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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 18

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18: Falso amor 18: Falso amor “Clan”.

Con un sonido sordo, Iván arrastró una silla y una mesa y las colocó frente a la cama de su padre, un padre que yacía dormido, sin notar nada.

Ni siquiera cuando Iván golpeó la mesa con la botella de vodka reaccionó.

Y aunque deseaba empezar a desatar el último nudo de su corazón, algo lo retenía.

Temía que lo que estaba a punto de escuchar fuera lo que esperaba.

Temía que Homura no hubiera mentido.

Y, sobre todo, temía no saber qué hacer si así era.

“Padre, traje algo de alcohol”, dijo Iván con voz seca, deseando más que nunca que todo fuera una mentira.

“Mm…” Ante la palabra alcohol, su padre —no, Antón— despertó levemente.

Apenas abrió los ojos y ni siquiera miró a su hijo; su atención se fijó solo en la botella.

Extendió la mano con esfuerzo, revelando su deplorable estado.

Iván lo observó sin hacer nada.

En el pasado, habría intentado ayudarlo, abrir la botella, servirle.

Pero hoy no.

Hoy solo miró.

“Por fin lo trajiste”, balbuceó Antón mientras intentaba agarrar la botella con extrema dificultad.

Con la botella en sus manos, Antón intentó abrirla con torpeza.

Sus movimientos eran tan pobres que tardó varios minutos en lograrlo.

Iván no lo apuró.

No quería que aquello fuera rápido.

Sabía que el dolor vendría después.

Gluck.

Gluck.

El sonido del alcohol descendiendo por la garganta de su padre resonó en la habitación silenciosa.

Bebía la vodka de inmensa calidad como si fuera agua, sin saborear nada, sin importarle el gusto, solo buscando el golpe rápido.

Y el golpe llegó.

Incluso para un bebedor empedernido, aquella cantidad fue brutal.

Antón quedó prácticamente noqueado, eliminando lo poco de cordura que aún conservaba.

Fue entonces, en ese instante de mayor vulnerabilidad, cuando Iván lanzó la pregunta.

“Padre, escuché que mamá tuvo que ser lobotomizada por una enfermedad.

¿Eso es cierto?” La pregunta cayó como una piedra.

Antón parpadeó, más confundido de lo esperado, y respondió con unas palabras que helaron a Iván.

“¿Quién te dijo eso?”, preguntó Antón, medio ido.

Esa simple pregunta fue una sentencia.

Desgarró casi todo el cariño que Iván aún sentía por él, pero incluso así le concedió una última oportunidad.

“Tú me lo dijiste ¿no recuerdas?

”, respondió Iván, esperando la verdad final.

“……” “Ya veo”, murmuró Antón con desgana mientras volvía a beber.

Los tragos resonaron más fuertes que nunca.

Antón apretó las manos hasta dejarlas blancas, y entonces habló, destruyendo lo poco que quedaba de cariño en el corazón de Iván.

“Lamento que tuvieras que enterarte… enterarte de esa loca”, comentó sin cuidado.

“Quise mantener una buena imagen, pero supongo que era inevitable que se me resbalara la lengua.

No puedo ocultarte mucho sobre esa cosa”.

Las palabras de Antón, arrastradas entre balbuceos, eran frías y destructivas en los oídos de Iván, que permanecía agachado, con el cabello cubriéndole el rostro.

“Lamento que tuvieras que saberlo.

Esa cosa era tu madre.

Una mujer inútil que ni siquiera pudo dar a luz bien”.

Con esa última frase, la mente de Antón terminó por sucumbir al alcohol.

Sin poder sostenerse, cayó en un coma etílico.

Tal vez soltarlo todo lo había relajado.

O tal vez era simplemente la abrumadora calidad del vodka que Iván le había dado.

“Así que era verdad.

Todo”, murmuró Iván, sin levantar la cabeza, con el largo cabello ocultando por completo su expresión.

“Te lo dije.

A diferencia de Mephisto, a mí no me gusta mentir”, proclamó la voz de Homura, que se hallaba tras él, observándolo todo.

Había presenciado aquel proceso deplorable desde que Iván salió de la cocina.

Un espectáculo que incluso a ella la sorprendió.

No por el resultado, sino por el bastardo que era Antón.

Un bastardo que no solo no había cambiado, sino que había empeorado.

Algo que llevó a Homura a preguntarse qué demonios había hecho Mephisto para convertir a un joven amable en esa cosa deplorable con apariencia humana.

