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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Lamentos de un alma amable
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21: Lamentos de un alma amable 21: Lamentos de un alma amable “Homura…” repitió Mami.

En la solitaria capilla, la nerviosa Homura solo se quedó ahí, mirando a Mami en la banca mientras está también la observaba con desconcierto.

Ambas quedaron atrapadas en un silencio extraño, uno que Homura no sabía cómo romper.

Y justo cuando quiso preguntar algo, vio a Mami correr hacia ella.

Instintivamente, Homura quiso ponerse a la defensiva y atacar a aquella desconocida, pero cuando levantó la mano y miró a Mami a los ojos, su movimiento se detuvo en el aire.

Plop.

Con un sonido seco, Mami se abalanzó sobre Homura y la abrazó con fuerza.

Lágrimas cálidas salían de sus ojos, y la desconcertada Homura sintió cómo empapaban su pecho.

“Homura-chan… no sabes cuánto me alegra verte”, sollozó Mami en sus brazos.

El sollozo fue evidente para Homura, y en poco tiempo se convirtió en un llanto fuerte, cargado de penas que ella no sabía cómo manejar.

Así que simplemente se quedó allí, rígida, mientras Mami lloraba contra su pecho.

“Pobre Mami”, susurró una voz en el oído de Homura.

El susurro casi hizo que Homura saltara y mirara detrás de ella, pero la lastimosa Mami seguía en sus brazos.

Y, aunque no quisiera admitirlo, sentía que apartarla en ese momento era algo que no podía hacer.

“Espero que Homura pueda ayudarla”, continuó la voz mientras algo se apoyaba en su espalda.

La sensación era cálida, reconfortante, casi invitándola a descansar.

Pero al mismo tiempo era dolorosa, pues provocaba un inexplicable peso en su pecho.

“Aunque no creo que debería pedirlo”, murmuró la voz mientras los brazos se cerraban alrededor de Homura.

“Después de todo, Homura-chan, a pesar de todo, es una persona amable.” Tras aquel abrazo, la sensación en la espalda de Homura desapareció.

Y con ella llegó un profundo sentimiento de tristeza.

Una melancolía que hizo que Homura dejará de lado todas sus sospechas e ideas.

Solo pudo permanecer aturdida, intentando consolar a Mami mientras una sensación de soledad y vacío apretaba su corazón y su mente, volviéndola rígida y confusa.

“Mami… Está bien llorar”, murmuró Homura con suavidad mientras abrazaba a la sollozante Mami.

Ante sus palabras, el leve sollozo de Mami se convirtió en un llanto aún más fuerte.

Sus gritos y lágrimas brotaron con mayor intensidad, liberando todo lo que había guardado durante quién sabe cuánto tiempo.

Tal vez Homura podría haber usado un método más suave, pero pensaba que, al menos por ahora, Mami necesitaba desahogarse.

Y si no lo hacía ahora, quién sabía cuándo.

El llanto de Mami duró varios minutos.

Durante ese tiempo, Homura fue recuperándose poco a poco, pero, a diferencia de otras veces, no pensó demasiado en sus intenciones originales, en su identidad o en cosas similares.

En ese momento, lo que ocupaba su mente era aquel abrazo… y aquellas palabras.

Pensaba en Madoka.

Era obvio que estaba aquí, pero ¿dónde?

También había rectificado algo que hacía mucho dudaba: su transmigración no era tan simple como había pensado.

No había llegado a este mundo con el cuerpo del demonio Homura y, además, obteniendo un boleto gratis hacia el poder.

Sin embargo, también sabía otra cosa: era la persona de esa vida.

Los recuerdos pasados todavía le afectaba, incluso las emociones que traían consigo.

No era como ver una película; ella sentía las alegrías, las penas y todo lo demás que esos recuerdos contenían.

Pero tampoco era completamente ella.

Durante ese breve intercambio había sentido todo: alegría, alivio, amor y otras emociones que no eran desagradables.

Podrían engañar su cuerpo o su mente, pero no su corazón.

Ella lo sabía: Madoka —o esa Madoka que ocasionalmente aparecía— era una de las cosas más importantes para ella.

En ese breve instante había sentido la relevancia de Madoka en su corazón, algo cuyo origen desconocía… y que la inquietaba.

Aun así, una pregunta permanecía: ¿era Homura o era ella?

Cada vez era más difícil distinguirlo.

