Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

History academy - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. History academy
  4. Capítulo 9 - 9 Choque de dominios
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: Choque de dominios.

9: Choque de dominios.

Jehová y Karla’k se mantuvieron de pie, inmóviles, observando el horizonte de aquel plano donde el tiempo mismo parecía perder sentido.

El silencio era denso, como si el universo entero contuviera la respiración a la espera de lo inevitable.

Fue entonces cuando Karla’k, con su mirada fija en lo invisible, sonrió con una extraña certeza.

—He encontrado la forma que deseaba usar… —murmuró, con voz profunda, dejando que sus manos comenzaran a moverse con lentitud.

De sus palmas surgió un destello, apenas una vibración, como si algo estuviera a punto de manifestarse y aún no lograra romper la barrera del pensamiento.

Karla’k cerró los ojos y en su mente imaginó el escenario: cortes infinitos atravesando el vacío, montañas hechas polvo, rocas cayendo y destruyéndose en fragmentos sin fin.

El eco de su voluntad resonó, y su cuerpo respondió con el gesto que había visualizado.

Primero dobló los pulgares hacia dentro, ocultándolos bajo los dedos anular y meñique.

Luego, con precisión, cruzó los dedos índice y medio sobre los pulgares, hasta que solo los anulares y meñiques quedaron extendidos, apuntando hacia el vacío.

Aquel símbolo extraño comenzó a vibrar con energía.

Jehová, observando con calma, notó la intención y el patrón.

Su voz solemne rompió el silencio.

—Dijo eterno… En ese instante, la vibración de Karla’k se desató, pero no alcanzó aún su plenitud.

Jehová, inspirado, levantó también sus manos.

Cerró los ojos y se permitió imaginar no caos, sino equilibrio: líneas de lógica entrelazándose, una imaginación ordenada, un espacio donde toda creación podía tomar forma.

Lentamente juntó las palmas, los dedos extendidos hacia arriba.

El índice y el pulgar se unieron formando un triángulo perfecto, mientras que los demás dedos se entrelazaban entre sí, como raíces que no podían romperse.

Una geometría sagrada nació en sus manos.

Con solemnidad, pronunció: —Creación eterna.

Karla’k abrió los ojos al mismo tiempo y, con su símbolo aún brillando con la furia del caos, respondió con voz rugiente: —Caos eterno.

Entonces, el espacio entre ambos se quebró.

Un domo circular emergió, oscuro y blanco, girando como dos esencias en eterno conflicto.

Un yin y yang colosal se alzó sobre ellos, rotando sin cesar, y dentro de aquel dominio el escenario tomó forma: montañas infinitas alzándose y cayendo, cielos divididos entre luz y tinieblas, un campo donde creación y caos podían chocar sin destruir el todo.

El aire mismo vibraba, cargado de tensión.

Era un espacio nacido de sus voluntades, un escenario imposible donde lo eterno comenzaba a escribirse.

El domo giraba lentamente, el blanco y negro del yin y yang danzando mientras la energía de creación y caos se entrelazaba en un espectáculo infinito de luz y sombra.

Jehová, observando con calma, habló con voz firme: —Así que esto es un choque de dominios.

El impacto de esto depende de la casualidad y la probabilidad.

—Hizo una pausa, midiendo el flujo del escenario creado—.

Para ambos, eso es una posibilidad alta.

Karla’k, con una sonrisa burlona que apenas dejaba entrever su respeto, respondió: —Vaya… el pináculo del poder somos nosotros.

—Su voz se alzó mientras la oscuridad en el domo se agitaba—.

Solo para corroborar lo que dices antes de acabar contigo… esto funciona con la imaginación y la lógica que quieras ocupar dentro.

Ambos se detuvieron un instante, midiendo la extensión del dominio, sintiendo cómo cada fragmento de roca, cada chispa de energía, obedecía su voluntad y lógica.

La arena de los planetas recién formados se levantaba en remolinos que desafiaban toda física conocida, y los golpes que intercambiaran podrían alterar universos enteros.

