Homura y sus bizarras aventuras - Capítulo 9
- Inicio
- Todas las novelas
- Homura y sus bizarras aventuras
- Capítulo 9 - 9 Un mundo por explorar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
9: Un mundo por explorar 9: Un mundo por explorar “Creo que estoy teniendo un fuerte déjà vu” murmuré algo desanimada mientras editaba mi avatar.
Frente a una pantalla, muy parecida a una ventana, se reflejaba un muñeco sin cara ni formas.
Un modelo 3D vacío que representaba la apariencia que tendría mi encarnación.
En pocas palabras, era como un sistema de creación de personajes de un videojuego, y como tal me traía el mismo problema de siempre: no tenía ni idea de por dónde empezar.
Había tantas opciones, tantos personajes que quería interpretar o incluso hacer cosplay… pero al final, ninguno me convencía.
Podía elegir la imagen de un héroe, pero usarlo para mis fines solo mancharía su significado.
Podía tomar la de un villano, pero tampoco me sentiría cómoda.
Incluso cuando tenía literalmente la oportunidad de oro de suplantar a un personaje, mi incomodidad era mayor que mi entusiasmo.
Al final, y tras una deliberación larga —y una discusión tediosa con el incubador— elegí crear mi avatar con mi apariencia actual: la apariencia de Homura.
Sonaba hipócrita después de mis dudas, pero si lo pensaba bien era la opción más lógica.
Yo era ella ahora.
Y aunque lo intentara, ya no podía recordar mi apariencia anterior.
Y eso realmente me tomó desprevenida.
Podía recordar a todos los demás: mi primer amor, mi madre, mis hermanos, mi familia, mis amigos… cada uno de ellos.
Pero cuando intentaba recordar mi propio rostro, solo encontraba una figura blanca sin facciones.
Como un error.
Como un muñeco en blanco, tal como mi avatar antes de editarlo.
“……” “Realmente esto se me hace cada vez más difícil de ignorar” murmuré mientras el dolor de cabeza se acumulaba.
Muchas cosas estaban terriblemente mal, y cada día se hacía más evidente.
Pero llegar al fondo de ello no era sencillo: mi poder, por más increíble que fuera, seguía siendo limitado.
No conocía nada de mi situación real.
El tiempo corría en mi contra.
Y perder la calma ahora no serviría de nada.
Tampoco podía obtener respuestas de Kyubey.
Lo único que podía hacer era volverme más fuerte, reunir cada pista posible y luego desentrañar qué estaba ocurriendo.
Y, más importante aún: averiguar si Madoka existía aquí.
Su sola idea me mantenía inquieta.
La posibilidad de que estuviera en algún lugar —cerca, lejos, o incluso en peligro— hacía que mi pecho se apretara.
Madoka era de esos pocos personajes que jamás podría odiar.
Le tenía un cariño extraño, sincero… quizá incluso peligroso.
.
.
“Mierda “ “…… Creo que ya tengo otra cosa de la que preocuparme” pensé, incómoda al darme cuenta por lo anormal que se sentía esa preocupación por madoka ahora que la consideraba con más seriedad.
“Homura, ¿ya terminaste de crear tu avatar?” preguntó Kyubey, visiblemente aburrido.
“Ya casi” contesté, apartando mis malos presentimientos y tratando de no hacer que se notara el hecho de que estaba sufriendo una crisis existencial.
“¿Y en serio no considera cambiarlo?” insistió Kyubey.
“Quiero decir, si su avatar aparece con su verdadera apariencia, eso sería bastante riesgoso.” “Lo es” , admití.
“Pero ten en cuenta que ya aparecí una vez.
Es casi seguro que al menos los Vigilantes me vieron.
Es mejor mantener la misma apariencia.
Además, si lo hago con regularidad, cuando aparezca con otra forma dejarán de asociarlo directamente conmigo.” “Es una posibilidad” comentó Kyubey.
“Y así podría conseguir más arena morada.” “Entonces, ya que estás de acuerdo, ¿me harías los honores?” contesté mientras mostraba el avatar en la pantalla, que poco a poco tomaba mi forma.
“Con gusto” respondió Kyubey, moviendo la cola con aparente emoción.
“Por cierto, ¿dónde le gustaría descender?” Tras sus palabras, un globo terráqueo apareció frente a mí, flotando como una lámpara vieja que estaba siendo sostenida por un hilo invisible.
“Déjame ver”, murmuré mientras me inclinaba sobre él y comenzaba a hacerlo girar con un dedo.
Mientras rotaba el mundo, varios villanos del universo cinematográfico cruzaron mi mente.
El Mandarín.
Obadiah.
Kingpin.
Zola.
Ross.
Muchos nombres, demasiados rostros.
Pero los descartaba uno tras otro.
