History academy - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: Creación y orden vs Caos.
8: Creación y orden vs Caos.
Poco a poco, tras la explosión que dio origen a todo, Jehová y Karla’k se separaron.
Flotaban en medio de lo recién creado: estrellas titilando, planetas incandescentes girando, y nubes de gas que se arremolinaban formando mundos primordiales.
Jehová alzó la mirada hacia aquel universo en formación y dijo, con un tono mezcla de asombro y orgullo: —Hemos creado vida.
— mencionó, Jehová con una sonrisa en su rostro.
Karla’k lo miró con una sonrisa fría y amarga.
Su voz resonó como un trueno distante en el vacío: —No.
—negó con firmeza— No hay vida.
Todo está caliente, todo está crudo.
Planetas, soles… tal vez.
Pero vida… eso aún no existe.
No hay nada.
Nada que merezca ese nombre.
Jehová suspiró, tranquilo, aunque dentro de él sentía la tensión crecer.
—Tal vez todavía no… Pero puedo mostrarte lo que significa crear de verdad.
—dijo, sus ojos brillando con un poder que hacía temblar incluso al vacío circundante.
Karla’k lo observó, arqueando una ceja, y por primera vez un hilo de interés se mezcló con su desprecio.
—¿Mostrarme?
—musitó con un dejo de burla— No me interesa que me muestres.
Pero adelante, intenta.
Veremos si tu creación merece mi atención.
Jehová cerró los ojos por un instante, y al abrirlos de nuevo, una luz tan intensa que podía atravesar el caos mismo surgió de su ser.
A su alrededor, las primeras señales de vida comenzaron a palpitar, pequeñas chispas de existencia que buscaban forma.
Karla’k, en cambio, permanecía sereno, evaluando cada movimiento, cada destello.
Su caos era paciente.
Sabía que el tiempo mismo estaba a su merced, y que cualquier intento de mostrar poder debía ser medido, controlado… y a la vez devastador.
—Veremos, entonces… quién tiene razón— susurró Karla’k, dejando que su energía caótica se expandiera sutilmente, mezclándose con lo que Jehová intentaba formar, como una prueba silenciosa de fuerza y voluntad.
Karla’k alzó su mano con un movimiento sutil, apenas perceptible, y no dijo nada.
El vacío a su alrededor parecía encogerse por un instante, y de su energía caótica surgió un corte: invisible, afilado, viajando a una velocidad que obedecía la lógica misma del universo recién nacido.
Jehová sintió un ligero roce en su mejilla.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo, y sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Eso… fue un corte?
—murmuró, frotándose suavemente la piel donde apenas sintió el impacto.
Karla’k lo observó, arqueando una ceja.
Sus labios se curvaron en una sonrisa fría.
—Parece que… —dijo con cierta incredulidad— eres más rápido de lo que esperaba.
Jehová respiró hondo, manteniendo la calma, pero en su interior sentía la chispa de un desafío nuevo.
—No subestimes lo que puede hacer alguien cuando realmente quiere proteger… —respondió, con firmeza, mientras su energía comenzaba a brillar.
El dios del caos frunció el ceño, sorprendido.
Nadie había reaccionado tan rápido ante su técnica invisible, nadie había mostrado tal control en combate.
Era la primera vez que enfrentaba algo así.
—Interesante —murmuró Karla’k, con un dejo de diversión y curiosidad—.
Pensé que mi corte sería suficiente para… probar tu resistencia.
Pero esto… esto es diferente.
Jehová sonrió ligeramente, apenas perceptible, y dio un paso hacia adelante.
—Si tu intención es probarme… —dijo— también puedo mostrarte que no se trata solo de fuerza.
Con un movimiento rápido, Jehová levantó su brazo y una onda de energía surgió de su cuerpo, desplazando el aire y generando un pulso que obligó a Karla’k a retroceder apenas un paso.
—Hmph —resopló Karla’k, divertido y a la vez más atento—.
Así que quieres jugar… muy bien, jugarás.
Ambos se miraron fijamente, midiendo el poder del otro.
La tensión era palpable, y aunque no hubo más palabras, el silencio estaba cargado de un entendimiento: esta sería una batalla diferente.
No solo era fuerza, sino lógica, velocidad y control de un universo que apenas comenzaba a existir.
Jehová murmuró para sí mismo: —No todos los combates se ganan con odio… pero todos se sienten.
Karla’k sonrió, con un brillo en sus ojos que mezclaba asco, curiosidad y desafío.
