Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Un paseo con el demonio
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11: Un paseo con el demonio 11: Un paseo con el demonio El suave paso de dos personas sonaba sobre la nieve.
El bosque, antes ruidoso por los aullidos del viento, se había quedado en silencio; un silencio extraño, frágil, quebrado únicamente por las pisadas de Iván, que se hundían en el hielo a cada paso.
La figura que caminaba a su lado no dejaba marca alguna.
No hundía los pies.
No desplazaba ni un grano de nieve.
Caminaba como un fantasma.
Ese detalle solo hizo que Iván se sintiera aún más incómodo.
Apretaba la moneda en su bolsillo con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos, como si quisiera consolarse con el único objeto valioso que poseía y, a la vez, la razón por la que Homura lo estaba siguiendo.
“Ya casi llegamos”, susurró Iván Vanko mientras alcanzaban la salida del bosque.
“Lo sé”, confirmé con calma.
“Y por cierto, descuida.
Nadie me notará.
Solo tú.” “No pregunté eso”, murmuró Iván.
“Pero lo pensaste”, declaré como si fuera lo más obvio del mundo.
“Realmente das miedo”, confesó Iván con un temblor en la voz; ciertamente lo había pensado.
“Todos temen a lo que no entienden.
Sería raro si no fuera así”, respondí mientras avanzaba sin prisa.
Al entrar a la ciudad, todo ocurrió tal como había dicho.
Tiendas, transeúntes, vendedores, mendigos, guardias… ninguno la vio.
Aunque Iván hablaba conmigo, aunque respondía al aire, aunque por momentos parecía un loco… nadie notó mi presencia.
El escalofrío que recorrió la espalda de Iván fue inevitable.
Ese escalofrío se volvió terror silencioso cuando, al cruzar por el mercado, Iván se detuvo frente a una vieja ventana manchada de suciedad.
En ella se reflejaba la figura de un hombre flaco, envejecido por el frío y la miseria, envuelto en ropa abrigada consumida por los años.
Y a su lado, donde tenía que estar Homura, no había nada.
Solo un hueco.
Un vacío..
“Te lo dije.
Nadie me verá.
Y eso es porque no quiero que nadie me vea”, afirmé mientras me detenía en la calle.
“Solo sigue con tu día.” “‘Solo seguir con mi día’.
Qué fácil lo haces sonar”, murmuró Iván, ya entumecido y cansado.
“Ponte en mi lugar.
¿Realmente crees poder hacerlo?” “Je.
No.
Pero ahí está la diversión de decir esas cosas”, bromeó con un sarcasmo suave.
“Pero para consolarte un poco, puedo prometerte que no me interesa tu alma ni lo que ocurra con ella cuando mueras.” “Sí, ya lo dijiste”, comentó Iván.
“Por cierto… no es por quejarme, pero ¿por qué no quieres mi alma?
Se supone que ese es el objetivo de los demonios.” “De los demonios, sí.
Pero yo no soy uno”, respondí con ironía.
“Eso contradice lo que dijiste cuando te presentaste…” “Sí, pero como le dije a cierto capitán, ‘el demonio’ es un título que me dieron.
Un título no es una raza.
Es como cuando llaman demonio a Lucifer, pero él sigue siendo un ángel al final del día, no un demonio.” “Eso es… complejo”, murmuró Iván, incómodo; aunque era un genio, la teología no era su campo y muchos puntos escapaban a su entendimiento.
“No importa”, concluí con ligereza.
“Por cierto… si no eres un demonio, ¿qué eres?”, preguntó Iván Vanko.
Tras la pregunta, el silencio cayó mientras todo pareció detenerse, solo dejando un mudo silencioso donde ni los ruidos de la gente a su alrededor podrían alcanzarlo.
Iván, sin querer, giró para mirarme… y en cuanto lo hizo sintió cómo el corazón se le encogía.
Yo sonreía.
No una sonrisa burlona ni vacía, sino una auténtica, sincera.
Justamente por eso fue aterradora: hasta ahora nunca había mostrado una así.
“Mmmm… esa es la pregunta correcta”, refuté con una calma que hizo temblar el aire .
Iván sintió que la breve sensación de cercanía que había surgido entre ambos se borraba de golpe bajo mi mirada.
Un escalofrío le recorrió la columna.
“Soy la persona más cercana a Dios.
Soy quien más lo amó, tanto que estuvo dispuesta a cometer todos los males con tal de ver su felicidad.
Y soy quien la traicionó por esa misma felicidad.” Con cada palabra, algo oscuro se abría paso en el corazón de Iván.
Premonición.
Instinto primitivo.
Una advertencia ancestral que susurraba corre aunque sus piernas no reaccionaban.
Entonces, como una epifanía, una frase anterior volvió a su mente con claridad gélida: “Como le dije a cierto capitán: ‘el demonio’ es un título que me dieron.
Un título es diferente a una raza.
