Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 10
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10: Hola soy Homura 10: Hola soy Homura El bosque congelado era más intenso de lo esperado, pero había un extraño encanto en él: la nieve convertía el paisaje desolado en un tapiz brillante y silencioso.
No había aves, aunque tampoco hacían falta; el murmullo del viento entre las ramas bastaba para llenar el vacío.
El invierno desplegaba todo su esplendor, y, a pesar del frío, Homura comenzaba a disfrutar el viaje.
Sin embargo, no podía permitirse el lujo de bajar la guardia.
Incluso mientras disfrutaba, nunca olvidó su objetivo.
La brújula en su mano la guiaba con insistencia hacia las profundidades del bosque.
BAM.
El sonido seco detuvo a Homura en el acto.
Su mente abandonó el hilo cálido de sus pensamientos y giró de inmediato hacia la dirección del disparo: exactamente hacia donde señalaba la brújula.
“Te tengo”, murmuré, sabiendo que mi objetivo estaba a la vista.
Tras avanzar entre dos árboles, Homura vio a un hombre fuertemente abrigado inclinándose para recoger un venado aún sangrante que teñía de rojo la nieve.
La figura oscura volteó el cuerpo, lo ató y comenzó el proceso de desangrado con movimientos bruscos y mecánicos.
Clang.
“Blicka…” O al menos eso intentó, porque cuando intentó colgar al animal, la cuerda se partió a medias.
El venado cayó con un golpe seco que arrancó una mueca de furia del cazador.
Maldiciendo entre dientes, revisó la cuerda y descubrió que era demasiado corta para lo que necesitaba.
Con visible fastidio, acabó cargando la presa en la espalda.
La sangre fresca resbaló por su abrigo y dejó un rastro rojizo en la nieve.
Aquel detalle, trivial para él, pronto se convertiría en un problema: un aullido resonó en la distancia.
El hombre se tensó.
Sacó su arma con torpeza y aceleró entre los árboles, rumbo a la salida del bosque.
Homura lo siguió sin prisa.
Su caminar contrastaba con la urgencia del cazador, que miraba nervioso hacia todas partes.
Lo inevitable ocurrió.
Tras cruzar un tramo, un grupo de ojos brillantes y colmillos afilados lo recibió.
Una manada de lobos flacos emergió de entre los árboles, arrastrando las patas con hambre desesperada.
Apenas lo rodearon, comenzaron a gruñir y avanzar en pequeños saltos tensos.
El cazador apenas contaba con una pistola vieja, remendada tantas veces que conservaba su forma por pura obstinación mecánica.
“Alejaos”, bramó el hombre mientras apuntaba el arma con manos temblorosas.
BAM.
La nieve explotó a pocos centímetros de los lobos.
El estampido los hizo retroceder unos pasos, pero no huyeron.
Mantenían la distancia, moviéndose con inquietud, atrapados entre el miedo y la necesidad.
Estaban muertos de hambre, y sabían que no podían permitirse retirarse.
Ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a dar un paso atrás.
El cazador, con el arma casi descargada, respiraba entrecortado mientras mantenía el dedo tenso sobre el gatillo.
Entonces, entre la nieve, unos pasos diminutos llegaron desde la distancia, tan leves que apenas crujieron… pero lo suficiente para alertarlo.
Giró el arma hacia aquella dirección y se quedó inmóvil.
De entre los árboles emergió una figura pequeña, coja, que avanzaba con debilidad.
Estaba tan desnutrida como el resto de la manada, pero demasiado joven para estar allí.
Era un cachorro flaco, tembloroso, que intentó acercarse.
Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, una loba se interpuso con un movimiento brusco, cubriéndolo con su cuerpo y mostrándole los colmillos al cazador.
El hombre quedó paralizado ante la escena.
El arma temblaba en sus manos.
Por un instante, la levantó para observarla, como si se preguntara si realmente sería capaz de disparar.
El silencio se estiró durante un largo momento.
Solo el viento, la respiración de los lobos y el pulso acelerado del cazador rompían la quietud.
Finalmente, después de mirar al pequeño cachorro protegido por la loba, el hombre dejó escapar un suspiro profundo.
Luego dejó caer el venado de su espalda.
El cuerpo golpeó la nieve con un ruido sordo, pero él ni siquiera lo miró.
Retrocedió lentamente, sin apartar los ojos de la manada, y se alejó hasta quedar fuera del alcance del cadáver.
En cuanto ocurrió, los lobos se abalanzaron sobre la presa con desesperación.
Sus cuerpos huesudos se encimaron unos sobre otros, devorando la carne como si temieran que la nieve pudiera robársela.
Solo la loba con el cachorro se contuvo al principio; lo acercó consigo, lo mantuvo protegido, y solo cuando se aseguró de que estuviera a salvo se unió al festín.
El pequeño, bajo su vigilancia constante, trató de masticar la carne dura con torpeza.
