Después de aquellos acontecimientos, pasaron mil años. En ese lapso, universos nacieron, crecieron y murieron como estrellas fugaces. Algunos se expandieron en silencio; otros colapsaron en caos absoluto. Civilizaciones enteras surgieron y desaparecieron antes de que el eco de sus nombres pudiera viajar entre las estrellas. Y, en medio de ese infinito devenir, una galaxia familiar volvió a formarse.

Dentro de ella surgió nuevamente un mundo conocido. Una Tierra. No era la original, pero su forma, su atmósfera y sus mares eran casi idénticos, como si el propio cosmos hubiera intentado recrear un recuerdo perdido. Sin embargo, aquel planeta estaba marcado por su propio destino.

Era conocida como Tierra 23-B.

En ese mundo, el peligro no era una amenaza lejana ni una historia contada para asustar niños. Era una presencia constante. Día y noche, demonios criaturas nacidas del propio infierno como decían algunos, ecos del pasado roto irrumpían sin previo aviso. No respetaban fronteras, ni horarios, ni pactos.

Aparecían. Y mataban. La humanidad vivía en un estado de alerta perpetua, refugiada en ciudades fortificadas y aldeas que nunca dormían por completo. Murallas de acero, torres de vigilancia y alarmas temporales formaban parte del paisaje cotidiano.

A ese período se le conocía como la Era Haida. El nombre no era solo una etiqueta histórica. “Haida” significaba, en la antigua lengua de los primeros colonos: “el lugar donde los demonios caminan a plena luz.”

Un mundo donde el sol no protegía. Donde la noche no era el único momento de terror. Donde cualquier sombra podía abrirse como una herida en la realidad y vomitar horror sobre la tierra.

Y en ese planeta… En una ciudad costera azotada por tormentas violentas, donde el viento rugía contra los edificios y el mar golpeaba los muelles como si quisiera tragarse la civilización misma, una nueva historia estaba a punto de comenzar.

Porque incluso en un mundo condenado por los demonios… Siempre nace alguien que cambiará el destino.

Y así fue.

El destino, caprichoso como siempre, decidió regalarle al mundo un pequeño fragmento de esperanza. En aquella era oscura, un nombre resonaba con fuerza entre las ciudades fortificadas y los caminos vigilados: Miyamoto Musashi.

No era solo un espadachín. Era una leyenda viva.

Dentro de una enorme fortaleza costera un palacio convertido en bastión contra los demonios, Musashi entrenaba día tras día. El lugar estaba protegido por espadachines veteranos y guardias experimentados, hombres y mujeres que habían dedicado su vida a defender a la humanidad de las criaturas que surgían de las grietas temporales.

Aun así, los demonios aparecían. A veces irrumpían en los patios exteriores. A veces lograban atravesar las murallas.

Pero casi ninguno llegaba muy lejos.

Las criaturas que entraban al recinto eran cortadas antes siquiera de comprender dónde estaban. Las hojas de los espadachines brillaban bajo la lluvia y el acero cantaba en el aire. Sin embargo, algunos pocos lograban avanzar más allá de las primeras defensas.

Y cuando eso ocurría… Llegaban ante Musashi. El viejo maestro permanecía de pie en el patio central, sosteniendo su espada con calma, como si todo aquello fuera parte de una rutina antigua. Sus ojos eran tranquilos, pero dentro de ellos había una profundidad que ni siquiera los demonios podían comprender.

Curiosamente, algunos de esos monstruos reaccionaban de una forma extraña al verlo. Se detenían. Retrocedían. Y luego huían. Como si, por un instinto primitivo, reconocieran que frente a ellos estaba algo mucho peor que cualquier cazador humano.

Pero Musashi nunca les daba tiempo.

Un solo movimiento. Un corte limpio. El demonio caía al suelo antes de terminar de girar el cuerpo.

La lluvia arrastraba la sangre hacia los drenajes del patio mientras el maestro volvía a su postura tranquila. Pero esa no era la verdadera razón por la que estaba allí. Musashi levantó la vista hacia el cielo tormentoso.

Sabía algo. Algo que casi nadie más entendía. Había visto señales en el flujo de energía, pequeñas posibilidades en la historia misma que apuntaban hacia un único evento.

Un nacimiento. Alguien estaba por llegar a ese mundo. Alguien que cambiaría el rumbo de la Era Haida.

Musashi cerró los ojos por un momento, dejando que el sonido del viento y del mar llenara el silencio.

—Solo tengo que esperar… —murmuró.

Y el maestro espadachín siguió allí, entrenando bajo la tormenta, aguardando el momento en que el destino finalmente se presentara.

Si para nosotros, Miyamoto Musashi era la esperanza del presente, quien naciera sería el futuro mismo y la representación viva de esa esperanza. Lo sabía desde hacía tiempo: faltaban apenas nueve meses para aquel nacimiento, un evento que podría cambiar la Era Haida para siempre.

