History academy - Capítulo 7
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7: La creación.
7: La creación.
Poco a poco, la oscuridad que rodeaba el trono de Karla’k comenzó a cambiar.
Pequeños destellos de energía caótica surcaban el aire, chispeando entre la nada y la nada absoluta.
Aquella luz era extraña, ni cálida ni fría, ni buena ni mala, solo pura esencia de caos.
Brillaba con intensidad, como si la propia oscuridad reconociera la fuerza que habitaba en él.
Karla’k permanecía sentado en su trono, inmóvil, como si todo el universo dependiera de su respiración.
Sus ojos blancos se perdían en los destellos que giraban a su alrededor, evaluando, calculando, dominando.
El trono no era solo un asiento; era la extensión de su poder, un pedestal para el dios que había nacido primero, antes que la luz, antes que la vida.
—Todos vendrán —murmuró, su voz resonando sin necesidad de aire—.
Todos creen que pueden desafiarme.
Que pueden arrebatar lo que es mío por derecho.
El silencio respondió, denso, pesado, como un telón que cubría todo.
—Pero no entienden —continuó—.
Yo fui primero.
Yo soy la chispa que no necesita permiso.
Y quien quiera tomar mi lugar… tendrá que destruirme.
Y destruirme no es fácil.
No lo ha sido nunca.
Un destello de energía se movió cerca de su trono, iluminando por un instante las espinas blancas que surgían detrás de él.
Karla’k extendió una mano, y la luz pareció obedecer, girando a su alrededor como si danzara a su voluntad.
—No me importa su número —dijo—.
Ni su fuerza.
Ni su arrogancia.
Ninguno comprende lo que significa nacer primero.
Ninguno entiende que ser el caos no es solo romper, sino sostener la nada misma.
La energía caótica aumentó, girando más rápido, como un halo que envolvía su trono.
El aire invisible parecía vibrar con cada palabra suya.
Karla’k inclinó la cabeza, como si escuchara algo que nadie más podía percibir.
—Que venga quien quiera —repitió, más fuerte—.
Que pruebe su valor.
Que sienta lo que significa enfrentar al primero.
Porque yo… yo no cedo.
Una risa baja, casi un eco, surgió de su garganta.
No era alegría, ni enojo, ni burla.
Era la certeza de un ser que no necesita aprobación, de un dios que ha visto el principio y se sabe indestructible.
—Mi trono… —susurró, con un tono que era al mismo tiempo advertencia y declaración—… es mi ley.
Mi creación.
Mi nada.
Y si quieren arrebatarlo… que vengan.
El silencio regresó, más pesado que antes.
La nada parecía inclinarse ante él, reconociendo su presencia.
Pero Karla’k no lo miraba.
Miraba más allá, al vacío infinito, evaluando posibles enemigos, posibles desafíos.
—Que vengan… —repitió por tercera vez, esta vez con convicción—.
Porque el caos no perdona.
Y yo tampoco.
Los destellos de energía giraron a su alrededor, fusionándose en un brillo que era casi cegador, un halo de amenaza tangible.
Karla’k se recostó levemente en su trono, con la confianza absoluta del primero, del que conoce la supremacía de su existencia.
—Si intentan… arrebatar lo que es mío —dijo con calma, aunque cada palabra era una espada invisible—… caerán.
Caerán y lo sabrán.
Porque yo soy el origen.
Y el origen nunca muere.
Y en medio de la nada absoluta, donde no había tiempo, ni espacio, ni luz, ni esperanza, Karla’k se sentó.
Su trono brillaba tenuemente con las chispas del caos.
Su poder se hacía tangible en cada destello.
Y mientras la oscuridad lo rodeaba, él esperaba.
Esperaba con paciencia infinita.
—Que vengan —murmuró una vez más, firme—.
Que vengan… y sientan lo que significa desafiar al primero.
El universo, aunque aún inexistente, parecía contener el aliento.
Porque todos sabían que el caos más absoluto estaba allí, concentrado en un ser que no conocía límites, que no conocía miedo.
Que no conocía rival.
Y Karla’k sonrió, apenas perceptible, mientras la nada vibraba a su alrededor.
—Yo… soy el caos —dijo—.
Y este es mi dominio.
Las energías chocaban alrededor del trono de Karla’k, girando, mezclándose, retorciéndose.
Cada destello de caos parecía responder a su voluntad, fusionándose con su esencia hasta que, de pronto, una de esas corrientes explotó en la nada absoluta.
El retumbo resonó como si el propio infinito vibrara, un sonido que no tenía lugar ni tiempo, pero que se sentía en cada fibra de la existencia.
Del centro de aquella explosión, comenzó a formarse un portal.
