I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 El trono que nadie quiso nombrar
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24: El trono que nadie quiso nombrar 24: El trono que nadie quiso nombrar El encuentro no ocurrió en un templo.
Tampoco en una cueva ni en un salón ceremonial.
Ocurrió bajo tierra, en una ciudad muerta que el Reino había borrado de los mapas diez años atrás.
Columnas partidas, calles hundidas, símbolos arrancados a martillazos.
El tipo de lugar donde las mentiras no se molestan en fingir.
Más de mil personas aguardaban en silencio.
No rezaban.
No cantaban.
Esperaban.
Cuando Aoi descendió por las escaleras rotas, el murmullo se apagó por sí solo.
No fue miedo.
Fue reconocimiento.
Como si algo antiguo encajara en su sitio correcto.
Eiden estaba al frente.
No como líder visible, sino como punto de equilibrio.
Al verlo llegar, dio un paso atrás.
—Viniste —dijo.
—Dijiste que caminarían —respondió Aoi—.
Vine a ver hacia dónde.
Lyria observó a la multitud con gesto afilado.
—Demasiados —murmuró—.
Y demasiado convencidos.
Seren cerró los ojos un momento.
—Y demasiado rotos como para volver atrás.
Aoi avanzó hasta el centro del espacio hundido.
No habló de inmediato.
Dejó que el silencio hiciera su trabajo.
Que cada uno recordara por qué estaba allí.
—No soy un dios —dijo por fin—.
Tampoco un salvador.
Nadie se movió.
—El Reino los traicionó.
El Rey Demonio los usa como desgaste.
Y los héroes… —hizo una pausa— los héroes siempre llegan tarde.
Algunos apretaron los puños.
Otros bajaron la cabeza.
—Yo también fui un héroe —continuó—.
Y miren cómo terminó.
Una mujer dio un paso adelante.
—Entonces… ¿qué eres?
Aoi no esquivó la pregunta.
—Voy a ser el próximo Rey Demonio.
El aire se tensó.
No hubo gritos.
No hubo rechazo.
Solo una inhalación colectiva.
Lyria giró el rostro, sonriendo con algo que no era burla.
Seren observó a Aoi con una mezcla de pesar y aceptación.
Eiden fue el primero en hablar.
—Si tomas ese trono —dijo—, el mundo te odiará sin escuchar razones.
—Ya lo hace —respondió Aoi—.
La diferencia es que dejaré de pedir permiso.
Se volvió hacia la multitud.
—El título no es maldad —dijo—.
Es posición.
El Rey Demonio no gobierna por caos… gobierna porque el mundo necesita un enemigo estable para no desmoronarse.
—¿Y tú serás ese enemigo?
—preguntó alguien.
—Seré el que no mienta sobre lo que es este mundo.
Silencio.
Entonces, uno a uno, comenzaron a arrodillarse.
No ante Aoi.
Ante la decisión.
—No les prometo paz —dijo—.
Les prometo un conflicto que tenga sentido.
—No les prometo justicia divina —añadió Seren—.
Les prometo consecuencias reales.
—Y yo —intervino Lyria— les prometo que si alguno intenta usar esto para jugar a ser santo… lo rompo.
Una risa nerviosa recorrió el lugar.
Y luego algo más peligroso: Determinación.
Eiden se acercó a Aoi.
—No puedo seguir fingiendo que soy un héroe —dijo—.
Pero puedo ayudarte a construir algo que obligue al Reino a mirarse al espejo.
Aoi lo miró a los ojos.
—No te necesito obediente.
—Nunca lo fui —respondió Eiden—.
Solo cansado.
Aoi asintió.
—Entonces quédate.
En ese instante, algo reaccionó lejos.
Muy lejos.
El Rey Demonio actual sintió el cambio de peso en el mundo.
Los sacerdotes se atragantaron en sueños.
Y en la capital, un viejo trono tembló sin que nadie lo tocara.
Aoi se volvió hacia la multitud por última vez.
—Desde hoy —dijo—, dejamos de huir de los nombres que nos dieron.
Levantó la mirada.
—Si este mundo necesita un demonio para dejar de mentirse… entonces yo aceptaré la corona.
No hubo aplausos.
No hubo vítores.
Solo mil voluntades alineándose.
Y por primera vez desde que fue sellado, el Fin no caminaba solo.
Caminaba organizando el infierno.
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