Jehová inclinó ligeramente la cabeza, con un brillo calculador en sus ojos: —Entonces juguemos según nuestras reglas, Karla’k.

La creación y el caos se enfrentarán como nunca antes.

Karla’k soltó una carcajada fría, sus dedos aún dibujando los signos que activaban su dominio: —Que así sea… el caos eterno comenzará.

El domo vibró como un corazón latiendo, y dentro, la batalla de ideas, de fuerza y de voluntad estaba a punto de comenzar.

Cada pensamiento de los combatientes podía alterar la estructura misma de aquel espacio, y cada movimiento sería una declaración de poder absoluto.

El arcángel Miguel no permitiría que Jehová peleara solo.

Con rapidez divina, abrió un pequeño agujero en el flujo del dominio, un paso estratégico que permitiera que él y Metatron atravesaran el espacio sin ser atrapados por los cortes y la energía caótica de Karla’k.

La espada de Miguel hizo el trabajo sencillo, cortando lo suficiente para que ambos cruzaran sin dificultad.

Metatron avanzó con velocidad fulminante hacia Jehová, y aunque los cortes eran casi superficiales, cada impacto demostraba la intensidad del dominio de Karla’k.

Jehová, sin perder la calma, creó un planeta al instante y lo lanzó con fuerza sobre Karla’k, obligándolo a retroceder.

Miguel, con agilidad sobrehumana, se lanzó también sobre Karla’k y consiguió cortar un poco su piel.

Sin embargo, Karla’k se regeneró casi al instante y, con un movimiento brusco, agarró a Miguel del cabello negro y lo lanzó contra el planeta que Jehová había creado.

Metatron analizó la situación con precisión milimétrica y comenzó a lanzar múltiples ataques de energía nuclear, abriendo poco a poco un camino para que ellos recuperaran la iniciativa.

Karla’k, observando la estrategia, avanzó de nuevo y golpeó a Metatron con fuerza, enviándolo a retroceder.

Sus cortes comenzaron a multiplicarse, buscando romper desde fuera los límites del dominio.

Jehová, adaptándose lentamente a la ofensiva de Karla’k, empezó a neutralizar los cortes y preparó su siguiente ataque directo.

Ambos combatientes sabían que el dominio se decidiría por quién perdiera concentración o control; el que mantuviera su enfoque podría dominarlo por completo.

Mientras tanto, Miguel sonrió con determinación.

Levantó una mano abierta, los dedos extendidos al máximo, y formó un puño con la otra.

Con voz firme y resonante, pronunció: —Magen David.

Un brillo intenso apareció sobre él, y del cielo surgió una estrella que comenzó a lanzar un ataque de energía y calor directamente sobre Karla’k, intentando pulverizarlo con fuerza devastadora.

Karla’k sonrió, intrigado y desafiado a la vez, al ver que un dios, un arcángel y un dios androide trabajaban juntos para derrotarlo.

Su confianza no flaqueó; más bien, parecía disfrutar del reto.

La batalla no era solo de fuerza, sino de estrategia, concentración y dominio absoluto del espacio que los rodeaba.

Karla’k notó que el dominio de Jehová empezaba a perder fuerza; el suyo estaba ganando terreno rápidamente.

El choque de dominios, hasta ese momento equilibrado, estaba a punto de inclinarse a favor del dios del caos.

La euforia lo recorrió: era una alegría intensa comprobar hasta dónde podía llegar su poder.

Pero Jehová no estaba dispuesto a rendirse.

Con rapidez y decisión, realizó un movimiento arriesgado pero sencillo en concepto: concentró todo su poder en su puño derecho, generando un estallido que emanaba energía pura.

Al mismo tiempo, cubrió el campo de batalla con una niebla azul intensa, capaz de dificultar cualquier percepción visual y hacer que el terreno de Karla’k se volviera impredecible.

Aprovechando la confusión, Jehová se acercó al dios del caos y, con voz firme y resonante, pronunció: —¡Destello divino!