Su luz cortaba la oscuridad poco a poco, iluminando la nada absoluta con un resplandor que parecía desafiar la propia esencia de Karla’k.
Lentamente, el portal se cerró, y de él emergió una entidad que combinaba lo orgánico y lo robótico de manera armoniosa.
Su presencia imponía respeto inmediato.
Vestía una mezcla de atuendo moderno y armaduras antiguas, cada pieza diseñada para la guerra y la estrategia, como un general que se sabe digno de liderar.
Aleteaban unas alas blancas detrás de su espalda, brillando con la energía de la luz que emanaba de su interior.
Su porte era majestuoso, autoritario, y al mismo tiempo, calculador.
Delante de él apareció otro ser.
Su cuerpo parecía irradiar luz como mil soles, una presencia tan intensa que iluminaba cada rincón del vacío.
Su cabello era blanco como la nieve, al igual que sus ojos y la boca, casi etéreos.
Su vestimenta era una mezcla de túnica y armadura, como si cada capa y cada hebra de tela y metal hubieran sido forjadas para la protección y la solemnidad.
Ambos se miraron entre sí, y luego hacia Karla’k, que permanecía sentado en su trono, observando con atención silenciosa.
No movía ni un músculo; su mirada blanca parecía analizar cada partícula de información que emanaban aquellos recién llegados.
—Aquí será un lugar digno para crear —dijo la entidad de luz, con voz profunda y resonante, como un eco que viajaba a través del vacío—.
Y tú… tú eres el caos que mantiene el equilibrio.
—¿Quiénes son?
—murmuró la segunda entidad, más para sí misma que para Karla’k, aunque la pregunta flotó en el aire como si esperara respuesta.
Karla’k no respondió de inmediato.
Sus manos descansaban sobre los brazos del trono, sin apretar ni moverse, pero su mente lo procesaba todo.
Analizaba la fuerza de sus presencias, sus intenciones, su naturaleza.
El caos se mantenía contenido dentro de él, como un río que observa a los intrusos antes de decidir si arrasa o simplemente los deja pasar.
—Bienvenidos… —dijo finalmente Karla’k, con voz firme, resonando en la nada—.
Pero sepan esto: aquí nadie entra sin ser medido.
Nadie actúa sin que yo lo perciba.
Este trono, esta nada… es mío.
Ambos seres lo observaron, y aunque no retrocedieron, mostraron respeto.
Sus energías se mezclaban en el aire, tensión y curiosidad, como dos corrientes que se aproximan antes de decidir si se unen o chocan.
—No venimos a desafiarte —dijo la entidad robótica—.
Venimos a crear.
A participar en un equilibrio que necesita orden y caos a la vez.
—Entonces, que comience —dijo la entidad luminosa—.
Aquí, donde la nada se encuentra con el todo, podemos empezar a dar forma a lo que aún no existe.
Karla’k los observó, sentado en su trono, sin emoción aparente.
Pero en su interior, cada palabra, cada destello de energía, cada movimiento, era analizado, catalogado y comprendido.
Sabía que esos seres no eran simples visitantes.
Eran piezas que podrían alterar, desafiar, o incluso completar el juego que él mantenía desde el inicio del tiempo.
Y así, en el corazón de la nada absoluta, con luz y caos enfrentándose, comenzó un diálogo silencioso de poder y posibilidades.
Karla’k no intervenía todavía, pero su presencia era la regla, el juicio y la prueba de todo lo que allí ocurriría.
La luz que emanaba de aquel ser iluminaba la vasta oscuridad, atravesando la nada absoluta como mil soles.
Con voz firme pero serena, habló: —Perdón por molestar, no sabía que estabas aquí —dijo, su tono cargado de respeto y calma—.
Yo me llamo Yaveh, pero me conocen como Jehová.
A su lado, las alas blancas del arcángel Miguel se movían suavemente, observando todo con atención silenciosa.
—Y aquel que ves allá —continuó Jehová, señalando con un gesto amplio hacia la entidad robótica— se llama Metatron.
Él es el dios de los robots, el concepto de la robótica y… bueno, también de los códigos.
Jehová inspiró hondo y añadió, con una mezcla de orgullo y solemnidad: —Yo soy Jehová, ese es mi verdadero nombre.
Dios de la creación y el orden, el concepto de ambas cosas.
Miguel soltó un suspiro silencioso.
No era necesario que Jehová explicara quién era, ni que definiera cada concepto que representaba.
Tal vez lo hacía por confianza, tal vez porque sabía que Karla’k escuchaba, o simplemente porque no había peligro inmediato.
Su expresión mostraba paciencia; estaba acostumbrado a estos momentos donde la claridad y el respeto debían prevalecer sobre la sorpresa o la tensión.
