Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 3
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3: La primera impresión 3: La primera impresión Era una mañana normal para Tony.
La luz del sol se filtraba por la ventana, iluminando las sábanas revueltas y el cuerpo dormido de una modelo entre sus brazos.
Nada nuevo, solo otro día en la vida de Tony Stark.
Tock.
Tock.
Tock.
Unos golpes sonaron en la puerta.
De manera informal, una mujer rubia con traje entró en la habitación sin pedir permiso.
No era otra que Pepper Potts, quien apenas cruzó el umbral encendió y apagó las luces constantemente .
“Arriba, Tony.
Es hora, y llegas tarde.” “Mmm…” gimió Tony, quitándose la sábana de encima con pereza.
“Pepper, ¿no podrías darme cinco minutos?” “Tu reunión con los militares es en cuatro horas y treinta y ocho minutos.
Si te levantas ahora y te vistes en el avión, aún puedes llegar presentable.” La voz de Pepper era tan fría como el aire que golpeaba por la ventana por la mañana.
“Que esperen, además si me voy dentro de una hora aún podré llegar a tiempo.” “Dijiste eso ayer, y sigues aquí.” Tony suspiró con resignación mientras se sentaba, despertando levemente a la modelo que dormía a su lado.
“Está bien… déjame, me baño y me alisto.” “Perfecto.
Jarvis, desactiva el agua caliente.” ordeno Pepper antes de salir de la habitación.
“Entendido, señorita Potts.” Tony arqueó una ceja.
“Jarvis, ¿desde cuándo le haces tanto caso a Pepper?” “Usted implantó la orden de que, en este tipo de casos, la señorita Potts tiene autoridad total.” “¿Y cuándo ordené eso?” “El mes pasado, durante una fiesta en la que usted se quedó dormido, causando un retraso de tres horas en una reunión importante.” “Ah… sí, ya lo recuerdo.” Una sonrisa se dibujó en su rostro al rememorar el episodio.
Pepper había estado tan molesta que no le habló durante dos días, salvo por asuntos de trabajo.
“Recuérdame deshacer esa orden.” “Recordatorio guardado, señor.” “Y no olvides llamar a Rhodes.
Dile que, si quiere que llegue a tiempo, que me dé un aventón.” Seis horas después, un avión caza aterrizó con estrépito en la pista militar.
Tony descendió con su habitual aire de suficiencia, el casco en una mano y con una expresión que era el ego personalizado.
A su lado, un hombre de piel oscura apagaba la consola del avión.
“Gracias por recogerme, Rhodes.” “No me lo agradezcas, Tony.
Si no te traía a tiempo, mi superior me arrancaba la cabeza.” “Vamos, no puede ser tan malo.
Dile que le daré un treinta por ciento de descuento y asunto arreglado.” Rhodes bufó, cansado por el comentario de Tony.
“Sabes, Tony, realmente quisiera cuestionarte… pero conociendo a mi superior, lo haría incluso por un veinte.” Ambos caminaron en silencio por la pista, el aire cargado de calor y olor a metal.
Tony sonrió, satisfecho.
Apenas llegaron a las inmediaciones, un convoy militar ya los esperaba.
El sol del desierto caía sin piedad sobre las carcasas relucientes de los vehículos, y el viento levantaba remolinos de polvo que golpeaban los trajes y las gafas de los soldados.
Tony, con su habitual ego al máximo, alzó una mano en saludo y soltó un comentario que apenas se oía por el rugido de los motores.
“Ah, el sonido de la eficiencia estadounidense.” Rhodes, caminando a su lado, no respondió.
Ya conocía ese tono.
Sabía que Stark estaba en su elemento, y cuando eso pasaba, lo mejor era dejarlo ser o se volvería molesto.
El grupo se detuvo frente a una pequeña colina rocosa, donde se levantaba una estructura improvisada de acero y concreto.
Entre lonas que flameaban por el viento esperaba el dispositivo que los había llevado hasta ese pedazo olvidado del desierto: el misil Jericho.
Tony subió los escalones metálicos del podio con la confianza de un hombre que nunca duda.
Un soldado le ofreció un micrófono, pero él lo rechazó con un gesto casual.
No lo necesitaba; su voz bastaba.
“Damas y caballeros…” dijo, extendiendo los brazos con teatralidad.
“Permítanme presentarles la joya de la corona de Industrias Stark: el sistema de misiles Jericho.” Un silencio expectante se extendió mientras el viento zumbaba entre los cascos de los soldados.
“Dicen que la mejor arma es la que nunca tienes que disparar.
Yo prefiero la que solo necesitas disparar una vez.” Una sonrisa cruzó su rostro.
“Eso es el Jericho.
Entregas la paz… con autoridad.” En ese instante, las compuertas del sistema se abrieron y una ráfaga ensordecedora estremeció el aire.
Un misil se elevó como una lanza ardiente contra las montañas.
