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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Amor torcido
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15: Amor torcido 15: Amor torcido El teatro entró en un breve intermedio.

Iván permaneció sentado, rígido.

Su rostro estaba pálido, las manos le temblaban.

A pesar de que ya podía moverse, no lo hizo.

Se quedó ahí, perdido, como si levantarse implicara aceptar algo que aún no estaba preparado para comprender.

El telón se abrió de golpe.

El murmullo del público fue ahogado por el anuncio del nuevo acto.

[Acto IV: la pareja torcida] El telón se abrió una vez más.

La escena mostraba el complejo de estudios donde Antón Vanko se había formado.

Ahora se encontraba en la oficina del mayor.

Su rostro estaba demacrado, los ojos hundidos, el cuerpo encorvado.

Parecía un fantasma de sí mismo.

El mayor, en cambio, se movía con una serenidad inquietante.

“¿Sabes algo, muchacho?”, comentó mientras se levantaba y caminaba hacia una estantería.

Tomó una botella de vodka de la vitrina.

Sus movimientos eran refinados, precisos, impropios de un hombre que había pasado toda su vida en el ejército.

“Nuestra unidad es extremadamente tolerante”, dijo mientras destapaba la botella y servía el líquido en un vaso de cristal.

“Muy, muy tolerante.

Tú lo sabes, ¿verdad?” “Sí, lo sé, señor”, murmuró Antón, recordando los errores graves de otros investigadores que habían sido perdonados durante su formación.

“Pero lo que hiciste tú no tiene nombre”, continuó el mayor antes de beber un sorbo.

“Casi incendiaste la sala de presentación.

Eso es tolerable.

Heriste a varios hombres.

Apenas aceptable.

Pero tu explosión estuvo a punto de matar a un importante financiador del ejército.

Eso, Antón, me daría razones suficientes para ejecutarte por traición.” “Lo sé, señor”, respondió Antón, bajando la cabeza.

“Y lo haría”, dijo el mayor sirviéndose otro trago, “pero para tu suerte hay dos razones por las que sigues aquí y no en una celda o frente a un pelotón de fusilamiento.

La primera es que ese hombre aprecia el talento más que cualquier otra cosa.” Mientras escuchaba, el rostro de Antón comenzó a elevarse lentamente.

Algo en su expresión sombría se resquebrajó.

Una chispa de esperanza, pequeña, inesperada, apareció donde ya no esperaba encontrarla.

“La segunda”, continuó el mayor, “es que actualmente eres la única persona verdaderamente talentosa que nos queda.” “¿La única…?”, preguntó Antón, incrédulo, antes de que la amargura se filtrara en su voz.

“Señor, pero Sofía—” “Eres el único”, lo interrumpió el mayor.

“Si quieres saber por qué, ve al hospital central.” Se dio la vuelta y regresó a su asiento con un vaso en una mano y un cigarrillo en la otra.

Abrió un cajón y lanzó un pase sobre el escritorio.

“Con eso podrás entrar.

Vete.” “Gracias, señor.

No sabe cuánto—”, respondió Antón, emocionado y confuso a la vez.

“No me des las gracias, mocoso”, gruñó el mayor.

“Esta es tu última oportunidad.

No la cagues.” Antón se marchó.

Cuando la puerta se cerró, el mayor permaneció inmóvil.

Luego desvió la mirada hacia su escritorio.

En uno de los cajones sobresalía un informe médico marcado como urgente.

“Qué desperdicio…”, murmuró antes de vaciar el vaso.

“Y qué pobre niña.” Mientras tanto, con Antón.

Salió de la oficina casi sin alegría, como alguien que había sobrevivido al fin del mundo por puro accidente.

En su expresión había algo infantil, una celebración torpe y contenida, impropia de la situación.

Pero en mitad de ese alivio un papel resbaló de entre sus brazos y cayó al suelo.

Era el pase del hospital.

No estaba seguro de lo que el mayor había querido decirle, pero la curiosidad comenzó a roerlo con insistencia.

¿Por qué lo habían perdonado tras semejante desastre?

¿Por qué ese papel?

Ya fuera por agradecimiento o por una necesidad desesperada de entender por qué seguía con vida, decidió ir.

Antón caminó por las calles de Rusia rumbo al hospital.

Soldados y fuerzas del orden patrullaban cada esquina.

La propaganda era omnipresente, insistente, sofocante.

Anunciaba algo que Homura e Iván, sentados en el teatro, conocían demasiado bien.

La Segunda Guerra.

Una guerra que parecía filtrarse en cada rincón de la ciudad.

A medida que avanzaba, los carteles se multiplicaban.

Eran caros, elaborados… y extraños.

Muchos mostraban figuras similares a Antón, deformadas, distorsionadas, como si el mundo mismo se torciera un poco más con cada paso que daba.