No era falta de potencial; simplemente no me resultaban interesantes en este momento.
Además, había varios que jamás me habían gustado.
El dirigente de la Casa Roja.
El Hombre Morado.
Y el villano de Iron Man 3… ese pobre infeliz que se volvió malvado por un simple resentimiento y desperdició algo tan extraordinario como el virus Extremis creándose bombas humanas.
“Iron Man…” reconsideré.
Al recordar a tony, una sonrisa se deslizó por mi rostro.
Recordé a ese villano.
El desaprovechado, el que pudo ser grandioso, el que carga más potencial que todos los demás de su trilogía previa a la Guerra del Infinito.
“Bien, Kyubey, iremos aquí” declaré, señalando un punto específico.
Rusia.
Un nido de talento, tragedias y personas peligrosamente interesantes.
Iría por uno en concreto… y luego viajaría por el mundo en busca de otros individuos que pudiera moldear.
Tenía tres focos principales que observar: Tony, Steve y el Mago Supremo, y cada uno de ellos necesitaba su respectiva contraparte o tragedia pues por la esperanza que les doy debería haber una desesperación igual o mayor para que así exista aun más esperanza.
“Perfecto.
Entonces, por favor cierre los ojos y concéntrese en su avatar.” “Te lo confío” asentí, cerrando los ojos mientras me preparaba.
Antes de proceder, coloqué un pequeño seguro a espaldas de Kyubey.
No era por paranoia —o tal vez sí—, pero después de todo lo ocurrido, las incongruencias acumuladas y ciertas sensaciones que se negaban a desaparecer, empezaba a sospechar de él.
Quizá era infundado, quizá solo estaba pensando demasiado… pero prefería prevenir que lamentar.
La prudencia nunca mata; la confianza, sí.
Con esos pensamientos dando vueltas, seguí al pie de la letra sus instrucciones.
Shhh.
Una brisa fría me rozó el rostro.
Cuando abrí los ojos, estaba de pie en medio de una calle nevada.
La gente alrededor caminaba sin prisa ni energía, atrapada en un ciclo gris.
Las fábricas cercanas exhalaban humo pesado, oscureciendo aún más el cielo y dejando caer, de vez en cuando, un copo negro de hollín que se deshacía al tocar el suelo.
Las calles lucían gastadas.
La ciudad tenía una belleza apagada, como una fotografía quemada por las esquinas.
Entre toda aquella dureza —abrigos toscos, rostros cansados, miradas sin brillo— yo destacaba como una gema perdida en un montón de carbón.
Sin embargo, nadie me miraba.
Nadie podía hacerlo.
Antes de crear este avatar, le había otorgado dos habilidades.
La primera era el pensamiento dividido: me permitía permanecer conectada con mi cuerpo real en el Jardín de Palta mientras controlaba esta encarnación.
Dos conciencias, un mismo hilo.
Eso me daba libertad para movilizar mi poder en tiempo real a través del avatar.
La segunda era disolución.
Si este cuerpo moría o perdía contacto conmigo, se desharía como polvo al viento, igual que Spiderman en su peor día.
Sin restos, sin huellas, sin un átomo que algún mago entrometido o demonio curioso pudiera usar para rastrear hasta el Jardín de Plata.
“Ashu.” A media deliberación Homura soltó un estornudo tan brusco que la arrancó de sus pensamientos.
Parpadeó, aún aturdida, y recordó que este cuerpo, aunque creado por ella, era endeble por naturaleza: un recipiente desechable, frágil ante cualquier ambiente hostil.
Para su estado actual, este lugar equivalía a dejar a una joven enfermiza en una zona de cuarentena saturada de contaminación y climas adversos.
Resfriarse nada más llegar era el menor de los problemas; con la calidad del aire, sería un milagro que no desarrollara una enfermedad pulmonar severa.
Entre otras molestias igual de desagradables.
“Maldición… la próxima vez crearé un mejor cuerpo”, murmuró con fastidio mientras chasqueaba los dedos.
Su atuendo de chica mágica se desvaneció, sustituido por un abrigo mullido negro, botas altas, medias oscuras y un pantalón deportivo igual de negro.
“Eso debería bastar para no enfermarme.” Sintió un nuevo escozor en la nariz.
“Recordatorio personal: en el futuro añadiré una resistencia pulmonar comparable a la de los habitantes de la Ciudad Colmena de Warhammer.” Con aquella nota mental, Homura se tocó la garganta y disipó el malestar antes de empezar a avanzar por las ruinosas calles de la zona industrial.
Allí vio la humanidad en sus extremos más crudos.
Observó cómo inocentes morían en callejones, ebrios y cubiertos de vómito; presenció robos constantes; la nieve sucia cayendo sobre vagabundos que intentaban sobrevivir en refugios improvisados con cartón y desechos.
