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I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 La ciudad que fingía no temblar
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21: La ciudad que fingía no temblar 21: La ciudad que fingía no temblar La ciudad fronteriza se llamaba Varhen.

O al menos así figuraba en los mapas nuevos, esos que se imprimían cada cinco años para esconder mejor las pérdidas.

Desde lejos parecía firme: murallas reforzadas, torres vigilantes, estandartes limpios.

Desde cerca… respiraba miedo.

Aoi lo sintió antes de cruzar las puertas.

—Está conteniéndose —dijo.

Seren inclinó la cabeza, atenta.

—Como alguien que sonríe mientras aprieta los dientes.

Lyria soltó una risa corta.

—Perfecto.

Me recuerda a casa.

Entraron sin problemas.

Nadie los detuvo.

Nadie hizo preguntas.

No porque no llamaran la atención, sino porque Varhen había aprendido a no mirar de más.

Los soldados evitaban sostener la mirada.

Los mercaderes hablaban rápido.

Los niños jugaban en silencio.

Demasiado silencio para una ciudad viva.

En la plaza central se alzaba una estatua recién pulida: un héroe con espada en alto, rostro genérico, sin nombre grabado aún.

La base esperaba letras futuras.

Lyria la rodeó, examinándola.

—Qué rápido —dijo—.

Ni siquiera esperan a que el muerto exista.

—Es preventiva —respondió Seren—.

Así duele menos cuando tengan que justificarlo.

Aoi no comentó nada.

Sus ojos estaban en la gente.

En cómo algunos, al pasar cerca de él, se estremecían sin saber por qué.

No miedo consciente.

Memoria instintiva.

Se detuvieron frente a una posada: El Ciervo Gris.

Madera vieja, pero sólida.

Una reliquia honesta en una ciudad que ya no lo era tanto.

Dentro, el ambiente era denso.

Conversaciones bajas.

Miradas que se apagaban al verlos entrar.

El posadero, un hombre de barba canosa y espalda encorvada, los observó con atención calculada.

—Habitaciones —pidió Seren, con voz tranquila—.

Y comida caliente.

El hombre dudó solo un segundo.

—Arriba —dijo—.

Última puerta a la derecha.

Les dio la llave sin pedir nombres.

Cuando estuvieron solos, Lyria cerró la puerta con el pie.

—Nos reconocen —dijo—.

No por cara, por sensación.

—Esta ciudad ya ha visto finales acercarse —respondió Aoi—.

Y ha sobrevivido fingiendo que no ocurrió nada.

Comieron en silencio por unos minutos.

Pan duro.

Estofado demasiado aguado.

Comida de quien espera sitio por años y nunca recibe refuerzos.

—Algo va a pasar aquí —dijo Seren de pronto—.

No hoy.

Pero pronto.

Aoi asintió.

—El reino usó Varhen como amortiguador.

Si cae, compran tiempo.

Si resiste, venden esperanza.

—Y si explota —añadió Lyria—, culpan a alguien más.

Clásico.

Un grito rompió la conversación.

Venía de la plaza.

Aoi se levantó antes de que el eco se disipara.

Desde la ventana, vio a un grupo de soldados arrastrando a un muchacho.

No debía tener más de dieciséis años.

Sus manos atadas.

Su ropa manchada de tinta y hollín.

—Herejía —oyó a uno gritar—.

Difundir rumores prohibidos.

Seren se acercó, tensa.

—¿Qué dijo?

Aoi afiló el oído.

—Que el Rey Demonio no es el peor monstruo que ha visto este mundo.

Lyria sonrió despacio.

—Ah.

Se atrevió.

Los soldados levantaron una lanza.

No para intimidar.

Para terminar rápido.

Aoi ya estaba moviéndose.

No fue un gesto heroico.

Fue corrección natural.

El aire se volvió pesado.

La lanza se detuvo a medio trayecto, vibrando, incapaz de avanzar.

Los soldados retrocedieron, aterrados, sin entender por qué sus cuerpos no obedecían.

Aoi no levantó la voz.

—Suéltenlo.

Los hombres obedecieron sin discutir.

No por miedo consciente.

Por instinto ancestral.

El muchacho cayó al suelo.

Temblaba.

—Vete —dijo Seren, ayudándolo a ponerse de pie—.

Y no vuelvas a decirlo en voz alta.

El chico los miró como si viera fantasmas.

—¿Ustedes…?

Lyria le guiñó un ojo.

—No somos estatuas.

Aprovecha.

El muchacho corrió.

La plaza quedó en silencio absoluto.

Nadie aplaudió.

Nadie gritó.

Pero algo invisible se había quebrado.

—Y ahí lo tienes —dijo Lyria, mirando alrededor—.

Primer rumor.

Aoi observó la estatua en construcción.

El rostro sin nombre parecía ahora… torcido.

—No vine a liberar ciudades —dijo—.

Pero si este mundo insiste en probarme… Seren lo miró con preocupación suave.

—Cada paso tuyo recuerda a la gente lo que perdió.

—No —corrigió Aoi—.

Lo que enterró.

Un trueno lejano respondió.

No del cielo.

De la historia misma.

Varhen fingía no temblar.

Pero bajo sus calles, la grieta ya estaba despierta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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