Es como cuando llamas demonio a Lucifer, pero él sigue siendo un ángel al fin y al cabo.” “Eres… Lucifer”, murmuró Iván, helado de pies a cabeza.
Y ese frío no venía del clima.
“No.
Yo era más cercana.
Y el dios del que hablo no es el bíblico”, murmuré, divertida como si compartiera un secreto.
“Y a diferencia de Lucifer, que fracasó miserablemente… yo sí tuve éxito.” Mi sonrisa desapareció.
Volví a la expresión fría de siempre y eché a andar.
El viento regresó con un susurro agudo, y Iván apenas pudo mantenerse de pie; su mente repetía, una y otra vez, la misma frase: Yo sí tuve éxito.
Con miedo de preguntar más, Iván siguió caminando, rogando por terminar el día con vida.
Decir que estaba muerto de miedo era quedarse corto: la cosa con forma de chica que caminaba a su lado lo estaba quebrando por dentro.
“Ayuda”.
El grito llegó desde la otra acera.
Iván levantó la mirada de inmediato.
Un hombre corría cargando un carrito; su ropa era harapienta, sus movimientos desesperados.
Detrás de él, una anciana estaba tirada en el suelo, una mano presionando su costado manchado de rojo.
Gritaba su auxilio con un hilo de voz.
Un asalto.
Un robo fallido.
Un intento de asesinato.
Nada inusual en ese barrio; la mayoría prefería no intervenir.
Aquella pandilla controlaba la zona y ayudar solo significaba que, tarde o temprano, vendrían por él o por su padre.
Mientras Iván pensaba eso, pasó junto a la escena sin detenerse.
No notó que yo había inclinado levemente la cabeza hacia un lado.
Click.
El ladrón pisó una tapa de alcantarilla.
Una tapa vieja, oxidada… y sin embargo sorprendentemente estable durante décadas.
Hasta hoy.
Bajo su peso, el metal cedió de una forma extraña.
La tapa: se partió en dos mitades que quedaron unidas apenas por un borde, adoptando la forma de unas fauces.
Crack.
“¡HAAAAAAA—!” El grito desgarró la calle.
El ladrón cayó en agonía, atrapado en la trampa improvisada.
Su pie estaba medio mutilado, aplastado hasta dejar ver el hueso.
Lloraba, suplicaba, gruñía como un animal atrapado.
Para la multitud aquello fue un accidente espantoso.
Solo un infortunio más.
Pero entre todos los presentes había uno que sabía que no lo era.
Iván.
Porque incluso tratando de no mirarme… incluso sintiéndose demasiado pequeño para enfrentarme… incluso temblando… Iván no pudo ignorar la sutil, casi imperceptible sonrisa que había aparecido en mis labios.
En esa atmósfera densa y extraña, ambos seguimos el camino.
La caminata duró más de lo que yo misma esperaba; incluso después de dos horas nadie había llegado todavía a la casa de Iván Vanko.
No fue hasta el borde del atardecer cuando al fin apareció a la distancia un edificio de apartamentos destartalado.
Viejo, podrido, inclinado hacia un lado como si quisiera desplomarse.
Ubicado en la zona más miserable imaginable.
Por un instante lo observé con interés: aquel lugar, por más repulsivo que fuera, me recordó vagamente a algo de mi vida pasada… un recuerdo amargo, lleno de arrepentimientos que preferiría no despertar.
“Haaaaa”, suspiré.
Iván lo notó, pero ya había aprendido a contener su curiosidad.
Guardó silencio y entró al edificio.
Yo lo seguí sin prisa.
El interior no era mejor que el exterior: un pasillo deshecho, paredes descascaradas, humedad en cada esquina.
El aire olía a polvo, moho y desesperación.
Un hombre dormía en las escaleras, tirado sin dignidad.
Las escaleras, hechas de madera astillada, crujían como si cada peldaño estuviera a punto de rendirse… y aun así seguían cumpliendo su función, tercas, dolorosamente tercas.
Todo esto me resultaba nostálgico, pero lejano.
Esos ecos de pobreza ya no me pertenecían.
Mientras yo repasaba recuerdos difusos, Iván subía las mismas escaleras con una lucha interna que se volvía más feroz a cada paso.
Cuando llegó a la puerta de su apartamento se quedó ahí, inmóvil, como si la madera frente a él fuera un abismo.
Sabía que permitir que yo entrara era una mala idea.
Sabía que su padre estaba dentro.
Sabía que no tenía alternativa.
El simple acto de agarrar el pomo se volvió pesado, casi opresivo.
Lo sostuvo un largo momento, mirándome de reojo, y finalmente abrió la puerta como quien reza por un milagro.
Esperaba —rogaba— que yo solo estuviera interesada en él y no en las dos únicas cosas que le importaban: su padre y su urraca.
click.
Apenas entró, una botella salió volando.
Se estrelló contra la mesa, rebotó y pasó cerca de su cabeza antes de romperse en pedazos contra la pared.
