Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 2

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Homura y sus bizarras aventuras
  4. Capítulo 2 - 2 Los primeros pasos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

2: Los primeros pasos 2: Los primeros pasos Tener el poder de hacer lo que quieras suena bien… hasta que descubres que ese poder tiene un límite de usos.

Y no un límite cualquiera que se recarga solo o algo similar, sino uno con la posibilidad de perderlo para siempre.

Eso convierte cada intento de usarlo en un calvario, porque si lo gastas de forma errónea, estás jodida: solo tienes este poder, y una vez perdido, no podrás recuperarlo.

“En serio, ¿por qué mi eficiencia de consumo es tan horrible?” me quejé mientras observaba cómo unos granos de arena caían lentamente y desaparecían del reloj.

La cantidad era minúscula, pero irritante, pues solo estaba usando una proyección básica, literalmente una ventana diminuta para mirar la Tierra desde aquí.

“Se le recuerda que está conectando la visión de este mundo hacia el plano inferior,” explicó Kyubey con su tono burocrático de siempre.

“Sería más eficiente si enviara un avatar o bajará usted misma.” “¿Y poner un pie en ese lugar en mi estado actual?

Ni loca,” repliqué, fulminándolo con la mirada.

“Pero solo sería momentáneo.

Además, dudo que algún ser superior la detecte; a menos que anuncie su existencia, no la notarían fácilmente, gracias a la protección del Jardín de Plata y la Ciudad Walpurgis.” “Sí, claro… ¿y qué hay del grupo de sujetos tras bambalinas?” refuté, cruzándome de brazos.

“¿Grupo de sujetos tras bambalinas?” preguntó Kyubey, con genuina confusión.

“¿Cómo es que no sabes eso si tienes acceso a mis recuerdos?” le solté, arqueando una ceja.

“En primer lugar, solo tengo acceso parcial a sus recuerdos —aclaró Kyubey—.

Y aun si tuviera acceso completo, el término grupo de sujetos tras bambalinas sería demasiado amplio.

Necesito más contexto.” “Nick Fury, el Anciano Hechicero Supremo y los fisgones del grupo de los Vigilantes,” respondí sin dudar.

Mi tono enojado y frustrado se quedaba corto para expresar el peligro que sentía.

Esos tipos siniestros eran, sin exagerar, algunas de las entidades más molestas y peligrosas de la Tierra actual.

Uno era una cucaracha inmortal con parche que hacía tratos con marcianos cambia formas y tenía de mascota una abominación cósmica con forma de gato, mientras guardaba en su bolsillo el botón de una bomba nuclear rubia llamada Capitana Marvel.

El mago supremo no se quedaba atrás, pues era el mayor estafador del gremio de magos, un manipulador dimensional que, si pudiera, me convertiría en batería apenas notara mi existencia.

Y el último era un grupo de mirones cósmicos que observaban todo lo que ocurría en el multiverso como si fuera una telenovela.

Dicen que nunca intervienen… pero siempre terminan metiendo las narices, y a veces convierten un problema malo en uno mucho peor.

“Entiendo,” asintió Kyubey.

“Pero no cree que llamarlo grupo de sujetos tras bambalinas es muy… cómo era el término… estereotipado y poco realista.” “Kyubey, una regla fundamental del multiverso en la ficción es que si un personajes se esconde bajo una fachada amable o tras otros, es peligroso.

No todos, claro, pero la gran mayoría sí.

Un ejemplo más variado sería Thanos, el Profesor X, Horus de Warhammer, Darkseid, el doctor Gero, amanda Waller, los Guardianes de los Linterna Verde…” expliqué con paciencia mientras enumeraba apenas una pequeña parte de la larga lista de calvos peligrosos.

“Tomaré nota de esa importante información,” aceptó Kyubey, mientras empezaba a comprender la paranoia de Homura.

“Bien, ahora mejor ayúdame a dirigir esta cosa,” comenté mientras usaba las manos para intentar manipular la ventana que usaba para espiar la Tierra.

Por alguna razón, la imagen mostraba a un sujeto viendo videos de gatos.

Nada nuevo.