Su golpe impactó directamente en el plexo solar físico de Karla’k, y el dios del caos se desmayó instantáneamente.

El choque de dominios se desintegró al mismo tiempo, liberando la energía atrapada y proyectando a Karla’k a través del espacio.

Cayó violentamente, hasta impactar contra un planeta cercano, orbitando alrededor de un sol joven.

Jehová, el arcángel Miguel y Metatron no perdieron ni un segundo.

Con determinación, se lanzaron hacia Karla’k, preparados para terminar lo que habían comenzado y derrotar al dios del caos de una vez por todas.

Karla’k despertó apenas unos segundos después del golpe.

Sus ojos brillaban con determinación; aquel método que había utilizado era nuevo para él, su primera vez dominando esa habilidad.

Sin titubear, se teletransportó con una precisión impresionante, apareciendo justo frente a Jehová.

Sin perder tiempo, lanzó un golpe directo al rostro de Jehová.

Pero Jehová, con rapidez y concentración, devolvió el golpe con el doble de fuerza.

La explosión de energía se sintió en el espacio circundante.

El arcángel Miguel y Metatron aprovecharon para atacar, lanzando múltiples descargas de energía.

Karla’k, con maestría, acumuló los ataques con su otra mano, mezclándolos con su propia energía caótica.

Luego, los lanzó a Jehová con fuerza descomunal, obligándolo a retroceder.

No hubo tregua: los dos combatientes chocaron los puños con tal potencia que se creó un megacúmulo, un conjunto colosal de dimensiones y universos entrelazados.

Era la materialización del Mega Laniakea, un espectáculo de poder absoluto.

Finalmente, ambos retrocedieron unos pasos, respirando con fuerza, no por cansancio, sino por el deseo intenso de poner fin a aquel combate que amenazaba con desatar cataclismos por todo el multiverso.

Karla’k, con el rostro lleno de ira, escupió un poco de sangre oscura tras recibir tanto daño.

—¡Cortes caóticos!

—gritó—.

Varios cortes aparecieron alrededor, alejando al arcángel Miguel, a Jehová y a Metatron.

Karla’k respiraba con furia contenida, sus ojos brillaban con energía caótica.

Miguel, decidido, intentó atacarlo con su espada, pero el filo no penetró.

—¡¿Qué…?!

—dijo Miguel, sorprendido.

Karla’k, con rapidez y desprecio, escupió más sangre directamente a la mano de Miguel.

El arcángel sintió un ardor intenso y retrocedió, con dolor, mientras veía cómo su regeneración comenzaba a fallar.

Jehová observó la escena con atención.

No intentó curar a Miguel, y ni él mismo pudo hacerlo.

Comprendió entonces que Karla’k no estaba mostrando ni la mitad de su verdadero potencial.

Antes de que pudieran reaccionar, Karla’k lanzó un golpe directo al pecho de Jehová.

Este lo recibió con fuerza, sintiendo como si toda la existencia impactara contra él.

Aun así, sonrió.

—Esto se está poniendo interesante —murmuró Jehová.

Ambos se encontraron en un choque de puños, izquierda contra derecha.

La explosión que siguió fue tan intensa que surgió un tipo de lógica, una fuerza destinada a cuidar de toda la vida.

Pero algo extraño ocurrió: esa lógica se volvió contra Jehová y Karla’k, buscando atacarlos.

—¡No lo permitiremos!

—dijo Karla’k.

Con un movimiento coordinado, Jehová y Karla’k encerraron esa fuerza lógica y, con un estallido final, la enviaron lo más lejos posible, hasta la nada absoluta.

Ahora, esa fuerza se encontraba demasiado distante para afectar algo en el universo, aislada por completo.

—Esto apenas comienza más o menos.

—dijo Karla’k, mostrando una sonrisa de desafío.

—Sí… pero cada golpe nos acerca a la verdad —respondió Jehová, con calma y firmeza.

Jehová, con una velocidad abrumadora, lanzó varios ataques de energía que parecían soles naciendo y explotando al mismo tiempo.

