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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 La propuesta del demonio
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5: La propuesta del demonio 5: La propuesta del demonio Las lágrimas manchaban el traje de Steve.

Mientras Peggy sollozaba en sus brazos, descargó todo lo que había contenido durante más de sesenta años.

Le habló de las noches en vela esperándolo, de las veces que lloró por un beso que nunca llegó, de los sueños en los que aún lo veía sonreír.

Le confesó cómo su cuerpo envejecía, cómo su mente —una vez brillante— se embotaba poco a poco, y cómo, con horror, comprendía que empezaba a olvidarlo.

Cada palabra era para Steve más dolorosa que un disparo o una herida de guerra.

No entendía por qué escuchaba todo aquello si Peggy estaba frente a él, joven, radiante, igual que la última vez que la vio.

“Pero, Peggy… aún luces joven.

No pudo haber pasado tanto tiempo.” “Sigo siendo joven”, repitió ella con voz temblorosa, separándose un poco y mirando sus manos.

Al ver su piel lisa, sin una sola arruga, nuevas lágrimas brotaron.

Y con ellas, un recuerdo: la conversación con el doctor, los desvaríos sobre su pasado, el vaso de agua y las pastillas que debía tomar cada noche para dormir… o para seguir viva un día más.

“Esto es un sueño…” murmuró Peggy con desesperación.

La revelación la quebró.

Su cuerpo tembló, y habría caído si Steve no la hubiera sostenido con fuerza.

Clip.

Un débil sonido de caída resonó.

Steve levantó la vista, instintivamente alerta.

Lo que vio lo dejó helado.

Cientos de ojos vacíos lo observaban.

Todas las personas enmascaradas que antes bailaban, reían o comían se habían detenido al unísono.

Ahora lo miraban sin parpadear, sin el menor rastro de humanidad.

Eran como muñecos inmóviles, ejecutando un papel olvidado.

“Estamos soñando…” susurró Steve, con la voz rota.

Y cuando pronunció esas palabras, los recuerdos volvieron con la fuerza de una ola.

Recordó la cabina del avión cayendo, el impacto inminente, el frío que lo envolvía, y supo —con amarga certeza— que debía estar muerto.

Durante un largo rato, ambos amantes permanecieron allí, perdidos.

Ambos pensaban que soñaban; ambos sentían que tal vez aquel era el final.

Peggy, por el peso de los años.

Steve, por el accidente.

En medio de ese instante lúcido y asfixiante, una nota de piano resonó en todo el salón.

El sonido cortó el silencio como una línea de luz, y Peggy y Steve salieron de su aturdimiento, buscando con la mirada el origen.

En el centro del escenario, una joven vestida de negro empezó a tocar el piano bajo la luz blanca de los focos.

Sus dedos se movían con una gracia mecánica, y la melodía ligera pronto fue acompañada por los enmascarados, que retomaron su papel en una coreografía muda.

Uno a uno comenzaron a moverse, girando a su alrededor, hasta que el salón entero volvió a bailar.

Sin necesitar palabras ni señales, Peggy y Steve se unieron a ellos.

Fue un baile largo, agridulce, esperado durante demasiadas décadas.

Aun con el dolor que sentían en el pecho, no se detuvieron.

En ese instante, solo existían ellos dos, y aunque sabían que el tiempo los devoraba, siguieron danzando.

No querían perderse ese momento, ni dejarlo morir.

El baile continuó durante un tiempo indefinido.

El suelo se volvió blanco.

Las paredes doradas se desmoronaban con cada giro de sus pies.

Las figuras humanas se deshacían, convertidas en estatuas de arena que el viento borraba una a una.

Todo se derrumbaba, pero lejos de detenerlos, la destrucción los impulsaba a moverse más rápido, más intensamente, como si el ritmo pudiera prolongar su existencia.

Como si el acto de bailar fuera resistir la destilación de todo su mundo.

Plop.

El último enmascarado cayó.

Solo quedaron Steve y Peggy.

Bajo la mirada de Steve, ella empezó a envejecer.

Su cabello, antes luminoso, se tornó blanco; sus manos suaves se arrugaron; su rostro, antes radiante, se marchitó ante sus ojos.

Sus pasos se volvieron torpes, el compás de su cuerpo se quebraba; los ojos perdían su luz, las fuerzas la abandonaban.

Steve no podía hacer más que sostenerla, mirando cómo la mujer que amó se desvanecía en sus brazos.

Clip.

Lo inevitable ocurrió.

Peggy, ahora anciana, cayó.

Su cuerpo ya no podía seguir el ritmo, y quedó inmóvil en los brazos de Steve.

“Steve…”, susurró Peggy mientras intentaba levantar su mano temblorosa hacia el rostro de él.

“Sí”, respondió Steve, tomando con cuidado aquella mano envejecida y posándola contra su mejilla.

“Fuiste el amor de mi vida.” “Y tú lo fuiste todo.” Tras decir esas palabras, Steve vio cómo Peggy, entre sus brazos, empezaba a agrietarse.