Y aun así, entre tanta podredumbre, persistían pequeños destellos de luz.
Niños jugando con la nieve, incluso si en ocasiones estaba manchada de negro.
Un abuelo cargando a su nieto mientras exploraba un bosquecillo cercano.
Un adolescente practicando puntería junto a su padre, quien lo corregía con paciencia entre sorbos de cerveza.
Mujeres mayores charlando con jóvenes mientras barrían las ventanas de sus diminutas casas.
Si Homura tuviera que describir este lugar, diría que era brutalmente pragmático.
Por un lado, una miseria absoluta donde algunos caían sin resistencia y se dejaban devorar por la decadencia; por el otro, un optimismo tercamente humano, gente que aún apostaba por un futuro mejor para ellos y para quienes amaban.
La escena tenía algo sinceramente conmovedor: un reflejo nítido de la naturaleza humana, ese choque perpetuo entre la esperanza y la desesperación.
Ese contraste se mantuvo incluso cuando Homura empezó a adentrarse en las zonas más remotas; jamás dejó de verlo repetirse, como un eco insistente.
Pero cuando llegó a la última parte del vecindario, sólo encontró vacío.
En los límites más alejados del barrio industrial quedaban restos de casas destruidas, fragmentos silenciosos de lo que alguna vez fue parte de la ciudad.
No había nadie.
Solo ruinas y una calma desolada.
“Parece que ya estoy en el área más pobre… minute”, murmuró al observar cómo el bosque empezaba a infiltrarse entre los escombros, recuperando terreno con una paciencia casi depredadora.
Mientras recorría aquella extensión pensó en muchas cosas y en la posible ubicación del chico.
Moscú, zona industrial más pobre: esas eran sus únicas pistas.
Buscarlo así era como intentar encontrar una aguja en un pajar sin un método especial.
“No negaré que me interesaba la idea de pasear por aquí… es muy parecido a visitar cierta ciudad de pesadilla de uno de mis videojuegos favoritos.
Pero si me tardo demasiado, sería aburrido.” Con ese pensamiento caprichoso, Homura empezó a considerar distintas soluciones.
Tras una breve deliberación, recordó algo que siempre había deseado de pequeña… y que, en esta situación, le vendría perfecto.
“Pero será costosa de hacer…” suspiró antes de apretar los dientes.
Con un chasquido, materializó uno de sus objetos favoritos de la ficción.
Plop.
En sus manos apareció un pequeño artefacto de madera envejecida, con una cuerda simple y un diseño casi artesanal.
Al abrirlo, una carta interna giró sin detenerse.
Era una brújula que no apuntaba al norte, ni a ningún lugar fijo.
La brújula del capitán Jack: un instrumento que señalaba aquello que más deseabas.
O al menos, esa era la leyenda.
Homura no la replicó al pie de la letra.
Su versión podría señalar personas, objetos, secretos o tesoros… pero no cosas absurdas como las Gemas del Infinito; si hubiera intentado algo así, habría quedado en bancarrota antes de crear siquiera una manecilla.
“Supongo que está bien.
Después de todo, solo busco personas normales”, pensó, agotada, antes de mirar el instrumento.
La brújula respondió pronto: la aguja se detuvo y apuntó en una dirección.
Sin quejarse demasiado, Homura comenzó a caminar.
El trayecto, que en teoría debía durar unos minutos, terminó extendiéndose más de una hora.
Lo que al inicio le pareció emocionante, empezó a tornarse desconcertante.
Comenzó a dudar de que la brújula funcionará.
A su alrededor ya casi no quedaban ruinas; solo bosque, árboles densos y restos dispersos de edificios.
Sin darse cuenta, Homura había llegado al borde mismo del bosque… y estaba a punto de adentrarse en él.“Esto ya es exagerado”, murmuró con rigidez mientras se detenía en lo que podía considerarse el último vestigio de las ruinas antes de que todo se volviera bosque puro.
La brújula no apunta hacia las casas; señalaba directamente hacia el interior del bosque congelado que se extendía frente a ella, oscuro y silencioso.
“¿Acaso hay más casas dentro del bosque… o están cazando?”, pensé mientras observaba una vez más aquella masa de árboles helados antes de decidir continuar.
Si después de un tiempo no encontraba nada, cambiaría el objetivo de búsqueda.
Después de todo, si no hallaba al hijo, tal vez podría rastrear al padre… o incluso a su loro, aunque dudaba que ese pájaro fuera sencillo de encontrar.
Y si eso tampoco funcionaba, bueno… siempre podía tirar esta brújula inútil a la nieve e irse de vacaciones un día a Italia o a Florida.
Después de todo, ella siempre quiso ir y vacacionar ahí, y si no lo hacía cuando pudiera entonces tal vez nunca podría hacerlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com