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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Que inicie el espectáculo
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12: Que inicie el espectáculo 12: Que inicie el espectáculo “¿Qué quieres decir con eso?”, preguntó Iván Vanko.

“No lo sé.” Me encogí de hombros con naturalidad.

“Solo pienso que tu padre… o tú… tuvieron contacto con alguien un tanto similar a mi.” “Mi padre nunca hizo un trato con un demonio”, refutó Iván, molesto, intentando negar mi declaración.

“¿Estás seguro de eso?”, comenté con calma.

“¿No quisieras hacer una pequeña apuesta?” Las palabras lo frenaron.

Iván, que un momento antes estaba firme, dudó.

Me miró con determinación, pero en su mirada vibraba el miedo.

“¿Y por qué debería apostar?

¿Qué gano?”, preguntó.

“Lo que quieras.” Sonreí apenas.

“La fortuna que deseas.

La salud de tu padre.

O incluso… recuperar a alguien muy especial.” Mientras desviaba la mirada, extendí un dedo y acaricié con cariño la cabeza de la cacatúa.

El gesto no pasó desapercibido para Iván, cuyo corazón dio un salto doloroso.

“¿Cómo podría creerte, y qué ganas si pierdo?”, murmuró.

“ si gano me deberás un favor: y en cuanto a lo otro, solo tendrás que confiar en mí.” Levanté el mentón con aire despreocupado.

“Además, puedo asegurarte que, a diferencia de esos sujetos desagradables de abajo, yo sí cumplo mis promesas.

Y las cumplo por toda la eternidad.” Luego miré hacia la puerta entreabierta.

“No me digas que no tienes curiosidad.” “…………” El silencio se instaló como una sombra entre ambos.

Iván Vanko permaneció en el umbral durante largos segundos, perdido en sus pensamientos.

Pensó en su vida miserable, en cómo cada intento de salir adelante había terminado en fracaso, en cómo ahora vivían peor que ratas a pesar de ser genios que cualquiera codiciaban.

Antes, todas sus desgracias parecían provenir de Tony Stark y su familia de traidores.

Pero… ¿y si había algo más?

Ahora que sabía que cosas como homura existían, ¿qué pasaría si alguien hubiera puesto una maldición sobre su padre?

¿Qué pasaría si el mismísimo Stark…?

“Dime cómo piensas probarlo”, preguntó Iván, sombrío e incómodo.

“Simple.

Solo ponte frente a la silla.” La petición era tan desconcertante que Iván se quedó inmóvil durante un rato antes de obedecer.

Finalmente, fue hacia la silla en la que usualmente trabajaba y se colocó frente a ella.

“Bien, ahora—” Antes de que Iván pudiera terminar la frase, mi mano salió disparada.

Le presioné el pecho con un movimiento seco, rápido, preciso.

Pero en lugar de retroceder como cualquiera habría hecho… lo que salió volando no fue exactamente Iván.

O no todo él.

Mientras un Iván inerte caía en la silla con los ojos en blanco, otro Iván —traslúcido, transparente— seguía de pie en el mismo sitio, sin comprender qué acababa de pasar ni por qué lo había tocado.

“Espera… soy…”, comenzó.

Miró su propio pecho y vio aquella transparencia improbable.

Retrocedió por puro reflejo, solo para mirar sobre su hombro y encontrarse con su cuerpo desplomado en la silla como un cadáver.

Un estremecimiento brutal lo sacudió.

Intentó tocarse a sí mismo… y su mano atravesó su pecho.

“Descuida”, aclaré con tranquilidad.

“Solo es un avatar de conciencia.

Piensa en ello como un cuerpo que estás manejando por control remoto.” “¿Un… avatar?”, murmuró Iván, observando su forma fantasmal.

Podía sentir su cuerpo y, al mismo tiempo, no sentirlo.

La contradicción lo desorientaba.

“¿Seguro que no estoy…?” Antes de que terminara, Homura dio un paso hacia adelante y abofeteó al Iván inconsciente.

“Haaa…” El sonido resonó seco.

De inmediato, el Iván transparente se llevó la mano al mismo lugar, como si hubiera recibido él la bofetada.

Sus ojos se abrieron de par en par.

“Te dije: un avatar.” Exhalé con calma.

“Este cuerpo es solo un reflejo que controlas.

Tu cuerpo real sigue aquí, sentado, muy conectado.

No toqué tu alma ni nada parecido.” “…… Gracias, supongo.” Iván murmuró aquello a medias mientras se frotaba la mejilla.

“Tienes la mano pesada.” “Gracias por el cumplido”, respondí con serenidad mientras entraba al cuarto, ignorando la confusión en su mirada.

“Eso no fue un cumplido…”, susurró Iván antes de seguirme.

