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Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 El que habita entre los ángulos
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7: El que habita entre los ángulos 7: El que habita entre los ángulos  El fuego se elevó en pleno invierno, y el ártico se incendió.

Desde la perspectiva del satélite, fue como ver caer la torre Eiffel desde Francia.

Miles de organizaciones que vigilaban el mundo entraron en alerta: Hydra, S.H.I.E.L.D., y sobre todo una antigua orden de magos, junto a otra organización oculta en un lugar que nadie debía conocer.

En ese instante, una alarma empezó a sonar.

Clik.

El sonido de una taza rompiéndose resonó en la cálida habitación del monasterio.

La mujer calva que minutos antes disfrutaba de un té por la tarde se volvió repentinamente solemne.

La serenidad que antes tenía se desvaneció de golpe, y de su mano chorreaba sangre: había aplastado la taza sin darse cuenta.

Sin preocuparse por la herida, trazó un gesto con los dedos, creando un portal giratorio dorado que cruzó con urgencia.

Lo que vio al otro lado la dejó inmóvil: un mar de fuego.

A ojos de otros, aquellas llamas podrían parecer normales.

Pero para ella… brillaban más que el sol.

Y aunque no emitían una energía desbordante, su sola presencia hacía que algo dentro de su cuerpo temblara.

Era la energía oscura que en la antigüedad mantenía viva la oscuridad misma.

Aquella fuerza que solía ser violenta, insidiosa y pegajosa como un veneno, ahora buscaba esconderse en las profundidades de su ser, como un conejo que acaba de ver a un león.

Esa reacción no solo dejó atónita a la anciana; también perturbó a un ente en un lugar distinto, una figura que solía observar la Tierra desde su dimensión sombría.

Al sentir lo mismo que la mujer, se alzó en desconcierto, miedo… y rabia.

“¡Esto no puede estar pasando!” En medio de una dimensión oscura, un alarido estremeció los cimientos del vacío.

Las criaturas que aún habitaban aquel abismo se ocultaron, aterradas por la ira de su señor.

“¡Anciana!

¿Qué hiciste?” Mientras tanto, Homura, que observaba todo desde la lejanía, sonreía con una calma peligrosa.

“Esto sí que es una sorpresa”, murmuró mientras veía cómo los relojes de arena —antaño quietos— comenzaban a fluir lentamente.

Aquel flujo la hizo sonreír.

Esa sorpresa no solo confirmaba sus sospechas: también le mostraba que iba por el camino correcto.

Un sendero arriesgado, sí, pero lleno de color.

Un camino que transformaba su existencia gris y apática en algo vibrante y resplandeciente.

Porque aunque estaba danzando con el peligro… se sentía viva.

Más viva que nunca.

“Realmente espero el futuro con ansias”, susurró Homura, con una chispa de expectativa brillando en los ojos.

Mientras los relojes de arena fluían y el anciano en la vegana miraba fijamente el mar de llamas que ardían con más furia a cada instante, Homura desvió la mirada y vio que por ella se abría un pequeño portal del que salieron varios individuos en uniforme.

Al verlos, la sonrisa de Homura se fue apagando lentamente; una expresión fría, casi helada, la reemplazó conforme comprobaba que aquellos preparaban varios instrumentos de análisis junto con otros equipos cuyo uso le era desconocido.

“Así que llegaron antes de tiempo”, murmuró para sí.

Clic.

Un chasquido sonó en el enorme jardín de plata.

Todo se alzó de golpe, salvo los pensamientos de Homura, que, aunque algo entumecida, mantenía su actividad mental con normalidad.

Cronostasia.

La había usado de nuevo, pero esta vez no para actuar: lo hizo para pensar.

Tenía que tomar decisiones rápidas; la tda estaba encima, todo por haberse alocado y causar un gran escándalo.

Sin duda había golpeado el avispero, y no se arrepentía.

No se arrepentía de nada; si pudiera, lo volvería a hacer, porque en ese momento se sentía más viva que nunca.

“Soluciones”, pensó mientras observaba a los sujetos de la tva actuar.

El tiempo corría, y no quería que el héroe que tanto esperaba ver crecer muriera en la cuna por culpa de unos esclavos corporativos.

