Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 1
- Inicio
- Todas las novelas
- Homura y sus bizarras aventuras
- Capítulo 1 - 1 Despertar como Homura
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: Despertar como Homura 1: Despertar como Homura Entrar en el mundo de las chicas mágicas es peligroso.
Al principio lo haces por curiosidad, con esa mezcla de burla y superioridad que te hace creer que eres distinto.
“Solo estoy viendo esto por memes”, te dices.
Pasan los meses y, sin darte cuenta, estás comprando mercancía por ochenta dólares, discutiendo teorías en foros y leyendo fanfics a las tres de la mañana.
Y cuando crees que tocaste fondo, te sorprendes pensando que, si existiera la oportunidad de ser una chica mágica, quizá… solo quizá, la aceptarías.
En resumen: entras siendo alguien normal y sales con falda, esperanza y un corazón un poco más limpio.
Lo cual es irónico, porque incluso alguien con el alma más negra que mi humor puede sentirse inocente después de ver un par de capítulos de una serie de chicas mágicas.
“Haaaaa…” suspiré, cubriéndome la cara con ambas manos.
Entrar en su mundo es como lanzarse desde un acantilado: una vez das el primer paso, ya no hay vuelta atrás.
Solo queda caer.
Y nadie sabe qué te espera al final.
Un buen ejemplo era mi situación.
Solo que la mía era… un poco más particular.
Porque, bueno, yo antes era hombre.
“Dios, ¿cómo terminé así?” me pregunté por quién sabe cuántas veces, tomándome del cabello e intentando no perder la calma.
La noche anterior me había dormido escuchando un OST tranquilo de Madoka, preparado para un día más de rutina.
Pero al abrir los ojos, lo primero que vi fue una mesa de té frente a mí, en medio de un jardín de flores plateadas.
En el centro, una fuente inmensa brillaba como mercurio líquido, y a lo lejos, una ciudad en llamas teñía el cielo de un rojo enfermizo.
El aire olía a jazmín y ceniza.
Una brisa suave me alborotó el cabello, y en ese instante noté que algo no encajaba: mi cabello me llegaba hasta la cintura.
No era yo quien estaba sentado allí, pero al mismo tiempo lo era.
Sentía el tacto del suelo bajo mis pies, la textura del vestido, el peso de mi cuerpo.
Incluso el aroma del té era tan nítido que dolía.
Me incliné y miré mi reflejo en la superficie líquida de la taza de té.
Y la cara que me devolvía la mirada no era la mía.
Era hermosa, serena y fría.
Era el rostro de alguien a quien conocía demasiado bien.
Homura.
Sí.
Era Homura la que se reflejaba en el líquido café cristalino.
Al principio cuando vi esto lo tomé como un sueño absurdo, uno de esos en los que sabes que despertarás en cualquier momento.
Así esperé: un minuto, tres, cinco, quince… hasta que me aburrí.
Suspiré, tomé la taza que me esperaba y di un sorbo, sin pensar demasiado pues era un sueño.
Pero apenas el líquido tocó mis labios el sabor me golpeó con fuerza.
Era dulce, suave y fuerte al mismo tiempo, como si tomaran todos mis gustos y los mezclaron de una forma imposible de no disfrutar.
Con ese sabor en la boca y tras una larga espera, lo comprendí: no estaba soñando.
Estaba literalmente en ese lugar, y me había convertido en Homura.
La situación era tan surrealista que me tomó un buen rato siquiera aceptarla.
Ni podía entenderla.
Todo era un caos mental en cámara lenta.
Lo único que me impedía tener un colapso nervioso era el té.
Un té que al parecer, era infinito.
Podía beber cuanto quisieran, y eso, en medio de mi crisis existencial, resultaba absurdamente reconfortante.
“Haaaaa…” suspiré, apartando el cabello del rostro y recostandome, agotado… o agotada.
Quise tener un arrebato, gritar, romper algo, pero ni siquiera me quedaban fuerzas para eso.
Solo suspiré otra vez.
“Parece que por fin empiezas a aceptar la realidad.” La voz era chillona y demasiado alegre.
Giré con lentitud hacia mi izquierda, justo en mi punto ciego, y ahí lo vi.
Una cosa blanca, de ojos rojos, me observaba desde quién sabe cuándo.
Su pelaje se camuflaba tan bien entre las flores plateadas que casi parecía parte del jardín.
“Kyubey…” murmuré, sintiendo una gota de sudor frío recorrerme la frente.
“Si, soy—” ¡Palm!