La detonación fue monumental: una ola expansiva levantó una muralla de polvo que recorrió el valle, haciendo temblar el suelo bajo sus pies.
El viento rugió.
El polvo los cubrió a todos.
Y Tony, con una calma casi cínica, extendió los brazos como si presentara una obra maestra.
“Y ahí lo tienen: el Jericho.
Y como oferta especial cada unidad incluye una bebida a elección del cliente.” Detrás de él, la nube de humo formaba una cortina majestuosa sobre el horizonte.
Los soldados lo miraban entre atónitos y fascinados, mientras Rhodes solo negó con la cabeza, exhalando resignado.
Tony bajó del podio con una sonrisa impecable, el viento agitando su corbata, y murmuró para sí: Mientras la demostración se llevaba a cabo, una tercera observaba todo desde una ventana.
Era Homura, quien había estado vigilando a Tony desde el día anterior.
Algo que, sinceramente, no era difícil.
Literalmente parecía llevar un cartel luminoso que decía mírame, sobre todo después de la fiesta de anoche.
Lo único inconveniente fue tener que cortar la vigilancia a mitad de camino… debido a la modelo y a un Tony demasiado ebrio.
“Ya casi es la hora,” murmuré, observando la familiar escena de la película.
“Todo está listo.
Solo queda que usted haga su actuación,” informó Kyubey, acomodándose cerca.
“Sí… la actuación,” respondí mientras cerraba los ojos.
Inspiré y exhalé lentamente, intentando calmar mi pulso.
Mi corazón latía rápido, pero poco a poco la serenidad regresó.
Era extraño: la calma se me daba más fácil de lo que recordaba.
Cuando volví a abrir los ojos, la sonrisa que antes tenía había desaparecido por completo, reemplazada por una expresión fría y neutral.
Por curiosidad, conjuré un espejo frente a mí.
El reflejo mostró a Homura con un rostro inexpresivo, perfectamente inmóvil.
No parecía forzado; por el contrario, se veía natural.
Incómodamente natural.
Exacto al de la Homura original.
“El tiempo está llegando.
¿Está lista?”, recordó Kyubey mientras saltaba al lado mío.
“Estoy lista, incubador,” respondí con voz fría.
“Entonces empieza la obra,” dijo él, girando la mirada hacia la ventana.
La imagen en este se transformó.
Tony Stark aparecía riendo, copa en mano, conversando con varios soldados.
Hablaba de todo: su fama, su genialidad, el sexo de una soldado, e incluso presumía cómo en diciembre se había acostado con gemelas.
Y justo cuando estaba a punto de tomarse una foto con un soldado fanático… BAM.
Los disparos estallaron.
El ambiente alegre se evaporó al instante, reemplazado por un caos absoluto.
Gritos, órdenes, explosiones.
Los soldados corrieron a cubrir a Tony, intentando devolver el fuego, pero uno tras otro fueron cayendo.
Aquellos hombres y mujeres que minutos antes reían, ahora morían frente a los ojos del millonario.
El narcisismo de Tony, su superioridad, se desmoronaban segundo a segundo.
La desesperación lo devoró y, presa del pánico, cometió su mayor error: ignorar la última advertencia de su fanático soldado.
No salgas del jeep.
Una frase tan simple.
Pero el ego no escucha advertencias.
Y así, Tony salió corriendo, tratando de escapar mientras las balas rozaban su cabello.
Milagrosamente, ninguna lo alcanzó.
Pero hasta los milagros tienen un precio.
Una sombra cayó frente a él.
BAM.
Una bomba aterrizó con un sonido seco a escasos metros.
En su superficie, grabado con precisión, se leía el nombre Stark Industries.
Una ironía cruel.
Tony se quedó paralizado, mirándola sin comprender.
Un segundo de duda.
Un segundo que le costó su única oportunidad de sobrevivir.
BOOM.
La explosión lo lanzó por los aires.
Su cuerpo voló mientras una ola de fuego lo envolvía.
Entre el humo y la metralla, alcanzó a ver la llama del misil que una vez había presentado con orgullo.
Y entonces… todo se detuvo.
Las llamas quedaron inmóviles, suspendidas en el aire.
Los fragmentos de metal flotaban a su alrededor como insectos atrapados en ámbar.
Incluso el viento se había congelado.
“Stark Industries 70mm Air-to-Ground Tactical Missile.
Modelo mejorado del Hydra 70 estadounidense.
Cohete no guiado, explosivo fragmentario, diseñado para máxima eficiencia en ambientes que requieren baja destructividad pero alta eficacia.” En medio de aquel mundo detenido, una voz suave y casi dulce resonó junto al oído de Tony.
A pocos pasos de él, había aparecido una mesa de té con sombrilla: el tipo de mobiliario que se vería en un restaurante elegante, completamente fuera de lugar en medio de aquel campo de batalla congelado.
En una de las sillas, una joven de cabello negro y ojos morados lo observaba con una calma casi antinatural.