“Sí… nunca mentiste”, murmuró Iván antes de incorporarse.

Sus pasos eran rígidos.

Con movimientos lentos, se sentó junto a su padre y lo observó durante un largo rato.

Antón seguía dormido.

Luego, con las manos ligeramente temblorosas, Iván las alzó y, sin vacilar, las dirigió al cuello de Antón.

Al principio fue un contacto suave, casi culpable.

Pero a medida que la presión aumentaba, aquel gesto dejó de ser gentil y se volvió completamente frío.

Un toque mortal.

Fue suficiente para que Antón, aún en coma, despertara con dificultad.

Apenas abrió los ojos, movió los brazos con lentitud y pánico, intentando aferrarse a los de Iván con la esperanza de detenerlo.

Pero aquellos brazos débiles, demacrados y enclenques no podían hacer nada frente a la fuerza silenciosa de su hijo.

La desesperación se reflejó en sus movimientos: torpes, erráticos, doloridos.

En su rostro apareció un terror auténtico, porque incluso en su estado extremo pudo ver quién lo estaba matando.

Vio a su propio hijo quitándole la vida.

Y lo vio sin expresión alguna mientras apretaba su cuello como si hiciera algo sin importancia.

En esos instantes, por alguna razón, la sobriedad regresó.

No lo suficiente para moverse o resistirse, pero sí para sentir.

Para comprender.

Para ser consciente de que las manos de su hijo le estaban arrebatando la vida.

Se aferró a ella con desesperación mientras comenzaba a convulsionar.

La vida se le escapaba lentamente.

Y, en sus últimos momentos, toda su existencia pasó frente a sus ojos.

Una vida marcada por la miseria y el dolor, repitiéndose, clavándose, empeorando una y otra vez.

Al ver todo aquello, una pregunta dolorosa surgió en su mente.

¿En qué momento?

¿En qué momento había empezado a caer?

¿Por qué merecía este final?

¿Qué había hecho para terminar así?

“Ha…”.

Una respiración dificultosa resonó en la habitación.

Era una respiración fría, entrecortada, como la de alguien que intentaba recuperar el aliento tras haberlo contenido demasiado tiempo.

Le pertenecía a Iván, que aún sostenía con firmeza el cuello de su padre.

Un cuello cubierto de espuma que brotaba de la boca de Antón en sus últimos momentos.

Crack.

Pla.

Pla.

Justo entonces sonaron dos ruidos distintos.

Uno que solo Homura pudo escuchar.

Otro que incluso Antón llegó a sentir.

El que oyó Homura no fue otro que el sonido de un reloj de arena rompiéndose.

Provenía del reloj que se hallaba frente a su verdadero cuerpo.

Era el reloj de arena morada.

Al llenarse por completo, colapsó.

Sus fragmentos se desmoronaron y, de entre ellos, la arena comenzó a arremolinarse hasta tomar la forma de un nuevo reloj.

Más lujoso.

Más grande.

A simple vista, parecía que nada había cambiado.

Pero no podía estar más lejos de la realidad.

Para Homura fue como si una cadena invisible se hubiera roto.

El poder que antes exigía concentración ahora fluía con naturalidad.

El esfuerzo se redujo, y el uso se volvió casi instintivo, como si siempre hubiera sido así.

Por otro lado, el ruido que tanto Iván como Homura escucharon fue un aplauso.

Un aplauso solitario.

Provenía de una figura que había surgido desde una esquina de la habitación.

Una figura que, aunque lucía alegre, no mostraba satisfacción alguna.

Y esto gracias a que estaba encadenada.

“Una actuación realmente brillante.

Un final apropiado para todo esto”, alabó el hombre con diversión.

Aquel sonido sacó a Iván de su aturdimiento.

Alzó la mirada hacia el invitado encadenado.

Apenas lo observó un instante antes de que las cadenas a su alrededor se ajustaran, obligándolo a sentarse en una silla.

La misma silla en la que Iván había estado.

“Supongo que es hora de que se conozcan.

Pero no será hoy”, dije mientras chasqueaba los dedos.

Con el chasquido, el hombre desapareció de la silla.

Ante la mirada aún aturdida de Iván, Homura hizo aparecer otra silla y se sentó.

Una que no encajaba con el ambiente, pero que, paradójicamente, volvía todo menos sombrío.

“Él era…”, murmuró Iván.

“Un avatar de Mephisto.

Puedes decir que es lo mismo que yo, con la diferencia de que no me disfrazo”, declaré mientras lo observaba.