—Veamos si puedes mantener esa calma cuando mi próximo ataque llegue… El espacio mismo parecía contener el aliento, mientras los dos dioses se preparaban para continuar.
Era la primera vez que Karla’k se enfrentaba a alguien que no solo podía seguirle el ritmo, sino que también podría sorprenderlo.
Y eso, en su existencia caótica, era… raro.
Jehová y Karla’k se observaron fijamente.
Sus energías y auras comenzaron a vibrar, chocando en un espectáculo que parecía más un fenómeno cósmico que una simple batalla.
Sin embargo, curiosamente, sus cuerpos físicos y metafísicos no habían tocado un solo punto: todo ocurría en el plano de la fuerza pura, del pensamiento y la intención.
Ambos sabían que tenían la capacidad de derrotar al otro, pero también comprendían que era su primer enfrentamiento directo.
Cada movimiento, cada pulso de energía, cada chispa de poder era un ensayo y un aprendizaje.
Se adaptaban casi instantáneamente a las estrategias del contrario, anticipando, ajustando, evolucionando en tiempo real.
—Parece que… —dijo Karla’k, con un tono que mezclaba diversión y desafío— no eres como los demás.
Esto será… entretenido.
Jehová apenas asintió, observando la expansión caótica de la aura del dios del caos.
—Cada combate enseña algo nuevo.
Y este… —dijo, dejando que sus palabras flotaran en el vacío recién creado— será nuestro laboratorio.
Sus miradas no se apartaban, y poco a poco, con cada respiración y gesto, nuevas técnicas comenzaron a surgir de manera intuitiva.
Movimientos que no existían antes, ataques y defensas que se creaban en el instante mismo, aprovechando cada partícula del universo naciente.
El choque de sus auras creaba ondulaciones que moldeaban el espacio alrededor: nuevas estrellas parpadeaban, fragmentos de planetas surgían y desaparecían, y la luz y oscuridad parecían bailar a su ritmo.
Cada decisión era un cálculo infinito, una expresión de su conocimiento ilimitado, y cada gesto podía cambiar el curso de todo lo que existía.
Karla’k alzó una mano, generando un arco de energía caótica.
—Esto solo se pondrá más interesante… —murmuró.
Jehová sonrió, sintiendo la excitación de la batalla.
—Entonces que así sea.
Que nuestras técnicas hablen por nosotros.
El vacío mismo parecía contener la respiración.
Ambos dioses, conscientes del poder del otro, estaban a punto de escribir una nueva lógica de combate, un enfrentamiento que trascendería el tiempo, la materia y la realidad misma.
Karla’k esbozó una sonrisa fría, y de un instante a otro salió disparado hacia Jehová, un torbellino de energía caótica que parecía querer arrancar todo a su paso.
Jehová, percibiendo el movimiento casi antes de que ocurriera, se posicionó para interceptarlo.
Un golpe preciso y medido lanzó a Karla’k hacia un planeta en formación, aún envuelto en magma y rocas incandescentes, un mundo que con el tiempo sería conocido como el planeta rojo.
Karla’k chocó contra la superficie ardiente, levantando columnas de lava y fragmentos de roca que explotaban con el impacto.
La superficie misma temblaba bajo la fuerza de su presencia.
Antes de que pudiera recuperarse, Jehová se desplazó con velocidad inaudita, colocándose justo detrás del dios del caos.
—Esto es vida… —dijo Jehová, contemplando la lava fluir y las rocas tomar forma—.
Esto es naturaleza.
A esto me refería con vida, porque apenas se está creando.
El enojo de Karla’k se transformó en furia concentrada.
—¡Maldito insolente!
—gritó, agarrando la túnica y armadura de Jehová con una fuerza que doblaba el metal y desgarraba la tela—.
¡Corte caótico!
Un corte invisible, cargado de energía y caos puro, atravesó montañas en formación, destruyendo rocas recién nacidas y levantando columnas de fuego y polvo.
Jehová retrocedió apenas, evitando daños mayores; solo unos cortes superficiales surcaron su figura, marcas que eran meros recordatorios de la potencia de Karla’k.
El planeta temblaba bajo sus pies, lava y roca girando en un caos primigenio, mientras ambos dioses se miraban, midiendo, analizando, aprendiendo.
Cada movimiento no solo era un ataque, sino una prueba, un ensayo de poder y estrategia que transformaba la realidad a su alrededor.
Los ojos de Karla’k brillaban con un resplandor caótico mientras su flujo energético alcanzaba niveles máximos, irradiando poder que deformaba la realidad a su alrededor.