Pasaron por su mente varias ideas; cientos consistían en eliminar a la tva, pero eran inútiles: no tenía ese nivel de fuerza disponible, y su interferencia se limitaba a este mundo, a Marvel.

Ir más allá podía ser peligroso y poco útil —quién sabía qué medidas de seguridad habría tomado ese cobarde escondido al final de los tiempos.

Eliminar momentáneamente no era opción.

Sellar este mundo tampoco: ¿quién sabía cuánta arena requeriría eso?

La única alternativa restante era hostigar y debilitar, ganar tiempo.

Pero si los eliminaba aquí, ¿cuándo volverían a actuar?

Ellos existían en el pasado y el futuro por lo que podían moverse con libertad entre la línea temporal; eran como una plaga que se extendía y atacaba desde quién sabe cuándo, eso y además eran capaces de voltear la mesa y destruir toda esta línea de tiempo.

Algo que Homura no deseaba ver: ya que sin su esto no le haría daño, podría dejarla solo con la esperanza de conectarse con DC en un futuro como único medio, y sinceramente DC le parecía más peligrosa que Marvel; pues no sabía si la puerta estaba ligada al cómic o al universo cinematográfico.

“Vamos, piensa qué podría…” A media frase, un bombillo iluminó la mente de Homura y relatos de su vida anterior surgieron con violencia: el enemigo de todo viajero del tiempo, el monstruo que habita en los ángulos.

“Sabueso de Tindalos.” El nombre llegó como un destello de inspiración, y con él la solución.

Pero también trajo un problema: provenía del reloj de arena negro a su lado.

Ese reloj, aunque recuperaba arena constantemente gracias al desastre que había causado, no tenía mucha cantidad; estaba apenas llegando a la mitad.

Dudaba que con aquella arena pudiera crear una criatura del nivel de los Sabuesos de Tíndalos.

Pero… ¿y si no necesitaba una versión completa?

¿Por qué no crear la mía propia, una que pudiera actualizar con el tiempo?

Con una dirección ya fija y el tiempo pendiente, empecé a trabajar.

En las manos de Homura comenzó a formarse una pequeña masa negra que se retorcía como arcilla.

Aunque apenas tenía algunas de las características que deseaba implementar, la arena se agotaba rápidamente; se consumía más rápido de lo que se reponía.

El flujo dejó de caer de forma constante y volvió a su ritmo natural, grano por grano, dejando como consecuencia apenas un pequeño trozo descomponiéndose lentamente.

Sin embargo, la operación no había sido un desperdicio.

Aun si no había creado un verdadero Tíndalos, tenía la base de uno.

Bueno, base en toda la regla, ya que sus habilidades eran una versión degradada… algo trucada.

Era, en resumen, la versión pirata de un Tíndalos.

Y así sería por un tiempo.

“Esto servirá como base y cuando consiga más arena lo mejoraré”, murmuró Homura, observando la masa negra que se retorcía en su mano.

Solo faltaba darle apariencia y soltarlo.

“……” Justo cuando estaba a punto de darle la forma que tenía en mente, una idea capciosa —aunque puramente estética— cruzó su cabeza.

Con cuidado, Homura colocó la masa oscura en el jardín de flores y se alejó suavemente.

La sustancia empezó a retorcerse y expandirse lentamente, adoptando una forma que no se parecía en nada a un Tíndalos, Y mientras lo hacía homura decidió divertirse un poco con este momento.

“El perseguidor implacable, el que mira en las esquinas y caza el pecado día tras día, noche tras noche.

Hoy y para siempre, inicias tu cacería.

Persigue… y caza… todo pecador.

Mi más fiel caballero, Lindamea.” Tras el último susurro que era una especie de guiño a cierta serie, la masa cesó su cambio.

En su lugar, una chica de cabellera negra y ojos vacíos se arrodilló frente a ella, mirándola atentamente.

“Mi fiel caballero… caza.

Caza hasta el último.

Nunca olvides, y siempre recuerda: la cacería es eterna Lindamea”, murmuró Homura mientras extendía una mano hacia la chica de armadura negra.

Ante tal gesto, la figura inclinó el rostro, dejando que la mano de Homura se posara sobre su mejilla.

