I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Diez años después del sello
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17: Diez años después del sello 17: Diez años después del sello Diez años bastan para que una mentira se vuelva tradición.
Diez años para que el polvo cubra los nombres incómodos.
Diez años para que el mundo aprenda a vivir sin mirar la grieta bajo sus pies.
En la capital, las campanas sonaban como siempre: puntuales, solemnes, huecas.
Nadie recordaba ya por qué se construyó el santuario del norte; solo sabían que no se debía hablar de él.
Un rumor viejo, una cicatriz tapada con alfombras y discursos.
El Rey Demonio seguía vivo.
No era un secreto.
Era una costumbre.
Las fronteras retrocedían de a poco, las aldeas caían sin épica, y los mapas se redibujaban con resignación.
La gente lo llamaba “estabilidad”.
Los nobles, “equilibrio de fuerzas”.
Los sacerdotes, “prueba divina”.
Y el reino decidió hacer lo que siempre hacía cuando el miedo apretaba: invocar.
El círculo mágico iluminó el salón como una herida abierta.
Runas antiguas, cantos sin alma, un temblor breve que los magos juraron no sentir.
Cuando la luz se apagó, un joven estaba de rodillas, respirando con dificultad, con la mirada todavía atrapada entre dos mundos.
Se llamaba Eiden.
No sabía por qué su corazón latía como si ya hubiese corrido una guerra.
No sabía por qué el aire de ese lugar le sabía a hierro.
Solo sabía que todos lo miraban con la misma expectativa con la que se mira un arma nueva.
—Bienvenido, héroe —dijo el sumo sacerdote, sonriendo como quien firma un contrato—.
Este mundo te necesita.
Eiden levantó la vista.
Vio banderas, armaduras pulidas, un trono alto.
Vio promesas.
Aceptó.
Porque eso hacen los héroes cuando aún no entienden el precio.
Los días siguientes fueron una avalancha de información seleccionada.
El enemigo tenía nombre y forma.
El pasado reciente era “confuso”.
El pasado antiguo, “irrelevante”.
Hubo otro héroe, sí… pero fracasó.
Corrupción.
Desobediencia.
Una pena necesaria.
Así se lo dijeron.
Así lo aprendió.
Le dieron entrenamiento.
Armas benditas.
Un grupo.
Un guerrero que reía para no pensar.
Una maga que memorizaba el mundo para no sentirlo.
Una sanadora que rezaba incluso cuando dormía.
Un estratega con ojos cansados, demasiado cansados para su edad.
Funcionaban.
Demasiado bien.
Cada victoria confirmaba la narrativa.
El reino los aplaudía desde lejos; las aldeas los recibían como lluvia tras la sequía.
Eiden creció rápido.
No en poder —eso vino solo—, sino en certeza.
Creyó estar en el lado correcto de la historia.
Hasta que algo empezó a no encajar.
En la frontera oriental, una fortaleza en ruinas tembló cuando Eiden cruzó su umbral.
No por su presencia, sino por un eco.
La maga lo sintió primero: un pulso profundo, como un latido enterrado.
En las paredes, símbolos tallados con prisa.
Sellos viejos.
Más viejos que el reino.
—¿Qué es este lugar?
—preguntó Eiden.
—Nada importante —respondió el estratega, leyendo una inscripción borrada a medias—.
O eso dicen.
Cuando enfrentaron al Rey Demonio por primera vez, Eiden entendió algo más.
No miedo.
Prudencia.
El enemigo no luchaba como una bestia acorralada, sino como alguien que espera.
Como si el tiempo estuviera de su lado.
—¿A quién temes?
—preguntó Eiden en medio del choque de acero y fuego.
El Rey Demonio sonrió.
No con burla.
Con alivio.
No respondió.
Regresaron al reino como héroes incompletos.
Victoria cercana.
Final aplazado.
El consejo se reunió en salas cerradas.
El sumo sacerdote dejó de sonreír igual.
Los informes se sellaron con lacre negro.
Y, una noche sin luna, les pidieron presentarse “para recibir instrucciones finales”.
La emboscada fue perfecta.
No hubo discursos.
No hubo juicio.
Solo órdenes claras y manos temblorosas.
El grupo cayó uno por uno, no por debilidad, sino por confianza.
La sanadora murió rezando.
El guerrero riendo por última vez.
La maga sin terminar un hechizo que nunca aprendería de nuevo.
El estratega entendió primero… y no tuvo tiempo de decir nada.
Eiden sobrevivió.
No por fuerza.
Por error.
Despertó entre cadáveres y antorchas apagadas.
Con documentos manchados de sangre ajena.
Con sellos rotos por prisa.
Con una verdad escrita con tinta vieja y miedo reciente.
El héroe anterior no cayó.
El héroe anterior funcionó.
Eiden caminó hasta el norte.
Hasta el lugar del que no se hablaba.
Cada paso pesaba como una traición elegida.
El santuario estaba intacto, arrogante en su silencio.
Los sellos vibraban, cansados de sostener una historia que no querían cargar más.
—Lo siento —dijo Eiden.
No al reino.
No a los muertos.
Al mundo—.
Te mentí.
Puso la mano sobre el núcleo del sello.
Y el mundo contuvo el aliento.
En algún lugar profundo, algo abrió los ojos.
La tierra tembló.
El cielo se agrietó.
Y una presencia antigua regresó sin prisa, como quien vuelve a casa tras una larga ausencia.
Diez años después del sello, el final recordó su nombre.
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