“……” El hombre se quedó allí, observando.
Su rostro estaba cubierto por la bufanda, pero sus ojos, fijos en aquel cuadro de crudeza y ternura, tenían un brillo triste.
El viento helado le agitaba los flecos desgastados, como si quisiera arrancarle los pensamientos.
“Realmente eres alguien muy interesante.” La voz surgió detrás de él.
El hombre se tensó de inmediato.
Click.
Giró con rapidez, olvidándose por completo de los lobos, y levantó la pistola.
Pero en cuanto vio a la dueña de la voz, sus brazos se volvieron rígidos.
Sentada sobre un tronco caído, no muy lejos, una figura bien vestida lo observaba.
Su belleza era de un gris elegante, casi sobrenatural, que destacaba de forma absurda en medio de aquel escenario congelado.
Lo desconcertante no era solo verla allí, sino notar que hasta ese instante no la había percibido, como si sus ojos hubieran estado vendados de ella.
Y ahora que la veía, aquellos ojos morados parecían atravesarlo con una claridad inquietante.
“¿Quién eres?”, amenazó el hombre mientras levantaba el arma y apuntaba hacia la chica de cabello negro.
“Soy Homura, una persona que vio algo muy interesante”, declaré, manteniendo la mirada fija en el encapuchado.
“¿Algo interesante?”, murmuró el hombre antes de girarse hacia la manada de lobos, que arrastraba el venado lejos y comenzaba a mirarlo de reojo.
“Este no es lugar para niñas, tenemos que—” No terminó la frase.
Cuando volteó dispuesto a sacar a Homura de ahí, se quedó paralizado.
Ella había desaparecido.
No había huellas, ni rastro, ni sombra.
Como si nunca hubiera estado sentada sobre aquel tronco.
“Irnos, claro que nos iremos… pero no creo que sea por estos pequeños amigos”, dije con cierta felicidad.
El hombre giró bruscamente y vio a Homura junto al cachorro cojo, ahora acariciándolo.
La loba, protectora hasta la médula, permanecía a su lado como un perro fiel; la manada entera, a pesar de estar cubierta de sangre, la observaba con una docilidad que no encajaba con los colmillos que minutos antes mostraban.
Ante aquella escena, el cazador —que hacía apenas un instante intentaba sacar a la “niña” de un peligro seguro— retrocedió un paso sin darse cuenta.
Se le erizaron todos los vellos del cuerpo.
La preocupación se transformó en un miedo instintivo hacia la joven que, paradójicamente, parecía indefensa.
“¿Qué…?”, alcanzó a decir.
“Como te dije, soy Homura, una persona que vio algo muy interesante”, lo interrumpí mientras rozaba la pata del pequeño lobo.
El cachorro, que antes estaba cojo, saltó de inmediato, moviendo la cola con euforia.
Su dolor había desaparecido como si nunca hubiera existido la herida que le impedía caminar.
El sudor frío recorrió la espalda del hombre.
Tenía el arma en la mano, pero la sensación que lo invadía no podía disiparse con un disparo.
Era como sostener un juguete inútil frente a algo que no alcanzaba a comprender.
Una broma pesada cuyo remate ignoraba… y temía.
“Supongo que no me crees.
Lo entiendo.
Pero créeme, y al final del día es posible que tú y yo seamos buenos amigos.” Dejé al cachorro con una suave palmada y éste corrió hacia su madre.
Entonces me incorporé lentamente.
Frente al hombre nervioso levanté la mano y, con un gesto leve, hice aparecer un objeto pequeño y brillante.
El metal dorado reflejó la luz helada del bosque mientras lo acercaba.
El encapuchado, apenas la vio, quedó incapaz de apartar la mirada.
En mi mano reposaba una moneda dorada con inscripciones tan minuciosas que parecían vivas.
Relieves plateados recorrían los bordes con una elegancia ajena al mundo.
“Como prueba de ello, aquí tienes un regalo de reunión”, dije con diversión antes de lanzar la moneda como quien lanza una simple ficha al aire.
El hombre, sorprendido, la atrapó de forma instintiva.
La examinó en su palma: una divinidad desconocida en una cara, tallada con precisión obsesiva; en el reverso, una ventana antigua sellada por un puñado de tablones.
El diseño tenía algo profundamente inquietante, como si describiera una historia que no quería ser leída.
Pero lo que lo dejó sin palabras fue la textura del metal.
Reconocía el oro… pero lo demás no.
“Aleación de oro mezclada con platino de veinticuatro quilates”, dije suavemente, respondiendo al pensamiento que cruzaba por su mente.
“Unos mil ochocientos ochenta dólares.” El cuerpo del hombre se tensó de inmediato.
Para él, aquello era una fortuna imposible, más dinero del que había visto en todos sus años.
Por un instante, la tentación de salir corriendo hacia la ciudad y venderla brilló en sus ojos.
