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I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 EL ERROR QUE NO DEBIÓ DESPERTAR
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1: EL ERROR QUE NO DEBIÓ DESPERTAR 1: EL ERROR QUE NO DEBIÓ DESPERTAR Aoi Kurogane vivió su último día en su mundo como si fuera cualquier otro: caminando por las calles grises después de la escuela, con los zapatos sucios de polvo y la mente pesada.

El sol bajaba lentamente detrás de los edificios, tiñendo el cielo de naranja y dejando ese brillo melancólico que hace que todo parezca un recuerdo antes incluso de que suceda.

Aoi avanzaba sin apuro, con la mochila colgando de un solo hombro y el uniforme medio desordenado, importándole poco si alguien lo veía así.

Las voces de otros estudiantes quedaban lejos, como si estuvieran en un canal distinto del que él escuchaba.

La gente lo evitaba sin saber realmente por qué.

Había algo en él que descolocaba, un silencio demasiado firme, una calma que no pertenecía a un adolescente normal.

Y era cierto: hacía años que algo dentro de Aoi latía con un poder que no encajaba en la lógica humana.

Era una fuerza que no tenía nombre, que no tenía límites y que él reprimía día tras día para no romper la realidad por accidente.

Desde niño la había sentido como un océano dormido debajo de su piel, inmenso y peligroso, como si su cuerpo fuese apenas una puerta delgada tratando de contener un tsunami.

Y aun así, a pesar de todo ese poder, la gente lo traicionó.

Su mejor amigo lo usó para escalar socialmente.

Una chica lo manipuló para despertar celos en otro.

Un profesor aprovechó su silencio para humillarlo frente a toda la clase.

Aoi no explotó.

No gritó.

No se defendió.

Solo se volvió silencioso.

Hueco.

Su corazón dejó de esperar algo de los demás.

Y cuando uno deja de esperar, deja de romperse.

Solo queda un vacío tranquilo, helado, pero extrañamente estable.

Caminó por la calle sin siquiera mirar a su alrededor, cruzó frente a tiendas conocidas, pasó por lugares donde alguna vez había reído y donde ya nada significaba nada.

Todo su mundo se había convertido en un eco apagado.

Llegó a su casa sin saludar a nadie —igual no había nadie para saludar—.

Su madre trabajaba hasta tarde, su padre era una sombra lejana sin presencia verdadera.

Aoi subió directamente a su cuarto, cerró la puerta con un gesto automático y dejó caer la mochila sobre el piso.

Se tiró en la cama y quedó mirando el techo sin expresión.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz anaranjada que entraba por la ventana.

Y, por un instante, ese silencio parecía perfecto.

Pero el cansancio pesaba más que la comodidad.

No era cansancio físico, sino esa fatiga que se acumula en el alma cuando uno ha sido traicionado demasiadas veces y ya no quiere sentir nada más.

—Ojalá pudiera empezar de cero… —murmuró, sin emoción, apenas un susurro que se perdió entre las sombras.

Aoi cerró los ojos, y en el instante exacto en que su mente cruzó la frontera entre el pensamiento y el sueño, algo en el mundo tembló.

El aire vibró.

La luz hizo un parpadeo extraño.

Un sonido distante, como una voz que no podía pertenecer a un ser humano, atravesó la realidad: “Invocación ejecutada.

Compatibilidad absoluta.

Liberando limitadores.” Aoi desapareció sin un ruido, sin un destello dramático, sin una despedida.

Simplemente dejó de estar.

Su cama quedó tibia, su uniforme quedó arrugado donde había estado acostado, y su existencia se borró como si hubiera sido arrancada de la escena.

La sensación de caída duró menos de un segundo.

Cuando abrió los ojos, Aoi ya no estaba en su habitación.

Se encontraba en un templo circular suspendido en el cielo, rodeado por nubes violetas que parecían moverse con vida propia.

Runes brillaban en el suelo, talladas en un círculo mágico que latía como un corazón antiguo.

Frente a él había cuatro personas: un mago joven y nervioso, una sacerdotisa de mirada suave, un caballero con armadura ceremonial y un noble gordito cuya capa era demasiado grande para ocultar su arrogancia.

El mago fue el primero en reaccionar.

—¡Héroe!

¡La invocación fue un éxito!

¡Bienvenido al Reino de Veltoria!

Aoi levantó una ceja.

—¿Héroe?

—dijo con un tono plano, más curioso que sorprendido.

El grupo se movió con torpeza, casi empujándose entre ellos mientras trataban de verse formales y desesperados al mismo tiempo.

—Por favor, por favor, muestre sus estadísticas —pidió el mago con manos temblorosas—.

Necesitamos verificar si posee el potencial para acabar con el Rey Demonio.

Una ventana invisible apareció frente a Aoi, flotando en el aire, mostrando un panel de atributos.