Ante sus ojos, igual que todos los demás, fue desvaneciéndose lentamente, convirtiéndose en un puñado de partículas pequeñas, brillantes como luciérnagas efímeras, pero hermosas.

“Los sueños son hermosos», dijo una voz femenina, “pero por eso mismo duele más cuando hay que despertar.“ Steve levantó la mirada.

Frente a él, en medio de aquel vasto mundo blanco, permanecía la única figura que no se había deshecho: la chica de cabello negro que antes tocaba el piano.

Sentada aún en su banco, lo observaba con una calma que no parecía humana.

Steve no respondió.

Solo la miró en silencio.

Luego observó a su alrededor: el suelo era una extensión de nada, un vacío blanco sin principio ni fin.

Con movimientos lentos y rígidos, se incorporó.

No había lágrimas en sus ojos, pero la pena que lo habitaba era tan densa que parecía sostenerle los hombros.

“¿Quién eres?”,preguntó al fin.

“Una buena pregunta”, respondió ella, cerrando suavemente la tapa del piano.

“La verdad es que yo también me la hago.

Aunque lo más cercano a una respuesta… sería decir que soy el demonio.“ “No luces como un demonio”, replicó Steve, sin hostilidad, solo con desconcierto pues la bella chica joven y de rostro inexpresivo no lucía para nada como el demonio que conocía.

“Eso es porque no soy el demonio bíblico”, contestó ella mientras se alejaba del piano y volvía a mirarlo.

“El título de demonio es algo que me dieron… y que yo misma decidí aceptar.” “Eso no significa que lo seas.” “Lo mismo pensaste cuando te dibujaste de mono en aquella ocasión que sentiste que eras solo un espectáculo,” comenté secamente mientras me levantaba.

“¿Quieres caminar un poco?

Te despejará.” “Sí, me vendría de maravilla.” Así fue como Homura y Steve comenzaron a caminar sin rumbo por el mundo blanco, un mundo que pronto cambió en un paisaje lleno de nubes y cielo azul.

Parecía el cielo… pero ese cielo se desvaneció, y ahora estaban en medio del mar.

A cada cierta cantidad de pasos, el entorno mutaba: crecía, se desteñia, se deformaba.

Pasaron por todos los lugares que Steve recordaba: su hogar, el campo militar, el laboratorio.

Lentamente, el mundo parecía reconstruir la vida de Steve, pero después de una larga caminata, Homura se detuvo mirando el horizonte.

El paisaje era extraño: sólo había ruinas bajo una lluvia incesante.

Sin embargo, entre esas ruinas, Steve distinguió una zona intacta, o al menos despejada, y en ella yacía un lazo rojo brillante.

“Este lugar no es mío,” murmuró Steve antes de mirar de reojo a Homura.

“No,” respondí fríamente, caminando hacia el lazo.

Lo observé por un largo rato.

Por alguna razón, al verlo sentí un malestar pesado en el pecho.

Dudas comenzaron a agolparse en mi mente: por qué estaba allí, por qué me afectaba tanto, y sobre todo… por qué me resultaba tan familiar.

“Mejor continuemos,” dije, echando una última mirada al lazo antes de darme vuelta.

Cuando me alejé lo suficiente, chasqueé los dedos y el mundo cambió una vez más.

Ahora estábamos en un lugar que conocía demasiado bien: el Jardín de Plata.

“¿Este es tu lugar también?” comentó Steve, observando el jardín lleno de flores plateadas y la gran fuente a espaldas de la mesa donde Homura tomó asiento..

“Puedes decir que sí.

Bienvenido a mi Jardín de Plata,” saludé mientras hacía aparecer una taza de té.

El té era más para calmarme que para disfrutarlo, pues la escena anterior aún giraba en mi mente, inquietándome.

“El Jardín de Plata…” murmuró Steve.

“Es un buen nombre.” Luego de decir esto, no tomó asiento a mi lado; prefirió sentarse entre las flores, mirándolas con una expresión aturdida.

“Sí, pero no es el auténtico.

Solo está proyectado por mí.

Al fin y al cabo, seguimos dentro de tu sueño,” contesté mientras bebía un sorbo del té.

El sabor, esta vez, era amargo.

Apenas lo probé, lo dejé a un lado.

“Eso temía,” murmuró Steve mientras contemplaba las flores plateadas que se extendían hasta el horizonte.

A lo lejos, una ciudad ardía.

“Una última pregunta… ¿eres real, o solo parte de mi sueño?” “Soy tan real como lo era Peggy,” respondí, mirando al capitán.

“……” “Yo los traje aquí, y les permití cumplir su promesa.

Aunque claro, con más de sesenta años de retraso.” “Gracias… pero pudiste haber hecho el final menos… ya sabes.” Ese agradecimiento fue lo más sincero que Steve podía ofrecer.

Aunque la tristeza lo carcomía por dentro, el simple hecho de haber visto a Peggy, de haber bailado con ella —aunque fuera dentro de un sueño—, era algo que jamás habría pedido… pero también algo que lo destruía.

“Yo no tuve nada que ver en eso,” murmuré, mirando al capitán.

“El final tan lamentable de su baile fue obra de la propia Peggy.” “¿Ella hizo el final?” “Les di un poco de mi poder, y el sueño se formó a partir de eso.

Las sensaciones, el control y el realismo nacieron de la energía que compartí.

Pero, conforme se fue agotando, sus mentes tomaron el control.

Al parecer, Peggy pensó todo el tiempo en su vejez, en el tiempo perdido… y en cómo ya no era la mujer que una vez conociste, por eso fue que cuando estaba apunto de despertar envejeció hasta alcanzar su apariencia real,” expliqué con paciencia.

Aquella simple explicación golpeó el pecho de Steve como un martillo, haciendo que su ánimo —apenas recuperado— se desplomara una vez más.

“Sabes, el tiempo es una de las cosas más crueles que conozco,” murmuré mientras observaba la réplica del Jardín de Plata y al deprimido Steve.

“A medida que pasa, no solo te quita la movilidad que alguna vez tuviste; también te roba los recuerdos, los pensamientos… y, en el caso de Peggy, sus sueños.

Por eso dije que mientras más hermoso es un sueño, más duro es el despertar.

Porque, una vez despiertas, solo ves la realidad.

Una realidad que casi siempre es decepcionante, fría e indiferente.” “Pero despertar es mejor que no hacerlo nunca,” refutó Steve.

“Bueno, en cierta forma,” respondí con un leve tono de burla.

“Pero en tu caso no importa mucho, porque despertarás en un par de años.” Click.

Tras el chasquido, una ventana se abrió frente a Steve.

En ella se mostraba el momento en que era descubierto bajo el hielo: su cuerpo siendo excavado, su despertar en el hospital, su huida creyendo estar cautivo, el instante en que salió y vio un mundo cambiado, completamente ajeno.

Finalmente, vio la escena de su reencuentro con Peggy.

Al principio, ella sonreía y charlaba con él con la misma calidez de antaño, pero de pronto ocurrió algo… algo que hizo que Steve sintiera un dolor más profundo que nunca.

“Steve… ¿eres tú?” Aquella única frase, acompañada de la breve escena que mostraba a Peggy confundida, bastó para comprenderlo todo: padecía Alzheimer.

Verlo fue como recibir un golpe bajo, uno más devastador que dolió especialmente tras todo lo anterior.

“¿Por qué me muestras esto?” preguntó Steve con desesperación, dudando del motivo detrás de todo.

“Como dije, tómalo como una muestra de buena fe,” murmuré.

“La verdad, por más cruel que sea, siempre será más útil que una hermosa mentira.” “¿Y me mostraste todo esto solo por caridad?” “No.

Pero el baile sí fue porque quise hacerlo,” admití sin dudar.

“Creo que ya entiendo por qué te llaman demonio.” “Yo nunca negué el título,” respondí con frialdad.

“Pero supongo que no es momento de andar por las ramas.

Seré directa: tengo una propuesta, y quiero saber si te interesa.” “¿Esa propuesta me sacará del hielo… o lastimara inocentes?” murmuró el capitán.

“Eso dependerá de tus acciones, y de cómo uses el poder que se te dará,” susurré con una sonrisa.

Fue la primera sonrisa que Steve vio en mi rostro desde que llegó.

Una sonrisa fría, indiferente y desprovista de consuelo, lo bastante inquietante como para helarle la sangre.

“¿Y cuál será ese trabajo?” Shhhhh.

Un viento repentino barrió las flores del jardín.

El cabello negro de Homura se alzó, flotando en dirección a Steve, mientras su rostro —aún sonriente— lo observaba con una calma cortante, sus ojos fríos clavándose en él.

“Detenerte.” La palabra lo dejó aturdido.

Yo sonreí con menos fuerza, me puse de pie y extendí una mano hacia él, como invitándolo.

“Yo soy quien comete todas las malas acciones del mundo, la que anhela todas las buenas acciones y quien carga con cada error… para que nadie más tenga que hacerlo.” Mientras esas palabras caían, Steve vio cómo el cielo se volvía rojo y, antes de que pudiera reaccionar, el hermoso jardín desapareció.

En su lugar se encontraba en medio de una ciudad en llamas.

Era un lugar que, a pesar de consumirse constantemente, nunca desaparecía: por cada edificio derrumbado surgían dos nuevos, por cada dirigible estrellado otro aparecía en el cielo.

“¿Qué planeas hacer?”, preguntó Steve, sintiendo una premonición terrible.

“Deseo darles la desesperación más profunda y, al mismo tiempo, la mayor esperanza”, dije mientras cerraba y abría mi palma.

Tras ese gesto, una pequeña vela apareció en mi mano.

Se la tendí a Steve.

“Y tú, junto con los demás, serás quien use la esperanza.

Quien proteja su mundo de mí… y de todos los peligros que esta cruel realidad les pueda ofrecer.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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