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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 El inventor torcido
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13: El inventor torcido 13: El inventor torcido “Muchacho, ¿sabes cuál es el oficio de un relojero?”, preguntó un anciano cansado, balanceándose lentamente en una silla mecedora.

“Arreglar relojes”, respondió Antón Vanko.

En medio del teatro, en la escena del taller, se veían dos figuras.

El anciano miraba por una ventana bañada por el sol de la tarde.

Antón, en cambio, permanecía entre las sombras, inclinado sobre un reloj abierto, analizando sus entrañas con lentes especiales mientras ajustaba con cuidado los engranajes.

“No, chico.

Nuestro trabajo es darles tiempo a las personas”, murmuró el anciano sin apartar la vista de la ventana.

“Quienes poseen relojes no siempre son pobres ni necesariamente ricos.

A menudo son personas que lo necesitan.

Personas que miden su vida segundo a segundo, que reservan cada instante como si pudiera acabarse.

Pero, al igual que todo en esta vida, incluso los relojes más duraderos tienen un límite.

Ahí es donde entramos nosotros.

Recuperamos ese tiempo.

Damos brújula a quienes carecen de ella y presenciamos el desgaste inevitable del tiempo.” “Eso suena muy filosófico, maestro”, murmuró Antón.

“Lo es”, respondió el anciano con un leve suspiro.

“Después de todo, ¿qué es un reloj sin un relojero?” Giró apenas la cabeza hacia la calle.

“Nunca lo olvides: eres un relojero.” Ding.

Tras esas palabras, el sonido de una campana resonó en el taller.

Antón, absorto en su trabajo, fue a atender al mostrador, dejando atrás a su maestro.

El anciano seguía en la mecedora, aún balanceándose… pero ya no se movía por voluntad propia.

“Disculpe”, dijo una voz desde el mostrador.

“Sí, perdone la demora”, respondió Antón al salir de la trastienda.

“No es gran cosa.

Solo vine a recoger mi reloj.” “Claro, ¿este?”, preguntó Antón mientras sacaba un reloj de bolsillo y lo presentaba.

“Está de suerte, justo acabo de terminarlo.

Requirió varios ajustes, especialmente en los engranajes.

Algunos habían perdido dientes.” Mientras hablaba, mantuvo una profesionalidad impecable: explicó el costo, detalló el daño y describió con precisión la causa del fallo.

“Sabes, chico”, comentó el hombre, “tienes talento.

¿Alguna vez pensaste en trabajar en algo más… complejo?” “¿Complejo?”, repitió Antón, confundido.

“Sí, mira.” El hombre sacó un panfleto y lo colocó sobre el mostrador.

[Reclutamiento ministerial para futuras mentes científicas] “Señor, esto es del ejército”, dijo Antón al leerlo.

“Corrección: escuela militar”, aclaró el hombre.

“Buscan aprendices y futuros ingenieros.

Nada peligroso.

No estarás en el frente.

Te pagarán, te darán educación, comida… y un futuro garantizado.” “Pero señor, yo tengo esto…”, dudó Antón.

“¿Esta tienda?”, interrumpió el hombre con una sonrisa ladeada.

“Podría ser tu retiro, muchacho.

No te digo qué hacer, solo que podrías asegurar un ingreso mejor.

No puedes pasar toda tu vida aquí, ¿o sí?

” Con esas palabras, el hombre se marchó, dejando el panfleto sobre el mostrador.

Antón lo observó en silencio, sin notar que, por un brevísimo instante, la sombra del visitante no coincidía con su forma: era encorvada, antinatural, coronada por dos cuernos.

Plop.

Con un sonido sordo, la escena perdió su calidez.

Como si un pensamiento oscuro lo hubiera llamado, Antón caminó hacia la trastienda.

Allí encontró a su maestro, la figura que había sido como un segundo padre, tendida en el suelo, caída de la mecedora, inmóvil.

“¡Maestro!”, gritó Antón, corriendo hacia el anciano.

Al llegar a su lado, se arrojó sobre él y comenzó a comprobarlo todo con manos temblorosas, hasta que su cuerpo quedó rígido, paralizado por la certeza.

“No…”, murmuró mientras las lágrimas empezaban a caer.

“No… aún no.” Sostuvo el cuerpo inerte de su mentor entre sus brazos.

Al mismo tiempo, el telón empezó a descender, mezclándose con los gritos desesperados de Antón Vanko pidiendo ayuda.

Afuera, en la calle, observando la escena con una leve sonrisa torcida, se encontraba el hombre del reloj, girándolo lentamente entre sus dedos.

Plop.

Las escenas se sucedieron con violencia, como si la realidad hubiese sufrido un fallo.

