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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Génesis del Primer Mal
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19: Génesis del Primer Mal 19: Génesis del Primer Mal “¿Qué contrato?”, murmuró Iván.

El sudor frío le recorría la nuca.

“Uno simple.

No incluye tu alma, ni obligaciones eternas, ni reglas absurdas.

Solo dos encargos.

Puedes cumplirlos cuando quieras, como quieras y donde quieras”, respondí mientras me sentaba y cruzaba las piernas.

“Eso suena demasiado bueno para ser verdad”, bromeó Iván, aunque la tensión en su mandíbula lo traicionaba.

Olía a trampa de miel.

“Lo sería, si no supiera que cumplirás tu parte.

Y con entusiasmo”, comenté entrecerrando los ojos.

Sonreí apenas.

“Después de todo, incluso lo harías sin mi intervención”.

La sonrisa suave de Homura, los ojos apenas cerrados, siempre le erizaban la piel.

Incluso ahora.

Incluso cuando estaba dispuesto a lanzarse al fuego.

Ya no tenía nada que perder.

“Mi trato es simple.

Quiero que te conviertas en un mal de este mundo”.

Extendí la mano.

En mi palma apareció una semilla negra.

Pequeña.

Irregular.

Parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.

Y, atado a ella, un diminuto listón rosado.

“¿Un mal del mundo?”, preguntó Iván.

“Básicamente, tu trabajo es traer dolor, miseria, miedo… cualquier emoción negativa a quien sea”, expliqué sin apartar la mirada.

“El segundo encargo es más interesante: dejárme ver hasta dónde llegarás.

Qué estarás dispuesto a hacer para alcanzar tus objetivos”.

“¿…Solo eso?” “Sí.

Es lo único que pido”.

“¿Y qué obtengo a cambio?

¿Cómo convertirme en un mal puede ayudarme a salvar a mi madre?” “Simple.

Cada vez que causes dolor o desesperación, la Semilla del Dolor absorberá esa desgracia hasta llenarse.

Cuando esté completa, recibirás un regalo del destino”.

“¿Un regalo del destino?”, repitió Iván, ceño fruncido.

“Literalmente eso.

Incluso yo desconozco qué será.

Puede abarcar demasiadas cosas.

Solo hay una certeza: estará influenciado por tu deseo y por tu suerte.

Podrías obtener poder, un objeto, esperanza, un monstruo… o una simple papa cocida.

El resultado es desconocido y dependerá solo de ti”.

“Eso suena poco fiable”, murmuró.

“Tal vez.

Pero eso también depende de qué tan fuerte sea tu deseo”, dije con un deje de diversión seca.

“Entonces… ¿hacemos el trato?” La semilla reposaba en mi mano abierta.

Iván la observó en silencio.

En su mente apareció la imagen de Mephisto.

El recuerdo no trajo miedo, sino un odio espeso y corrosivo.

Si debía convertirse en algo peor que él para cobrar la deuda, lo haría.

“Demasiado bueno para ser verdad”, murmuró mientras comparaba mi mano de piel oscura con la suya, áspera, llena de polvo y cicatrices del trabajo.

“Pero todos mis otros caminos están cerrados”.

No quedaba nada.

Solo esa mano.

Solo esa posibilidad.

Iván extendió la suya y estrechó mi palma.

El contacto fue frío.

Luego vino un ardor leve, como si una astilla incandescente se hundiera en su carne.

Duró apenas un segundo.

Cuando desapareció, un tatuaje negro marcaba el centro de su palma: la silueta de una semilla atravesada por un listón.

No sangraba.

No dolía.

Pero algo en su palma dejó de sentirse igual.

“Espero mucho de ti, Iván Vanco”, dije con una sonrisa que no alcanzó mis ojos.

“No me llames Iván Vanco.

Solo Iván”, murmuró mientras observaba el tatuaje y trataba de hacer lo que Homura le había explicado.

Como respondiendo a su intención, la semilla emergió de su palma ante todos.

Una esfera negra, envuelta en niebla espesa, palpitando con un ritmo irregular, como un corazón enfermo.

“Así que la primera tirada es gratis”, bromeó Antón al verla, mientras la información sobre cómo usarla se enraizaba en su mente.

“No”, respondió Homura sin alterar el tono.

“Ya pagaste la primera tirada”.

El cerebro de Iván se quedó en blanco un segundo.

Luego entendió.

Giró lentamente la cabeza hacia la cama.

El hombre que yacía allí no se movía.

“Sí.

Tu acto de venganza te dio la suficiente desesperación para una tirada”, continué, sabiendo que ya lo había deducido.

“O al menos una parte.

El resto podría decirse que va por mi cuenta”.

“Así que así es…”, murmuró.

Miró al que antes fue su padre.

No hubo lágrimas.

No hubo temblor.

Solo dio un paso al frente y escupió sobre el cuerpo inmóvil.