Pero un instinto más profundo, más viejo y más aterrador, lo detuvo.
La figura frente a él empezaba a solaparse con algo que había escuchado sólo en susurros y leyendas.
“Eres… el diablo”, murmuró con la voz seca, apretando la moneda como si necesitara sentirla para creer que la tenía.
“Algo así”, admití con ligereza.
“Aunque la pronunciación correcta sería el demonio.
Pero puedes llamarme Homura.” La naturalidad con la que acepté el título lo dejó completamente rígido.
El sudor frío empezó a correrle por la espalda, empapando la ropa gruesa.
Aun así, no soltó la moneda; al contrario, la aferró con más fuerza, impulsado por una idea desesperada que lo empujó a hablar.
“¿Vienes a hacer un trato por mi alma?”, declaró, intentando mantener la voz firme, aunque esta tembló apenas.
“No.
Tu alma no me sirve de nada”, respondí con una sonrisa tranquila.
“Tu verdadero potencial sólo puede surgir si estás vivo.” Di unos pasos hacia adelante.
El hombre retrocedió por puro reflejo, pero pronto sus pies dejaron de obedecerlo, como si se hundieran en un pantano invisible.
Entre más se acercaba, más pesada parecía volverse la tierra bajo él.
Una sensación primitiva lo desgarró por dentro: no estaba frente a una niña… sino ante algo que no podía comprender.
“Vamos, ¿por qué tan serio?”, comenté al pasar a su lado.
“¿No planeas darme una cálida bienvenida en tu casa, como la amiga que soy?” Cuando las palabras cayeron, el hombre quedó completamente paralizado.
Solo pudo girar la cabeza con un esfuerzo agónico para ver cómo me alejaba, avanzando en dirección al pueblo.
Y fue ahí donde el verdadero terror lo golpeó: según mis palabras, iba directamente a su casa.
Y allí se encontraban las dos cosas más importantes de su vida.
Lo único que aún tenía.
Su padre enfermo y moribundo.
Y su ave, el último recuerdo de su madre.
“Espera… no puedes…”, logró decir con la voz quebrada.
“¿Ir con tu padre y tu querida ave?”, lo interrumpí, casi indiferente.
El hombre quedó helado una vez más.
La impotencia lo atenazó hasta la médula.
“No te preocupes tanto.
No tengo malas intenciones”, aseguré sin darle un vistazo.
“Solo deseo ver quién eres.
Y apreciar el espectáculo.” Ligeramente me giré y sonreí.
“Después de todo, tengo curiosidad por ti, Iván Vanko.” Mientras Homura se divertía en Rusia, en el Himalaya, dentro de un templo oculto entre la nieve eterna, el Mago Supremo estabilizaba tres braseros y tomaba anotaciones rápidas, casi frenéticas.
La habitación donde trabajaba era el mayor tesoro de Kamar-Taj: un sancta lleno de reliquias imposibles, grimorios encadenados y artefactos que latían como corazones dentro de vitrinas selladas.
Allí, la Maga Suprema estudiaba con entusiasmo las tres llamas que ardían en los braseros; había estado examinándolas desde que las trajo, y mientras más tiempo pasaba frente a ellas, más la fascinaban.
Pero incluso sumida en esa obsesión, su rostro no podía ocultar la preocupación que la carcomía.
Una inquietud que nacía de las anomalías recientes… en especial de aquella provocada por el collar que descansaba en su cuello.
Era el Ojo de Agamotto, contenedor de la Gema del Tiempo.
Un artefacto que antaño le permitía asomarse al futuro, pero que ahora colgaba inerte, como si hubiera renunciado a su propósito.
Y todo gracias a— Shssssss.
Click.
“Haaaaaa…” suspiró el anciano, exhausto hasta la médula.
Frente a él, una enorme lanza había atravesado su barrera mística.
Una barrera que llevaba encendida horas y que ya había recibido más de cien ataques en menos de un día, empujándolo lentamente hacia la locura.
“Ciento veintinueve veces.
¿No puedes parar?” regañó la Maga Suprema con evidente enojo.
Con un gesto de su mano desterró la lanza negra y al caballero que la empuñaba hacia la Dimensión del Espejo.
Sin embargo, antes de siquiera tocar el suelo de ese reino, el caballero se desintegró como ceniza atrapada en un remolino.
El anciano apretó los dientes; la reacción ya era casi un tic.
“¿No piensas parar?” gritó la Maga Suprema, al borde de la exasperación por aquel maldito acosador.
Click.
Como si se burlara de su sufrimiento, otra Lindamea emergió de una esquina y golpeó el escudo exactamente en el mismo punto y con el mismo ángulo.
Una vena se hinchó en la frente de la Maga Suprema.
Ya lamentaba profundamente haber intentado ver el futuro… y haber tropezado con esta acosadora que parecía poseer más capacidad de supervivencia que una cucaracha.
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