I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 El mundo que no las olvidó
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20: El mundo que no las olvidó 20: El mundo que no las olvidó Salir del santuario fue como atravesar una garganta viva.
El aire exterior golpeó primero a Seren.
Retrocedió un paso, sorprendida por algo tan simple como el viento.
Diez años sin clima.
Sin estaciones.
Sin cielos que decidan por sí mismos.
Cerró los ojos y dejó que le despeinara el cabello, como si quisiera memorizarlo otra vez.
—El mundo… sigue respirando —murmuró.
Lyria, en cambio, rió.
No fuerte.
Rió como quien vuelve a sentir el peso del cuerpo y lo encuentra agradable.
—Y yo que pensaba romper algo apenas saliera —dijo, mirando el horizonte agrietado—.
Parece que el mundo ya se adelantó.
Aoi avanzó primero.
Cada paso suyo asentaba la tierra, como si esta reconociera un patrón antiguo.
No dominaba el entorno; lo recordaba.
La montaña respondió con un crujido lento, no de amenaza, sino de saludo.
El cielo estaba herido.
Grietas blancas cruzaban las nubes, cicatrices que no sangraban luz, sino una presión invisible.
No anunciaban fin inmediato.
Anunciaban memoria.
—No debería verse así —susurró Seren—.
Esto no es daño… es corrección fallida.
A lo lejos, las bestias del norte huían en dirección opuesta, sin mirar atrás.
No rugían.
No atacaban.
Se iban.
—Interesante —dijo Lyria—.
Hasta los monstruos saben cuándo una historia cambia de autor.
Avanzaron entre árboles que habían crecido torcidos alrededor del santuario, como si durante una década hubieran evitado mirarlo directamente.
Al pasar, las hojas temblaron.
No por viento, sino por presencia reconocida.
Seren se detuvo de golpe.
—Aoi —dijo—.
¿Lo sientes?
Él asintió.
No era hostilidad.
Tampoco vigilancia directa.
Era algo peor.
—Nos están observando —continuó Seren—.
No con ojos… con narrativas.
—El reino —escupió Lyria—.
Siempre pendientes de controlar el cuento.
Aoi no respondió.
Su atención estaba fija en otra cosa.
Un eco.
No el del Rey Demonio.
Ese latía lejos, cauteloso.
Este era diferente.
Más frágil.
Más humano.
—El otro héroe —dijo finalmente—.
Aún vive.
Seren frunció el ceño.
—¿El que te liberó?
—Sí.
Lyria alzó una ceja.
—Tiene agallas… o nada que perder.
Aoi cerró los ojos un instante.
Vio imágenes que no eran recuerdos suyos: antorchas apagadas, sangre vieja en mármol limpio, un juramento roto antes de terminarse.
—Le quitaron todo —dijo—.
Igual que intentaron hacerlo con nosotros.
Silencio.
Seren rompió el momento con calma quirúrgica.
—Entonces no es enemigo.
—No —respondió Aoi—.
Es consecuencia.
Caminaron durante horas.
El norte no ofrecía caminos; ofrecía decisiones.
Cruces donde antes no los había.
Rutas nuevas abiertas por temblores recientes.
El mundo se estaba reajustando alrededor de Aoi, sin pedir permiso.
Al llegar a un valle abierto, se detuvieron.
Desde allí se veía, muy a lo lejos, la silueta oscura de una ciudad fronteriza.
Murallas levantadas con miedo reciente.
Torres con banderas nuevas.
El símbolo del reino… intacto.
Lyria chasqueó la lengua.
—Ni una década y ya volvieron a levantar estatuas.
—Las estatuas no son el problema —corrigió Seren—.
Son los cimientos.
Aoi miró la ciudad con una expresión que no era odio, ni rencor.
Era evaluación.
—No iremos directamente —dijo—.
Aún no.
—¿Planeas esconderte?
—preguntó Lyria, divertida.
—Planeo entender —respondió él—.
El mundo cambió.
Si camino como antes, reaccionará como antes.
Seren asintió lentamente.
—Entonces empezamos desde abajo.
—Desde la verdad —añadió Aoi.
Un trueno seco retumbó, sin nubes de tormenta.
No cayó rayo alguno.
Fue un aviso.
Lejano.
Medido.
En algún punto del continente, los sacerdotes se despertaron sudando.
En otro, el Rey Demonio abrió los ojos del todo.
En la capital, un escribano dejó caer la pluma, sin saber por qué.
Y en el norte, tres figuras comenzaron a caminar juntas.
No como héroes.
No como villanos.
Sino como testigos que regresan a un mundo que juró haberlos olvidado… y ahora no sabía dónde esconder la culpa.
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