Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 4
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4: Las dos caras de la misma moneda 4: Las dos caras de la misma moneda Frío.
Eso era lo único que Tony sentía.
Su cuerpo no existía, el dolor tampoco.
En la infinita oscuridad, lo único que podía hacer era existir.
Sin embargo, pese a estar sumido en aquella negrura sin fin, un leve olor a flores alcanzó su nariz.
Era un aroma reconfortante, perfecto, casi sacado de sus mejores recuerdos.
Aunque no pudiera ver ni moverse, ese simple olor le acariciaba el corazón como un consuelo suave y cálido.
“Despierta.
Tu escenario ha comenzado y todos los actores están en sus lugares.” Con aquella voz, Tony recuperó poco a poco la consciencia.
Primero vino el dolor: una punzada abrasadora en el pecho.
Luego, el calor, el sudor y la sensación de tierra pegada a su piel.
Después, la visión —borrosa, temblorosa— que le permitió distinguir un techo de piedra cubierto de polvo.
Finalmente, los sonidos: un canto distante, humano y extraño.
Desorientado, intentó moverse.
Cada músculo protestó.
Su cuerpo dolía como si hubiera sido ensamblado con piezas ajenas.
Una molesta presión en la nariz le hizo notar un tubo insertado que, al arrancarlo, le provocó una arcada.
El tubo era mucho más largo de lo que esperaba.
“Haaa…” gimió Tony, tosiendo, con la garganta seca.
Giró la cabeza con dificultad.
A su lado había una batería, y de ella salían cables que se conectaban directamente a su pecho, al notar esto intentó tocar el lugar en donde estaban conectados.
“Si fuera tú, no lo tocaría tanto.
Aunque te lo quites no morirás, pero reducirías las probabilidades de seguir vivo.” La voz provenía de las sombras.
“¿Qué me hiciste?” preguntó Tony, con la voz rasposa, mirando hacia la figura apenas visible.
“Terminé lo que Dios empezó.” El hombre dio unos pasos y se sentó frente a él.
“¿Terminar lo que Dios hizo?” repitió Tony, incrédulo.
“Reus Captivus.” Aquella simple frase le borró el aturdimiento del rostro.
Tony lo miró con una mezcla de miedo y desconcierto.
“¿Cómo sabes eso?” “Bueno, lo tienes literalmente tatuado en el pecho.
Justo al lado del imán.” Tony bajó la mirada.
A pesar del dolor, se arrancó las vendas con torpeza.
La piel se sentía tirante, ardida.
Cuando la última capa cayó, reveló dos cosas: el reactor incrustado en el centro de su pecho… y, a un costado, una frase grabada a fuego.
“La cauterice para prevenir una infección,” comentó el hombre al ver el texto carbonizado en la carne viva.
“¿Tú hiciste esto?” gruñó Tony, con un destello de rabia en los ojos.
“No.
Fue Dios quien lo hizo.” El hombre tomó algo de su bolsillo y se lo arrojó a Tony, que seguía postrado en la cama “¿Qué es esto?” murmuró, intentando enfocar con la vista mientras tomaba lo que le habían arrojado.
“Metralla”, respondió el hombre con calma.
“Usualmente esto se conoce como ‘la muerte andante’, porque los fragmentos tardan en llegar a los órganos vitales.
Pero en tu caso, no.” Lo observó detenidamente, o más bien, observó las palabras tatuadas en su pecho.
“De todas las heridas que he tratado en mi vida, la tuya es la viva imagen de un milagro.
Los fragmentos no alcanzaron nada importante.
Son difíciles de extraer, pero no representan un peligro inmediato.
En circunstancias normales eso sería imposible… aunque logré crear un imán que mantiene las piezas en su lugar hasta poder tratarte con mejor equipo.” “¿Y qué hay de esto?” preguntó Tony, señalando las marcas quemadas en su pecho.
Ante la pregunta, el hombre guardó silencio.
Lo observó por un instante, meditando su respuesta.