Y lo más aterrador era que aquello no estaba por suceder ni estaba sucediendo: ya había pasado, y no tenía ningún recuerdo, idea o pista de cuándo ni cómo.

“Mami”, llamó Homura cuando Mami finalmente se había calmado y había dejado de llorar en sus brazos.

“¿Qué está sucediendo… y por qué estamos aquí?” Sin planes ni sospechas, preguntó lo que atormentaba su corazón.

Ante la repentina pregunta, Mami pareció tensarse un poco antes de calmarse.

Con suavidad y algo de pena en su expresión, se levantó de los brazos de Homura con la mirada baja.

“Homura… lo siento”, intentó disculparse Mami con debilidad.

“Lamento que hayas tenido que verme en ese estado.” “…Descuida.

Parecía que lo necesitabas.” “Gracias.” Mami intentó animarse de nuevo frente a Homura, pero su intento fue torpe.

Sus ojos aún tenían lágrimas, y parecía muy difícil incluso intentar sonreír.

“Haaaa…”, suspiró Homura al verla así.

Click.

Un chasquido resonó en la oscura catedral.

Cuando Mami se distrajo, ya se encontraba sobre los muslos de Homura, y la silla en la que había estado antes se había convertido en un cómodo sofá donde ahora descansaba, mientras Homura seguía sentada en su misma posición.

“No tienes que esforzarte, Mami.

Solo intenta relajarte… y, si es posible, responde mis preguntas”, dijo Homura con suavidad, intentando ser amable.

Algo que le resultaba difícil, pues deseaba obtener respuestas, y cada segundo sin tener una la torturaba.

Pero, aun así, no tomó medidas más duras.

No solo porque una parte de ella sentía simpatía por Mami, sino porque cada vez que pensaba en hacer algo más directo, aquellas palabras volvían a su mente.

“Espero que Homura pueda ayudarla.” Esa sola frase hacía que Homura no pudiera tomar opciones más directas.

Incluso la idea moría antes de formarse por completo, como si ignorar esas palabras —y a la persona detrás de ellas— pudiera herirla.

No físicamente, sino en algo más etéreo, como si la simple posibilidad de entristecer a alguien resultara insoportablemente dolorosa.

“…Siento mucho que tengas que ver a tu mayor en este estado”, dijo Mami de nuevo, esta vez con una expresión genuinamente cansada.

“En cuanto a tu pregunta, Homura, me temo que no sé tanto como crees.” “No necesito mucho.

Solo quiero saber qué te pasó… y qué recuerdas”, respondí.

“…” “Hay muchas cosas que, al menos por ahora, no deseo recordar.

¿Puedo evitar mencionar esas partes?” preguntó Mami con dolor y culpa en la voz.

Sentía la urgencia de Homura, pero había asuntos que ni siquiera se atrevía a pensar.

Temía que, si empezaba, volvería a derrumbarse.

“Responde solo lo que puedas.

Lo demás vendrá a su tiempo”, contesté, intentando ser comprensiva.

“Gracias”, murmuró Mami antes de cerrar los ojos.

Con los ojos cerrados, comenzó a recordar uno de los pocos momentos felices de su vida.

Y, mientras lo hacía, pensó también en su último momento… y en la última vez que vio a Homura.

“Supongo que todo empezó a ir mal desde la última vez que tuvimos aquella reunión de té”, comenzó a relatar.

“En esa reunión, Sayaka, tú y yo celebramos —junto a Kyubey— la primera cacería de Sayaka, y cómo, a pesar de ser nueva, ya podía cazar bestias.” “Espera… ¿bestias?” murmuré, sintiendo que algo no encajaba mientras mi corazón se oprimía.

“Sí”, respondió Mami, algo confundida.

“Esa noche, tú y las demás habíais terminado de enseñarle a Sayaka.

Estábamos felices y, de repente…” “¿De repente…?” “Nada.

Es como si hubiera un vacío entre ese recuerdo y los que siguen”, murmuró Mami, aturdida.

“Cuando recuperé la conciencia me encontré en…” A mitad de la frase se detuvo.

Sus ojos se posaron sutilmente en Homura, como si dudara en decirlo.

“Me encontré en un orfanato… y tenía ocho años”, murmuró con debilidad.

“Viví allí un tiempo y luego me uní a la iglesia local gracias a las monjas.” Tras esas palabras, Mami permaneció en silencio durante largo rato.

Una expresión dolorosa apareció en su rostro, como si los recuerdos a partir de ese punto se volvieran demasiado pesados.

