Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 20
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20: Mami tomoe 20: Mami tomoe “Mami Tomoe…” Era un nombre que Homura nunca pensó volver a escuchar, mucho menos ver a la persona en tales condiciones.
Frente a Homura, en un callejón en ruinas, y en contraste con la gente alegre que pasaba comprando y riendo, yacía una chica andrajosa y abandonada.
Estaba inconsciente; no se podía saber si era por hambre o enfermedad, aunque parecía sufrir fiebre.
Todo ocurría mientras la gente la ignoraba.
“Kyubey, ¿ves lo mismo que yo?”, pregunté dejando mi té a un lado y levantándome.
“Sí, pero dudo que sea la Mami de tus recuerdos”, respondió Kyubey, algo dudoso.
“Es probable que solo sea alguien que se le parezca, o una coincidencia, como usted dice.” “Es una posibilidad”, comenté mientras me paraba frente a ella.
Su rostro era peor de cerca.
La ropa empapada y rota, su cabello dorado cubierto de barro, su rostro enrojecido y su respiración irregular indicaban maltrato y enfermedad.
“Está enferma”, murmuré tocando su cabeza.
Una sensación de ardor recorrió mi mano; fiebre alta.
“No durará mucho”, afirmó Kyubey mientras se sentaba junto a ella.
“Su condición es mala y tiene muchos moretones.” “Lo veo”, dije levantando algunos de sus harapos.
Su piel morada mostraba golpes en varias partes.
“Maltrato prolongado.” Mientras la analizaba, noté que su mano libre apretaba algo: una cruz contra su pecho, aferrada con fuerza a pesar de su estado.
“…Supongo que hoy es tu día de suerte”, murmuró Homura mientras levantaba la mano.
Click.
Un chasquido resonó, y como si el mundo se deformara, su apariencia cambió de golpe.
La ropa rota desapareció, al igual que barro, agua y suciedad.
La fiebre cedió, su rostro y respiración mejoraron.
La vestimenta que llevaba era la misma que había usado en la animación.
Solo quedaban los moretones, que Homura decidió conservar por un momento para analizar.
Eran numerosos y variados; no correspondían a una sola paliza, sino a una acumulación de maltratos prolongados.
“¡Haaaaa!”, suspiré al ver esto y, sin pensarlo mucho, tomé a Mami en mis brazos.
“Realmente nunca lo tienes fácil.” Con esas únicas palabras, cargué a Mami y di un paso.
Con ese único paso, mi figura desapareció de aquel callejón, sin que nadie notara siquiera que estuve ahí, dejando atrás solo un lugar vacío… y una única cruz abandonada.
Click.
En la iglesia más grande de toda Venecia, en el interior de un templo vacío, aparecimos dos figuras: yo y Mami en mis brazos.
“Supongo que este lugar bastará y será de tu agrado”, murmuré mientras caminaba hacia una de las bancas.
Con cuidado, coloqué a Mami en ella y me alejé hasta quedar en el centro de la catedral, frente a la gran cruz.
La admiré directamente y luego le di la espalda antes de sentarme en los escalones frente al altar, justo sobre el asiento principal del pontífice bajo el altar.
Cuando me senté, una leve ondulación ocurrió y mi apariencia comenzó a cambiar.
No mi rostro ni mi porte, solo mi ropa.
El traje de chica mágica que había estado usando desapareció poco a poco, reemplazado por un conjunto negro azabache.
Este conjunto fue tomando una forma familiar, y finalmente se adornó con dos pares de alas negras; aunque parecían ornamentales, eran reales: las mismas alas de Homura.
La chica delicada y algo hermosa había desaparecido, y ahora estaba en una forma que nunca había usado antes.
En esencia, era mi verdadera apariencia: la forma del demonio Homura, usada por primera vez.
“Es la primera vez que usa esa forma”, dijo una voz juguetona.
Una pequeña figura emergió de detrás de la silla, colocándose frente a mí como un sirviente.
“Se podría decir que sí”, murmuré mientras miraba mi mano, sintiendo una extraña sensación de que así debía ser.
Aunque antes había usado la ropa de chica mágica o el uniforme de Homura, nunca me había sentido tan natural.
En esta forma, era como si siempre debiera haber sido así.
“¿Y puedo saber por qué tomó esta forma ahora, justo cuando rescató y trajo a la chica parecida a Mami aquí?”, preguntó Kyubey.