“Cuando te trajeron y me pidieron que te atendiera, tenías dos heridas: una provocada por la metralla que entró, y otra… por esa marca en tu pecho.
Fue creada por polvo de metralla disparado.
Extrañamente, el polvo no se dispersó ni causó una explosión secundaria; se incrustó directamente en tu piel con la fuerza suficiente para quemarla y dejar esa forma sin dañar nada más.
Otro milagro, si me lo preguntas.” Bajó la mirada, pensativo.
“Yo solo removí los restos de metal y terminé de calcinar la herida para evitar infección.
Irónicamente, eso hizo que la marca quedará aún más nítida.” El silencio volvió a llenar la cueva.
Tony procesaba cada palabra, sin apartar la vista del grabado en su pecho.
Su mente regresó al instante antes de desmayarse, a la escena detenida en el aire y a la joven de cabello negro y ojos morados.
“¿Qué significa?” preguntó, aún confundido, mientras su mente racional intentaba encontrar sentido a todo aquello.
“Reus Captivus.
Es latín.
Significa ‘prisionero acusado’.” El hombre desvió la mirada hacia una esquina.
Tony siguió la dirección de sus ojos y vio, en lo alto de la cueva, una cámara grabando la escena.
“No podría ser más apropiada la frase”, dijo el hombre finalmente, observando el lente con una sonrisa apenas visible.
Clip Clip Luego de que esas palabras fueran dichas, la puerta metálica en la entrada de la cueva comenzó a traquetear.
Fue abierta de golpe, y varios sujetos armados entraron de inmediato.
Mientras todo esto ocurría, Homura observaba el espectáculo como si fuera una película.
Bueno, literalmente lo era, pues estos eran los eventos originales de aquella historia, con ligeros cambios… cambios provocados por ella y su efecto mariposa.
“Tony ya empezó su actuación”, susurré mientras veía a Tony ser golpeado por un terrorista y luego ahogado por su falta de cooperación.
“Parece que incluso estos movimientos involuntarios están afectando la trama”, comentó Kyubey con tono neutro, mientras observaba de reojo cómo una pequeña cantidad de arena morada y negra se añadía en los relojes.
Era poca, apenas unos cientos de granos cada cierto tiempo, pero representaba un progreso… y un resultado fascinante.
“Sí, parece que sí.
Pero ¿por qué será?”, me pregunté, apartando la mirada de Tony en la ventana.
Tomé uno de los relojes y noté cómo se añadía una diminuta cantidad de arena cada vez que Tony sufría en la pantalla.
Muchas conjeturas cruzaron mi mente, pero la más razonable fue que, hasta cierto punto, lo había salvado.
Aunque Tony originalmente sobreviviría sin mi interferencia, el hecho de haber actuado cuenta como que lo ayudé a salvarse.
Por lo tanto, que siga vivo es, en cierta parte, mi culpa.
Y, debido a que sigue vivo… está siendo torturado.
“Oye, Kyubey, por curiosidad, ¿qué hora es en Nueva York?” “Actualmente son las doce en Afganistán, por lo que serían las tres de la mañana en Nueva York”, respondió el incubador con naturalidad.
“Entonces es el momento en que todos duermen”, pensé mientras observaba a Tony siendo torturado, y decidí cambiar decisivamente.
Tras modificar la imagen en la ventana, sintonizé un mundo completamente teñido de hielo y nieve.
Un lugar insípido y sin nada interesante… o al menos así sería si no fuera porque bajo el hielo se hallaba una paleta muy especial.
Una que había sido encontrada gracias a Kyubey, quien, por molesto que fuera, tenía el cerebro de una supercomputadora.
Solo necesitaba los datos del lugar de despegue, dirección y otra información para calcular las posibles zonas de impacto.
“Aún sigo dudando de cómo lograste encontrarlo usando solo matemáticas”, me quejé mientras veía la imagen de la paleta congelada más famosa de Marvel.
“Es solo cálculo.
Casi todo puede resolverse así.