El mundo se distorsionó y, cuando todo volvió a estabilizarse, apareció una escena distinta.

Antón estaba frente a una lápida.

El cielo era sombrío.

A su alrededor solo estaban él y un sacerdote.

Aquella imagen le reveló una verdad cruel: el anciano al que había amado como a un segundo padre estaba completamente solo.

Sin nietos.

Sin amigos.

Sin conocidos.

Solo una tienda de relojes.

Una vida entera consumida entre engranajes, hasta morir de viejo.

Si no fuera por Antón, probablemente su cuerpo habría permanecido allí, tirado, sin que nadie lo notara durante días.

“¿De verdad… ¿Está bien que sea así?”, murmuró Antón bajo la negrura del cielo.

“¿De verdad este es un final justo?” Tras pronunciar esas palabras, se dio la vuelta con cansancio y regresó a la relojería.

Se detuvo frente a ella.

El local parecía haber perdido toda vivacidad, como si la muerte del anciano hubiese arrastrado consigo el alma del lugar.

“Haaa…”, suspiró antes de entrar.

Dentro, solo había oscuridad.

Y sobre la mesa, el panfleto.

El mismo que había querido tirar tantas veces y que nunca se atrevió a desechar.

“……….” Sin decir nada, Antón volvió a su asiento tras el mostrador.

Se sentó y sacó varias piezas de relojería de la parte inferior, materiales destinados a su práctica.

Pero esta vez fue distinto.

Ya no sintió curiosidad.

Ni entusiasmo.

Solo entumecimiento.

Cinco minutos después dejó todo a un lado.

Sus manos temblaron levemente mientras giraba la cabeza hacia el panfleto.

Lo observó durante largo rato.

Finalmente, lo tomó.

En ese gesto silencioso, tomó también una decisión.

“Supongo… que no pierdo nada por intentarlo”, murmuró.

Luego miró una última vez la tienda.

Tras una rápida recolección de sus cosas, salió.

Fue a casa de sus padres y, tras una breve reunión y una conversación sincera, les habló de la oportunidad.

Les habló del folleto.

Les explicó que quería intentarlo.

Que deseaba mejorar.

Que, si no funcionaba, volvería.

Sus padres lo apoyaron sin dudar.

Lo felicitaron por su espíritu y le dijeron lo orgullosos que estaban de él.

La cena fue cálida.

Humana.

En un momento, Antón sacó una llave y la colocó frente a ellos.

“Mientras no esté, quiero que cuiden la relojería”, pidió con sinceridad.

“Pueden convertirla en una floristería o en cualquier negocio… solo les pido que, cuando vuelva, siga en pie.” “Hijo, no tienes de qué preocuparte”, respondió su madre con una sonrisa.

“Cuidaremos de ella incluso aunque no lo pidieras.” “Después de todo, es un edificio en la calle comercial más concurrida”, añadió su padre.

“Sería un desperdicio no aprovecharlo.” Aquellas palabras le valieron un golpe inmediato de la madre.

El padre solo sonrió.

Una sonrisa alegre.

Una sonrisa que, por alguna razón, congeló a todos en la mesa Con esa última escena, el telón rojo cayó, dando fin al segundo acto.

Los aplausos volvieron a resonar con fuerza.

El público se mostraba efusivo, casi extático ante el sufrimiento representado, disfrutando de aquella ópera retorcida.

Todos, a excepción de un hombre.

Iván Vanko estaba empapado de sudor frío.

Su respiración era errática.

Observaba el escenario con un malestar creciente, como si una verdad monstruosa estuviera a punto de desplomarse sobre él.

“Mephisto realmente es un gran granjero”, comenté con ligereza desde mi asiento.

“¿Granjero…?”, repitió Iván, inquieto, todavía aturdido por el término y por el hecho de que, por fin, había recuperado la voz.

“Sí”, respondí sin emoción.

“Cosecha almas.

Pero el valor de una no es fijo: se cultiva.

Depende de la vida de quien la porta.” Desvié la mirada hacia el escenario.

“No puedes comparar el alma de un matón cualquiera con la de un santo caído.

Del mismo modo, no puedes equiparar el alma de un simple relojero con la de un inventor cuyas creaciones provocaron innumerables muertes.” Mis palabras cayeron como una losa.

El rostro de Iván se tensó de inmediato.

El color se le fue del rostro, pasando de un morado enfermizo a un verde pálido, hasta quedar casi translúcido, como un espectro a punto de disiparse.

“Él es…”, intentó decir.

No llegó a terminar.

Su voz volvió a desaparecer en el mismo instante en que el telón se alzó una vez más, anunciando el siguiente acto.