Cuanto más se acercaba al hospital, más ajeno parecía al entorno.

El mundo se volvía irreconocible, hostil, mal encajado.

Al entrar fue guiado por una enfermera sin rostro hacía una sala de observación.

Allí, numerosas figuras se apiñaban.

No tenían rasgos definidos ni ojos visibles, como si carecieran de identidad.

Todas hablaban con una voz extremadamente apenada, aunque sus sombras proyectaban expresiones opuestas: burla, indiferencia, muecas retorcidas.

Ninguna coincidía con las palabras que pronunciaban.

Cuando Antón llegó, varias sombras se volvieron hacia él.

Murmuraron, lo rodearon y, tras una explicación breve y confusa, lo condujeron hasta una habitación.

Dentro, encontró a una mujer atada a la cama con una camisa de fuerza.

Tenía los ojos abiertos, pero apenas se movían.

Sus reacciones eran lentas, casi inexistentes.

Mientras Antón observaba, aturdido, un doctor de edad avanzada comenzó a hablar con una neutralidad perturbadora.

“La paciente, pese a haber sobrevivido, ha sufrido daños severos.

Presenta episodios de desorientación, lapsos de desconexión con la realidad y respuestas emocionales incoherentes.

No se trata de un colapso temporal, sino de una fragmentación progresiva de la mente causada por una exposición prolongada a radiación en bajos márgenes.

Su estado físico tampoco es estable.

Existen posibles daños aún no identificados.” Cuanto más hablaba el doctor, más complicaciones surgían.

Sofía, ajena a todo, permanecía inmóvil, con la mirada perdida, desconectada del mundo que la rodeaba.

Nada quedaba de la joven vivaz, alegre y brillante que había sido.

Aquella escena era una tragedia en el sentido más puro de la palabra.

Entre todas las figuras de rostros inexpresivos, una sombra destacaba.

La sombra proyectada tras los pies de Antón se retorcía con violencia.

No mostraba pena ni silencio.

Reía.

Reía con gestos exagerados, como un loco al que acababan de contarle el mejor chiste de su vida.

Antón lo vio todo.

El aturdimiento se transformó en alegría, una alegría retorcida que no distinguía entre lo físico y lo mental.

Esa visión como una daga traspasó el corazón de Iván que veía por fin la verdadera cara de su padre.

Ver esa escena le retorció el estómago, una reacción visceral, nerviosa, imposible de ignorar.

Las escenas siguientes no fueron mejores.

Al igual que antes, se aceleraron, comprimidas en una sucesión cruel que mostraba el paso del tiempo sin piedad.

En ese montaje apresurado se reveló con claridad la malicia de las personas.

La brillante Sofía, antaño admirada, querida y elogiada por todos, fue olvidada lentamente en el hospital.

Los compañeros que antes la celebraban comenzaron a burlarse de ella.

Las visitas se volvieron esporádicas y casi siempre tenían un único propósito: contemplar su caída.

La familia, que al inicio acudía con palabras de consuelo y gestos de afecto, empezó a mostrarse indiferente.

El amor se erosionó hasta convertirse en una carga incómoda.

Uno a uno dejaron de ir.

La última en hacerlo fue su madre.

“Tú no eres mi hija.

mi hija murió hace años.” Fueron las últimas palabras que le dedicó antes de darle la espalda.

Nunca se detuvo a mirar atrás.

Por eso no vio las dos líneas de lágrimas que descendían lentamente por los ojos vacíos de la chica, ojos que apenas reaccionaban pero que aún sabían llorar.

Con el paso de los días, esa mirada se volvió más apagada.

La desesperación se acumulaba en silencio, sin estallar, sin apagarse.

Y, sin embargo, entre todos los que la abandonaron, una sola persona continuó visitando la.

Justamente quien menos se habría esperado.

Antón.

Acudía cada tres días.

Permanecía a su lado.

Pagó el tratamiento cuando su familia dejó de hacerlo.

Persistía con una obstinación que, vista desde fuera, podría confundirse con una muestra sincera de amor.

Pero para Iván y para todo el público aquello era algo muy distinto.

Algo enfermo.

Algo depravado.

Porque la sombra de Antón revelaba lo que su rostro ocultaba.

Mientras su yo visible hablaba, reía y fingía apoyar una recuperación lenta y casi absurda, su sombra trataba a Sofía como a un animal.

Cuando ella hacía algo bien, la sombra le frotaba la cabeza.

Cuando fallaba, le daba pequeños golpes correctivos.

Y cada leve avance era celebrado con aplausos exagerados, como los de un dueño orgulloso de su mascota.

Ahí estaba la verdad.

Antón no permanecía junto a Sofía por amor ni por compasión.

Lo hacía porque le producía placer verla así.

Porque la mujer que lo había superado en todo ahora era dócil, frágil, dependiente.

Una criatura inferior.