El único problema fue el desplazamiento accidental, pero se corrige fácilmente.” “Si tú lo dices…” Sin querer adentrarme más en ese tipo de temas, dejé de prestar atención a cómo Kyubey había localizado la paleta congelada y me centré en la pantalla.
Mientras observaba al hombre atrapado bajo el hielo, materialice una cuerda de la nada.
Era tan delgada como el hilo de una araña, y apunté un extremo hacia el cuerpo congelado.
Como si tuviera vida propia, la cuerda salió disparada de mis manos y, con precisión quirúrgica, envolvió al hombre aún sepultado en el hielo.
En ese instante, con un suave gesto de la otra mano, revelé otra ventana.
A diferencia de la blancura gélida del hielo, está mostraba a una mujer extremadamente anciana acostada en una cama de hospital, aún dependiente de un respirador para seguir con vida.
“Considéralo un regalo de mi parte.
Después de todo, no sé si podrás volver al pasado tras mi llegada… así que lo mínimo que puedo hacer es darte ese baile que tanto deseabas”, murmuré con una débil y sutil sonrisa.
Una vez conectadas ambas cuerdas, las sostuve entre mis manos y, con cuidado, cerré los ojos.
“Kyubey, por favor… ayúdame a dirigir este baile.” “Será un placer”, respondió el incubador antes de cerrar los ojos también.
“¡Haaaaa!” Con un sobresalto y una sensación de caída, un hombre dormido se incorporó de golpe en la cama.
El sudor frío le recorría el rostro, y la sensación de vacío seguía latiendo en su estómago.
“…” Por alguna razón, sentía que debía estar en otro lugar.
Esa sensación se volvió aún más inquietante cuando los recuerdos lo atacaron: la pelea con Cráneo Rojo, la muerte de éste a sus manos, el cubo cósmico, el avión fuera de control, las últimas palabras de peggy por la radio… Y luego, nada.
En algún punto los recuerdos se interrumpieron, dejando a Steve desconcertado.
Aún más cuando, al mirar a su alrededor, notó que no estaba en un lugar ártico, ni en un laboratorio enemigo, ni en un hospital aliado.
Estaba en una cama roja estilo king, dentro de una habitación dorada, lujosa, casi demasiado.
Todo parecía sacado de un sueño victoriano: cortinas, columnas, lámparas, molduras.
El color dorado se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
“¿Dónde… es esto?”, murmuró Steve, aturdido.
Definitivamente no era un sitio conocido.
Y, mientras analizaba su entorno en busca de una salida, notó que a un costado de la cama había una charola de plata.
Sobre ella, un esmoquin negro y una hoja perfectamente doblada con una sola palabra: Pónmelo.
“…” Extrañado, Steve tomó la nota y la revisó varias veces.
No había nada más escrito.
Aún con dudas, y consciente de que solo llevaba una camisa blanca y unos pantaloncillos, decidió hacer caso.
Tomó el traje negro y comenzó a ponérselo.
Resultó sorprendentemente fácil de ajustar, incluso la pajarita: era del tipo que solo se encaja, como las de los niños.
Steve lo consideró vergonzoso, pero lo agradeció en silencio.
Aquella prenda siempre había sido su punto débil.
Ya vestido, se miró en un espejo de cuerpo completo.
Al verse, se acomodó la pajarita con un gesto inconsciente, sólo para descubrir —con vergüenza— que, efectivamente, era una pajarita infantil.
“Bueno… Esto es algo incómodo”, comentó, antes de mirar hacia la puerta y decidir salir.
Sin embargo, a medio camino se detuvo.
Miró la charola sobre la cama, la tomó y la tanteó, probando su peso, su borde, su dureza.
“Es blanda, pero servirá para un intento”, murmuró, sosteniéndola como si fuera un escudo improvisado.
Apenas cruzó la puerta, se encontró con una criada enmascarada esperándolo en un amplio pasillo dorado.
“¿Puedo saber qué…?” “La corbata está mal posicionada y el traje ligeramente desvaído”, dijo la criada en cuanto lo vio.
Sin darle tiempo a responder, se acercó.