Antes de que terminara siquiera su presentación, me puse de pie de un salto, tomé la silla y la usé como bate improvisado.
Golpeé al incubador con todas mis fuerzas y lo mandé a volar.
“¡Nigerundayo!” grité, y sin pensarlo más, salí corriendo de aquel lugar lo más rápido que pude.
Corrí sin rumbo, perdida entre el mar de flores blancas.
¿A dónde iba?
No importaba.
Lo único que quería era alejarme de esa encarnación del mal.
No, peor aún,: como todo buen fan de Madoka Magica sabía perfectamente que Kyubey era peor que Satanás.
Estar cerca de él era la segunda peor cosa que podía pasarte; la primera era interesarte en lo que decía.
Y no lo digo en broma.
Cada chica mágica tenía traumas por culpa de ese conspirador peludo.
Incluso alguien tan buena como Madoka lo había pasado mal.
Con semejante motivación, corrí como si mi vida dependiera de ello.
Corrí hasta que el paisaje se volvió borroso, hasta que el aire se volvió pesado y los pétalos se pegaban a mis piernas.
Corrí hasta que, de pronto, algo me congeló.
Frente a mí, a cierta distancia, Kyubey estaba sentado en una mesa de té junto a una silla.
La misma silla que había usado para golpearlo, de alguna forma había vuelto aquí sin darme cuenta.
“Maldición…” mascullé antes de girarme y correr en dirección opuesta.
Pasó un tiempo indefinido —minutos, horas, días, quién sabe— y volví a encontrar la misma imagen: el té, la mesa, el demonio blanco sonriendo.
Lo intenté una y otra vez, pero siempre terminaba regresando al mismo punto.
Hasta que simplemente me rendí.
Cansada y perdida, me dejé caer de cara sobre el mar de flores.
“Parece que por fin te calmaste.” La voz chillona me hizo estremecer.
Levanté la cabeza lentamente, y allí estaba: Kyubey, sentado tranquilamente en la mesa de té, exactamente al lado de la misma silla donde había estado antes.
Todo era idéntico.
Ni una flor fuera de lugar.
Como si nada hubiera pasado.
Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
“¿Me has encerrado?” pregunté, temiendo lo peor.
Rogaba porque no se repitiera la misma tragedia que con la Homura original en Rebellion: ser atrapada en una barrera y usada como conejillo de indias por esas criaturas sin corazón.
“Atrapada, sí estás —respondió Kyubey, moviendo la cola con naturalidad—.
Pero no tiene nada que ver conmigo.
Al menos, no de forma directa.” “Explica.” Exigí con desconfianza.
Sabía que los incubadores nunca mentían, pero también que tenían una costumbre desagradable: decir la verdad a medias, omitiendo justo lo que más dolía descubrir.
“Bueno, en primer lugar, felicidades.
Ha cruzado y estamos en su dimensión.” Anunció Kyubey con su tono inexpresivo, pero curiosamente entusiasta.
“Y yo soy la representación física de su dimensión.” “……” Cuando escuché esa explicación tan confusa, mi rostro no cambió mucho, pero por dentro me sentí como el meme del bebé de plástico con la cabeza hundida.
Incluso consideré seriamente volver a darle un sillazo a Kyubey y rematarlo, solo para asegurarme de que no me estuviera engañando.
Pero siendo honesta, esta situación ya era lo bastante surrealista como para añadirle violencia gratuita.
“¿Podrías ser más explícito?” pregunté, creyendo solo la mitad de lo que decía.
“Básicamente es la típica reencarnación.
Ahora eres la dueña de este lugar: una dimensión formada por dos partes, el Jardín de Plata y la Ciudad Walpurgis.” Explicó el incubador con una pereza casi insultante.
“……… Mmm, entonces soy dueña de este lugar lo que en cierta forma me vuelve un señor dimensional o algo similar.” Murmuré, observando el inmenso jardín de flores y, a lo lejos, la ciudad en llamas.
“Pero si soy la dueña, ¿por qué no siento nada diferente?” “Porque su alma y enredo kármico es mínimo.
En pocas palabras, es como si fuera un humano con la capacidad motriz suficiente para apenas mover los ojos; en otras palabras, es prisionera de su propio dominio.” “Mmm… entiendo.” Con un suspiro cansado me levanté y regresé a la mesa de té.
Volví a sentarme donde había estado antes.
“¿Y cómo recupero la movilidad o el control de este lugar?” “Obteniendo karma o causa y efecto.