Su belleza era gélida, casi inhumana, y contrastaba con las sombras que parecían rodearla.
Con un tono tan sereno como inquietante, recitaba las especificaciones del proyectil que acababa de explotar.
“Es una buena arma.
Una de tus mejores creaciones en los últimos años, si me preguntas.” Su voz tenía la suavidad de un cuchillo afilado.
“Su eficiencia ha sido perfecta.
Si tuviera que contar la cantidad de personas que han muerto por ella, me tomaría un buen tiempo… más aún considerando que ese número sigue creciendo constantemente, incluso mientras hablamos.” Tras esas palabras, la chica guardó silencio.
Tomó con delicadeza una taza de té y bebió un sorbo, en completo sosiego.
Aquellos breves segundos fueron una eternidad para Tony.
Las palabras de la joven lo atravesaron como metralla invisible.
En ese instante, toda la realidad que había ignorado lo golpeó con brutal claridad.
Una mezcla de culpa, malestar y duda se instaló en su pecho, envenenándolo lentamente.
“Ffff…” suspiró ella, exhalando una diminuta nube de vapor que flotó en el aire inmóvil.
Clip.
El sonido era nítido en aquel mundo detenido.
La joven dejó la taza sobre la mesa, se incorporó con calma y, con un gesto pausado, recogió su cabello para dejar que un viento inexistente lo acomodara sobre sus hombros.
“Pero no estamos aquí para hablar de tus pecados.
Eso será en otro momento.” La chica se acercó a Tony con paso lento.
Frente a sus ojos, se detuvo justo ante la metralla suspendida en el aire.
“Estamos aquí para conocernos”, contestó la chica mientras tomaba un fragmento de metralla y lo sostenía con sus dedos.
“O más bien, para que tú me conozcas a mí, pues mientras tú no sabes nada de mí, yo sé todo sobre ti.” Click.
Con un pequeño chasquido, la metralla en las manos de la chica se agrietó y se convirtió en polvo fino.
Aquel polvo lo tomó y lo usó para empezar a escribir algo en el aire con una impecable letra cursiva.
“Espero aprecies este pequeño gesto de buena fe como primera reunión, Tony Stark… o debería llamarte…” “Reus Captivus.” Con esta frase, el último trazo se detuvo.
BAM.
Con un sonido seco, el cuerpo de Tony cayó al suelo mientras un dolor sordo le quemaba el pecho y lo hacía apretar los dientes.
Aún confundido, intentó moverse solo para ver una gran mancha de sangre en su pecho.
Sin pensar demasiado en lo que había visto —o tal vez sin tiempo por la desesperación— intentó quitarse la camisa, revelando una gran mancha roja en su chaleco.
Una mancha roja que apenas pudo distinguir mientras su visión se atenuaba y se desvanecía, pues ese esfuerzo le había consumido las últimas fuerzas que le quedaban tras la explosión y la herida.
Mientras la mente de Tony se hundía en la oscuridad, Homura observaba todo desde la pantalla y, al hacerlo, sonreía satisfecha.
Satisfecha porque ahora el reloj de arena negra y morada contenía una cantidad mayor que la original.
No era demasiado, pero sí notable.
“Parece que funcionó a la perfección”, dije, complacida, mientras veía cómo la arena aumentaba.
Todo tras haber hecho un consumo mínimo.
“Fue una gran idea utilizar la cronostasia para simular la detención del tiempo, Kyubey”, elogié con serenidad.
“Por supuesto”, respondió Kyubey con orgullo.
Sí, cronostasia.
Lo que Homura había usado no era la costosa detención total del tiempo; por el contrario, para crear aquella escena había empleado una combinación de trucos.
El primero era la cronostasia, o la sensación de que el tiempo pasa más lento.
Este fenómeno le permitió expandir el momento antes del final de la escena.
Luego, solo fue cuestión de entrar ella misma en cronostasia y transmitir una imagen —una ilusión— a la mente acelerada de Tony.
Podría decirse que toda la operación fue extremadamente barata.
Lo único costoso había sido la curación y la telequinesis.
La curación, para evitar que el cerebro de Tony sufriera daños por permanecer en ese estado durante tanto tiempo.
Y la telequinesis, la misma que usó para mover los fragmentos de metralla, acomodarlos y manipularlos como deseaba: ya fuera para dar la ilusión de que los tomaba con las manos, o para mantener el impulso suspendido y simular que, aún tras su manipulación, el tiempo y la inercia original seguían allí.
En pocas palabras, había creado una gran escena, elevado su poder y obtenido una ganancia mucho mayor de la que invirtió.
Ese había sido el resultado más satisfactorio… bueno, satisfactorio para ella.
No para el pobre Tony, que aún tenía fragmentos de metralla incrustados en algunas zonas —no mortales, pero sí dolorosas— y, sobre todo, un nuevo tatuaje en el pecho.
Un tatuaje que, una vez fuera visto al despertar, le otorgaría una nueva tanda de arena negra y morada.
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