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I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 18

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18: Cuando el mundo respondió 18: Cuando el mundo respondió El temblor no fue violento.

Fue exacto.

Como si el mundo hubiera comprobado una grieta que ya sabía que existía.

Las campanas de la capital sonaron solas, desordenadas, chocando contra el aire con un tono enfermo.

En las calles, la gente se detuvo sin saber por qué; algunos llevaron la mano al pecho, otros al suelo, como si pudieran sostenerlo.

Los magos cayeron de rodillas.

Los sacerdotes dejaron de rezar a mitad de palabra.

Algo había cambiado.

No era destrucción.

Era presencia.

En la torre occidental, el consejo real se reunió de emergencia.

Las paredes protegidas con runas crujían como madera vieja.

—Un sismo —dijo uno de los nobles, sudando—.

Nada más.

—No —respondió una archimaga, con los ojos fijos en el cristal de maná que vibraba—.

Un regreso.

El nombre no se pronunció.

No hizo falta.

Todos lo pensaron.

Todos lo negaron al mismo tiempo.

En el norte, el santuario respiró.

Las grietas que habían aparecido no se expandieron de inmediato.

Se estabilizaron, como si el poder que escapó hubiera decidido esperar.

Las runas apagadas dejaron un polvo fino, antiguo, que no pertenecía a ningún idioma vivo.

Y, en el centro de la cámara sellada durante una década, alguien estaba de pie.

No había estallidos.

No hubo luz cegadora.

Solo una inhalación profunda.

Diez años de silencio entraron en unos pulmones que no habían envejecido ni un día.

El hombre miró sus manos como si fueran ajenas.

Las abrió.

Las cerró.

Sintió el peso del cuerpo, la gravedad, el tiempo retomando su lugar.

—…Vaya —murmuró.

La voz no tembló.

Tampoco celebró.

Era la voz de alguien que sobrevivió.

A su alrededor, restos del sello colgaban como telarañas rotas.

El aire tenía un sabor familiar: culpa, miedo… y algo más fresco.

Decisión humana.

Un error nuevo.

—Así que fue otro —dijo, sin preguntar.

Levantó la mirada.

Sintió el exterior como una cartografía de pulsos: ciudades alertas, monstruos inquietos, el Rey Demonio… distante.

Expectante.

Y a un kilómetro del santuario, arrodillado, con sangre seca en la ropa y los ojos vacíos de sueño, estaba Eiden.

El nuevo héroe no sabía si llorar o huir.

La presión que sentía no era hostil, pero lo aplastaba igual.

Como estar frente a una montaña que te permite respirar.

Apenas.

El sellado dio un paso fuera del círculo.

El mundo volvió a temblar.

Esta vez, más personas cayeron al suelo.

—Tranquilo —dijo el hombre, como si hablara con la tierra misma—.

No vengo a romper nada… todavía.

Eiden alzó la vista.

Vio a alguien cansado.

No furioso.

No corrupto.

Cansado como solo se cansa alguien que cargó con el mundo y fue castigado por lograrlo.

—Yo… —intentó hablar Eiden—.

El reino… —Ya lo sé —lo interrumpió—.

Siempre lo sé.

Se acercó.

Cada paso hacía doler los dientes de Eiden, no por amenaza, sino por densidad.

Por realidad.

—Dime algo —preguntó el hombre—.

¿Sigue en pie la mentira?

Eiden no respondió.

No pudo.

Eso bastó.

En la capital, el cristal de maná se rompió en mil pedazos.

—Ha despertado —susurró alguien—.

El Error… En el norte, el hombre alzó la mirada hacia el cielo agrietado, como quien evalúa el clima antes de una tormenta larga.

—Diez años —dijo—.

Supongo que es una mejora.

Antes no duraban ni cinco.

Miró a Eiden una última vez.

—Vete —ordenó sin dureza—.

Lo que venga después… no es para héroes obedientes.

Y por primera vez desde que fue sellado, el Fin dio un paso adelante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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