Jehová, notando la intensidad del ataque, comenzó a utilizar por primera vez un factor básico de regeneración.
Su piel se recomponía lentamente, aunque no había daño interno; solo la superficie marcaba los estragos del enfrentamiento.
Con rapidez divina, Jehová corrió hacia Karla’k y lanzó un golpe con su pierna derecha, apuntando directo al rostro del dios del caos.
Karla’k, con reflejos sobrehumanos, levantó su brazo izquierdo y detuvo el golpe, generando un estruendo que sacudió el planeta en formación.
La lava se alzó en columnas, fragmentos de roca flotando en una danza de destrucción.
—¿Eso es todo lo que tienes?
—gruñó Karla’k, liberando un torrente de energía caótica directo al rostro de Jehová.
Jehová extendió su mano derecha y concentró un poco de su energía divina, canalizando poder extraído de sí mismo.
Ambos ataques colisionaron a corta distancia, creando una explosión de fuerza inimaginable.
Salieron disparados en direcciones opuestas, mientras la detonación dejaba un cráter y una grieta gigantesca, irreversible, en el planeta.
Jehová chocó contra un asteroide cercano, y la regeneración instantánea borró cualquier marca de quemaduras o daños superficiales.
Karla’k, por su parte, impactó contra un planeta medianamente grande, dejando un cráter que parecía un agujero en la realidad misma.
Se levantó lentamente, sus ojos ardiendo con furia contenida.
—No puedo permitir que sobrevivas… —murmuró Karla’k, ajustando su postura y respirando con fuerza.
—Y yo no puedo permitir que destruyas lo que apenas comienza a existir —respondió Jehová, observando cada movimiento de su oponente.
Ambos sentían la necesidad de vencer al otro, pero sus metas y métodos eran distintos: Karla’k buscaba destrucción absoluta, mientras Jehová buscaba control y preservación.
Mientras tanto, más allá del campo de combate, el arcángel Miguel empuñaba su espada intentando romper el cubo de diez dimensiones, pero la perfección de la estructura era impenetrable.
Metatrón, por su parte, concentraba energía nuclear para destruir el cubo, pero tampoco logró afectarlo.
—No… no puedo ayudarlo… —susurró Miguel, sintiendo impotencia y frustración.
Cada intento de intervenir se sentía inútil frente a la magnitud del combate entre Jehová y Karla’k.
El enfrentamiento continuaba, cada golpe, cada explosión, alterando la formación de planetas, la lava, las grietas y las corrientes de energía.
El universo, recién naciente, se convertía en un campo de prueba para dos entidades de poder inimaginable, mientras los observadores celestiales solo podían mirar, impotentes ante la magnitud del choque.
Jehová y Karla’k salieron disparados de nuevo, chocando en el vacío del espacio mientras los planetas y fragmentos de roca giraban a su alrededor.
Sin defensas, se golpeaban mutuamente con una violencia incesante: el puño de Jehová impactaba en el rostro de Karla’k, mientras Karla’k devolvía el golpe directo al estómago de Jehová.
—¡No te detendrás!
—gruñó Jehová entre golpes, sintiendo el poder caótico del rival resonando en cada fibra de su ser.
—¡Y tú tampoco!
—respondió Karla’k, con un rugido que sacudió la energía del universo mismo.
Cada impacto creaba ondas que movían planetas enteros y alteraban su órbita, lanzando algunos fragmentos a regiones lejanas del espacio.
Un puñetazo conjunto, el derecho de Jehová contra el izquierdo de Karla’k, generó una expansión infinita: el universo se volvió sin fin, un océano cósmico donde el tiempo y el espacio se distorsionaban, adoptando nuevos colores y matices que ningún ojo mortal podría comprender.
Pero la batalla no se detuvo allí.
Con un movimiento coordinado, Karla’k concentró su energía en su puño derecho y izquierdo, y el choque de sus ataques creó explosiones que comenzaron a formar múltiples dimensiones y universos de gran tamaño.
Algunos seguían lógicas propias, independientes del cosmos original; otros eran dimensiones de reglas completamente nuevas, con físicas, conceptos y realidad alterada.
Cada golpe sembraba la semilla de mundos enteros, donde la existencia parecía multiplicarse en un ciclo interminable de creación y destrucción.
—¡Esto… esto no puede ser!
—murmuró Jehová, observando cómo cada ataque expandía la creación de maneras imposibles—.
¡Estamos jugando con la realidad misma!
—¡Exacto!