Uno de esos tantos demonios que lograron entrar uno de esos días logro mencionar. — “¿Así es como esperan enfrentarse a nosotros?” —murmuró uno de los demonios, su voz un siseo que resonó por todo el patio.

Musashi no respondió. Solo ajustó la empuñadura de su espada y esperó, calmado, como si el tiempo mismo se detuviera ante él. Aquel demonio solo se largo.

Dentro de aquel lugar no estaba vacío de vida humana. Entre los entrenamientos y patrullas, un joven se acercó a Musashi con respeto y reverencia: Raiden Shikoku, líder del clan y discípulo actual del maestro. Su energía era inmensa, cósmica, y brillaba con la fuerza de toda la galaxia estelar concentrada en un solo cuerpo. Había pasado años entrenando mente, cuerpo y alma, buscando una paz que solo podía alcanzarse canalizando la energía de los cosmos.

—Maestro —dijo Raiden, respirando con lentitud mientras la lluvia y la sangre de los demonios resbalaban por el patio—. Los demonios se vuelven más agresivos cada noche. Esta vez… parecen venir directamente del infierno.

Musashi levantó la mirada, observando las sombras que los rodeaban.

—No lo subestimes, Raiden —respondió con voz firme, pero tranquila—. Lo que ves no es simple violencia; es una prueba. Y nosotros debemos estar listos para lo que vendrá.

Raiden asintió, con los ojos fijos en su maestro.

—Lo sé —murmuró—. Estoy entrenando… todo mi ser, maestro. Quiero lograr encontrar ese punto perfecto.

Musashi bajó la espada y colocó una mano en el hombro de su discípulo.

—Así es. Pero recuerda, Raiden, que no todos los peligros vienen de afuera. A veces, la amenaza más grande es lo que aún no ha nacido.

Los dos se quedaron en silencio un momento, escuchando los gritos y rugidos de los demonios abatidos, la lluvia golpeando los tejados y el mar chocando contra los muros del palacio. En la distancia, Musashi alzó la vista hacia el cielo tormentoso y murmuró:

—Faltan nueve meses… y cuando ese bebé llegue, todo cambiará.

Raiden cerró los ojos y respiró hondo, concentrando toda su energía. Su cuerpo comenzó a brillar tenuemente con luz estelar, resonando con el poder del cosmos mismo.

—Entonces lo protegeremos —dijo con firmeza—. Cueste lo que cueste.

Musashi asintió. Su mirada se perdió en la tormenta.

—Sí… lo haremos. Porque este bebé no es solo un niño. Es el futuro, y nosotros seremos los guardianes de esa esperanza.

Y así, bajo la lluvia, entre demonios caídos y la luz fría del palacio, ambos esperaban. Esperaban la llegada del bebé que aún no mostraba género ni rostro, pero que ya era la chispa de un cambio que ni siquiera los demonios del infierno podrían detener.

Miyamoto Musashi caminó con esa calma precisa que lo caracterizaba, cada paso medido como si ya conociera el destino antes de darlo. Se detuvo apenas frente a los guardias del palacio y, sin levantar la voz, habló con autoridad absoluta:

—Saldré a cazar demonios.

No fue una orden. Fue una certeza.

Sus ojos se deslizaron hacia un lado.

—Raiden… vienes conmigo.

Raiden Shikoku no respondió con palabras. Solo inclinó levemente la cabeza y lo siguió.

Durante semanas, ambos abandonaron la seguridad del palacio y se adentraron en territorios donde ni los escuadrones más experimentados se atrevían a permanecer mucho tiempo. Bosques oscuros, costas golpeadas por tormentas, pueblos abandonados donde el olor a azufre impregnaba el aire… ahí era donde los demonios del infierno caminaban con mayor libertad.

Pero ahora ya no estaban solos. Musashi avanzaba primero. Un demonio emergió entre los árboles, deformado, con múltiples extremidades y una mandíbula abierta lazando un grito gutural. No alcanzó a dar un solo paso más.

La mano de Musashi se movió. La katana salió de su vaina con una precisión tan natural que parecía no haber sido desenvainada, sino materializada. El corte fue limpio… perfecto. No fue solo un tajo, fue una trayectoria exacta, una curva imposible que seguía la lógica de una elipse, de un plano que rozaba la perfección de una parábola.

El demonio quedó inmóvil. Un segundo después, su cuerpo se separó en dos mitades exactas. Cayó. Silencio.

Raiden observó el movimiento sin parpadear.

—Increíble… —murmuró, apenas audible.

Pero no se quedó atrás. Otro grupo de demonios descendió desde las copas de los árboles, gritando, deformando el aire a su paso. Raiden dio un paso al frente. Su katana brilló. No era un brillo común. Era luz… estelar. Su energía comenzó a expandirse, como si el cielo nocturno se hubiese comprimido dentro de su cuerpo. Su respiración se volvió estable, profunda, conectando todo su cuerpo con su poder.

—Corte… estelar.