Cada impacto generaba un daño masivo sobre el cuerpo de Karla’k.

—¡Veamos de qué estás hecho!

—gritó Jehová, mientras la luz de sus ataques iluminaba el vacío del universo.

Aprovechando un instante de apertura, agarró a Karla’k del rostro y salió disparado por el cosmos, atravesando galaxias y estrellas hasta encontrar una luna en formación.

Sin dudarlo, pasó el rostro de Karla’k por toda la superficie de la luna, destruyendo todo a su paso: rocas, cráteres y lava recién formada no pudieron resistir la presión.

—¡Imposible…!

—gruñó Karla’k, con una mirada que helaba hasta el alma—.

Con un movimiento rápido y escalofriante, escupió un poco de su sangre oscura directamente al brazo de Jehová.

La sustancia era corrosiva, atacando incluso la regeneración divina de Jehová.

Este sintió cómo su fuerza de recuperación fallaba.

—¡Maldita sea…!

—exclamó Jehová, sorprendido por el efecto de la sangre—.

Aun así, con esfuerzo, empujó a Karla’k con tal fuerza que lo envió volando directo a una montaña emergente cubierta de lava hirviente.

El impacto desató un terremoto de magnitud desconocida, con grietas que se extendían como cicatrices por la montaña.

—¡Esto no es suficiente!

—rugió Karla’k, emergiendo de entre el caos y la lava, completamente furioso—.

¡Es tu fin…!

Jehová observó su regreso, consciente de que cada movimiento de Karla’k ahora se volvía más impredecible y peligroso.

El choque entre ambos apenas comenzaba, y el universo mismo parecía contener la respiración ante la intensidad de su enfrentamiento.

Karla’k, con un gesto calculado, colocó sus dedos en posición: dobló los pulgares hacia dentro y los cubrió con los dedos meñique y anular.

—Caos… —murmuró con voz fría y ominosa.

Pero antes de que pudiera concretar su ataque, Metatrón y el arcángel Miguel golpearon con precisión directa a la espalda y el pecho de Karla’k.

Habían estado esperando el momento exacto para aprovechar cualquier distracción.

—¡Ahora!

—gritó Miguel, mientras lanzaba varios ataques de energía divina hacia el enemigo.

Simultáneamente, Metatrón liberó una ráfaga de energía atómica que impactó a Karla’k, generando explosiones que levantaron un humo denso e impenetrable.

Jehová, concentrado, comenzó a forjar una espada dorada.

El mango tenía delicados toques celestes que brillaban tenuemente, y cuando la espada estuvo completa, la elevó sobre su cabeza, listo para descender con precisión letal hacia Karla’k.

Karla’k disipó el humo con un gesto de su mano.

Entonces Jehová gritó su nombre: —¡Karla’k!

En un movimiento imperceptible para cualquier ojo, la espada descendió y cortó a Karla’k por la mitad.

A pesar de la brutalidad, Karla’k comenzó a regenerarse.

Pero Jehová no se detuvo; cortó de nuevo, más rápido que la luz, acercándose al rostro de su enemigo.

Con un movimiento rápido, sacó su mano izquierda del mango, colocando la espada sobre su hombro mientras preparaba un ataque de energía devastador.

Karla’k, consciente del peligro, envió una parte de su ojo a través de una grieta temporal diminuta, logrando escapar parcialmente y mandar su consciencia al futuro.

Jehová, sin perder un instante, concentró toda su fuerza y destruyó el cuerpo completo de Karla’k, dejando atrás solo el eco de su furia y el vacío que su poder había generado.

Mientras tanto Metatrón y el arcángel Miguel se acercaron a Jehová, todavía con el resplandor de la batalla reflejándose en sus ojos.

—Has hecho un trabajo increíble, Jehová —dijo Metatrón con voz firme pero serena—.

Karla’k no pudo competir contra tu fuerza.

Miguel asintió, sus alas todavía extendidas como si la energía de la batalla todavía las mantuviera en tensión.

