Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 16
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16: Anhelo 16: Anhelo “Lobotomía”.
Qué término más inútil.
La viva manifestación de que el ser humano es irremediablemente estúpido.
Esa era la sincera opinión de Homura, una que solo se reforzaba al ver cómo la gente realmente creía que aquello podía salvar a alguien.
No era distinto de los idiotas de la Edad Media, convencidos de que los dolores de cabeza eran causados por demonios y que, para expulsarlos, bastaba con hacer un agujero el cráneo.
“Qué decepcionante”, comentó Homura mientras observaba la obra.
La escena volvió a acelerarse.
El tiempo se comprimió y cambió otra vez.
Ahora Antón se encontraba en la habitación, firmando unos papeles.
Se le veía alegre, incluso optimista.
Algo que Sofía no comprendía del todo, pero aun así sonreía.
Intentaba formular más palabras, la mayoría cargadas de afecto hacia Antón.
Afecto dirigido al hombre que, en ese mismo instante, estaba clavando el último clavo en su propio ataúd.
Ese clavo fue acompañado por un sollozo silencioso.
Le pertenecía a Iván.
Con lágrimas amargas, fue testigo de todo.
Vio a su padre firmar felizmente el documento de consentimiento.
Vio cómo entregaba los papeles.
Vio cómo las enfermeras se llevaban a su madre.
Vio cómo la ataban.
Vio cómo colocaban a su lado un pequeño martillo y una larga aguja de metal.
“Antón…” “Antón…” Fueron las únicas palabras que Sofía pudo pronunciar mientras la sujetaban a la silla.
El miedo era auténtico.
Su cuerpo intentaba alejarse, torpemente, como el de un animal acorralado.
Eso fue suficiente para romper a Iván.
Se agitó en su asiento, ya no llorando, sino consumido por la ira.
Sus ojos se enrojecieron.
Apretó los dientes hasta hacerlos crujir, intentando levantarse, intentando gritar.
Quería detenerlo.
Quería rugir hasta desgarrarse los pulmones.
Pero todos sus sonidos eran tragados por la nada.
Y cuando vio a Sofía en escena, inmovilizada, cuando el malnacido del doctor introdujo la aguja en su ojo, su mente estuvo a punto de quebrarse.
Entonces, en el momento más oscuro, dos manos cálidas se posaron sobre su rostro, arrancándole la visión.
Al mismo tiempo, una voz suave resonó en sus oídos.
“Aunque esta sea la verdad, no necesitas ver esta parte”, susurró Homura mientras cubría los ojos de Iván.
No reaccionó cuando las lágrimas empaparon sus manos.
Iván, enloquecido, solo pudo quedarse ahí, respirando con dificultad, atrapado en una desesperación que apenas fue suavizada por aquel gesto.
No cambiaba nada.
No salvaba a nadie.
Pero le impedía ver lo que estaba a punto de suceder.
Click.
Un sonido diminuto.
El golpe seco de un martillo contra el metal.
Ese único sonido hundió al teatro entero.
Todo cayó en silencio.
No hubo aplausos.
No hubo murmullos.
Solo la respiración asfixiada de Iván y la presión constante de aquellas manos cubriéndose los ojos.
Un silencio absoluto.
“Creo que te vendría bien un intermedio”, comentó Homura.
Al decirlo, retiró las manos.
Ante Iván ya no se extendía el teatro.
Se encontraba en una amplia sala antigua, lujosa, iluminada por una chimenea.
Frente a él había una mesa baja.
En el centro, una bandeja con té y postres.
A un lado, una silla vacía.
Toc.
Toc.
Los pasos de Homura resonaron en la habitación.
Iván permanecía inmóvil, como si el mundo entero se le hubiera desplomado encima.
Homura se sentó frente a él con total calma, tomó una taza y bebió un sorbo de té, disfrutando del ambiente.
Iván levantó la mirada.
Sus ojos eran los de un pez muerto como si su alma ya no estuviera ahí, algo que confirmó su estado de silencio y aturdimiento como si fuera el al que le hubieran hecho la lobotomía.
Algo que duró varios minutos, en los que Homura comió y bebió su té con total indiferencia ante el aturdido y perdido Iván, aún sumido en shock.
Click.
El sonido de una taza al chocar contra la porcelana fue lo que finalmente hizo que Iván enfocara la mirada.
Vio a Homura terminar su té y su pequeño pastel.