“Ya veo”, murmuré mientras confirmaba con Kyubey, en el Jardín de Plata, a través de ciertos medios, que aquella declaración era completamente real.

“Ya no podía ser una chica mágica”, murmuró Mami con la mirada perdida.

“Y gracias a eso ya no podía hacer muchas cosas.

Lo intenté… lo intenté muchas veces, pero lentamente todo iba en una dirección peor.” Tras decir esto, Mami se encogió sobre sí misma mientras estaba recostada y poco a poco adoptó una posición fetal.

“Al final no pude salvar nada.

Incluso pensé que estaba loca, porque cuando intenté decirle a alguien que había sido una chica mágica, la gente solo me llamó loca… y me maltrató”, murmuró.

“Todo eso durante años.

Años en los que vi muchas cosas malas, y cada intento por arreglar algo solo llevaba a un final peor.” “…Al menos lo intentaste.

Eso es mucho más de lo que muchos podrían decir”, respondí.

“¿De qué servía si al final todo solo empeoró por mi culpa?”, gimió Mami mientras las lágrimas comenzaban a caer.

“Al final no serví para nada… incluso cuando intenté terminar con todo…” Ante ese último susurro, Mami cerró los ojos.

Homura captó de inmediato algo peligroso en esas palabras, algo que le dijo que Mami había intentado algo incluso para ella demasiado trágico.

“Mami… usted…” “Intenté acabar con mi vida”, murmuró Mami con un hilo de voz.

Mientras más hablaba, más preocupada se volvía Homura.

La situación parecía mucho peor de lo que había imaginado, tanto que ya empezaba a considerar tomar medidas más drásticas si era necesario.

“Intenté saltar al agua”, continuó Mami, como si al fin estuviera liberando todo lo que había acumulado durante años.

“Frente al lugar donde me habían acogido, en uno de los canales más apartados, me até una piedra a la pierna… y salté.” “Y en lugar de nadar, me dejé hundir.

Pensé que por fin podría descansar.

Creí que sería libre de todo… que mi sufrimiento terminaría.” “Pero conforme bajaba más y más, lo único que sentía era desgana.

Mientras me hundía… sólo veía cómo la oscuridad me tragaba.” “Y en medio de esa oscuridad… solo pude pensar en ustedes.

En ti.

En Kyoko, Sayaka… incluso en Kyubey.” “Pensé en no poder volver a verlos.

Pensé en toda la gente que había intentado ayudarme… y en todos los que, a pesar de todo, me habían querido de verdad.” “Justo cuando la piedra tocó el fondo… descubrí algo.” Mami cerró los ojos por un momento, como si todavía pudiera sentir el agua helada rodeando su cuerpo.

“Yo… en realidad… a pesar de todo… aún quería vivir.” Su voz tembló.

“Pero ya era demasiado tarde.

La piedra me mantenía lejos de la superficie.

El agua llenaba mis pulmones… y la luz estaba cada vez más lejos.” Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

“En ese momento lo entendí.” “Cuando estás cayendo… cuando ya no puedes volver atrás… de pronto ves las cosas con claridad.” “Ves todo lo que todavía querías hacer.

Todo lo que aún amabas.

Todo lo que no querías perder.” “Pero ya no podía hacer nada.

Me estaba muriendo… o eso pensé.” “Justo cuando estaba a punto de perder la conciencia, la cuerda que me mantenía atada se rompió.

No supe si debía agradecer que fuera tan pobre que la cuerda era de mala calidad… o si había sido algún milagro.” “Pero gracias a eso lo intenté una última vez.” “Nadé… nadé incluso cuando mi vista era borrosa.” “Pero no llegué a la superficie.” “Me desmayé a medio camino.” “Después de perder toda esperanza… caí en coma.” “Pensé que moriría… pero no fue así.” “Cuando volví a abrir los ojos descubrí que estaba flotando.

Flotaba en medio de los canales.

Mi cuerpo inmóvil se mantenía sobre el agua fría.” “Estaba viva.

A duras penas.” “Mi cuerpo se movía… pero mi mente no funcionaba bien.” “No sé si fue por toda el agua que había tragado o por haber pasado toda la noche en el agua helada… pero enfermé gravemente.” “No podía pensar con claridad.

Ni siquiera recordaba bien lo que había pasado.” “No fue hasta que te vi aquí… que pude pensar con claridad otra vez.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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