Mientras más influencia tengan sus acciones, más recuperará el dominio de su mundo y, lo más importante, sus poderes.” “¿Poderes?” pregunté, algo extrañada.
“Sí.
Después de todo, no es como si cualquiera pudiera tener una dimensión como esta.
Solo alguien como usted, el demonio que arrastró a Dios del cielo es quien puede tener algo así.” Cuando esas palabras cayeron, varias piezas encajaron de golpe en mi cabeza.
Ya entendía lo que pasaba.
No era Homura.
Era el demonio Homura.
Una diferencia mínima en apariencia, pero abismal en significado.
“Así que soy la versión demonio de Homura,” murmuré mientras me masajeaba las sienes por el dolor de cabeza.
“Básicamente.” Confirmó Kyubey.
“Y antes de que pregunte: no, este no es el mundo de Madoka Magica.” “Bueno, eso es un alivio,” comenté, algo más relajada, aunque no lo pareciera: el hecho de que no fuera exactamente el mundo de Madoka no hacía que la situación fuera menos absurda.
“Actualmente estamos ligados al mundo de Marvel y existe una ligera tendencia a contactar el mundo DC.” “……” Crack.
Al oír esa declaración, mi mundo se hizo añicos como un vaso arrojado contra una losa.
El pequeño alivio que había sentido se marchó de inmediato.
“Estoy muerta,” murmuré, llevándome las manos a la cara.
Como friki, conozco bien los universos de ficción; si clasificamos los más peligrosos, Marvel y DC entrarían casi seguro en el top cinco.
Parece gracioso hasta que recuerdas que allí conviven amenazas y organizaciones como la Fundación SCP, el universo escatológico de Warhammer 40k y horrores tipo Cthulhu.
Mientras Homura —o lo que fuera de mí— temblaba, encogida como Shinji en su silla, Kyubey la observaba con la misma expresión impasible de siempre.
Esperó un segundo y, con su tono neutro, soltó una explicación que pretendía ser tranquilizadora: “Sabe, técnicamente usted no puede morir.” Ante esas palabras, la Homura deprimida levantó la mirada, los ojos vidriosos.
Kyubey continuó, con la paciencia de quien explica reglas de un juego que nadie pidió: “Su existencia es bastante única.
Posee una gran dimensión entre los demonios dimensionales; estaría al nivel de algunas entidades mayores.
Además, este dominio es completamente suyo: nadie podría arrebatárselo, ni aunque lo desearan.
Y, como cereza del pastel, usted es una encarnación conceptual.
Mientras aquello que usted representa no desaparezca, usted no morirá.
En el peor de los casos, podrían convertirla en una batería, como les ocurrió a ciertos dioses en la historia de los Necro.” “Eso es peor, hijo de puta.” Grité mientras le pegaba nuevamente con la silla, más por indignación que por enojo.
Kyubey salió volando por el aire como un balón, girando varias veces antes de desaparecer entre las flores.
Mi respiración se volvió pesada; la muerte era mala, sí, pero la idea de convertirme en una batería era mil veces peor.
Y lo peor de todo: era prácticamente inmortal.
Eso significaba que podían hacerme lo que quisieran sin matarme.
Por amor a Dios… era como arrojar a un comatoso a un nido de hormigas africanas.
“¿Sabe?
No es por molestar, pero podría aprender más sobre su situación y permitirme dar una explicación más precisa antes de desesperarse o golpearme con la silla,” sugirió Kyubey, que en algún momento había desaparecido y vuelto a aparecer sobre la mesa de té, junto a la taza intacta.
Sus orejas se movieron con un leve tic, pero su expresión seguía siendo la misma máscara impasible de siempre.
“Solo suéltalo,” dije agotada.
“Si es posible, di las buenas noticias primero o no me importaría seguir usando la silla.” “Entendido.
En primer lugar, como dije antes de ser golpeado, lo peor que podría ocurrir es que fuera convertida en batería, como los dioses de la raza Necron.
Pero esto tardaría un buen tiempo, ya que esta dimensión es completamente hostil a los invasores y a cualquier cosa que no sea usted.
Sin embargo, no es una defensa hermética; podría ser invadida y usted capturada.
Para evitarlo, debemos hacer que recupere el poder que le corresponde.
Algo extremadamente difícil, ya que la cantidad de karma o causa y efecto requerida sería titánica, ni hablar del esfuerzo que supone incrementar ese poder para aspirar a ser más fuerte.” “…” “Ok… ¿y cómo recupero ese poder?” pregunté más calmada; su explicación me había dado un poco de esperanza de no terminar como una pila viviente.