En cuanto llegó a la sala donde su padre dormía, Iván juró que habría vomitado de inmediato… si tuviera órganos con los cuales hacerlo.

El olor era insoportable.

No era el hedor común del alcohol fermentado.

Era mil veces peor.

Un aroma denso, saturado, que mezclaba carne quemada, huevo podrido y un toque metálico similar al ozono después de una descarga eléctrica.

Decir que era desagradable era quedarse corto: era un ataque directo al alma.

“¿Por qué huele así?”, murmuró Iván tapándose la nariz, sin éxito alguno.

“Esa es la pregunta.” Crucé los brazos con ligereza.

“Y pronto sabremos la respuesta.” Click.

Con un simple chasquido de mis dedos, la habitación cambió.

Frente a ambos apareció una puerta elegante de cristal negro.

Sus manillas eran dos máscaras: una llorando, otra sonriendo con una mueca siniestra.

“Espero que te gusten las obras”, comenté.

Sin explicación adicional, abrí las puertas y entré.

Iván quedó atrás, confundido, mirando a su padre una última vez antes de seguirme.

Apenas cruzó el umbral, sintió un leve mareo.

Y entonces— Aplausos.

Cientos de personas aplaudiendo estallaron en sus oídos.

Sin darse cuenta, estaba sentado en una lujosa silla de terciopelo, más suave de lo que jamás había imaginado.

A sus pies, una alfombra roja conducía a un amplio escenario oculto tras un telón pesado y antiguo.

“¿Qué es esto…?”, murmuró Iván, mirando a su alrededor.

Ojalá no lo hubiera hecho.

Las demás personas del teatro estaban impecablemente vestidas con trajes de gama alta.

Hasta ahí, todo normal.

Pero… Todos.

Sin excepción.

Tenían cuellos absurdamente largos, que se extendían hasta perderse dentro del techo negro del auditorio.

Sus caras, si es que tenían, estaban ocultas más allá de donde la vista humana podía alcanzar.

Los cabellos de Iván se erizaron como agujas.

“El show está por empezar.

No interrumpas a los demás”, comentó una voz a su lado.

Homura estaba ahí, sentada como si nada pasara, vestida con su atuendo habitual de chica mágica… y un cubo de palomitas en la mano.

“¿Show?”, repitió Iván, aturdido.

“Sí.

Un show muy interesante.” Plan.

Plan.

Plan.

Sin aviso, el teatro entero estalló en aplausos frenéticos.

El telón comenzó a abrirse, lento y pesado.

Y encima del escenario, bajando desde el techo sostenido por hilos gruesos como venas, apareció un cartel infantil dibujado con crayones torcidos.

Las letras vibraban como si tuvieran vida: “La retorcida vida de Antón Vanko” [Primer acto: una infancia torcida] Con la introducción se abrieron las ventanas del primer acto.

En escena apareció un niño pequeño.

La obra avanzó en viñetas sucesivas: de bebé a infante, de infante a niño, cuadro tras cuadro retratando el desarrollo de un niño nacido en la Unión Soviética.

Su infancia no fue dura, pero sí pobre.

Las carencias estaban siempre presentes.

Nunca faltó comida, pero había algo más profundo, algo innombrable, que parecía ausente en él.

Creció así hasta los doce años.

Ese invierno, tras ayudar a su familia en casa, su madre le entregó su regalo de Navidad: un billete de nada menos que veinticinco rublos.

Una fortuna.

El niño lo guardó con cuidado y, bajo la mirada amorosa de una madre sin rostro, salió de casa.

Así comenzó formalmente el primer acto.

Ante Iván Vanko, todo aquello se desplegaba con una mezcla de confusión e incomodidad.

El ambiente del lugar era inestable, casi vivo.

La obra, aunque abstracta y cargada de elementos irreales —saltos temporales, cambios bruscos, personajes sin rostro—, era comprensible.

Porque lo que estaba viendo era la vida de su padre.

Click.

Con el suave sonido de un reloj, la vida del niño continuó.

Esta vez, una calle abarrotada de gente.

Antón corría emocionado hacia una tienda de dulces cuando una figura alta y oscura apareció frente a él y chocó sin aviso.

“Auch”, gritó el pequeño Antón.

Al caer al suelo, el niño soltó el billete.

El rublo se elevó en el aire, girando lentamente, hasta desaparecer en la distancia ante la mirada impotente del niño, que veía cómo su sueño de dulces se desvanecía.

“¡Mi rublo!”, lloró al ver su preciado regalo alejarse.

Mientras el niño lloraba desconsolado, el hombre enigmático se quitó el sombrero que ocultaba su rostro.

Bajo la sombra apareció un anciano de semblante gentil, incongruente con su gran estatura.

Al ver al niño en el suelo, extendió una mano enguantada.

Por un instante, la figura dejó de ser amenazante.

