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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Un inventor torcido
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14: Un inventor torcido 14: Un inventor torcido “Madre”.

Esa palabra era, al mismo tiempo, conocida y extraña para Iván Vanko.

Tal vez porque su padre jamás quiso hablar de ella.

Verla por primera vez lo emocionó, lo ilusionó, aunque no lo demostrara.

A su lado, Homura, todavía viendo la obra, lo observó de reojo.

Le dedicó una mirada cargada de pena.

Sabía que, a partir de aquí, las cosas podían torcerse.

No porque conociera lo que estaba a punto de ocurrir, sino porque, al crear aquel teatro, Homura comprendió quién era realmente Antón Vanko.

Durante un segundo, había visto su verdadero yo.

Y si tuviera que describir lo que vio con una sola palabra, sería esta: Desagradable.

Aplausos.

Palmas.

Más aplausos.

La obra continuó, ahora en un ritmo acelerado.

Se mostraron distintos momentos, fragmentos de vida encadenados sin pausa.

En todos ellos, Antón Vanko trabajaba con esmero y esperanza, esforzándose hasta el límite, pero siempre quedando segundo.

En cada prueba, en cada encargo, Antón terminaba en segundo lugar.

Aunque su rostro no lo mostrará, la presión estaba siempre ahí, fuera de escena.

Sofía Antonovich.

Ese nombre se mantenía presente, como una sombra.

A medida que el rostro de Vanko envejecía, esa presencia se hacía más pesada.

El muchacho ingenioso, con el paso de los incontables días, comenzó a alejarse de sí mismo.

No era algo evidente, pero para quienes observaban desde una tercera perspectiva, resultaba claro.

Por más que socializara, por más que brillara y fuera llamado genio, por más elogios que recibiera, el segundo lugar siempre lo aguardaba.

Todo continuó así hasta un día fatídico, cuando el sol se encontraba en su punto más bajo.

Antón Vanko trabajaba en su proyecto más ambicioso.

A su lado yacía una carta.

En ella, una simple nota que el joven ocasionalmente miraba con obvio entusiasmo.

“Con esto debería bastar”, murmuró Antón, dándose la vuelta y revelando su apariencia al público.

Lo que todos vieron fue a un hombre joven, de no más de veintiún años.

Exigente, ambicioso, lleno de futuro.

Alguien que había dejado atrás la adolescencia tras apenas cuatro años de estudio intenso.

Un hombre que, tras incontables esfuerzos, la aprobación de sus maestros y una mente prodigiosa, había creado un motor de última generación.

Uno que revolucionaría todo gracias a su rendimiento y utilidad.

“Con esto seguro impresionaré a mis superiores y obtendré el reconocimiento que merezco”, declaró Antón, emocionado, contemplando su creación con orgullo.

Entonces, de forma abrupta, las luces se apagaron.

La escena cambió por completo.

El hombre que antes irradiaba brillantez yacía ahora hundido en una silla, rodeado de botellas de alcohol.

Sus manos temblaban.

Papeles rotos cubrían el suelo.

A su lado, los restos de un motor desmantelado.

No había sido destruido por una explosión, sino por su propia mano.

A los pies de Antón se esparcían botellas rotas, palancas y herramientas, todo empapado en alcohol.

“…… Maldición”, sollozó Antón.

“Maldición”, bramó después, incorporándose con dificultad.

Tomó una botella y la estrelló contra el motor.

Luego intentó levantar la silla para aplastarlo.

Pero la ebriedad y el suelo húmedo lo traicionaron.

Antón tropezó patéticamente.

Su cabeza golpeó el motor con un sonido sordo.

Clan.

El impacto lo derribó.

Cayó entre alcohol, vidrio roto, chatarra y sangre que manaba de su frente y de otras heridas abiertas por los fragmentos esparcidos en el suelo.

“……”.

El cambio fue tan brusco que el teatro entero quedó en silencio.

Iván, que observaba todo, no lograba comprender qué le había sucedido a su padre.

No entendía cómo alguien que momentos antes parecía entusiasmado y optimista había terminado reducido a esa imagen rota y sangrante.

Plan Plan .

Plan.

Y en medio de aquella situación, un sonido suave resonó en el taller a oscuras.

El eco de unos pasos lentos, medidos, que se aproximaban.

De entre las sombras, como si no hubiera sido invitado, un hombre mayor entró apoyado en un bastón.

“Parece que aquí terminas”, murmuró el hombre con una leve sonrisa, o al menos lo habría sido si no escondiera algo más.

“O así sería, si no tuvieras todavía algo que dar”.