“Curiosidad”, respondí sin apartar mi mirada de mami.
“Quiero saber si ella es realmente Mami, y, más importante, en qué punto del tiempo o de su existencia se encuentra.” “Del día de su existencia… y de quién es”, añadió Kyubey sin más.
“…Algo así.” Aunque no soy un genio, tampoco soy tonta.
He notado varias incongruencias en mí.
Sigo siendo yo: tengo recuerdos, deseos, nombres, experiencias de mi vida anterior… pero a veces surgen dudas.
Una de las más preocupantes está relacionada con una existencia que me provoca un extraño sentimiento de anhelo, uno que parece ir más allá de lo que alguien sentiría por uno de sus personajes favoritos.
Mientras pensaba esto, una vaga figura de cabello rosa surgió en mi mente, como el gato de Schrödinger: algo que soñé que existía, pero cuya presencia nunca pude comprobar.
Todo esto, sumado al hecho de que me encontrara con Mami tras cruzar a un lugar aleatorio, no podía ser coincidencia.
No estaba dispuesta a creerlo.
Por eso había adoptado esta apariencia: quería inducir a Mami a hablar, a revelar algo.
Si me reconocía como Homura, significaba que me conocía; si no, tal vez ella estaba en una situación similar, o era una transmigrante como yo, o solo pensaba demasiado.
Si me reconocía como el demonio Homura, entonces era Mami tras los eventos de la rebelión, lo que podría darme pistas sobre mi situación.
O quizás… Yo realmente era Homura y no un transmigrado.
“Espero no tener que saberlo”, dije, nerviosa.
Aunque no me enorgullecía esta situación, la presión era más intensa de lo que mi yo anterior podría llegar a imaginar.
Mmmm… Mientras lidiaba con esta leve crisis de identidad, los párpados de la dormida Mami se movieron apenas.
El proceso fue extremadamente lento, casi imperceptible, pero finalmente los abrió.
Sus ojos, algo desorientados, se posaron sobre mí, y una expresión desconcertada apareció en su rostro: desconcierto, confusión y miedo.
“Homura…” Esas débiles palabras salieron de sus labios.
Al escucharlas, un fuerte latido surgió en mi corazón, provocando un repentino aumento de estrés.
Por un instante, un aura extraña emanó de mí debido al estrés y una leve pérdida de control; y aunque débil, fue suficiente para que innumerables personas dispersas miraran inconscientemente en una dirección específica.
En un amplio palacio dorado, un hombre con un solo ojo permanecía en un gran trono, meditando mientras una fiesta se llevaba a cabo frente a él.
De repente, un impulso brusco lo hizo levantar la mirada y ponerse de pie, dirigiéndose hacia un punto determinado.
Su acción hizo que todos a su alrededor se detuvieran y lo miraran.
Muchos se pusieron alerta, incluso algunos empezaron a preguntar qué había ocurrido, pero él no prestó atención.
Ni cuando sus dos hijos hablaron, ni cuando su esposa intentó moverlo, reaccionó.
Se quedó parado, mientras sus labios se abrían para pronunciar una única palabra.
“Desesperación.” Mientras esto ocurría, en un lugar extremadamente alejado del universo, un titán gigantesco en la oscuridad levantó la mirada.
Su cabina, sola con su trono en silencio, contrastaba totalmente con la escena anterior, pero al igual que aquel hombre, el titán sintió algo.
Sin embargo, lo que percibió fue distinto: donde el otro vio oscuridad, el titán vio algo que lo atrapó como una polilla en la llama.
Ante sus ojos apareció un gigantesco sol, como una visión.
Pero no era calor abrasador ni destrucción lo que sintió: era algo cálido, un sentimiento que creía perdido hacía mucho tiempo, como un hombre que encuentra esperanza tras vagar años por la luz en busca de una pequeña llama.
Una llama que ahora aparecía brevemente ante él, no como un destello, sino como un amable sol.
“Esperanza… amor”, murmuró el titán, extendiendo la mano hacia aquel sol que solo él podía ver, deseando acercarse aunque fuera apenas unos centímetros.
Crack.
El sonido de un vaso rompiéndose resonó en las concurridas calles de Mancharan.
Un hombre bien vestido sintió que algo iba mal.
Ese presentimiento fue vago, pero profundamente incómodo.
“Egoísmo… caos”, murmuró, sintiendo algo desconocido incluso para él como demonio.