Su mirada era rencorosa, casi ofendida por la simple existencia de aquel cadáver.

“Al menos en tu patética vida hiciste algo útil”.

No volvió a mirarlo.

Su atención regresó a la semilla.

La niebla giraba lentamente a su alrededor.

Pensamientos cruzaban su mente con violencia.

¿Qué desear?

¿Podía realmente influir en el resultado?

¿Y si todo era una mentira?

¿Y si el “regalo” era una burla?

Pero había algo más fuerte que la duda.

Dos puntos claros.

Uno: rescatar a su madre.

La única persona que lo amó sin condiciones.

No podía dejarla en manos de ese mal nacido.

No podía permitir que la arrastraran al infierno por un pecado que no cometió.

Y el segundo deseo nació justo allí.

Venganza.

Mephisto.

El responsable.

El que arruinó todo.

El que convirtió a Antón en basura.

El que destruyó a su madre.

El que sembró pobreza, miedo y mentiras en cada rincón de su vida.

Si quería algo, era hacerlo pagar.

Y ambos deseos no se oponían.

Se alimentaban.

Se reforzaban.

Se volvieron una obsesión.

Una obsesión que superó cualquier límite que Iván hubiera imaginado.

“Mi mayor deseo…”, murmuró mientras apretaba los dientes y los puños hasta que la piel se abrió y la sangre descendió por sus nudillos.

“Mi mayor deseo es, sin importar cómo o de qué forma… hacer pagar a Mephisto por todo lo que ha hecho”.

La semilla dejó de palpitar.

Silencio absoluto.

Luego, la niebla se espesó y comenzó a salir de ella como humo expulsado por una herida.

Se arremolinaba frente a Iván y se condensaba en una masa oscura.

Cuando la bruma se disipó, algo quedó suspendido ante él.

Un androide destruido.

Sin un androide robótico con la mitad de su cuerpo.

Con el torso abierto, cables expuestos como entrañas metálicas.

Una reliquia rota de lo que alguna vez fue un autómata.

Las pupilas de Homura se dilataron.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa calculada.

Fue genuina.

Luego rió.

Una risa ligera, clara, casi infantil Esa reacción desconcertó profundamente a Iván.

No encajaba con la Homura que conocía.

Aquella risa pura le erizó la piel.

Por un instante, incluso eclipsó su odio.

“Realmente los humanos son criaturas maravillosas”, declaré con una sonrisa sincera.

“Entre todas las posibilidades, siempre superan las expectativas.

No me extraña que ella los ame tanto”.

“…… Entonces esto es algo bueno”, murmuró Iván.

Sentía el cuero cabelludo erizado, como si hormigas invisibles le caminaran bajo la piel.

“Bueno sería un eufemismo, ¿no lo cree, doctor Samuel Hayden?”, declaré mientras chasqueaba los dedos.

Una chispa de energía recorrió el androide, activando sus sistemas.

Un zumbido bajo vibró en la habitación.

“Aunque no me considero imprescindible, es reconfortante saber que la Madre me valora”, respondió una voz débilmente robótica.

“Iván Vanco, te presento a tu nuevo compañero: el doctor Samuel Hayden.

El hombre… o serafín… que convirtió el infierno en una batería”, anuncié con una satisfacción apenas disimulada.

Una ganga.

Dos por uno.

El androide inclinó levemente la cabeza.

“Aunque el término ‘rústico’ sería adecuado para esta situación, la explicación de la Madre no es equívoca.

El infierno es un recurso vasto.

Un recurso que puede ser explotado.

Una fuente capaz de impulsar y salvar a la humanidad, asegurando su supervivencia ante la inevitable crisis energética”.

“¿Convertir el infierno en energía?”, preguntó Iván.

Un brillo peligroso cruzó sus ojos, uno que no tenía nada que ver con la salvación del mundo.

“Parece que ustedes tienen mucho que discutir”, comenté mientras me giraba.

“Tengo grandes esperanzas en ambos”.

Chasqueé los dedos.

Desaparecí.

— En otro lugar del mundo.

Venecia.

Calles luminosas, agua brillante, turistas distraídos.

Sentada en una mesa exterior, disfrutaba de una taza de té.

Nadie me miraba.

Nadie podía.

Frente a mí, encadenado a la silla, había un hombre atado por cadenas que tampoco existía para los demás.

“Realmente he creado un dúo encantador, ¿no lo crees, Mephisto?

O debería decir… la maldición de Mephisto”, comenté mientras lo observaba.

Mephisto “Disfrutaría más si supiera a qué se refiere, señorita”, respondió con una cortesía forzada.

“Mentalmente, yo no sé tanto como usted”.

“Intentas rebuscar información, aunque sabes que no te servirá de nada.

Realmente digno de ti… o mejor dicho, de la maldición a la que le otorgaste un minúsculo fragmento de conciencia”, lo elogié con una sonrisa afilada.