Se convirtió en un anciano amable que consolaba a un niño.

“Lamento lo de tu dinero”, se disculpó con una sonrisa.

“No tengo cambio ahora mismo, pero puedo darte algo de igual valor.” Dicho esto, rebuscó en su saco y presentó ante el niño un objeto que cambiaría su vida para siempre: un reloj de bolsillo.

No era ostentoso, ni nuevo, ni elegante.

Pero para el niño era fascinante.

Observó hipnotizado cómo las manecillas se movían con precisión constante.

Aquello era extraño.

Nunca antes había prestado atención a algo así.

El movimiento del reloj era tranquilizador, casi acogedor.

“Señor… esto es…”, preguntó Antón Vanko mientras lo tomaba con cuidado.

“El futuro, pequeño”, murmuró el anciano con amabilidad.

La escena parecía conmovedora: un anciano guiando a un niño extraviado.

Pero solo quienes observaban desde fuera de la obra podían notar la verdad.

Bajo la figura amable, una sombra se alzaba retorcida y decrépita, con dos cuernos sobresalientes que rozaban el telón negro.

Shhh.

Con un sonido nítido, el telón cayó y con ellas terminó la introducción del primer acto.

De inmediato, múltiples aplausos estallaron entre los espectadores.

Todos aplaudían, excepto Iván Vanko, que giró la cabeza hacia mi lado.

Yo no le devolví la mirada; seguía observando el escenario, inmóvil.

“¿Quién…?” A mitad de la frase, la voz de Iván se apagó de golpe.

Se llevó la mano a la garganta e intentó emitir algún sonido, pero solo logró exhalar aire.

Su voz había desaparecido.

“Shhh”, lo silencié sin apartar la vista del escenario.

“No arruines el espectáculo.” Aunque ya había percibido algo desagradable desde que entré en ese apartamento y conocí al decadente Antón Vanko, no esperaba que aquel sujeto estuviera involucrado con él.

Uno de los demonios más célebres —y peligrosos— del universo Marvel.

Uno que yo tenía perfectamente identificado.

Mephisto.

Encontrarlo aquí era una oportunidad única.

Observarlo a través de los recuerdos me permitiría entender mejor con quién estaba tratando.

Porque, aunque en la Tierra solo pudiera manifestar avatares, subestimarlo sería un error fatal.

No solo era un ser dimensional de poder descomunal, sino también un conspirador y estafador consumado.

Yo nunca tocaría a ese tipo.

Claro… a menos que se abriera un canal hacia DC.

En ese caso, contrataría a la mayor perra de todo ese mundo y la pesadilla definitiva de los demonios para que se encargara de él El telón volvió a abrirse con un sonido seco, revelando el siguiente acto y su título, que captó de inmediato la atención nerviosa de Iván: [Acto II: La pérdida de la inocencia] Esta vez, en el escenario ya no había un niño, sino un joven vestido con harapos.

Caminaba por las calles vendiendo periódicos.

Tenía apenas quince años.

A pesar de su ropa gastada, se le veía saludable, alegre, lleno de esperanzas.

Corría con los periódicos bajo el brazo y llevaba, prendido en su camisa andrajosa, un reloj de bolsillo desgastado.

La vida del joven Vanko se desplegó con rapidez ante nosotros.

Escenas encadenadas mostraban su rutina: repartidor por las mañanas, asistente en un taller de relojería por las tardes, aprendiz de un anciano paciente y sabio.

Al anochecer regresaba a casa para comer con sus padres, ayudar en lo que pudiera y escuchar a su padre cansado.

Era, por decirlo menos, una vida feliz.

No eran ricos, pero Antón nunca careció de algo esencial: familia y esperanza.

El anciano del taller le había prometido que, cuando él faltara, el negocio quedaría en sus manos.

Todo era luminoso.

Simple.

Humano.

Y eso era precisamente lo que amargaba a alguien en el teatro.

Iván.

Al ver la juventud de su padre, algo ácido se formó en su pecho.

Celos.

Un sentimiento que detestaba reconocer.

Comparaba aquella infancia llena de afecto con la suya propia, y la diferencia era abismal.

Mientras su padre había crecido rodeado de amor y expectativas, Iván solo conoció la frialdad y la indiferencia.

No tuvo una madre que lo abrazara.

No tuvo el reconocimiento de un padre.

No tuvo esperanza real de un futuro mejor.

Ni siquiera recuerdos genuinos de felicidad.

Y aunque se repetía una y otra vez que aquello no era culpa de su padre, la amargura seguía ahí, carcomiéndolo desde dentro.

Lo avergonzaba sentirla.

No quería envidiarlo.

Pero era imposible no hacerlo.

Ver aquel pasado tan luminoso… Solo hacía que el suyo pareciera aún más oscuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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