—dijo Karla’k, con una sonrisa que mezclaba desafío y admiración—.
Solo alguien como tú podría igualar mi poder… y solo alguien como yo podría empujarte más allá de tus límites.
Ambos continuaban golpeándose sin tregua, y cada impacto no solo destruía sino que creaba: nuevas estrellas, galaxias y universos brotaban de su combate, mientras el espacio se llenaba de infinitas posibilidades.
La batalla se había convertido en un fenómeno creativo y destructivo, donde la existencia y la nada se entrelazaban en un duelo de poder inimaginable.
Karla’k y Jehová chocaron nuevamente, esta vez a nivel conceptual.
Sus energías se entrelazaron y, en un instante, destruyeron el concepto de la fricción.
Su velocidad superaba incluso a la de cualquier ser que aún no hubiera despertado, convirtiendo su combate en un fenómeno imposible de percibir por la mayoría de los observadores.
Mientras tanto, el arcángel Miguel, agotado por la impotencia de no poder intervenir directamente, decidió actuar de otra manera.
Cerró los ojos y, con un murmullo reverente, comenzó a formar una espada: —Que sea digna… entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —susurró, mientras el poder divino fluía a través de él.
De la concentración de su aura surgió una espada dorada, cuyo mango parecía contener planetas en miniatura.
El arma comenzó a brillar intensamente, y un Maguen David se formó dentro y fuera del cubo de 10 dimensiones, envolviendo la espada en geometría sagrada.
Lentamente, el cubo comenzó a desintegrarse, explotando con un estallido que resonó incluso en los confines de las dimensiones cercanas.
Con rapidez inhumana, Miguel repitió el proceso en el cubo de Metatron, destruyendo también esa prisión dimensional, liberando energías que antes parecían contenidas y ofreciendo un respiro a Jehová en su lucha contra Karla’k.
El arcángel Miguel y Metatrón salieron disparados del colapso dimensional, sus alas rasgaban la nada misma mientras avanzaban con desesperación, intentando orientarse.
La energía aún vibraba a su alrededor, los ecos del estallido resonaban en diez planos a la vez.
Metatrón, con sus ojos que podían penetrar las dimensiones, los conceptos y las corrientes invisibles del tiempo, abrió su percepción.
Una oleada de información lo atravesó.
No eran simples imágenes, eran vectores, pulsos de energía, vibraciones cósmicas.
Pudo sentir los movimientos como si fueran respiraciones del propio infinito.
—Aquí…
—susurró, con solemnidad—.
Ya están aquí.
De pronto, el espacio delante de ellos se desgarró con un estruendo imposible de describir.
Karla’k emergió primero, su puño envuelto en un caos tan denso que cada golpe era capaz de borrar el principio mismo de la resistencia.
La masa de su puño se dirigía directamente hacia Miguel, quien apenas alcanzó a reaccionar.
Pero en el último instante, un resplandor inconmensurable se interpuso.
Jehová mismo había aparecido, tomando el brazo de Karla’k en un choque tan brutal que el universo gimió alrededor.
La colisión no solo sacudió el espacio, sino que hizo temblar conceptos: la fuerza, la fricción, la aceleración… todos parecían desmoronarse como ceniza ante semejante impacto.
El aire dejó de existir, la realidad se agrietó como vidrio, y Miguel retrocedió con el corazón acelerado, sintiendo por primera vez que sus sentidos quedaban anulados.
—¡Padre!
—exclamó con la voz temblorosa, mientras sus alas se agitaban desesperadamente—.
Sus velocidades…
Miró a Karla’k y luego a Jehová, ambos quietos, como dos colosos que habían trascendido el movimiento mismo.
Ni su mirada, ni sus cálculos, ni las mediciones de Metatrón podían captar lo que ocurría entre ellos.
—Son…
—Miguel apretó los dientes, incapaz de aceptar lo que su mente divina intentaba comprender—.
¡Son inmedibles!
Jehová giró apenas el rostro, su expresión tranquila, firme como un pilar eterno.
—Lo que no puede medirse, Miguel…
—dijo con voz profunda, que vibró en el alma de todos los presentes—, no es porque carezca de límite, sino porque el límite mismo fue destruido.
Karla’k sonrió con un brillo salvaje en los ojos, sus colmillos relucieron entre la penumbra del caos.
—Exacto…
—rugió, abriendo sus brazos como un dios que reclamaba todo—.
Hemos roto el peso de la creación misma.
Y en este estado, ¡nada que respire podrá alcanzarnos!
El choque de sus palabras fue tan intenso como su colisión.