Con esas palabras, el hombre se agachó frente a Antón y, con cuidado, apoyó un dedo sobre su cabeza.

El contacto duró apenas un instante.

Luego se incorporó y caminó hacia la silla rota.

La silla que, de pronto, estaba intacta.

El anciano se sentó en ella con absoluta comodidad, como si siempre hubiera estado así, y esperó.

Haaaaa.

La espera no fue larga.

Con un respiro ahogado, Antón Vanko recuperó la conciencia.

Se retorció justo antes de vomitar todo el alcohol sobre el suelo, mostrando la imagen más patética de la decadencia.

Una imagen que hizo que Iván, entre la multitud, recordará el estado actual de su padre.

Haaaaa.

Con el último espasmo, el hombre moribundo recuperó un mínimo de sobriedad.

Apenas lo suficiente para levantar la mirada y fijarla en el desconocido que ocupaba su silla.

“Bienvenido de vuelta, gran inventor”, felicitó el hombre, observándolo desde lo alto.

“¿Quién eres?”, murmuró Antón, aún mareado.

“Solo alguien que aprecia el trabajo duro y el talento potencial”, declaró el hombre con diversión.

“Y precisamente por eso creo que sería una pena que terminaras aquí”.

“¿Talento?”, se burló Antón con desgana, dejando caer la cabeza otra vez hacia su charco de vómito.

“Ni siquiera puedo crear un motor decente”, murmuró.

“Casi incendié el escenario y lastimé a mis superiores con un motor demasiado potente para funcionar.

Estoy acabado.

Después de este fiasco, incluso con mi capacidad, no saldré bien parado.

Mi futuro se arruinó”.

“¿En serio crees que solo puede terminar así?”, preguntó el hombre con genuino interés.

“A menos que ocurra un milagro”, respondió Antón, derrotado.

“¿Y si te ofreciera ese milagro?”, bromeó el anciano mientras sacaba un contrato y lo deslizaba hasta quedar extendido frente a Antón.

“¿Estarías dispuesto a intentarlo?” “Si me dieras esa oportunidad, te daría todo”, respondió Antón, más desesperado que consciente.

“Entonces estás de suerte”, dijo el hombre, claramente complacido.

“Este contrato no te quitará nada.

Al contrario, te dará algo… que pagará otra persona.

El primer pago no lo harás tú, sino alguien que conoces.

un familiar.

A cambio de tu oportunidad, esa persona perderá una igual o incluso mayor.

¿No te parece un buen trato?” “Sí… es un buen trato”, murmuró Antón, aún aturdido, mientras tomaba el contrato.

Fue un error fatal.

Sus manos estaban manchadas de rojo.

La sangre dejó una huella clara sobre el papel.

“Eso será suficiente”, dijo el hombre, recogiendo el contrato de las débiles manos de Antón.

“Fue un placer hacer negocios contigo.

Espero con ansias nuestros futuros tratos”.

Con esas palabras, el anciano se dio la vuelta y salió del taller.

Justo a tiempo.

En el instante en que desapareció, la energía de Antón se agotó por completo y cayó en un coma profundo.

Con ese último paso, la escena volvió a hundirse en la oscuridad.

Cuando la luz regresó, lo que se mostró fue una imagen completamente opuesta a la de Antón.

Un taller cálido apareció ante el público.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares y numerosos trofeos.

En el centro, una mujer soldaba una pieza con una máscara protectora, tarareando una melodía alegre.

Su voz era suave, hermosa, viva.

Transmitía una alegría contagiosa.

A pesar de estar trabajando, parecía una niña divirtiéndose, absorta en lo que hacía.

La escena era agradable, reconfortante… y precisamente por eso resultaba inquietante.

Aquella mujer estaba construyendo algo.

Homura lo comprendió primero.

Fue una sorpresa leve, apenas perceptible.

Para Iván, en cambio, fue un golpe directo al pecho.

En la pared del taller, justo en medio de innumerables planos técnicos, colgaba el diagrama de una máquina.

Era terriblemente familiar para Iván, una imagen que había aprendido casi de memoria durante toda su vida.

Homura también la reconoció, pues había visto algo similar, aunque en una versión más avanzada, tiempo después.

Lo que colgaba allí era un artefacto inacabado.

Un diseño primitivo, pero inequívoco.

Un núcleo de energía o al menos una parte de él.

El mismo que Antón le había dicho a Iván que había creado él.

“Bien… esto debería ser estable”, dijo la mujer mientras se retiraba la máscara de soldar.

Al hacerlo, reveló su rostro.

Era una mujer joven, de mejillas redondeadas y rasgos delicados.

