I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Los que adoraron la grieta
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23: Los que adoraron la grieta 23: Los que adoraron la grieta Las sectas no aparecen cuando el mundo está en calma.
Aparecen cuando alguien demuestra que la realidad puede romperse.
Varhen no vio llegar a los primeros.
Nadie los vio.
No entraron por las puertas ni levantaron campamentos visibles.
Simplemente… estaban.
En callejones, en sótanos, en templos abandonados donde los dioses oficiales habían dejado de escuchar.
Se hacían llamar Los Devotos del Último Tránsito.
No gritaban consignas.
No portaban símbolos del reino ni del Rey Demonio.
Su emblema era algo peor: una figura triple grabada en metal oscuro.
Tres siluetas entrelazadas.
Tres voluntades superpuestas.
Un solo concepto.
Los Tres Destructores del Fin.
Aoi sintió el primer rezo como un pinchazo detrás del ojo.
Se detuvo en seco en medio de la calle.
—No… —murmuró.
Seren lo miró de inmediato.
—¿Qué ocurre?
—Me están nombrando —respondió—.
Pero no como soy.
Lyria frunció el ceño.
—Eso nunca es buena señal.
Esa misma noche, un edificio en ruinas al este de Varhen se llenó de velas.
Más de mil personas se arrodillaron en silencio absoluto.
Campesinos.
Soldados desertores.
Magos fallidos.
Huérfanos de guerras que nunca entendieron.
No estaban locos.
Estaban convencidos.
—El mundo tembló —dijo una voz al frente—.
Y no fue el Rey Demonio.
—El cielo se agrietó —respondieron—.
Y no fue castigo divino.
—Fue señal —continuó la voz—.
El Fin regresó… triplicado.
Tres nombres no pronunciados.
Tres presencias reinterpretadas.
Aoi.
Lyria.
Seren.
No como personas.
Como avatares.
—Esto es peligroso —dijo Seren desde la azotea opuesta, observando el ritual—.
Están mitificando.
—No —corrigió Aoi—.
Están buscando algo a lo que obedecer que no les mienta.
Lyria escupió al suelo.
—Genial.
Nunca quise fieles.
Son peores que enemigos.
Aoi apretó los dientes.
—Si creen que soy un dios… dejarán de asumir responsabilidad.
El ritual llegó a su punto culminante cuando alguien más dio un paso al frente.
Eiden.
No llevaba armadura.
Ni arma visible.
Solo una túnica negra sin símbolos.
Su rostro ya no era el del héroe invocado.
Era el de un sobreviviente.
Hubo murmullos.
Algunos lo reconocieron.
Otros lo sintieron.
—Él es el que rompió el sello —susurraron—.
El que eligió el pecado.
Eiden levantó la mano.
—No los detendré —dijo—.
Pero tampoco los guiaré con mentiras.
Silencio absoluto.
—No son dioses —continuó—.
Son consecuencias.
Y yo… yo soy prueba de lo que pasa cuando el Reino decide quién debe morir por conveniencia.
La multitud no se dispersó.
Se arrodilló más bajo.
—Entonces —dijo uno—, ¿a quién seguimos?
Eiden cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, su decisión ya estaba tomada.
—A nadie —respondió—.
Caminan conmigo… o se quedan esperando otro salvador.
Lyria soltó una risa incrédula.
—¿En serio?
—Se están organizando solos —añadió Seren—.
Eso los hace impredecibles.
Aoi miró a Eiden desde la distancia.
No desaprobó.
Tampoco aprobó del todo.
—Eligió el lugar más peligroso para pararse —dijo.
—Entre la fe y la desesperación —respondió Seren.
—Exacto.
Esa noche, los Devotos del Último Tránsito desaparecieron de Varhen.
No porque se disolvieran.
Sino porque empezaron a moverse.
Más de mil voces.
Una idea imposible de volver a sellar.
Y en la capital, cuando llegó el informe, nadie dijo “secta”.
Dijeron otra palabra.
—Movimiento.
Y Aoi entendió algo con claridad fría: El Reino había perdido el control del relato.
El mundo había encontrado nuevos nombres para el Fin.
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