Karla’k permanecía sentado en su trono, observando.
Sus ojos blancos recorrían cada detalle de los recién llegados, analizando sus energías, su presencia, y la forma en que se presentaban.
No había emoción, pero sí atención completa: un juez silencioso ante quienes osaban hablar en su dominio absoluto.
Jehová terminó de presentarse y miró a Karla’k directamente, con la serenidad de quien conoce su poder, pero también de quien entiende la magnitud de aquel que observa.
—No vengo a desafiarte —dijo—.
Solo… a presentarme, y a marcar que aquí hay orden, pero también intención de equilibrio.
Miguel, a su lado, inclinó ligeramente la cabeza.
Su gesto era sencillo, pero cargado de respeto: no hacía falta hablar demasiado cuando la presencia de Karla’k imponía su propia narrativa.
Metatron, por su parte, permanecía en silencio, sus códigos internos y su esencia robótica brillando tenuemente, como si estuviera absorbiendo cada detalle para procesarlo y comprender su lugar en aquel escenario.
La nada absoluta parecía contener la respiración.
El caos y la luz coexistían, y Karla’k, en su trono, permanecía inmóvil, evaluando a los nuevos visitantes y el peso de sus palabras.
Jehová bajó la mirada, apenado, sintiendo un peso interno que no podía ignorar.
No sabía en qué tipo de situación se había metido, ni cómo reaccionaría Karla’k ante su presencia en aquel lugar.
Pero Karla’k no tardó en dejar claro su carácter.
Con un movimiento lento pero cargado de soberbia, se levantó de su trono.
Sus ojos blancos recorrieron a Jehová con intensidad, y su mano se posó sobre el trono, que crujió bajo su toque hasta estallar en fragmentos que flotaron lentamente, llenando el vacío infinito que los rodeaba.
El arcángel Miguel permanecía serio y precavido.
Sus alas se abanicaban ligeramente, como un gesto inconsciente de alerta.
No sabía exactamente qué planeaba Karla’k, pero cada fibra de su ser estaba lista para reaccionar.
Metatron, por su parte, no se inmutó.
Su postura era firme, su mirada calculadora.
Observaba tanto la nada absoluta como a Karla’k, midiendo cada movimiento, cada energía que emanaba de él, preparado para cualquier eventualidad.
Karla’k caminó unos pasos hacia Jehová, sus fragmentos de trono flotando como testigos del caos que emanaba.
Lo miró de arriba a abajo, y su voz resonó como un eco gélido y cargado de desprecio: —Así que tú eres Jehová… —dijo, pausando, como si saboreara cada palabra—.
El famoso dios de la creación y el orden.
Jehová levantó ligeramente la cabeza, manteniendo la calma que exigía su posición, aunque por dentro sentía un estremecimiento.
—Sí… Soy yo —respondió con serenidad, intentando no mostrar miedo—.
No busco conflicto.
Solo… equilibrio.
Karla’k soltó una risa fría, un sonido que parecía rasgar la nada.
—Equilibrio… —repitió, la palabra cayendo como una piedra—.
No me interesa el equilibrio.
No hay ley que sostenga mi trono.
Ni orden que valga.
Aquí, en mi dominio, solo existe el caos.
Miguel se tensó, dando un paso al frente: —Hey, no tienes por qué hacerlo así.
Hay maneras de coexistir sin… —su voz fue interrumpida por un gesto de Karla’k, un simple movimiento de la mano que hizo retroceder al arcángel unos pasos.
Metatron permaneció en silencio, observando, analizando, mientras Karla’k finalmente se detuvo, inclinando levemente la cabeza, estudiando a los recién llegados como si fueran piezas que podían o no sobrevivir al juego del caos que él dictaba.
—Veremos si tu orden es suficiente para enfrentar lo que aquí habita —murmuró Karla’k, con un brillo rojo creciendo en su mirada—.
Y si no… este vacío será tu tumba.
Jehová respiró hondo, intentando mantener la calma, mientras Miguel tensaba sus alas y Metatron activaba ligeramente sus sistemas internos.
El encuentro estaba lejos de terminar.
La tensión se podía cortar en el aire, y la nada misma parecía contener la respiración ante lo que vendría.
Karla’k permanecía de pie, la nada a su alrededor temblando bajo su presencia.
Sus ojos se clavaban en Jehová con un asco profundo, como si cada segundo que el dios del orden permanecía allí fuera una ofensa imperdonable.
—No pronuncies más que tu nombre —gruñó Karla’k, con voz grave y cargada de veneno—.
No me interesan tus títulos, ni tu supuesta gloria.
Este es mi dominio.