[Tercer acto: el nacimiento del gran inventor torcido] El escenario se iluminó.

Un antón Vanko nervioso apareció de pie frente a una oficina austera.

Tras un escritorio, un hombre barbudo con uniforme examinaba expedientes con gesto severo, sin levantar la vista.

El ambiente era rígido, opresivo, cargado de una expectativa que no prometía nada bueno.

La maquinaria del destino acababa de cambiar de engranaje.

“Bien.

En la esquina tienes unas cajas.

Escoge los materiales y un reloj de arena”, indicó el oficial, señalando hacia un rincón donde reposaban una caja metálica y un reloj de vidrio.

“Tómalos y tráelos rápido.” “Sí, señor”, respondió Antón Vanko, apresurándose hacia la dirección indicada.

Al llegar, examinó los componentes.

Eran piezas que no conocía del todo, extrañas, pero parecía haber en ellas una lógica oculta, como si cada fragmento perteneciera a un conjunto mayor.

El nerviosismo le atenazó el pecho.

Dudó apenas un segundo antes de escoger la caja cuyos mecanismos le resultaban más familiares y tomar el reloj de arena.

Regresó al escritorio del mayor y colocó todo con cuidado sobre la mesa.

“Bien.

Ahora crea lo que está en la caja.

Tu desempeño se evaluará según lo cerca que estés de restaurar el objeto”, explicó el mayor mientras retiraba la tapa.

“Tienes diez minutos.

Ni uno más, ni uno menos.

La prueba comienza ahora.” Sin darle tiempo a pensar, volteó el reloj de arena.

Antón reaccionó tarde.

Los nervios le jugaron en contra.

Sus manos temblaron y, al iniciar, casi cayó de bruces contra la mesa.

El mayor observó en silencio, impasible.

La arena comenzó a caer.

El inicio fue desastroso.

Durante los primeros segundos, Antón estaba seguro de haber fallado.

El tiempo avanzaba y su progreso parecía torpe, errático, condenado.

Pero entonces algo cambió.

Sus manos empezaron a moverse con naturalidad, como si el mecanismo se armara solo en su mente.

A los diez minutos ya tenía la base del comunicador de frecuencias.

A los quince, los circuitos estaban conectados.

A los diecinueve, la carcasa está casi cerrada.

Estaba a un paso.

Demasiado tarde.

El último grano de arena pendía en lo alto.

Una fracción mínima que, al caer, marcaría el final.

Antón apretó los dientes.

Entonces ocurrió.

La arena se atascó.

Quizá un fallo en el sellado.

Quizá azar puro.

Justo en los últimos granos, el reloj cometió un error.

Uno mínimo, casi imperceptible.

Suficiente.

Antón colocó el último tornillo.

En ese instante, el reloj se destrabó y la arena cayó por completo.

“Impresionante”, dijo el mayor, observándolo con un interés renovado.

“De todas las partidas, eres el segundo.

El segundo que logra completarlo antes de que se acabe el tiempo.” “¿En serio?”, preguntó Antón, aliviado.

“¿Entonces… pasé?” “Con que hubieras armado la mitad cuando el tiempo se agotara, ya habrías pasado”, respondió el mayor con una sonrisa que habría hecho llorar a un niño.

“Considérate becado y en prioridad.” “Muchísimas gracias”, dijo Antón, entusiasmado.

“Niño, no estás reclutado aún.

Bésame el culo cuando seas mi soldado”, replicó el mayor con burla.

“Ahora vete.

El siguiente viene, y apuesto a que será un fraude.

No querrás estar aquí cuando lo mande al diablo.” “No, señor”, contestó Antón mientras se ponía de pie.

Justo cuando estaba a punto de irse, se detuvo.

La curiosidad pudo más.

Miró al mayor unos segundos y, al notar su creciente impaciencia, se apresuró a preguntar: “¿Puedo saber cómo se llama la primera persona que terminó?” “¿Por qué, muchacho?

¿Te pica que alguien te haya ganado?”, se burló el mayor.

“Solo curiosidad”, respondió Antón, algo avergonzado.

“Sí, claro”, rió el mayor ante el orgullo inmaduro del joven.

“La que te ganó es una mujer llamada Sofía Antonovich.” Al pronunciarse ese nombre, algo se tensó en el teatro.

Entre la multitud que observaba la obra, un hombre sintió cómo el corazón se le anudaba con violencia.

Era Iván.

Había escuchado ese nombre incontables veces.

Lo había repetido en sueños, en maldiciones, en silencios.

Y aun así, era incapaz de recordar el rostro que le pertenecía.

Sofía Antonovich.

El nombre de su madre.

La mujer que murió cuando él tenía apenas dos años.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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