Metatrón inclinó la cabeza, sus ojos todavía brillando como espejos de la eternidad.
—Lo que han alcanzado…
—murmuró—.
No pertenece ya a ningún registro, a ningún archivo, a ningún nombre escrito en la historia.
Miguel apretó la empuñadura de su espada recién forjada, temblando, no de miedo, sino de una mezcla de asombro y reverencia.
—Entonces…
lo único que nos queda es presenciar.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier batalla, mientras Jehová y Karla’k se detuvieron en seco en medio de su combate.
El choque de sus energías había estremecido planos enteros, pero de repente ambos sintieron algo distinto: una perturbación en el flujo del tiempo.
No era una simple visión, sino una grieta en la corriente infinita que les revelaba un fragmento del futuro o quizá de una posibilidad que aún no se había definido.
Entre los destellos de esa corriente apareció un chico.
Tenía el cabello castaño y los ojos del mismo tono, una apariencia simple y mortal en contraste con la magnitud de los dioses que lo observaban.
Vestía una camisa negra, pantalón blanco y zapatos negros.
Parecía insignificante ante la inmensidad del momento… y sin embargo, su sola presencia hacía vibrar los cimientos del flujo temporal.
Jehová entrecerró los ojos.
—Ese chico… ¿por qué el tiempo nos lo muestra a nosotros?
Karla’k frunció el ceño, y en su aura caótica surgieron destellos de duda.
—Un mortal no tendría que aparecer en nuestra visión.
Algo no cuadra.
En ese instante, la imagen cambió: un parpadeo fugaz, pero nítido.
El mismo joven, con el mismo rostro aparentemente común, se movía con una velocidad que ningún ángel, dios o demonio podría ignorar.
En un único segundo, el muchacho aparecía frente a Karla’k y le hundía un puñetazo directo en el estómago.
El dios del caos jadeó al sentir el eco de aquel golpe resonar en su propio ser, como si esa visión fuese real, tangible.
—¡¿Qué…?!
—exclamó, llevándose instintivamente la mano al abdomen, como si el recuerdo del impacto hubiera atravesado incluso el presente.
Jehová lo observó con seriedad.
Su voz sonó grave, como un juicio inquebrantable.
—El tiempo no nos muestra ilusiones, Karla’k.
Ese chico… sea quien sea, está destinado a cruzar nuestro camino.
Y si puede herirte, significa que el caos no es absoluto.
Karla’k apretó los dientes, con ira y desconcierto a la vez.
—Ningún humano debería tener ese poder.
Ninguno.
El flujo del tiempo se cerró como una herida que cicatrizaba, pero el eco del puñetazo permaneció grabado en ambos.
Jehová alzó la vista hacia el vacío del cosmos que los rodeaba.
—Entonces… el verdadero combate apenas comienza.
Jehová y Karla’k guardaron silencio tras aquella visión.
Ambos habían visto lo mismo: aquel chico de cabello y ojos castaños, con su camisa negra y pantalón blanco, que en un parpadeo se mostró golpeando directo a Karla’k en el estómago.
Jehová rompió el silencio con una sonrisa sincera, mirándolo de frente.
—Quizás ese chico… —dijo con tono sereno— sea el que termine derrotándote.
Karla’k no se sorprendió, lo sabía en lo más profundo.
Sus labios se curvaron primero en una sonrisa emocionada, casi infantil, por el deseo de conocerlo.
—Lo sé… quiero verlo… quiero sentirlo en combate.
Pero esa expresión pronto cambió a una sonrisa más burlona, cargada de arrogancia.
—Aunque… —rió con desdén— te equivocas, Jehová.
Yo lo mataré.
Y acabaré contigo también.
De pronto, sin saber bien por qué, Karla’k llevó sus manos al frente, intentando formar un gesto con los dedos y las palmas.
Era un movimiento extraño, que ni siquiera él comprendía, como si su propio cuerpo lo guiara a hacerlo.
Jehová, intrigado, lo imitó sin pensarlo, tratando de reproducir la misma postura con las manos, aunque tampoco sabía qué hacía realmente.
A unos metros, el arcángel Miguel y Metatrón observaban la escena sin entender.
Se miraron entre sí, desconcertados.
—¿Qué… qué están haciendo?
—preguntó Miguel en voz baja, arqueando una ceja.
Metatrón cruzó los brazos y negó con la cabeza, como si tratara de descifrar aquel acto.
—No lo sé… pero algo me dice que ni ellos mismos lo comprenden.
Continuará…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com