Steve se mantuvo alerta, pero bajó la guardia al notar sus intenciones.
La mujer solo ajustó su ropa: corrigió el cuello, limpió las solapas, y cambió la pajarita infantil por una de verdad.
Cuando terminó, la criada —con una máscara de conejo blanco— hizo una reverencia y dio un paso atrás.
“Su cita lo espera, señor.
Por favor, no la haga aguardar”, dijo con amabilidad, señalando el pasillo dorado.
“¿Mi cita?”, preguntó Steve, más confundido que nunca.
No obtuvo respuesta.
La criada se quedó inmóvil, en silencio, ignorando cualquier intento de conversación.
Incómodo, Steve suspiró y decidió avanzar, aún con la charola en la mano.
El pasillo era tan majestuoso como la habitación, pero algo en las paredes lo inquietó.
A la derecha, colgaban cuadros que representaban escenas de caos y apocalipsis.
A la izquierda, paisajes cálidos, impregnados de inocencia.
Dos mundos opuestos, pero en perfecta armonía… y esa combinación lo perturbaba profundamente.
Sin embargo, fueron los dos últimos cuadros los que lo detuvieron.
El primero mostraba a una chica arrodillada frente a una pintura en una pared de piedra, como si se aferrara a los pies de la imagen con desesperación.
El segundo retrataba a la misma chica, arrodillada sobre un charco oscuro en un jardín, donde se destacaban dos sillas vacías.
Ambos cuadros compartían a la misma protagonista: una joven de cabello negro.
Pero lo que más lo impactó fue la sensación que transmitían.
Le provocaban una angustia real, como si la desesperación que emanaba de esas imágenes pudiera atravesar el lienzo y colarse en su pecho.
Clik.
Mientras Steve contemplaba los cuadros, se escuchó el sonido de una cerradura.
La gran puerta frente a él se abrió sola.
Al hacerlo, un inmenso salón de baile apareció ante sus ojos: estaba completamente lleno de personas con máscaras que danzaban en perfecta sincronía, como si fueran un solo ser.
Ante tal visión, Steve sintió cómo se le entumecía el cuero cabelludo.
Había algo profundamente antinatural en aquella escena.
Sin embargo, a pesar de su instinto de no entrar, una figura de espaldas, al fondo del salón, llamó su atención.
Su forma, su cabello, su silueta… la reconocería en cualquier lugar.
“Peggy…” murmuró Steve, dejando la charola a un lado y avanzando lentamente hacia el interior.
La figura pareció notar su presencia.
Giró apenas, y en el momento en que sus ojos se encontraron, el tiempo se detuvo.
Peggy lo observó con incredulidad; sus labios temblaron, incapaces de pronunciar palabra alguna mientras Steve se acercaba.
“Peggy, este lugar no es—” comenzó el Capitán, intentando advertirle, pero su voz se quebró al verla llorar.
Dos líneas de lágrimas resbalaron por el rostro de Peggy.
Sus ojos vidriosos lo miraban con una mezcla de amor y reproche que Steve no podía soportar.
El héroe, el soldado, el hombre fuera del tiempo… no supo qué hacer.
No tuvo que decidirlo.
Peggy corrió hacia él y, antes de que pudiera reaccionar, se arrojó a sus brazos, sollozando con una desesperación que lo desarmó por completo.
“Peggy…” susurró Steve, ablandado, mientras la sostenía con fuerza y sentía sus lágrimas empapar su traje.
“Mentiroso…” fue lo único que ella alcanzó a decir entre llantos.
Frente a tal acusación, Steve se quedó paralizado.
No comprendía sus palabras, pero sus brazos se cerraron más sobre ella, como si temiera perderla otra vez.
“Más de sesenta años…” sollozó Peggy, temblando.
“Esperé por ti… y nunca volviste.” Las palabras resonaron en el salón de baile, y Steve —sin entender aún dónde estaba, ni cómo— solo pudo sentir.
Sintió una culpa Una culpa que no entendía por qué sentía
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