Su largo cabello negro caía libremente sobre los hombros.

Hermosa.

En plena floración.

Su sonrisa irradiaba una calidez casi dolorosa, como el sol de la mañana.

Iván, sentado entre el público, quedó completamente aturdido.

Una lágrima escapó sin que se diera cuenta.

Cayó en silencio mientras contemplaba el rostro que había deseado ver durante casi toda su vida.

Un rostro soñado innumerables veces sin lograr recordarlo del todo.

Un recuerdo borroso, incompleto, pero persistente.

Siempre había estado ahí, latiendo en algún rincón de su corazón.

Y ahora, más que nunca, se sentía vivo.

“Pero… espera”.

Un pensamiento atravesó la mente de Iván.

Giró la cabeza hacia Homura.

Ella, al notar su mirada, sonrió con suavidad y chasqueó los dedos.

La obra se detuvo.

El mundo quedó suspendido, como si el tiempo hubiera decidido obedecerla.

Iván sintió, de inmediato, que podía hablar.

“¿Por qué puedo ver esto?”, preguntó sin rodeos, con la voz cargada de inquietud.

“Se supone que estos son los recuerdos de mi padre.

Si él no está aquí… entonces ¿cómo es que estamos viendo esto?” Homura sostuvo su sonrisa.

No mostró duda alguna.

No intentó suavizar la verdad.

“Estos no son los recuerdos de tu padre”, murmuré con calma.

“Pero algo ligado a él sí.

Algo más alto.

Algo que recuerda esto con absoluta claridad”.

Chasqueé los dedos una vez más.

La obra se reanudó.

La mujer, antes inmóvil, volvió a moverse y continuó trabajando con una destreza espectacular.

Cada gesto era preciso, cada movimiento eficiente, como si su cuerpo y la máquina compartieran un mismo ritmo.

Iván lo comprendió al instante: incluso a él le costaría alcanzar ese nivel.

Aquello no era solo habilidad.

Era belleza nacida de la eficiencia, del talento puro.

Un talento que explicaba con brutal claridad por qué su padre siempre había quedado en segundo lugar tras ella.

Y, sin embargo, a diferencia de Antón, Iván no sintió envidia.

Solo admiración.

Y confusión.

Porque su padre jamás había mencionado que su madre poseyera semejante don para la invención.

Mientras Iván permanecía absorto observando a Sofía trabajar, notó cómo, poco a poco, ella comenzaba a cansarse.

Terminó una soldadura, se sentó frente al escritorio y contempló su obra con una sonrisa satisfecha.

Entonces, sin previo aviso, la somnolencia la golpeó.

Fue repentina.

Antinatural.

Sofía intentó incorporarse de inmediato.

Como científica, supo al instante que algo iba mal.

Pero cuando trató de ponerse en pie, sus piernas cedieron.

Iván contuvo el aliento.

Su mirada se desvió, recorriendo el taller en busca de la causa de esto, hasta detenerse en la ventana.

Afuera, una figura sombría observaba la escena.

La sombra sonreía.

Una sonrisa burlona, torcida.

Desde ella, una mancha oscura comenzó a deslizarse hacia el interior.

Una mano hecha de sombras se extendió lentamente hasta el invento de Sofía… y empezó a manipularlo.

“No… espera”, intentó decir Iván, alarmado.

Comprendía perfectamente lo que aquella figura estaba haciendo.

Preso del pánico, forcejeó en su asiento, pero su cuerpo no respondía.

Solo podía mirar.

Solo podía presenciar cómo la sombra alteraba el trabajo de su madre.

“¡Detente!”, gritó Iván, rojo de desesperación.

Fue inútil.

La figura activó el invento.

El núcleo comenzó a brillar.

Un resplandor blanco, intenso, devorador, que poco a poco inundó todo el taller.

La luz envolvió a Sofía, tendida en el suelo, irradiándola sin piedad.

Su propia creación, su mayor logro, se convirtió en su verdugo.

Como si aquello no fuera suficiente, la sombra regresó al centro del escenario.

Y, en medio de aquel acto atroz, pronunció la frase que casi quebró la cordura de Iván.

“Con esto, el contrato queda cerrado”.

En ese instante, el telón rojo cayó de golpe.

Junto a él descendió un letrero mal dibujado, pintado con tinta brillante.

Final del acto III el nacimiento del gran inventor torcido Los aplausos estallaron en el teatro.

Sonaron fuertes, sólidos, entusiastas.

Por el contrario, con el bullicio a su alrededor Iván permaneció sentado, inmóvil.

mirando el teatro con los ojos rojos y una expresión que mostraba impotencia y odio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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