“Qué puedo decir.

Hasta la parte más sucia de mí sigue siendo precavida”, murmuró con media sonrisa.

“Lo sé.

Y yo también lo soy”.

Levanté la mano.

Hice un gesto de corte con los dedos, como si fueran tijeras.

“Click.” La sonrisa de la maldición se tensó.

Luego se quebró.

Primero rigidez.

Después frustración Finalmente… indiferencia.

“Cortaste mis seguros ”, comentó secamente.

“Sí.

Y agradezco tu naturaleza paranoica.

¿Quién imaginaría que tendrías cuatro?

Uno para tu fragmento, otro para tu memoria, otro para tus emociones… y uno más dedicado exclusivamente a espiar el tiempo”.

Di un sorbo al té.

“Admito que si no fuera muy precavida contigo solo habría encontrado dos”.

“Cuatro…”, murmuró la maldición, incómoda.

“Vaya.

Por tu reacción, veo que ni siquiera tú sabías del cuarto.

Ocultarte cosas a ti mismo… realmente brillante.

Digno de un viejo zorro a la altura del rey del infierno”.

“Ha…”, suspiró la maldición de Mephisto.

No porque creyera que Homura mentía, sino porque sabía que no lo hacía.

Si alguien era capaz de esconder seguros dentro de seguros, sería él mismo.

“Ahora que ya no hay posibilidad de divulgar nada… ¿desea seguir sabiendo la respuesta?”, preguntó con una malicia cansada.

“Como dice la gente: al demonio, dime.

Después de todo, yo no desapareceré por curiosidad.

Eso ya es un consuelo”.

“Interesante decisión.

Pero sería más divertido mostrártelo”.

Sin pedir permiso, apoyé un dedo en la frente de la maldición.

Hubo silencio.

Un segundo.

Dos.

Luego— “HA—AAAAAA—” El grito desgarró el aire.

Aparté la mano instintivamente.

La maldición comenzó a convulsionar.

Espuma oscura brotó de su boca mientras su cráneo se deformaba desde dentro, como si algo intentara expandirse en un espacio demasiado pequeño.

Crack.

Crack.

Fisuras luminosas atravesaron su forma.

Como fragmentos de espejo, el cuerpo se quebró en múltiples pedazos que se disolvieron en el viento en cuestión de segundos.

Silencio.

Miré mi dedo.

No sentía nada distinto.

“Bueno… Felicidades.

Es oficialmente la primera persona en correr DOOM en el cerebro de un demonio”, comentó una voz con resignación.

De mi sombra emergió Kyubey.

“Solo le mostré la historia de DOOM.

¿Por qué parece que lo senté en la silla eléctrica sin mojar la esponja?”, pregunté genuinamente angustiada.

Literalmente lo frei.

“Maestra… intentó meter todo el lore de DOOM en milisegundos en el cerebro de una débil maldición.

Juegos, fanfics, lore, derivados… además lo configuró para que todo fuera procesado como recuerdo real, no ficción.

Fue como intentar meter una sandía madura por una pajilla”.

“…Si lo pones así, suena peligroso”.

“Lo fue.

La diferencia es que antes no tenía malicia hacia los objetivos.

Eso vuelve el proceso inofensivo.

En este caso… su leve rencor hacia Mephisto influyó.

Y sus poderes se han fortalecido.

Fue como intentar sostener un huevo con la fuerza repentina de un culturista”.

Guardé silencio.

“…A partir de hoy, tú te encargarás de mostrar los recuerdos”.

Kyubey inclinó ligeramente la cabeza.

“…puedo hacerlo.

Pero no sería bueno que dependiera mucho de mi, así que por favor practique más.

Cada aumento de poder requiere mayor control”.

“Tomaré nota”, respondí con incomodidad.

Cerré los ojos.

Mi conciencia regresó por un instante al Jardín de Plata.

El reloj de arena negro estaba casi lleno.

“Otra ganancia inesperada”, bromeó mi yo en Venecia al sentir el bono obtenido por aquel error.

Mientras disfrutaba del té y observaba el brillo del agua, mi sonrisa se rigidizó.

Confusión.

Genuina.

Todo eso surgió de golpe en el Corazón de Homura  Al otro lado del canal, en un callejón frente al café, había una figura que jamás esperé ver.

Una chica pequeña estaba apoyada contra la pared.

Delgada.

Demasiado.

La ropa era de mendigo, sucia y desgastada.

Sus brazos mostraban marcas de descuido, tal vez maltrato.

Parecía morir de hambre.

Y aun así… Aun cubierta de polvo, su belleza no se ocultaba.

Su cabello dorado brillaba débilmente bajo el sol veneciano.

“…Mami”, murmuré.

La imagen se superponía con un recuerdo imposible de borrar.

Mami Tomoe La Mami de Puella Magi Madoka Magica.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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