“No hay más”, gruñó una voz vieja, cansada y profundamente irritada.
El olor a alcohol era tan intenso que incluso yo, con mis pulmones mejorados, sentí una punzada de asco.
La habitación estaba hundida en una mezcla caótica: un taller improvisado destruido, piezas mecánicas tiradas por el suelo, engranajes rotos mezclados con manchas de aceite, botellas baratas vacías y otras con líquidos que definitivamente no eran alcohol.
“…………” Fruncí el ceño.
No solo por la repulsiva falta de higiene, sino por el hombre en la cama.
Un anciano demacrado, hundido entre mantas sucias, balbuceando como un borracho incapaz de mantenerse consciente.
Representaba la decadencia absoluta… pero también había algo más.
Un olor sutil, profundamente desagradable, que no logré identificar al instante.
“Lo siento, papá”, murmuró Iván mientras recogía las botellas esparcidas.
“Hoy no pude cazar nada… y no conseguí dinero para comprarte más.” “Pues consigue mañana”, murmuró el padre borracho, medio lúcido, casi cayendo en coma.
“Si Stark no…”.
Lo que siguió fue una larga queja que encontré insoportablemente monótona.
El viejo solo sabía lamentarse, hablando de cómo los Stark habían arruinado su vida.
Cuando no estaba en eso, despotricaba contra los rusos por tratar así a un “genio incomprendido”, o se desquitaba con su propio hijo por ser una carga.
Era irritante.
Y, sobre todo, aburrido.
Tanto que, harta de escuchar los balbuceos y gruñidos de un hombre miserable, me aparté hacia una de las habitaciones.
Esta estaba menos desordenada: llena de planos, libros viejos y, sobre todo, un ave que me llamó la atención en cuanto me vio.
Una cacatúa que, nada más posar sus ojos en mí, soltó un silbido coqueto.
“Pero qué tenemos aquí… un rompe corazones”, murmuré, divertida, acercándome a la cacatúa.
“Tú puedes, cariño”, gritó el ave antes de soltar otro silbido.
“Eres un pequeño encanto”, dije mientras sacaba una galleta de la nada y se la ofrecía.
“¡Gracias, cariño!”, gritó la cacatúa al tomarla con entusiasmo.
“Realmente eres todo un encanto.
¿Te lo han dicho antes?”, comenté, acariciándole suavemente la cabeza.
Los gritos y lamentos del anciano seguían filtrándose desde el otro lado del apartamento, pero no les presté atención.
Para mí, solo existía esta adorable ave.
Me evocaba recuerdos de un querido amigo que tuve alguna vez… y al que aún extraño.
Quizá por eso terminé dedicándole más atención de la necesaria a este pequeño, sonriendo sin darme cuenta mientras intentaba sacarle más palabras.
La cacatúa parecía disfrutarlo también: entre silbidos vagos, empezaba a mover sus patitas y a erizar su plumaje, casi como si bailara.
En medio de su constante alegría, el sonido de la puerta abriéndose resonó.
Un sombrío y decaído Iván entró; parecía sin vida, hasta que cruzó el umbral y vio a la cacatúa en su jaula.
Su expresión, sin embargo, se volvió incómoda al verme jugar con ella y alimentarla con galletas.
“Sabes, tienes un encanto aquí”, comenté mientras le ofrecía otra galleta al ave, que la tomó feliz.
“Tú puedes, cariño”, gritó la cacatúa con entusiasmo.
“Sí… es un encanto”, murmuró Iván, un poco más animado.
Seguía teniendo miedo de mí y esa renuencia le pesaba en los hombros, pero el que yo hubiera tratado tan bien a su cacatúa mientras él lidiaba con su padre —que finalmente se había desplomado dormido— era algo que agradecía.
Más aún el detalle de haberla alimentado: ya que por más que le doliera aceptarlo, apenas podría haberle dado de comer hoy, y eso sacrificando una parte de su comida.
“Es una lástima que el otro inquilino no sea igual”, dije con un tono neutro, distinto al que usaba al hablar de la cacatúa.
“Él es un buen hombre.
Solo tuvo la desgracia de confiar en un grupo de traidores”, refutó Iván con molestia.
“Apesta”, contesté mientras acariciaba al ave.
Ese simple comentario encendió la ira de Iván.
Por un instante olvidó que yo era… lo que era.
Incluso estuvo a punto de insultarme, hasta que mis siguientes palabras lo dejaron petrificado.
“Huevo podrido, quemado… y un toque de metal.
¿Esa combinación te suena de algo?”, continué.
Cuando Iván Vanko escuchó esa descripción, giró inconscientemente la cabeza e intentó aspirar de nuevo el aire de la habitación contigua para confirmar.
Pero, aparte del penetrante olor a alcohol, no percibió nada.
“Es solo el olor a alcohol y… ”, dijo incómodo.
“Sí hay olor a borracho, pero créeme: no es tan fuerte como el olor a azufre y carne quemada”, respondí con indiferencia.
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