Esta escena era tan común que ya ni me sorprendía; no era la primera vez que enfocaba a alguien así.

En este punto juraría que, de cada diez humanos que espiaba, tres estaban viendo videos de gatos.

Y lo peor: ni siquiera era en un teléfono inteligente, sino en una computadora antigua.

Eso ya me decía mucho: estábamos entre 2008 y 2010.

“Enseguida, pero pienso que debería seguir sin mi ayuda.

Mi interferencia solo entorpecería la forma en que usted se familiariza con sus poderes,” dijo Kyubey con calma.

“Kyubey, podemos hacer eso cuando tengamos energía para desperdiciar.

Ahora debemos aprovechar hasta la última pizca,” respondí con frialdad.

“¿Sabe?

No estamos tan cortos de energía.

Podríamos observar durante bastante tiempo y aun así realizar algo grande sin mucho problema,” replicó Kyubey.

“No negaré que tienes razón, pero prefiero no arriesgarme.

No sabemos cuándo alguien podría descubrirme y empezar a apuntarme, por lo que tener un seguro de emergencia para defensa personal es obligatorio,” dije mientras sentía la piel de gallina, mezcla de tensión y delirio de persecución.

“Su proceso de pensamiento es muy… complicado,” comentó Kyubey antes de recostarse y mirar hacia el reflejo en la ventana.

“¿Desea un lugar en particular que observar?”  Tras esas palabras, la ventana que antes fluctuaba de forma errática se estabilizó.

Era evidente que el incubador había decidido ayudarme a controlarla.

“Mmm… déjame pensar,” murmuré, evaluando las posibilidades.

Si lo que buscaba era un objetivo de bajo riesgo y alto rendimiento, tenía dos opciones doradas: un playboy o una paleta congelada.

Ambos eran rentables, aunque dependía de la línea temporal cuál resultaría más provechoso en esta etapa.

“Busca un quiosco,” ordené, tratando de orientarme un poco.

“Entendido,” respondió el incubador.

De inmediato, la ventana se ajustó y mostró un quiosco de noticias.

Nada fuera de lo común, pero bastante conveniente: en ese momento, dos hombres conversaban animadamente.

“Oye, ¿escuchaste que otra vez hubo un tiroteo en el bulevar?” “Sí, pero es lo de siempre.

Me interesa más el rumor de ese travestí con pinta de diablo que anda causando problemas en ese lugar caótico.” “¿Te refieres al tipo que se hace llamar Daredevil?

Dicen que dejó cuadripléjicos a dos pandilleros anoche.” “¿En serio?

No sabía lo de los cuadripléjicos…” “Ok, esto es interesante, pero no precisamente útil,” comenté mientras observaba la discusión de ambos sujetos.

No me molestaría seguir escuchando chismes —a fin de cuentas, era información valiosa—, pero no tenía ni tiempo ni poder para desperdiciar en trivialidades.

Así que, con algo de pesar, tomé medidas menores para encaminar la conversación hacia lo que realmente necesitaba.

“Psssss…” puse una mano frente a mi boca y exhalé un soplido leve.

De mis labios emergió un hilo de niebla que serpenteó hasta colarse en la pantalla, deslizándose con elegancia hacia la escena del quiosco.

El aire parecía vibrar cuando la bruma alcanzó al hombre que sostenía los periódicos.

El hombre del quiosco no lo notó, pero el diminuto hilo de niebla blanca rozó suavemente su oído.

En el instante del contacto, su mente se quedó suspendida, como si un pensamiento invisible la hubiera detenido por un parpadeo.

No era consciente de ello, pero dentro de su cabeza una voz susurró una pregunta que parecía surgir del eco de un sueño.

“Por cierto… ¿sabes qué ha pasado últimamente con ese playboy, Tony?” “¿Tony?

¿El tipo que se acuesta con cada modelo que sale en portada?” “¿Existe otro?” “Buen punto.

Pero si quieres hablar de novedades, parece que mañana irá a Oriente a presumir una nueva arma.

Nada nuevo, solo más sangre para el mercader de la muerte.” “Básicamente.” “¿Y por qué lo preguntas?