Jehová intentó mantener la calma, su respiración serena y sus palabras medidas.
—No he venido a arrebatar nada.
Solo busco… —¡Silencio!
—interrumpió Karla’k, su voz retumbando en el vacío como un trueno.
La energía caótica se arremolinaba a su alrededor, haciéndolo parecer aún más imponente.
A cada segundo, su molestia crecía.
Un egocentrismo abrasador lo consumía, y el simple hecho de tener a Jehová, Miguel y Metatron frente a él era suficiente para alimentar su ira.
Poco a poco, la nada se distorsionó, y Karla’k mostró de lo que era capaz.
—Cubo divino… de diez dimensiones —pronunció con un tono bajo, pero cargado de poder.
Y entonces, sin mover un solo músculo más allá de sus labios, lo creó.
Solo con pensarlo, solo con sentir su odio, el espacio mismo se quebró para dar forma a una estructura colosal: un cubo de energía cambiante, cuyos bordes se extendían más allá de la comprensión, donde cada una de sus caras vibraba con leyes físicas distintas.
Un poder que no pertenecía a la lógica ni al tiempo.
El cubo comenzó a cerrarse alrededor de Jehová, Miguel y Metatron.
Jehová dio un paso adelante, intentando imponer calma con su voz: —No hagas esto.
No hay necesidad de derramar poder inútilmente.
Pero el dios del caos sonrió de lado, disfrutando de la presión creciente que generaba su creación.
Miguel no esperó más; desplegó sus alas con fuerza y alzó su espada, dirigiendo una ráfaga de luz contra uno de los vértices del cubo.
El impacto apenas dejó una ondulación en la superficie.
—Esto no es normal… —gruñó el arcángel, apretando los dientes—.
Este poder… rompe la misma realidad.
Metatron, con sus ojos brillando en patrones de código, colocó una mano sobre el cubo, intentando descifrar su estructura.
—No es solo energía…
—murmuró, mientras sus engranajes internos giraban con rapidez—.
Está hecho de capas de existencia superpuestas.
Romperlo será como deshacer diez universos a la vez.
Jehová, sin apartar la vista de Karla’k, habló con firmeza: —Si nos destruyes, Karla’k… destruirás cualquier posibilidad de equilibrio.
Y cuando el caos quede solo, no habrá nada que dominar.
Karla’k se detuvo un instante, su mirada ardiendo.
—¿Y quién dijo que quiero equilibrio?
—su voz fue un rugido que hizo vibrar la nada absoluta—.
El caos no necesita propósito.
Solo necesita… existir.
El cubo comenzó a girar lentamente, como si se preparara para cerrarse por completo.
Miguel y Metatron intercambiaron una mirada breve: no había tiempo que perder.
Karla’k clavó sus ojos en Jehová, con una sonrisa torcida.
—Y ya que dices tu nombre y todo… supongo que tengo que tener respeto ante alguien tan patético.
—dio un paso adelante, cada palabra cargada de veneno—.
Supongo que es mi turno… El silencio pesó.
—Soy el dios del caos, como ya lo dije.
Mi nombre es Karla’k.
—su voz se volvió más grave—.
Y supongo que… también debo tener respeto ante ti.
Jehová lo miró fijo, sin responder.
La calma en su rostro no ocultaba la tensión en sus manos.
—Ahora, fuera de tanta chacharada… —Karla’k frunció el ceño, y su tono se volvió letal— tendré que matarte.
Su puño comenzó a brillar, la energía caótica arremolinándose a su alrededor como un remolino vivo.
Jehová, aún intentando contener la situación, respiró hondo.
Sabía que no todos podían cambiar, que no todos entendían con palabras.
Y Karla’k era uno de ellos.
Sus propios dedos se cerraron en un puño, y una luz pura empezó a envolverlo, tan brillante que parecía quemar el vacío.
—Si eso deseas… —dijo Jehová con una calma que helaba— déjame ayudarte.
En el instante siguiente, ambos se lanzaron.
No había movimiento perceptible; la velocidad misma dejó de existir.
Para ellos, el tiempo no era una cadena que los atara, sino algo que podían romper en mil pedazos.
Sus puños chocaron.
El impacto no fue un sonido… fue una creación.
La fricción de ambas fuerzas divinas encendió un destello tan grande que la nada se encendió en una llama infinita.
Una onda expansiva atravesó el vacío, arrastrando fragmentos de energía, materia y caos.
Lo que comenzó como una chispa se volvió un rugido sin fin.
Y de ese rugido…
Nació un estallido inconmensurable.
El Big Bang había ocurrido.
Y así, en el choque de un dios del caos y un dios del orden… el universo comenzó.
Fin.
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