El movimiento fue amplio. La hoja atravesó el aire y, con ella, una ola de energía cósmica se expandió en un arco devastador. Los árboles cercanos fueron arrancados de raíz, el suelo se abrió en una línea perfecta, y el impacto atravesó a los demonios como si fueran simples sombras. Y luego Treinta cuerpos fueron cortados en un solo instante. Cayeron al suelo en pedazos, mientras la luz se disipaba lentamente. El viento volvió a soplar.

Musashi lo observó de reojo, sin sorpresa, pero con aprobación silenciosa.

—Has mejorado… —dijo con tono neutro.

Raiden bajó la espada, dejando que la energía se estabilizara en su interior.

—Aún no es suficiente, maestro.

Musashi giró levemente el rostro, mirando el horizonte cubierto de nubes oscuras.

—Nunca lo es… hasta que llega el momento.

Ambos continuaron caminando. Entre cadáveres de demonios, árboles derribados y el eco lejano de la tormenta, los dos espadachines avanzaban sin detenerse, como si aquella cacería no fuera más que una preparación. Porque en el fondo… No estaban luchando solo por sobrevivir. Estaban esperando.

Pasaría unos cuantos semanas dentro del clan, en lo más profundo del palacio protegido, se encontraba la pareja que aguardaba aquel milagro anunciado. Renji Shikoku permanecía firme, aunque sus manos temblaban ligeramente; a su lado, Ashiko Kochino respiraba con dificultad, sosteniendo la vida que estaba a punto de llegar al mundo. Los meses habían pasado exactamente como se había predicho. Todo estaba listo.

El ambiente era distinto esa noche. No era solo tensión. Era algo más. Una presión invisible recorría los muros, como si incluso los demonios del infierno, allá afuera, hubieran guardado silencio por un instante.

—Resiste… ya casi —susurró Renji, tomando la mano de Ashiko.

Ella apretó con fuerza, jadeando, pero sin soltar la mirada.

—Este… es nuestro destino… —respondió entre respiraciones.

Entonces ocurrió. Un llanto. Suave al inicio… y luego firme. La vida había llegado. Una bebé.

El silencio se rompió por completo dentro de la sala. Algunos guardias desviaron la mirada, otros respiraron aliviados. Pero lo que realmente cambió fue el ambiente mismo… como si algo antiguo hubiera despertado.

Renji sostuvo a la recién nacida con cuidado, sus ojos abiertos con una mezcla de asombro y temor.

—Natsumi… —murmuró.

Ashiko sonrió débilmente.

—Natsumi Shikoku…

Y así, su nombre quedó grabado.

Desde bebé, Natsumi irradiaba una energía única. No era algo que pudiera describirse fácilmente. Era una presencia. Sus ojos, rojizos y brillantes, reflejaban algo más que luz: parecían contener fragmentos de estrellas, como si el cosmos mismo habitara en su mirada.

Los ancianos del clan no tardaron en notar aquello.

—Esto… no es normal —dijo uno, en voz baja.

—No… esto es… lo que estábamos esperando —respondió otro.

El clan entero comenzó a venerarla en silencio. No como a una reina, ni como a una diosa… sino como algo más peligroso: una promesa. Pero toda promesa tiene un precio. Días después del nacimiento, el juicio llegó. No fue un evento anunciado ni preparado. Fue un fenómeno.

El aire se volvió pesado. Las luces temblaron. Y en el momento exacto en que Natsumi abrió los ojos, una presión invisible recorrió todo el lugar. Algunos cayeron de rodillas sin entender por qué.

Renji sintió su corazón latir con fuerza.

—¿Qué… es esto…?

Ashiko, aún débil, miró a su hija… y lo entendió.

—Es un preludio…

Los ancianos se reunieron, observando en silencio, mientras aquella energía envolvía a la bebé.

Y entonces lo comprendieron.

—Ella podrá derrotar a cualquier enemigo demoníaco —declaró uno de ellos, con voz grave.

Pero no terminó ahí. El ambiente cambió.

—A cambio… —continuó otro, cerrando los ojos— su cuerpo no lo resistirá como debería.

Renji frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

El anciano lo miró directamente.

—Cada batalla la desgastará. No será algo visible… no será una herida común… pero su cuerpo pagará el precio de su propio poder.

El silencio cayó como una sentencia. Ashiko abrazó a Natsumi con más fuerza.

—No… —susurró— no puede ser…

El anciano negó lentamente.

—Ya ha ocurrido antes… hace generaciones… su bisabuelo lo sufrió.

Renji apretó los dientes.

—Entonces encontraremos una forma de evitarlo.

Pero en el fondo… Sabía que no sería tan sencillo. Natsumi, ajena a todo aquello, cerró los ojos por un momento. Su energía se calmó, como si nada hubiera pasado. Pero todos lo sintieron. Ese poder. Ese destino. Y ese precio. La niña que acababa de nacer no solo era el futuro. Era también una cuenta regresiva.

Continuará…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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