Usualmente no te interesa ese tipo de cosas.” “Si te soy sincero… solo me vino a la cabeza.” .

.

.

“Bueno…” murmuré, esbozando una sonrisa mientras hacía un gesto con la mano para que la ventana se desvaneciera.

“Ya obtuve lo que quería.” “Así que ya decidió un objetivo.” “Básicamente, incubador.

Pero déjame pensar cómo proseguir.” Cerré los ojos un momento, intentando visualizar mis siguientes pasos.

El objetivo dorado estaba fijado en la mira y el tiempo era perfecto, pero la ejecución debía ser precisa.

Un solo error podía derrumbar toda la estrategia, y más aún, mi uso del poder determinaría el rumbo de lo que vendría.

Después de todo, mientras mejor sepa usarlo, más provecho podría sacar de él.

Pasé el resto del día discutiendo con Kyubey.

Pusimos sobre la mesa puntos de vista, rutas posibles, tácticas de intervención y, sobre todo, el modo en que debía usar el poder de la manera más eficiente.

En estos momentos, mientras mejor comprendiera su funcionamiento, mayor sería mi rendimiento y más estable mi consumo.

La conversación, aunque extensa, fue sorprendentemente amena.

El incubador, a pesar de ser un fastidio y un manipulador profesional, tenía talento para enseñar.

A veces parecía que él era el dueño de este poder y no yo.

Algo me inquietaba, algo que me hacía elevar inconscientemente mi vigilancia.

Pero mis sospechas tuvieron que posponerse cuando nos topamos con dos dilemas mayores: presentarme como una figura misteriosa o permanecer oculta como un señor detrás de escena.

Ambas opciones tenían sus virtudes… y sus trampas.

Ocultarme y actuar desde las sombras sería, sin duda, la elección más segura.

Podría mover hilos sin exponerme, sin atraer miradas indeseadas.

Sin embargo, eso también limitaría el flujo de la arena morada —mi poder kármico, la causa y efecto que más necesitaba actualmente—.

Un crecimiento lento, casi imperceptible, podría condenarme a un punto muerto.

Y en este universo lleno de monstruos disfrazados de héroes, un descuido así era una sentencia.

Por otro lado, mostrarme como una figura misteriosa, aunque fuera en dosis controladas, tenía sus ventajas.

Presentarme como una amenaza, un villano o incluso una aliada ambigua aumentaría mi presencia, y por ende, mi influencia sobre las personas y el mundo.

Eso significaba más caos, más emociones… más arena negra y morada para los relojes.

Pero cada aparición elevaría los riesgos: podría cometer errores, y eso me expondría a sospechas y conflictos.

En resumen, podía esconderme y crecer lentamente en silencio, con tal de conservar cierta seguridad… o brillar, y tal vez arder por un descuido mientras me hacía más fuerte rápidamente.

“Ha…” suspiré, con un ligero dolor de cabeza.

Ambas eran arriesgadas, pero tenían sus ventajas.

Si era sincera, todas eran tentadoras y a la vez problemáticas a su manera.

“Kyubey,” llamé mientras mi mirada se perdía en el mar infinito de flores plateadas.

“¿Sí?” “¿Crees que vale la pena vivir escondida, esperando recluida con tal de tener seguridad, o arriesgarse y apostar por una vida más emocionante?” “En mi opinión, la primera opción es la mejor, pero solo si lo que deseas lo justifica desde un punto de vista objetivo.

Aunque debo admitir que la opción de ocultarse favorece bastante la supervivencia.” Sobrevivir, ¿eh?

Sus palabras se clavaron en mi mente.

En ese instante, recuerdos de mi vida pasaron frente a mis ojos: cada decisión evitada por miedo, cada oportunidad abandonada por precaución.

Una existencia triste, en la que mi único consuelo era soñar.

Sobrevivir no estaba mal.

Pero… ¿Eso era vivir realmente?

¿O solo una excusa para seguir en mi zona de confort?

Otra vez me encontraba ante la misma encrucijada.

Y sería tan fácil elegir el camino más seguro… volver a ser esa persona resignada.