Cerró los ojos, y por un instante pareció sentir alegría por tal acción.

“ recuerda, nunca perdones”, susurró Homura antes de apartar la mano.

La chica se incorporó lentamente.

Ya no mostraba complacencia.

Al erguirse, reveló una figura más alta que Homura: su armadura negra estaba cubierta de tentáculos, y de la sombra que se proyectaba a sus pies emergió un casco, una criatura deformada con múltiples ojos.

Lindamea tomó el casco, lo colocó sobre su cabeza y desapareció del Jardín de Plata como si nunca hubiera existido.

“Sabes, últimamente estás siendo muy impulsiva”, comentó la voz de Kyubey.

“Lo sé”, murmuró Homura.

“Pero ya te dije qué camino tomaría… ya sea para bien o para mal.” “…… Realmente muy contradictoria”, murmuró Kyubey, con un toque de falso cansancio.

“No lo negaré.

Y es muy probable que en el futuro la mente muchas de mis acciones hoy en día”, susurró Homura.

“Pero, como dije, voy a vivir.

De todos modos ya estoy en las llamas, así que… ¿por qué no disfrutar su calor?” Mientras Homura y Kyubey mantenían su charla desinteresada, en el Polo Norte distintas fuerzas comenzaban a tambalear.

Uno era el mago supremo, que observaba el fuego con duda.

Aquella llama, sorprendentemente, tenía una fuerte letalidad para el poder oscuro que habitaba en su cuerpo; tanto, que parecía haber encontrado a su enemigo natural.

Aun así, pese a la tentación, la anciana no tocó el fuego: no conocía su origen, ni si representaba una amenaza igual o peor que la energía oscura de la dimensión de Dormammu.

El otro frente era la TBA, que consideraba reiniciar la línea temporal a causa de aquel fuego.

Un fuego que, con solo existir, estaba generando una gran variación.

“Hay que estar preparados para reiniciar.

Esperen la notificación y—” ¡Clank!

A mitad de frase, una gigantesca lanza atravesó al miembro de la TBA, empalándolo.

Crack.

El cuerpo se partió en dos desde abajo mientras, de una grieta en el hielo, emergió una figura negra.

“Hhhhhhhjjjjj…” Con un gemido desgarrador, la montura de aquella figura proclamó su llegada.

Ante los impactados miembros de la TBA, el caballero negro —rodeado de tentáculos— se alzó sobre los restos de su víctima, apuntando su lanza aún goteante hacia los demás.

“¡Utilicen—!” El grito quedó a medio camino.

La figura se movió a una velocidad imposible, apareciendo frente a otro agente.

Igual que con el anterior, lo empaló y lo destrozó, partiendo su cuerpo con la lanza negra.

El instinto y el entrenamiento salvaron a los pocos sobrevivientes, que despertaron del shock y desenvainaron sus armas: varas de detención temporal, proyectores de fase, y demás equipamiento de contención.

El capitán activó una granada temporal, dispuesto a actuar.

Pero, en el instante en que retiró el seguro, el caballero ya estaba frente a él, perforando su cabeza.

El repentino impacto hizo que la granada cayera a sus pies y se activará, congelando a ambos en el momento exacto de la muerte.

El tiempo se selló en una imagen brutal: la lanza perforando la cabeza del hombre, los fragmentos de su cráneo y materia cerebral suspendidos en el aire, helados en una escena de asesinato eterno.

“¡Rodéenlo y—!” Clutch.

Justo cuando uno de los supervivientes dio la orden, otra lanza negra surgió desde algún punto indeterminado y perforó al agente de la TBA, empalandolo de forma grotesca.

Solo quedaron dos en pie, que ni siquiera alcanzaron a reaccionar cuando otras dos lanzas emergieron desde un ángulo ciego y los atravesaron igual que al primero.

Cuando el silencio cayó, los cuatro Lindamea se agitaron en una misma dirección, como si advirtieran la presencia de algo.

En ese instante, una figura se acercaba lentamente.

Era el anciano que poco antes observaba el fuego.

Se había sentido atraído por la pelea… o quizás por el leve rastro de energía maligna que aún flotaba en el aire.

Aquella energía lo hizo fruncir el ceño: no era igual a la de la Dimensión Oscura, pero la incomodaba más, como si emanaran un odio más antiguo.

Cuando los caballeros negros cruzaron su mirada con la del mago, el aire se volvió denso, pesado, casi sólido.

La tensión entre ambos bandos era palpable, pero duró poco.

Las figuras de Lindamea comenzaron a desvanecerse lentamente, descomponiéndose en sombras antes de desaparecer por completo, dejando solo los cadáveres y el equipo esparcido sobre el hielo.

“Clones… o proyecciones”, murmuró el anciano.

Caminó entre los cuerpos con cautela, observando la escena detenidamente.

Se detuvo frente al cadáver aún congelado en el último instante de su muerte.

Lo examinó con atención, notando la ausencia del responsable.

Había desaparecido junto con las demás proyecciones.

“No siento esa figura, y…” A mitad del análisis, el Hechicero Supremo observó la escena del tiempo detenido y sintió un mal presentimiento crecerle en el pecho.

El anciano no comprendía lo que había sucedido allí: el fuego, las figuras capaces de manipular el tiempo, y aquel caballero evidentemente maligno que los había cazado sin piedad.

Plop.

Mientras el anciano reflexionaba sobre lo ocurrido, un suave pitido rompió el silencio.

Instintivamente miró hacia el sonido y notó que una caja cercana emitía aquel tono agudo y repetitivo.

Al escucharla, un escalofrío recorrió su cuerpo.

Sintió una crisis inminente y, movido por el instinto, intentó enviar la caja a la Dimensión Espejo.

Sin embargo, antes de completar los sellos, una mano negra enguantada emergió desde una esquina de la caja y la tomó, arrastrándola con ella al vacío.

El anciano contuvo el aliento.

La sensación de peligro se desvaneció de inmediato, pero el sudor frío seguía resbalando por su frente.

Aún sin amenaza aparente, el miedo persistía: en esos breves instantes, el peligro que había sentido superó incluso al que Dormammu alguna vez le había provocado.

La diferencia era tan abismal que su cuerpo reaccionó solo, temblando bajo el peso del recuerdo.

En otro lugar, en el Jardín de Plata… “Eficiente, pero aun así no puedo superar lo molestos que son estos sujetos”, murmuró Homura con fastidio mientras observaba, a través de una ventana, a su caballero enfrentarse a una posible amenaza universal.

La forma en que lo hacía se relacionaba con las cuatro habilidades que ella misma le había otorgado.

La primera era Proyección: algo similar a la magia de Shirō, aunque con una dirección opuesta.

Si él proyectaba armas o Noble Phantasms, Lindamea proyectaba su propia existencia.

En pocas palabras, podía crear copias controladas de sí misma; el caballo, la lanza y los clones eran simples ejemplos.

La segunda era El que habita entre los ángulos.

Mientras Lindamea fuera consciente de un lugar, podía viajar hasta él a través de un ángulo.

Aunque tenía limitaciones, eran tan amplias que se complementaban perfectamente con la siguiente habilidad, la más costosa de todas, aquella que casi había dejado a Homura sin reservas.

El Caminar del Tiempo.

La habilidad más cruda y simple: desplazarse libremente por la línea temporal.

Lindamea existía fuera del tiempo mismo, como el Castillo al Final de los Tiempos, pero confinada a un solo mundo.

Gracias a ello, podía abusar de los ángulos para acceder a cualquier punto de la línea temporal.

Por último, la segunda habilidad más costosa: El Hábito de Caza.

Permitía marcar objetivos y percibirlos mientras permanecieran dentro de la línea temporal.

“Ha… Me costó casi toda la arena negra que obtuve, pero al menos creé un instigador.

Ahora estos sujetos deberían mantenerse bajo control por un tiempo”, comentó Homura, frustrada y agotada.

Al menos había valido la pena.

Eso se repetía mientras observaba, a través de la ventana, cómo Lindamea se movía entre fragmentos de tiempo, dividiéndose en un clon que cargaba con la bomba.

Una bomba que, al quedar fuera de la línea temporal, no provocó destrucción alguna… solo le costó un clon.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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