“Para eso estoy yo: la encarnación de tu sistema.
Bueno, ‘encarnación’ es un término muy fijo; en realidad soy una creación inconsciente del Jardín de Plata y de la Ciudad Walpurgis para asistirte en este momento,” contestó Kyubey.
“Pero eso podemos discutirlo después.” Tras decir esto, Kyubey saltó hacia un lado y, del mar de flores, extrajo dos relojes de arena sin arena: uno negro y otro púrpura.
El contraste con las flores blancas era tan marcado que parecían dos heridas abiertas en el paisaje.
“Estos son tus medidores,” explicó Kyubey con entusiasmo.
“Uno mide la cantidad de karma necesaria para recuperar el poder que eres incapaz de usar, mientras que el otro mide la energía utilizable actualmente.
Y, como puedes ver, ambos están vacíos.” “En pocas palabras no puedo hacer nada.” “Algo así.
Pero tu mundo no te dejará sola.” Con sus palabras, una pequeña cantidad de arena negra apareció dentro del reloj oscuro.
Un brillo denso recorrió el cristal, como si la tinta misma cobrará vida.
“Este será tu fondo inicial, y representará cuánto poder eres capaz de movilizar,” aconsejó Kyubey.
“Tu cantidad actual es débil y solo te permite hacer cosas pequeñas o no tan exageradas.
Sin embargo, lo que te falta en cantidad lo compensas en calidad.
Como demonio y encarnación de la autoridad de una alta dimensión, puedes crear o hacer casi cualquier cosa.
Casi, porque la cantidad te limita.” “¿Cualquier cosa?” pregunté intrigada.
“Cualquier cosa.
Pero eso es solo teórico.
Mientras más grande sea lo que quieras hacer, más poder requerirá.
O, si te encuentras con una entidad superior, será ineficaz.
Aun así, actualmente en este mundo existen pocos con esa calificación… por no decir que son dos.” “Eso es conveniente,” comenté, dejando escapar un suspiro cargado de alivio y resignación.
“Sí, pero no se confíe: actualmente posee poco poder disponible que se irá gastando con el uso,” contestó el incubador.
“Si desea recuperar este poder desechable, debe llenar la arena negra.
Esta se consigue provocando en otros seres el conjunto de concepto que usted representa.” “¿Y qué representó exactamente?” pregunté.
“Amor, esperanza y alegría; odio, miedo y desesperación.
Usted encarna esos conceptos.” Añadió Kyubey, con su tono monótono.
“Mientras haga sentir a otros, de manera directa o indirecta, esas emociones, obtendrá arena negra.
Y cuando esos sentimientos se desborden en grandes acontecimientos, aparecerá arena morada: esta representa su karma acumulado.
Una vez lleno el reloj morado, recuperará parte del poder verdadero que perdió; además, cada vez que llene el reloj morado su capacidad energética aumentará aumentando la cantidad de arena negra o poder desechable que puede usar.” “Veo,” murmuré, sumida en mis pensamientos.
“¿Hay alguna distinción entre quiénes generan esas emociones?
¿Gano más si actúo sobre algunos individuos en específico?” “Por supuesto.
Cada individuo aporta distintas cantidades de karma y emociones; esto depende de su peso en el mundo.
Esa cantidad no es innata: si usted logra que un personaje gane relevancia, la arena que produce aumentará.” “Entiendo.” Se formó en mi cabeza una idea que podía poner en práctica.
Mientras pensaba y notaba la garganta reseca, tomé la taza de té de la mesa y bebí para calmarme.
Al hacerlo observé con fastidio cómo algunos granos de la poca arena negra que poseía se caían en el reloj de arena desapareciendo apenas estos pasaban a la parte de abajo.
“¿Me estás cobrando el té?” dije con el ceño fruncido, mirando la taza que, sin embargo, volvía a aparecer llena ante mí con la misma impavidez que Kyubey mostraba.
“No solo eso,” añadió Kyubey con una alegría extraña, “también cobré por los dos avatares incubadores que mató o lesionó con un golpe.” “Hijo de—” le dije, furiosa, sintiendo una vena palpitar en la sien.
Odiaba a ese incubador con una intensidad que ya entendía: es la misma rabia que la Homura de la obra descargaba sobre esos pedazos de conspiradores cada vez que tenía la oportunidad.
Si no fuera porque cada golpe me costaba arena —y porque si lo mataba probablemente me cobrarían aún más caro— ya le habría dado otro sillazo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com