… … “Jajajaja.” Mi risa resonó entre el mar de flores plateadas.

Una sonrisa irónica se dibujó en mi rostro, normalmente inexpresivo, y en mi pecho nació una expectativa extraña.

No era valor lo que me movía.

Era pura estupidez.

La misma estupidez que te impulsa a hacer algo absurdo sin pensarlo, aunque sepas que acabará mal.

Lo haces porque puedes hacerlo.

Porque no hacerlo sería algo de lo que te arrepentirías después.

“¿Qué es tan gracioso?”, preguntó Kyubey al verme reír de repente.

“Jejeje… Lo gracioso es que acabo de tomar una decisión estúpida que me complicará toda la vida… solo por un capricho.” “…… Realmente no la entiendo,” se quejó Kyubey, desconcertado ante lo contradictorio que era yo.

“Yo tampoco me entiendo, pero eso es vivir,” comenté alegremente antes de tomar otra taza de té, sin importarme que otro grano de arena cayera por el consumo.

“Si no aprovecho para hacer lo que quiero cuando tengo la oportunidad, no valdría la pena sobrevivir.” Mientras sonreía y bebía, sentí algo tocarme el hombro.

Por reflejo lo tomé y lo miré.

Era un pétalo rosado.

Un pétalo de sakura.

Me desconcertó, porque al mirar a mi alrededor solo vi la fuente y el infinito mar de flores plateadas.

Ninguna tenía ese tono.

Era como si ese pétalo hubiera aparecido de la nada.

Miré el reloj de arena: estaba igual que antes.

No era obra mía.

Entonces, ¿de quién?

¿Acaso del propio Jardín de Plata o…?

“¿Ella también estaría aquí?”, murmuré, con una inquietud extraña.

Por un instante fugaz, una figura de cabello rosado cruzó mi mente.

Una figura que debería estar en este lugar, y sin embargo no había ni un atisbo de su presencia.

Incluso la gema que debía haber usado para arrebatar la ley del ciclo había desaparecido.

Aquello me hizo pensar que Madoka no estaría aquí, ni debería existir.

Pero, aunque no sabía exactamente qué sentir, al ver ese pétalo una especie de anticipación brotó dentro de mí… una sensación que me incomodaba sin entender por qué.

“Homura.” Kyubey me observaba con atención, notando cómo me había quedado callada de golpe.

“¿Sí?” “Pareces estar perdida.

¿Está todo bien?” “Estoy bien.

Solo estoy considerando demasiado algo.” Tomé con cuidado el pétalo y lo dejé sobre la mesa, al lado de la taza de té, para que no saliera volando.

“Mejor sigamos trabajando en el guión para mañana.

Y ya que estamos, pensemos en las mejores formas de ahorrar granos de arena negra.

No quiero ser de esas que empiezan algo y se quedan a medio camino por falta de recursos.” “Entendido.

Usted solo diga y plantee sus ideas; yo la ayudaré a hacerlas realidad de la forma más económica.” Kyubey, sacando una libreta rosada de la nada, adoptó una actitud sorprendentemente cómica, como si estuviera a punto de tomar apuntes en una reunión importante.

“Perfecto.

En primer lugar, ¿cómo crees que deberíamos acercarnos a Tony?

¿Y debería actuar natural o crear un personaje?” “Bueno, eso se puede enfocar de varios modos.

La opción más barata sería una comunicación mental o una ilusión.

En términos de comportamiento, recomiendo adoptar un personaje, ya que su actitud normal no genera mucho respeto.” “En primer lugar: ‘auch’, eso dolió.

Y en segundo… ¿Qué personaje me recomiendas?” “Lo más natural sería construir un modelo basado en la personalidad de la Homura original.

La versión más idónea sería la del Demonio Homura, aunque también funcionaría la Homura posterior al regreso.” “En pocas palabras, meterme de lleno en el personaje que supuestamente soy.” Comenté con una expresión de póker.

“Básicamente.

Además, no debería resultarle tan complicado.

Usted y la original comparten demasiadas similitudes.

Solo debería dejar de lado su sentido del humor y su constante necesidad de hacer referencias.” “…… Ok.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo