Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 6
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6: Ascuas 6: Ascuas “¿Entonces eres el enemigo?” “¿Enemigo, amigo?
¿Acaso importa?” Mientras decía esto, seguí ofreciéndole la vela a Steve.
Él, dudando y sintiendo una profunda incomodidad, tomó la vela que le ofrecía, quedándose allí, confundido, mientras el mundo a su alrededor se caía y se reconstruía en aquella ciudad eternamente caótica.
“En este mundo, a pesar de ser una amenaza y algo que deben detener, no soy el menos indiferente.
Por el contrario, soy uno de los que más aprecia y valora a la humanidad”, respondí, mirándolo.
“Si nos aprecias tanto, ¿por qué nos harías daño?” “Porque los aprecio”, contesté mientras lo observaba.
“Quiero ver hasta dónde pueden elevarse.
Cuánto pueden levantarse.” “…… ¿Quieres vernos sufrir?
¿Como si fuéramos un espectáculo?
¿Un drama para tu entretenimiento?” Ante su respuesta, dejé de sonreír.
Mi expresión volvió a ser la de siempre: seria, serena, casi antipática.
“Si quisiera un espectáculo, solo les enviaría desgracias y refuerzos para verlos bailar como monos.
Pero estás aquí, frente a mí, recibiendo una declaración abierta, incluso a punto de recibir algo de mí”, dije con frialdad.
“Todos saben que, si deseas algo, debes ofrecer algo a cambio.
En mi caso, es la desesperación a cambio de la esperanza: desesperación por cada mal que desate, y esperanza por cada arma y oportunidad que les dé para enfrentarlo.” “¿Y quién dice que necesitamos tu caridad?
Los humanos hemos vivido bien durante siglos, y seguimos bien.
Nada ha cambiado.” “Eso es porque han tenido suerte.
Muchos han hecho milagros para mantener todo en pie.
Realmente no saben nada de su universo.
No comprenden la fortuna que han tenido al vivir tanto tiempo sin conocer la verdad.” Esta vez no actuaba.
Ni siquiera estaba cerca de mentir.
Era completamente sincera.
La suerte que tenía este universo era absurda.
Solo la existencia del mundo cinematográfico ya era un milagro, un pequeño respiro en comparación con la devastación de los cómics, donde la destrucción, la colisión y el borrado multiversal eran la norma.
Ni siquiera podría contar cuántos miles de universos habían sido aniquilados en ese pozo sin fondo.
Por Dios, incluso en el propio mundo cinematográfico la destrucción multiversal era el pan de cada día.
Entre la Agencia de Variación Temporal y la serie What If, el colapso del tiempo y del espacio era casi rutina.
Comparada con los psicópatas de esos dos frentes, yo era prácticamente un santo.
Y eso que me hago llamar “el demonio”.
“Si estamos aquí, no creo que sea tan malo como dices”, refutó Steve con duda.
“¿En serio?” inquirí con sarcasmo frío.
“¿Y si te mostrará lo contrario?” Tras decir esto, extendí mi mano hacia Steve.
No para ofrecerle la vela, sino en un gesto universal: un apretón de manos.
“Ven.
Déjame mostrarte cuánto te equivocas, inocente héroe”, murmuré mientras lo observaba aún con la vela entre sus manos.
“¿Y cómo sé que no me estás mintiendo?”, preguntó el capitán, acercándose lentamente.
“Porque no lo necesito.
Tal como dije antes: la realidad es decepcionante.
Si quisiera verte desesperar, no te mentiría.
Solo te mostraría la verdad”, contesté con cierta ironía.
Steve extendió la mano hacia mí, pero se detuvo a pocos centímetros.
Como en la famosa pintura, la de Dios y el hombre: una mano completamente extendida, la otra incapaz de alcanzarla.
El toque estaba al alcance, pero la duda lo detenía.
Por supuesto, no tenía intención de forzarlo.
Respetaba a Steve, y respetaba su libre albedrío.
Después de todo, aunque no lo dijera, lo apreciaba.
No por sus hazañas ni por su historia, sino por su corazón justo, ese que solo poseen los mejores.
Clip.
Y Steve mostró su voluntad, tal como esperaba.
A pesar de dudar y desconfiar de mí, extendió la mano y finalmente estrechó la mía.
Click.
En el instante en que nuestras manos se unieron, una leve chispa estalló.
El rostro del capitán, antes tenso, se volvió completamente blanco.
El silencio gobernó la ciudad en llamas.
Su cuerpo se desplomó: la mano que había sostenido la mía cayó como un trapo, las piernas cedieron y Steve se arrodilló, con el rostro vacío, sin rastro de vida.
“Ha…” “HAAAAAAAAAAAAA.” El leve gemido se convirtió en un grito, y el grito en un rugido animal.
En un instante, lo que vio superó toda comprensión.
Se aferró la cabeza, gritando no solo de dolor, sino también de furia.
En sus ojos —o mejor dicho, en su mente— desfilaron cientos, millones, billones de vidas.
Todas se mostraban como una pesadilla abominable: mundos enteros destruidos, civilizaciones borradas, inocentes eliminados.
Las escenas eran brutales en su simpleza, y los responsables… mucho peores que Hydra.
Libertad.
Compasión.
Patriotismo.
Fe.
Humildad.
Los ideales que guiaban al Capitán América, su bandera y su propósito, se hacían trizas frente a sus ojos.
Y no había nada más cruel.
La Agencia que se decía justa, la que juraba proteger el flujo del tiempo, pisoteaba las vidas de innumerables hombres por una mentira.
No sólo negaba la libertad; la arrebataba.
Convertían a todos en esclavos de un guión inmutable, seres sin elección ni destino.
Les habían quitado incluso la dignidad más básica.
Eran tratados peor que animales en un matadero.
Y lo hacían sin pestañear.
Borraban universos enteros por el miedo de un solo hombre, por la arrogancia de unos pocos, por el egoísmo de quienes se creían dioses.
Entre la agonía y los innumerables gritos de trillones de vidas extinguiéndose por una razón tan absurda, todo se detuvo de golpe.
Cuando el silencio volvió, Steve cayó al suelo, respirando con dificultad.
Estaba exhausto, vacío, como si incluso el simple acto de moverse fuese un milagro.
“¿Y ahora que sabes la verdad… sigues pensando que yo soy cruel?”, pregunté mientras me agachaba, poniéndome a su altura.
No hubo respuesta.
Steve apenas podía reaccionar.
En secreto, sentí un leve destello de lástima.
Solo le había mostrado una escena creada a partir de mis recuerdos de la serie loki, modificada por mi poder para que comprendiera la crueldad de la Agencia de Variación Temporal, uno de los mayores enemigos a los que tendría que enfrentarme.
“Yo… no…”, murmuró Steve, sin aliento.
No.
No.
Sus movimientos eran torpes, pesados.
Cada intento por incorporarse parecía una tortura, pero aun así lo hacía.
Apretaba los dientes con tanta fuerza que crujían, arrancándole palabras a medias entre la resistencia y el dolor.
“Yo… nunca los dejaré continuar.” Su voz temblaba, pero no por miedo.
Se aferró a mi pie con la mano libre, mirándome con esos ojos que me hicieron estremecer.
No era desesperación.
No era impotencia.
Era la mirada de alguien que lucharía hasta el final.
De alguien que no peleaba por esperanza, ni por victoria, sino por puro sentido del deber.
Incluso ante la derrota más segura, incluso si no quedaba luz alguna en el horizonte.
“Realmente eres especial”, murmuré, observándolo con una mezcla de respeto y extraña ternura.
No.
Más que respeto, lo que sentía era anticipación.
Ver a este héroe levantarse y pelear no era como en la película.
Pude sentirlo: su deseo, su determinación, sus posibilidades.
Y al contemplarlo, una parte de mí anheló formar parte de eso.
Ya no era una simple actuación.
Ya no seguía un guión.
En ese momento, deseé verlo caer y levantarse, luchar y descubrir hasta dónde llegaría.
Deseé ver si sus ideales y su voluntad lo conducirían hacia un futuro luminoso o si, tras caer en el más oscuro de los abismos, volvería a alzarse para brillar aún más.
Sin que Homura lo notara —ni el propio Steve—, la llama débil de la vela en su mano libre se intensificó.
Aquella chispa, antes limitada por Homura, ahora ardía sin restricción.
El único que lo percibió fue Kyubey.
Pero él no intervino.
Sabía que eso traería consecuencias… y un precio más alto.
Pero Homura lo deseaba.
“Entonces levántate, y sigue,” declaré con una sonrisa genuina.
“Levántate y utiliza todos los dones, no solo tu esperanza, y avanza hasta que ni yo pueda prever tu camino.” Con mis palabras, la vela que brillaba débilmente en la mano de Steve empezó a soltar partículas de luz.
La luz se elevó por los aires y la ciudad, en constante destrucción, empezó a cambiar.
Click.
Click.
Click.
Varios sonidos de relojes inundaron el ambiente, sobrepasando el rugido del fuego.
Del suelo y las paredes surgieron estructuras que se ensamblaban como un mecanismo complejo, creciendo más y más hasta formar un gigantesco altar de estilo antiguo.
En su centro, una gran llama blanca pura se elevaba sobre un pedestal cubierto de un líquido dorado, como oro líquido, que se derramaba y recubría todo el suelo.
“……” Al contemplar esto, Steve, al borde del desfallecimiento mental, sintió cómo un cálido aliento lo levantaba de la tierra fría y alumbraba sus ojos.
Y no era solo él: yo misma observaba todo con entusiasmo, mientras mi control sobre mi poder se volvía cada vez más natural, casi inconsciente.
“El Altar de la Esperanza,” susurré.
“En este lugar, toda esperanza converge y te permitirá usar las velas… o mejor dicho, la esperanza misma.” Me aparté, dejando espacio frente al altar, y extendí la mano hacia él, invitando a Steve.
“Ahí podrás usar las velas.
Te serán entregadas cada vez que transformes en acción la esperanza que te daré.
Con ellas, te volverás más fuerte a través de las plegarias y los deseos que anhela tu corazón,” declaré, observándolo con expectativa.
El Altar de la Esperanza era una creación que había concebido desde que llegué a este mundo y tracé mi camino.
Su funcionamiento era simple y a la vez complejo: similar al sistema de las chicas mágicas de Kyubey, concediendo deseos, pero no como un contrato rígido.
Estas velas respondían directamente a los deseos de quien las usara.
Si querías salud, aparecía una poción; si deseabas poder, un arma o un objeto vinculado a mis recuerdos se materializaba.
Era como un gacha, pero especial: siempre acorde con el deseo, como un milagro personal.
Sin embargo, los milagros nunca eran del todo predecibles; a veces, eran aleatorios, incluso para mí.
Y la moneda de este deseo no era otra que la propia esperanza, una esperanza nacida del reloj de arena negra que recolectaba del propio Steve y de otros que estuvieran ligados a mí, formando un círculo perfecto.
Un círculo.
La idea repentina perturbó a la emocionada y complacida Homura.
Una inquietud que había estado latente desde antes se intensificó, tanto que no notó cómo Steve, que aún permanecía de rodillas, comenzaba a levantarse.
Con pasos inestables, avanzó hacia el altar con la vela en alto.
Su mente estaba terriblemente agotada por lo que yo le había mostrado; apenas conservaba la razón tras el peso de la fatiga mental, pero su cuerpo seguía moviéndose.
Inestable, mareado y fuera de sí… pero seguía.
Incluso cuando tropezó y cayó sobre las escaleras del altar, la vela nunca tocó el suelo.
Permanecía en alto, como una antorcha que resistía en la oscuridad, una antorcha que lo guiaba hacia la luz del altar, hacia el gran fuego que lo atraía como el ocaso al sol.
Pero, a diferencia de Ícaro, Steve no cayó al abismo: buscaba salir.
Ffffff… Como si la pequeña vela en su mano reaccionara ante su portador, se encendió con más fuerza, resonando con su espíritu y ardiendo hasta derretirse ante sus propios ojos.
¡BAM!
Una fuerte explosión retumbó en el altar.
La pequeña vela estalló como un fuego desatado, y las llamas del altar ardieron con más intensidad.
La llama que había estado en las manos de Steve saltó hacia ellas, encendiéndolas con furia, como si se les hubiera arrojado gasolina.
Recuperando parcialmente el sentido ante el estruendo, Homura miró hacia la llama y sintió algo extraño.
Con un movimiento de su mano hizo aparecer un reloj de arena.
Al hacerlo, su mirada se contrajo como una aguja.
La arena en su interior se evaporaba a un ritmo alarmante.
En cuestión de segundos, pasó de estar a la mitad a reducirse a un quinto, luego a un cuarto… y justo cuando la incomodidad crecía en mí, la fuga se detuvo, dejando solo una pequeña porción de arena negra intacta.
Apenas un tercio de la que había conseguido tras lo de Tony y el baile de Steve y Peggy.
“Sacó el premio gordo,” murmuré con una mezcla de alegría y dolor.
Alegría, porque contemplaba la cristalización de algo que deseaba ver.
Dolor, porque había gastado más de lo que esperaba.
Plop.
Las llamas del altar emitieron un sonido hueco, como si algo se desvaneciera, y ante mis ojos comenzaron a calmarse.
De su centro se desprendió una esfera de luz que descendió lentamente hacia Steve, quien, sin pensar, extendió las manos para recibirla.
Pop.
Con un sonido similar al de una burbuja, la esfera se disolvió.
En las manos de Steve quedó un leve destello: una luciérnaga de fuego que se negaba a morir, una pequeña ascua que persistía testarudamente, aun cuando debía haberse apagado hacía mucho tiempo.
“Así que eso es lo que obtuviste,” murmuró Homura con sorpresa y cierta burla.
“Al final, las cenizas siempre buscan ascuas.” Click.
Con un chasquido, el sueño terminó.
Pero no fue el final, sino apenas el inicio, porque en medio del infinito mar de hielo una débil luz se encendió.
Y mientras eso ocurría, una chica de cabello negro observaba todo con una mezcla de curiosidad y pena.
“Parece que esto tardará,” murmuró entre el viento helado mientras contemplaba el hielo bajo sus pies.
En este, una débil luz parpadeaba.
Una llama pequeña, casi extinta, que apenas podía ofrecer calor al hombre congelado bajo la superficie.
Todo aquello era resultado de la misma debilidad de Homura, pues aunque la esperanza y el deseo de Steve habían sido sinceros el poder que Homura podría usar era muy limitado… “Haaa, parece que esto es todo lo que obtuve,” suspiré con frustración, lista para marcharme.
A medio paso me detuve.
Inconscientemente miré hacia abajo, hacia las profundidades del hielo.
Donde cualquier otro solo vería oscuridad, yo percibí algo más: innumerables venas de energía que brillaban débilmente, extendiéndose cientos de metros hacia la distancia.
Y entre ellas, atrapado en el centro, yacía Steve, congelado.
“Jejeje…” Una leve risa escapó de mis labios junto con una idea tentadora.
No sabía exactamente qué eran esas venas, pero ya tenía una sospecha.
En aquel universo alterno, la Piedra Infinita del espacio había caído en un lago, y la dispersión de su energía había originado la fuente de la juventud.
Entonces… ¿Qué ocurriría si esa energía aún existía, pero en estado sólido?
“Bueno, ya que estoy aquí, hagámoslo a fondo,” murmuré mientras me acercaba a la posición de Steve.
Una vez sobre él, observé la diminuta llama bajo el hielo.
Extendí mi mano y la pequeña luz voló hacia mí.
Al hacerlo, tomé un débil hilo de la energía azul que se filtraba por el hielo.
Shhhh… Como si la llama hubiera encontrado combustible, comenzó a arder con furia.
El fuego recorrió las venas de energía, propagándose bajo el hielo como un río de fuego celeste que iluminó todo el abismo.
Shhhh… “Será mejor que me vaya antes de llamar la atención,” murmuré con una sonrisa apenas visible.
“Dudo poder ocultar lo que está a punto de suceder.” Y con esas últimas palabras, la figura de Homura desapareció.
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