Eso duró hasta que un día, mientras Antón le enseñaba algo con la paciencia con la que se adiestra a un animal, Sofía logró articular unas palabras.

“Antón… te quiero.” Fue una frase torpe, incompleta, dicha con dificultad.

La primera oración que Sofía lograba pronunciar en mucho tiempo.

Tan pura, tan inocente, que resultó obscena.

A Antón se le retorció el estómago.

La expresión relajada que había adoptado al tratarla se contrajo de inmediato.

Algo se quebró.

No fue un gesto dramático, sino uno mínimo, casi imperceptible, pero definitivo.

Lo que siguió no fue menor.

Tras exámenes médicos, observaciones prolongadas y el paso de varias escenas, los doctores comenzaron a hablar de un milagro.

Sofía se estaba recuperando.

Contra todo pronóstico, lenta pero de forma constante, su mente estaba recomponiéndose.

Las enfermeras y médicos, testigos de un proceso que había durado no menos de seis años, se mostraban conmovidos.

Para ellos, Antón era poco menos que un príncipe azul.

El hombre que jamás le soltó la mano a una princesa rota.

Todo parecía idílico.

Feliz.

Mientras todos celebraban, Antón bebía solo en un bar.

Su expresión era compleja, incapaz de decidir si debía sentirse satisfecho o furioso.

“¿Por qué tenía que pasar esto…?” murmuró.

“¿Por qué dijo eso justo ahora?” Era simple.

Ahora no sabía si podía continuar.

“Veo que estás en problemas, amigo”, comentó una voz a su lado.

En algún momento, el bar animado había quedado vacío.

Incluso el mesero se había ido.

Antón no lo había notado.

A su lado, un hombre bien vestido se había sentado sin hacer ruido.

“Algo así”, respondió Antón, dando un largo trago antes de dejar el vaso a un lado y tomar la botella entera.

“Si deseas hablar, aunque no lo parezca, soy un gran oyente”, dijo el hombre con una sonrisa amable.

“Créeme, no querrás”, contestó Antón, cansado.

“Eso no lo sabremos.

Además, estoy aburrido, y por lo que veo te mueres por soltarlo.” Antón guardó silencio durante largo rato.

Luego dejó escapar un suspiro apagado.

“Tengo una compañera.

Está internada.

Tuvo un accidente y… no quedó bien de la cabeza.” “Suena duro, pero no creo que esa sea la raíz de tu malestar”, respondió el hombre.

“No.

Está mejorando”, admitió Antón con desgana.

“Después de años sin hablar, ahora empieza a formar palabras.” “Eso es una buena noticia.” “Sí.

Pero sus primeras palabras fueron ‘te quiero’.” “¿Y eso es malo?” “Sí.

Bastante.” Antón vació la botella de golpe.

“Pensaba irme pronto.

Soy inventor, me asignaron un proyecto en Estados Unidos.

Si no me hubiera dicho eso, podría haberla dejado e irme sin ninguna carga.

Incluso el hospital habría seguido cuidándola con el dinero que di.

Pero ahora… la idea de dejarla me resulta terriblemente molesta.” “Entonces la amas.” “No.” La respuesta fue inmediata.

“Pero pensar en su compañía lejos de mí me irrita.

Me enfurece.” “Entiendo.

¿Entonces Por qué no te la llevas contigo?” “Porque está mentalmente inestable.

No la dejarán salir sin el alta médica.

Lleva años encerrada.

A menos que ocurra un milagro, no puedo sacarla de ahí.” Mientras Antón hablaba, el hombre bien vestido bajó el rostro.

Aun así, su sombra se proyectaba con claridad.

Una sombra con cuernos.

Una sombra que de alguna forma sonreía.

“Sabes… tal vez haya una forma”, dijo el hombre, alzando la mirada.

El teatro entero contuvo el aliento.

“¿Has escuchado hablar de la lobotomía?” Esas palabras cayeron sobre el teatro como un golpe seco.

El público en las gradas reaccionó al instante: un murmullo se transformó en un clamor de sorpresa, miedo y horror.

Cada escalón, cada asiento, parecía vibrar con la tensión que se había instalado de golpe.

Los ojos de Iván que veía todo esto se llenaron de lágrimas; la palabra “lobotomía” destruyó la esperanza que apenas había resurgido, como si un fuego hubiera sido aplastado por el hielo más frío.

Iván permaneció inmóvil.

Su cuerpo entero temblaba ante lo que estaba a punto de suceder.

Quiso moverse, huir, gritar, pero no pudo.

Algo más poderoso que el miedo lo mantenía clavado a su asiento: un último rayo de esperanza.

Un rayo que esperaba que por una vez su padre hiciera lo correcto, la última obstinación de un hombre, el deseo de un niño que miraba la crueldad del mundo y suplicaba por un solo destello de salvación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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