“Mephisto…”, repitió Iván, apretando las encías hasta que sangraron.

A pesar de que acababa de matar a su propio padre, Iván no lamentaba nada.

Todo el amor que había tenido, el cariño y el deseo de una familia murieron mientras observaba la obra.

Murieron al comprender que su padre siempre había sido una basura.

Un hombre que jamás se esforzó por él y que solo se sostuvo gracias al amor unilateral de Iván.

Un amor que se fue desvaneciendo al ver su verdadera cara.

La del hombre que, desde pequeño, lo obligó a trabajar, le impidió ir a la escuela, tener una vida propia, y lo arrastró a la miseria junto a él, tal como había hecho con su madre.

“Que la ira no te consuma, Iván.

Recuerda que aún hay alguien que te espera”, le dije, impidiendo que se hundiera más de lo necesario.

“¿Alguien esperándome?”, bromeó Iván mientras soltaba el cuello de su padre.

No, de Antón.

Observó su cuerpo tendido con ojos vacíos.

“No me queda nada.

Yo nunca…”.

“Sofía”.

Esa simple palabra bastó para que el cuerpo de Iván se estremeciera de pies a cabeza.

Lo sacó de la desesperación absoluta e hizo que un débil brillo surgiera en sus ojos, unos ojos que llevaban mucho tiempo completamente muertos.

Aun así, la duda persistía.

“Ella está muerta”, declaró Iván con voz áspera.

“El cuerpo, sí.

Pero su alma debe seguir en el infierno”, respondí con diversión.

“Mephisto no dejaría pasar un alma tan buena como la de Sofía.

Seguramente la tiene en su colección.

O como una decoración interesante”.

Ante esas palabras, Iván quedó aturdido.

Pensó en la escena que describía Homura y volvió a sentir rabia.

Pero, por más horrible que resultara, la idea de que el alma de su madre siguiera existiendo, aunque fuera como adorno, le provocó un consuelo inmenso.

Un consuelo acompañado por imágenes de la obra.

Su madre acariciándose el vientre.

Su nacimiento.

El momento en que lo sostuvo en brazos.

El hecho de que, pese a todo, ella entregó su alma por él.

Aquellos recuerdos y esa vaga esperanza fueron como una luz en la oscuridad que había cegado su mundo.

Una luz diminuta, como una luciérnaga, y frágil como una chispa.

Algo que Homura observó con satisfacción.

Si Iván se rompía, no crecería.

Por eso, aunque con renuencia, tuvo que mostrarle a Iván a ese viejo Mephisto.

O, mejor dicho, un fragmento que encontró adherido a los restos de Antón.

Ese fragmento no era otro que la maldición que Mephisto dejó en él para asegurarse de que su alma siguiera el camino correcto.

Y aunque pudiera parecer un avatar, en realidad era un parásito.

Uno que se instaló lentamente y moldeó a Antón hasta convertirlo en lo que era.

Por suerte, no estaba al nivel de un avatar completo; de haber sido así, Homura no estaría segura de poder contenerlo.

Aun así, no quería darle margen de actuación.

La única razón por la que permitió su aparición fue para evitar que Iván se derrumbara apelando sólo al odio antes de plantar una semilla de esperanza.

El alma de Sofía seguía en el infierno.

Un hecho del que Homura se enteró gracias al propio parásito, quien reveló que Mephisto tenía afición por coleccionar almas excepcionalmente brillantes.

Como la de Sofía.

“…… Entonces, si quiero salvar a mamá, te necesitaré a ti, ¿verdad?”, murmuró Iván mientras alzaba la mirada hacia Homura.

“Sí”, admití sin ocultar nada.

“¿Qué tengo que hacer?”, preguntó Iván.

Se incorporó desde el cuerpo inerte de su padre y se colocó frente a mí.

Su expresión no dejaba espacio para dudas.

No había marcha atrás.

“¿Qué deseas de mí?” Ante esa última pregunta, Homura sonrió.

Porque ese era el momento que había estado esperando.

La razón por la que buscó a Antón.

El motivo por el que le mostró la verdad más cruel.

Por lo que lo tomó de la mano y lo condujo hasta la desesperación absoluta.

Y también la razón por la que, justo cuando Iván tocó fondo, le ofreció una única chispa de esperanza.

“Lo que tienes que hacer es simple”, dije al fin.

Mi voz era tranquila, casi indulgente.

“Solo quiero que…” Iván no apartó la mirada.

No dudó.

No tembló.

“Hagas un pequeño contrato conmigo”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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