Sintió miedo: un miedo distinto a todo lo que había experimentado, más instintivo que lógico.
Brrrr.
Un canto de llamas resonaba en un templo.
En medio de este, una mujer de túnicas amarillas cerraba los ojos, frunciendo levemente el ceño.
Su cuerpo estaba sentado frente a una especie de aura con varias esferas flotando a su alrededor.
El fuego la quemaba constantemente, y de ella surgían líneas negras que se dirigían hacia la llama.
Como formando un círculo virtuoso, una línea cálida conectaba con el mago supremo.
Era la función que el anciano había descubierto: quemar para obtener las cenizas del poder de Dormamu.
Esto la había puesto de excelente humor, pero incluso con ello no pudo evitar fruncir el ceño al sentir esa aura.
Era una presencia etérea, sin forma, pero resonaba con ella, inquietándola.
“Rebelión… sacrificio.” Mientras todas estas figuras de peso pesado se perdían en ese sentimiento, tratando de localizar su origen, algo lentamente emergió de una esquina.
Clan.
Clan.
Clan.
Clan.
En diferentes partes del universo, distintos sonidos de bloqueo resonaron, todos deteniendo de alguna manera una lanza que estaba destinada a matarlos.
La lanza pertenecía a un caballero negro que montaba una bestia y los había atacado sin dudar, interrumpiendo su concentración y haciendo que perdieran la percepción de esa sensación.
Todo por culpa del caballero negro que apareció de la nada en cuatro puntos distintos, interrumpiendo por la fuerza su investigación.
Esa leve distracción fue suficiente para que todos perdieran el hilo.
Aún conservaban una dirección general, pero habían perdido la oportunidad de localizar la fuente de aquel poder.
Esto provocó diferentes reacciones en todas las partes involucradas.
Extrema ira del hombre en el trono dorado, quien, ante los presentes aún aturdidos, destruyó de un solo movimiento la figura del caballero negro tras bloquear su ataque.
Precisión y sospecha del hombre en el centro de Nueva York, quien, después de bloquear el ataque, desapareció del lugar, dejando atrás a la figura negra.
Está, tras el fallo, se desvaneció en una esquina sin perseguir al demonio.
Curiosidad por parte del titán, quien, tras bloquear el ataque, no tomó represalias.
En su lugar, sostuvo la lanza del caballero mientras se acercaba con intención de capturarlo, pero finalmente sólo conservó un fragmento de su armadura.
Aquello no le disgustó.
En ese caballero, y en ese pedazo de armadura, sintió algo.
Sintió el aliento de aquel sol.
Un aliento que, aunque apenas era una brasa, fue suficiente para confirmar su esperanza; una esperanza que estimuló la gema azul que sostenía en su mano izquierda.
Y finalmente, cansancio y desgana del mago supremo, quien al ver aquella figura familiar solo pudo suspirar, con dolor de cabeza.
Ese día ya había matado a treinta de ellos, y comenzaba a odiar el color negro.
“¿Tú otra vez?
¿No podrías dejar de atacar?”, murmuró el mago supremo, exasperado.
Lastimosamente, no hubo respuesta.
El ataque, tras fallar, fue retirado antes de que otro pudiera seguirlo, obligando al anciano a prepararse para matar a esas cosas nuevamente, quién sabe cuántas veces más ese mismo día.
“Realmente quiero hacer las paces”, murmuró la anciana, profundamente indefensa.
A pesar de todo el acoso que había recibido de aquella sombra, en cierta parte la anciana la valoraba.
Después de todo, había estado protegiendo el río del tiempo de esos enemigos desconocidos, lo que le había proporcionado cierto alivio a la Suprema, quien agradecía no tener que lidiar con ello en ese momento.
Pues, tras descubrir esas formas de energía y el extraño fuego, el mago había encontrado una nueva forma de exprimir a Dormammu; una que, aunque no era tan eficiente, resultaba infinitamente más segura.
Sin temor, la anciana ahora tenía la confianza de convertir a Dormammu en una fuente de energía de movimiento perpetuo.
Y, si el fuego mostraba hostilidad, no dudaba en arrojarlo a la Dimensión Oscura para ver quién prevalecía entre éste y Dormammu.
Luego, si era posible, aprovecharía la debilidad de ambos y los convertiría en baterías, formando un círculo virtuoso: consumir a Dormammu mientras obtenía energía constante y limpia de la Dimensión Oscura.
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