Él lo leyó con calma.

Nombre: Aoi Kurogane Clase: Héroe Nivel: 1 Fuerza: 10 Agilidad: 10 Magia: 10 Resistencia: 10 Suerte: 10 Habilidades especiales: Ninguna El silencio que siguió fue casi doloroso.

El noble frunció los labios.

El caballero apretó la empuñadura de su espada.

La sacerdotisa desvió la mirada, decepcionada.

El mago respiró hondo con angustia.

—E-estadísticas… básicas.

Esto no puede estar bien.

El Oráculo jamás se equivoca al elegir un héroe… Aoi contuvo una risa seca.

Sus estadísticas eran una broma para alguien como él.

Ese panel no era capaz de medir lo que realmente era.

Su poder siempre había estado fuera de cualquier escala concebible.

Era más un fenómeno que una habilidad.

Un error del mundo que jamás debió existir y que por eso mismo no podía ser evaluado por ningún sistema mágico.

Pero Aoi no explicó nada.

El noble avanzó con paso inseguro.

—Héroe… nuestras vidas dependen de usted.

El Reino necesita que derrote al Rey Demonio.

Es su deber como invocado.

—No me interesa —dijo Aoi sin siquiera pensarlo.

El caballero apretó los dientes.

—¿Qué…?

¿Acaso deseas ver este mundo arder?

Aoi lo miró con ligera curiosidad.

—No me importa si se destruye o no.

No conozco a nadie aquí.

No les debo nada.

Recién llego y ya quieren ordenarme qué hacer.

Qué fastidio.

La sacerdotisa dio un paso adelante con expresión suplicante.

—Por favor.

Si no nos ayuda, miles morirán… Aoi suspiró, cansado de escuchar la misma historia de siempre.

En su mundo lo querían como herramienta.

En éste parecía que sería lo mismo.

Personas que solo lo valoraban porque necesitaban algo.

Personas que esperaban que sacrificara su vida porque a ellos les convenía.

—No entienden nada —dijo él con tono bajo y tranquilo.

Todos guardaron silencio, repentinamente tensos.

—Voy a matar al Rey Demonio —continuó Aoi.

Los cuatro se iluminaron de esperanza.

—¡Entonces sí nos ayudarás!

—exclamó el mago.

Aoi sonrió con un filo peligroso.

—No lo haré por ustedes.

Lo haré porque quiero su trono.

Porque si voy a empezar de cero, esta vez no voy a ser el héroe.

Quiero ser quien gobierne.

Quiero ser el que decide.

El que mira desde lo alto, no desde abajo.

Las palabras cayeron sobre el templo como un martillazo.

La sacerdotisa retrocedió horrorizada.

El noble se puso blanco.

El caballero llevó automáticamente la mano al arma… error fatal.

Una simple intención hostil.

Nada más.

Una chispa diminuta que cualquier humano tendría.

Pero el mundo reaccionó por él.

El flujo de energía se tensó.

La atmósfera vibró.

Y el caballero perdió las fuerzas en un instante, desplomándose sin herida visible.

No hubo sufrimiento ni sangre; solo su vida apagándose sin ruido, como una vela que alguien sopló desde muy lejos.

La sacerdotisa gritó su nombre, temblando.

Aoi ni siquiera volteó a verlo.

—Ah.

Casi lo olvido —dijo con calma, como quien recuerda un detalle sin importancia—.

No me sigan.

No intenten controlarme, observarme, vigilarme.

No piensen en perseguirme ni en usarme.

La intención bastará para que desaparezcan.

Es solo una advertencia.

El mago cayó de rodillas, aterrado.

—¡E-eres nuestra única esperanza!

¡Si no nos ayudas, todo estará perdido!

Aoi se encogió de hombros.

—Entonces ya están perdidos desde el momento en que me invocaron.

Yo no vine a salvarlos.

Yo vine a vivir como me dé la gana.

Caminó hacia el borde del templo, mirando el horizonte infinito de nubes violetas.

—Voy a explorar este mundo primero.

Quiero verlo.

Quiero sentirlo.

Quiero entender qué tan divertido puede ser un lugar donde no tengo límites y donde nadie puede traicionarme.

Saltó al vacío.

El aire lo sostuvo.

Era como si el mundo ya reconociera su presencia como una fuerza que no podía ignorar.

—Recuerden —dijo sin mirar atrás—: si cruzan mi camino, dejarán de existir.

Y así, sin dramatismos, sin arcos mágicos brillantes, sin un coro épico, Aoi se lanzó hacia un destino que él mismo iba a escribir.

Un mundo entero temblaría pronto bajo su sombra.

No porque hubiera nacido para ser rey, sino porque había nacido imposible.

Y lo imposible no se detiene.

Lo imposible gobierna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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