“Eso era mentira”, dijo Iván con voz débil, quebrada.
Sus palabras más que una afirmación, eran una súplica.
Una que Homura destruyó sin ninguna clase de lástima, tacto o deseo de consolar.
“No lo es.
Como dije, no necesito mentirte.
Después de todo, la verdad siempre es más cruel”, comentó con indiferencia.
“Incluso me atrevería a decir que tu padre te trató casi igual que a tu madre”.
¡Bam!
“¡Cállate!”, bramó Iván, iracundo, tomando la mesa entre ambos y estrellándola con rabia a un lado.
“Él… él…” No tenía nada más que rabia, impotencia y desesperación.
Iván intentó negarlo todo.
Negó que su padre fuera así.
Negó una y otra vez.
Pero ni siquiera él podía hacerlo sin quererlo de verdad.
Ninguna palabra de defensa salió de su boca.
Solo balbuceos incompletos.
Porque, aunque deseara negarlo con todo su corazón, Iván había visto indicios.
No era estúpido.
Solo amaba a su padre.
Y siempre había maquillado la realidad para conservar la imagen que creía tener de él.
“Entonces termina de mirar la obra”, propuso Homura con calma, observándolo.
“Y dime qué piensas después”.
Ante esas palabras, Iván se quedó helado.
Su piel palideció como papel y su voz se atoró en la garganta.
“No deseas verlo, ¿verdad?”, preguntó Homura, chasqueando los dedos.
Todo en la mesa volvió a su lugar original.
Iván se dejó caer en la silla, rendido, moviéndose suavemente, con el cuerpo aturdido y la mente hecha un nudo.
“Sabes”, continuó Homura, “algunos dicen que la ignorancia es felicidad.
Y es cierto.
Podría haber mentido y haber seguido viviendo, pensando que tu padre te amaba y que era solo la víctima de una circunstancia cruel que arruinó tu vida y la de tu familia”.
Hizo una pausa.
“Pero dime, Iván… ¿eso habría sido bueno?” La mirada de Homura se volvió fija.
“¿Habrías estado realmente vivo sin conocer la verdad?” “Esta historia, se puede poner peor”, preguntó Iván mientras cerraba los ojos e intentaba frenar, sin éxito, sus temblores.
“Sí”, respondí sin rodeos.
“Mephisto es un escritor cruel.
Y créeme, en esta obra que escribió —y que yo solo transmito— habrá un único final seguro: una desesperación mayor.
Mi único consejo es que no tengas esperanza en un buen final”.
“Mephisto…”, murmuró Iván, lleno de odio.
Un odio más profundo del que creía posible.
Uno que explicaba todo lo que había sentido.
Y, sobre todo, uno que, a diferencia del odio que sentía hacia los Stark, era completamente suyo.
De nadie más.
“Te daré un momento para calmarte”, comenté mientras tomaba otra taza de té.
“Cuando estés listo, volveremos y terminaremos esto”.
Mientras hablaba, Homura sopló el té y llevó la taza a sus labios, bebiendo con calma.
“…¿Puedo saber cuál es tu relación con Mephisto?”, preguntó Iván de repente.
La pregunta sorprendió a Homura, que miró de reojo a Iván antes de sonreír.
“ indiferente supongo ”, respondí.
“Ese sujeto nunca es de fiar.
Y aunque él desconozca mi existencia, yo sí sé de él.
Por ende, le soy indiferente.
Después de todo, si supiera de mí, lo primero que haría sería pensar en cómo exprimir mi existencia, igual que lo harían los demás señores del infierno y otros entes similares a mí”.
Mi respuesta, excesivamente honesta, incomodó a Iván.
De esas pocas palabras obtuvo demasiada información.
O, al menos, pistas que tendría que decidir si eran verdad o mentira.
“Dijiste lo que ellos piensan y el estatus quo”, continuó Iván.
“Pero ¿qué piensas tú?
¿Qué opina Homura de Mephisto?
¿Cuál sería su relación real?” La pregunta, extraña y directa, tomó a Homura desprevenida.
Una duda creció en su interior.
En su mente surgieron imágenes: Eternity, Lady Death, Galactus, Dormammu.
Cientos de figuras de poder absoluto desfilaron en silencio.
Hasta ahora solo les había tenido precaución.
Temía que la encontraran y la convirtieran en una batería, un recurso.