—Sí… incluso antes de que lo viéramos, tu presencia nos decía que esto había terminado.

Tu oído y tu intuición no fallaron.

Jehová soltó un largo suspiro, dejando que la tensión acumulada en sus hombros se disolviera poco a poco.

—Tal vez… Karla’k ya no exista —dijo en voz baja—.

O tal vez sí… No lo sé.

Pero, de cualquier manera, ahora no importa.

Metatrón le dio una palmadita en el hombro.

—No importa.

Lo que importa ahora es lo que viene.

Hemos cumplido esta parte de nuestro deber.

Miguel miró al horizonte, donde las estrellas aún giraban lentamente en el silencio posterior a la tormenta.

—Sí.

Es hora de crear.

De formar vida.

Pero primero… necesitamos encontrar un planeta adecuado.

Uno donde podamos establecer algo que perdure.

Jehová asintió, cerrando los ojos un instante, visualizando mundos posibles.

—No solo un planeta.

También debemos considerar la dimensión correcta.

Una donde pueda crear dioses, guardianes… todo lo necesario para proteger este lugar y mantener el equilibrio.

Metatrón sonrió con un leve brillo en sus ojos.

—Entonces tenemos trabajo por delante.

Buscaremos el lugar ideal, discutiremos cada detalle, y luego daremos vida a algo que nunca antes se haya visto.

Miguel entrelazó sus manos detrás de la espalda y suspiró.

—Será un proceso largo, pero valdrá la pena.

Hemos visto el caos, la destrucción…

ahora es momento de crear algo que dure más que cualquier guerra.

Jehová abrió los ojos, mirando a ambos con determinación.

—Entonces hagámoslo.

Un lugar perfecto, dioses, guardianes… vida que prospere incluso en medio de lo desconocido.

Los tres se quedaron un momento en silencio, contemplando el vacío del universo que los rodeaba, sintiendo cómo la paz después de la batalla los llenaba de un extraño alivio.

Aun así, en el corazón de Jehová, había un pensamiento que no podía sacudir: la sensación de que Karla’k, de alguna manera, todavía podría estar allí, observando desde algún rincón del tiempo o del espacio.

—No importa —susurró finalmente—.

Lo importante es lo que vamos a crear ahora.

Y así, juntos, comenzaron a planear, conscientes de que el universo les daba una oportunidad única: moldear la vida y la realidad misma según su voluntad, creando un futuro lleno de posibilidades… y de esperanza.

A lo lejos, entre los restos flotantes de asteroides y la luz de un sol distante, una figura se mantenía firme sobre un promontorio rocoso.

Su cabello dorado brillaba como el fuego reflejándose en el vacío del espacio, y sus ojos azules observaban con atención a los tres seres que habían derrotado a Karla’k.

—Pronto… —susurró, apenas moviendo los labios—.

Pronto me revelaré ante ellos.

Un viento cósmico hizo danzar su cabello mientras una sonrisa sutil se dibujaba en su rostro.

No había miedo, solo la certeza de que su momento estaba por llegar.

Sus manos se cerraron ligeramente, como preparando algo que aún no mostraba, algo que cambiaría el rumbo de quienes ahora parecían invencibles.

En el horizonte, el brillo dorado de la espada de Jehová aún parpadeaba, y las estrellas parecían inclinarse levemente hacia la dirección de la joven.

Era como si el universo mismo supiera que algo grande estaba a punto de ocurrir.

Mientras Metatrón y Miguel discutían los planes para crear vida y establecer un nuevo orden, la presencia de la chica permanecía como un secreto oculto entre la luz y la oscuridad.

Su intención no estaba clara, pero su determinación era innegable.

—Ellos no saben que estoy aquí… —murmuró la joven, observando con intensidad—.

Pero pronto lo sabrán.

Y con esas palabras, se desvaneció entre la luz de los astros, dejando solo un rastro de energía que, si alguien prestaba atención, podía sentir como un suave temblor en el tejido del espacio-tiempo.

El universo estaba en calma… pero esa calma no duraría mucho.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo