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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 17

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17: Dolor de corazon 17: Dolor de corazon El maniquí en medio del escenario, como un anuncio perturbador del siguiente acto, marcó el inicio del espectáculo retorcido.

“Pero, para suerte de Iván, los recuerdos se volvieron confusos a partir de ese punto.” El tiempo comenzó a saltar.

El mundo se deformaba.

Todo se volvía extraño.

Era el reflejo claro del deterioro mental de Antón, quien poco a poco se desconectaba de sí mismo hasta el punto en que las personas a su alrededor perdían forma.

Los rostros desaparecían.

La gente se volvía inconsistente, sombras pasajeras sin identidad.

Sus colegas no eran más que comida desechable con forma humana, útil solo mientras conservaban algún valor, arrojada sin remordimiento una vez agotada.

Sofía, siempre a su lado, era arrastrada como una muñeca atada con un collar de perro.

La ironía alcanzó su punto más cruel cuando apareció el recuerdo de la boda: una casita de muñecas, Sofía vestida para la ocasión, una ocasión poblada de figuras borrosas, y un padre de juguete pronunciando votos huecos.

Votos unilaterales.

Antón dijo “sí” mientras forzaba a Sofía a mover la cabeza, como a un perro obediente, como a una marioneta sin voluntad.

Todo fue horrible.

Pero la noche de bodas lo fue aún más.

El recuerdo mostró solo el final del acto: el maniquí despatarrado sobre la cama, Antón vistiéndose con alegría antes de marcharse, dejándola allí tirada, como si no fuera más que un objeto desechable.

Lo peor llegó cuando del maniquí brotó una única lágrima, que se perdió entre las sábanas.

Cuanto más observaba Iván, más muerto parecía.

Y Homura lo permitía.

Notaba cómo la arena frente a su cuerpo principal estaba a punto de alcanzar su máximo.

No la negra, que se usaba de forma constante para no desperdiciarse, sino la arena morada, aquella que se alimentaba de esta ópera macabra que generaba ingresos descomunales.

Tanto, que Lindamea estaba a punto de volverse más fuerte, de sentar las bases de su siguiente evolución.

Pero lo importante era otra cosa.

La arena morada estaba a punto de romper su límite.

Y ese límite se quebraría con las siguientes escenas y el final de todo esto.

El quiebre llegó con uno de los actos más importantes del evento final.

Apareció como un hombre brillante, tanto que su presencia fue comparable al sol.

Bastó con que pisara el escenario para hacerse notar, provocando que Iván, atrapado en su miseria, alzara la mirada con una leve sorpresa.

El hombre que había entrado en escena no era otro que Howard Stark.

El hombre que rompió la casita de muñecas donde Antón se había refugiado.

El que lo devolvió a la realidad.

El que lo arrancó de su fantasía.

Como el sol al mediodía, Howard no dejaba espacio para sueños ni delirios.

Mientras Antón intentaba seguir como antes, Howard mostraba resultados reales.

Durante la Segunda Guerra, nunca dejó de progresar.

Inventó, creó, innovó, ajustó.

Se volvió mejor.

Robó los corazones de todos con su carisma y sus creaciones.

Antón, con sus pobres inventos, trató de luchar contra el sol.

Pero ningún esfuerzo fue suficiente.

La gente sin rostro que antes lo alababa comenzó a desaparecer, uniéndose al brillo imparable de Stark.

La casita de muñecas que Antón había construido empezó a desmoronarse, pieza por pieza.

Tanto fue el choque que el ya precario estado de Antón empeoró lentamente, un deterioro que se reflejó en la obra, la cual se volvía cada vez más extraña.

Tanto que apenas era entendible, o al menos no en su totalidad.

Los momentos más lúcidos y, a la vez, más incómodos surgían durante las borracheras de Antón, cuando el mundo recuperaba momentáneamente su claridad sólo para evidenciar lo desastrosa que era su vida.

Una vida en la que sólo perduraba algo inquebrantable: Sofía.

Una Sofía perdida que, a pesar de parecer una muñeca sin vida, aún mostraba un comportamiento afectuoso, dirigido únicamente hacia su vientre.

Un gesto obstinado, casi sagrado, que la mujer de ojos vacíos repetía una y otra vez, acariciándolo con cuidado, mientras su padre se hundía en quejas, regaños y alcohol, repitiendo entre balbuceos que Stark le estaba quitando todo lo que era suyo.

Estas escenas, aunque breves, fueron la única luz que Iván alcanzó a ver en aquel oscuro espectáculo.

Porque, pese a la criatura crédula y miserable en la que se había convertido Antón, aún le permitía ver a su madre, quien incluso en la máxima miseria conservaba un amor sincero por el bebé que crecía en su vientre.

Pero, como todo lo anterior, aquello fue efímero.

En medio de una de sus borracheras, Antón perdió el control y comenzó a desquitarse con todo a su alrededor.

En una de esas rabietas, una botella que arrojó al azar golpeó directamente el vientre de Sofía.

La mujer, antes inexpresiva como una muñeca, mostró por primera vez una expresión de horror.

Un horror que se intensificó cuando la fuente se rompió antes de tiempo.

La desesperación aumentó cuando Antón, causante de todo, tropezó en su embriaguez y cayó contra una mesa, quedando inconsciente.

Sofía quedó completamente sola, en pleno trabajo de parto.

“Haaaaaa”.

Gritos espasmódicos y dolorosos resonaron por todo el lugar mientras Sofía intentaba dar a luz sin ayuda, sin apoyo.

Había caído de la silla y yacía sola junto a la botella que había provocado aquello y, a pocos metros, el esposo que debía auxiliarla permanecía tirado, inconsciente e inútil.

La escena se prolongó durante un tiempo insoportable, entre los gritos agónicos de Sofía, quien por milagro o por pura testarudez logró dar a luz sola, envuelta en angustia.

Pero el fruto de su esfuerzo no fue el llanto de un bebé, sino el silencio.

Un silencio sepulcral que se volvió aún más pesado cuando, apenas consciente, extendió los brazos y recogió como pudo al recién nacido.

El bebé tenía los ojos cerrados, respiraba apenas y su cuerpo comenzaba a enfriarse.

Sin embargo, aun así, Sofía lo abrazó.

Lo sostuvo como si fuera lo único importante que quedaba en el mundo.

“Qué tragedia”, comentó una voz en la oscuridad.

En aquella escena, la entidad era más siniestra que nunca.

De entre un grupo de sombras emergió un hombre de traje, bien vestido, de porte noble y expresión comprensiva, como un simple transeúnte que presencia una desgracia y desea ayudar.

Sin embargo, su sombra lo desmentía: retorcida, encorvada, antinatural.

“Sabes, sería una pena que un pequeño terminara así.

Un niño con una vida tan larga por delante, uno que ni siquiera ha podido vivir”, dijo mientras se agachaba y observaba a Sofía en el suelo, aferrada a su hijo moribundo.

“Ayuda”, fue lo único que logró pronunciar Sofía.

Su voz era un susurro quebrado, perdida entre el delirio y el shock, con los ojos desenfocados y vacíos.

“Claro, claro, podré ayudarte”, murmuró el hombre mientras se inclinaba aún más y acariciaba la cabeza de Sofía del mismo modo en que Antón solía hacerlo.

“Pero nada es gratis.

A cambio de salvar a tu pequeño, ¿qué te parecería ofrecer un pago mínimo, casi insignificante?” Tras decir esto, extendió la mano con un gesto familiar, demasiado familiar, el mismo que había usado con Antón tiempo atrás.

“Mi única condición es que, cuando llegue tu hora, me permitas ser tu guía hacia un cálido lugar”, propuso con una sonrisa amable.

“Y a cambio, este niño crecerá sano y fuerte.

¿Tenemos un trato?” Con los ojos apagados, Sofía extendió su mano libre sin soltar al bebé al borde de la muerte.

Su palma estaba manchada de rojo, del parto y de la sangre que aún seguía fluyendo.

Clac.

El sonido de ambas palmas al unirse resonó en el lugar, seco y nítido, helando la sangre de todo lo presente.

Plop.

Tras ello, Sofía cayó por fin.

Su cuerpo había llegado al límite; aquel gesto fue su último acto de fuerza antes de desfallecer.

Pero en medio del silencio, un sonido suave comenzó a surgir.

El llanto de un bebé.

El bebé en brazos de Sofía lloraba con vida renovada, y aún mientras ella palidecía y se desvanecía, nunca lo soltó.

Como si se tratara de un milagro, minutos después los vecinos, alertados por el ruido y la intuición, irrumpieron en el lugar.

Encontraron a Antón en coma, a Sofía inconsciente en el suelo y al bebé llorando con fuerza.

Todo mientras una sombra extraña observaba desde la distancia, paciente.

Paciente y maliciosa.

Durante todo el trayecto a emergencias, aquella presencia permaneció cerca de Sofía, quien no soltó al niño ni un solo instante.

Incluso en sus últimos momentos siguió aferrándose a él.

No fue hasta después de horas de lucha que Sofía falleció; su cuerpo no soportó la pérdida de sangre.

Murió en la cama del hospital con su hijo en brazos, y solo tras su muerte los médicos pudieron separarla del niño.

En la sala de cunas, a altas horas de la noche, un hombre cuidaba del bebé.

Era uno de los encargados del área, el mismo que lo había colocado en la incubadora.

Un hombre joven y amable que, tras varios días sin dormir, había cerrado los ojos mientras descansaba sentado.

Eso le impidió ver cómo, desde la oscuridad, un hombre de traje emergía y se acercaba a la cuna del niño.

El desconocido se detuvo frente a él, sonrió en silencio y luego dirigió la mirada hacia la incubadora, donde debería figurar su nombre.

Pero ahí solo había un espacio en blanco.

Ningún padre estaba en condiciones de nombrarlo, por lo que el niño nunca había tenido uno.

Algo que cambió cuando el hombre bien vestido se agachó y tocó con un dedo aquel espacio vacío.

Iván.

El nombre apareció donde antes no había nada.

El hombre sonrió satisfecho y observó al bebé por última vez.

“Niño, espero mucho de ti.

Espero que seas una inversión tan buena como tu padre”, bromeó antes de darse la vuelta y desaparecer entre las sombras.

Con esto terminó el penúltimo acto.

Las cortinas se cerraron y el teatro quedó en blanco: un espacio silencioso, sombrío, podrido, como una ruina abandonada.

“No necesito ver más”, susurró una voz débil.

Era Iván, que se aferraba al cabello mientras lágrimas amargas se mezclaban con la sangre que brotaba de sus uñas clavadas en el cuero cabelludo.

“¿Estás seguro?”, pregunté mientras lo observaba.

“Ya vi más que suficiente”, murmuró Iván al levantar la mirada.

En sus ojos, Homura vio el rojo.

Ojos manchados de odio y sangre, revelando un rencor profundo y venenoso, uno que hacía palidecer cualquier otra cosa.

Homura sonrió y chasqueó los dedos.

Con el sonido, las pocas luces del teatro se extinguieron, sumiendo todo en una oscuridad absoluta.

Esta desapareció cuando Antón abrió los ojos y se encontró sentado en la cocina, en la misma posición en la que Homura lo había dejado.

Pero ya no era lo mismo.

Su expresión era vacía.

Ni siquiera reaccionó al ver a Homura frente a él.

Permaneció inmóvil, pensando, hasta que giró lentamente la cabeza hacia la sala donde dormía su padre.

Entonces apretó los dientes con tal fuerza que sangraron, y sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos.

“Sabes, he oído que un borracho siempre es el más honesto”, comentó Homura rompiendo la tensión.

El comentario hizo que Iván levantara la mirada y la viera, de verdad la viera, con una expresión perdida, como si ya no supiera qué esperar.

“Si aún tienes dudas, este es el momento”, dije mientras sacaba una botella de la nada y se la ofrecía con una sonrisa.

“Es tu momento para eliminar toda tus dudas.

Confirma si mentí”.

Mientras Homura le tendía la botella, aquella sonrisa sincera quedó grabada en la mente de Iván, junto a su último atisbo de amor.

Con manos poco entusiastas, tomó el vidrio.

Era vodka.

Extremadamente fuerte.

El más fuerte del mercado, uno que jamás habría podido comprar.

Pero al mismo tiempo significaba algo más.

Significaba la última oportunidad que le daba a su padre.

Y, dependiendo de lo que descubriera, Está historia podría tener un final completamente distinto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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