Pero con el tiempo, ese miedo se fue debilitando.
Y en su lugar nacieron otras cosas.
Curiosidad.
Expectación.
El deseo de ver qué provocarían sus actos.
La pregunta de si, volviéndose más fuerte, podría superarlos.
Y si no… si serían capaces de matarla.
Muchas ideas cruzaron su mente, pero entre todas, una siempre predominaba.
La anticipación.
“Jejeje…” Una risa débil escapó de los labios de Homura, mientras su mirada quedaba oculta tras el cabello.
Por alguna razón, aquello hizo que todos los vellos del cuerpo de Iván se erizaran.
Una sensación incómoda, punzante, lo atravesó como miles de agujas.
“Si tuviera que decirlo”, continué sin dudar, “diría que siento por él lo mismo que siento por los humanos: anhelo”.
“¿Anhelo?”, repitió Iván, incómodo, más por la comparación que por la palabra.
“Sí”, murmuré.
“El sentimiento más cercano al amor es el anhelo.
Y mi mayor anhelo es ver a todos subir y caer.
Amo ver a los desesperados ascender, a los héroes caer y levantarse, a los poderosos perderlo todo y a los débiles alcanzar alturas ilustres”.
Mi sonrisa se ensanchó apenas.
“La posibilidad que todos tienen me intoxica.
Sea para bien o para mal.
Deseo ver los cambios.
Presenciar sus historias hasta una conclusión que ni siquiera yo espero, des pues de todo Dios los amo sobre todo lo demás, así que yo debo ser igual no y ver lo que ella vio”.
Tras esa declaración, Iván sintió una profunda incomodidad.
Porque, a diferencia de Mephisto, Homura no le producía odio.
Le producía miedo.
Y eso era peor.
No era una figura abiertamente malvada, sino algo más peligroso: una observadora que amaba el movimiento, el colapso y la transformación.
La desesperación, la esperanza, el ascenso y la caída.
Homura quería verlo todo, y no importaba quién o qué fueras.
Ella los quería, pero no era amor.
Era anhelo.
Un anhelo torcido, profundo, imposible de saciar.
“Entiendo”, murmuró Iván con la voz ronca, ya sin fuerzas para repreguntar.
Mientras más conocía a Homura, más sentía que algo en ella estaba retorcido, algo que de algún modo se relacionaba con Dios, o con lo que ella creía que era Dios.
“Entonces, ya que hemos charlado y te ves un poco mejor, es hora del siguiente acto”, comentó Homura mientras extendía una palma hacia Iván.
Ante la mano blanca que se le ofrecía, Iván sintió cómo se le entumecía el cuero cabelludo.
No quería aceptar, pero apretó los dientes.
Sabía que lo que vendría sería horrible, pero, como había dicho Homura, no podría estar realmente vivo sin conocer toda la verdad.
Una verdad que deseaba desesperadamente no conocer.
Plan.
Con un sonido casi ensordecedor, Iván estrechó la mano de Homura y, en un borrón abrupto, todo volvió a cambiar.
Estaban de nuevo en el teatro, uno en el que los telones yacían caídos y del que colgaba un cartel.
[Penúltimo acto: el ascenso antes de la caída] Con un clic el telón se abrió de par en par, pero a diferencia de antes no revelaron nada.
Solo un infinito negro.
Los aplausos y el bullicio habían desaparecido.
El silencio se adueñó del lugar.
Un silencio tan denso que Iván miró a su alrededor y notó que todas las figuras humanas de cuellos excesivamente largos habían desaparecido.
El teatro estaba vacío, frío, oscuro.
Solo él y Homura permanecían como espectadores.
Eso le erizó la piel.
El lugar también había cambiado.
El suelo comenzaba a decolorarse y, aunque de forma sutil, todo parecía deteriorado, como si el tiempo hubiese decidido pudrirse desde dentro.
Clic.
Dos reflectores se encendieron con un sonido nítido, iluminando la negrura tras las cortinas.
Cuando Iván alzó la vista para ver lo que revelaban, una punzada le destrozó el corazón.
En el centro del escenario, elevada sobre una cama, había un maniquí roto.
Un maniquí que, de forma antinatural, parecía moverse, como si intentara estar vivo, pero que solo miraba en una única dirección con una expresión vacía.
Algo que solo podía entenderse al notar un detalle final.
El maniquí era idéntico a Sofía.
No ese maniquí era Sofía
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