I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 El nombre que no debe pronunciarse
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25: El nombre que no debe pronunciarse 25: El nombre que no debe pronunciarse La habilidad no respondió de inmediato.
Aoi lo sintió como una puerta que no quería abrirse, una memoria muscular del mundo negándose a recordar.
Diez años sellada, diez años reprimida bajo capas de culpa y cálculo.
La muerte instantánea no era un hechizo más: era una conclusión.
—No lo hagas aquí —susurró Seren—.
Hay demasiados ojos.
—Justamente —respondió Aoi—.
Ya no puedo permitirme que duden.
El aviso llegó tarde.
Desde la galería superior de la ciudad muerta, un destacamento del Reino irrumpió con antorchas y armaduras ceremoniales.
No venían a negociar.
Venían a borrar.
—¡Por orden del consejo!
—gritó un capitán—.
¡Todos al suelo!
La multitud se tensó.
Mil personas conteniendo el miedo como si fuera vidrio caliente.
Eiden avanzó un paso, pero Aoi levantó la mano.
—No —dijo—.
Esto es mío.
Bajó los escalones con calma.
No aceleró.
No buscó cobertura.
El mundo mismo parecía abrirle un pasillo invisible.
Las antorchas parpadearon.
Las palabras se atascaron en gargantas entrenadas para obedecer.
—Deténgase —ordenó el capitán, más por hábito que por convicción.
Aoi lo miró.
No con odio.
Con finalidad.
—No diré el nombre —murmuró—.
El mundo lo recuerda mejor que yo.
Activó la habilidad.
No hubo destello.
No hubo sonido.
La realidad se cerró alrededor del capitán, como si hubiera llegado al final de una frase largamente esperada.
El hombre se quedó inmóvil, con la orden aún en los labios… y luego cayó, sin herida visible, sin drama.
El silencio fue total.
Uno.
Solo uno.
—Retírense —dijo Aoi—.
Ahora.
Un soldado lanzó una lanza.
No por valor: por pánico.
La lanza se detuvo a medio metro de Aoi y perdió coherencia, como si el concepto de “impacto” hubiera sido retirado del acuerdo.
Aoi miró al resto.
—No estoy aquí para castigar obedientes —continuó—.
Estoy aquí para corregir insistencias.
La habilidad pulsó por segunda vez.
No barrió al grupo.
No masacró.
Eligió precisión.
El segundo hombre cayó.
El tercero se desplomó.
Cada vez, el mismo cierre limpio, absoluto, sin sangre, sin lucha.
No era violencia: era edición.
El destacamento huyó.
Armaduras abandonadas.
Antorchas apagadas.
Gritos que se perdieron en túneles que ya no querían escucharlos.
Aoi exhaló.
El costo llegó después.
Un hilo de frío recorrió su columna.
Un recuerdo de por qué dejó de usarla.
Lyria apareció a su lado, sosteniéndolo del brazo.
—Sigues siendo un idiota —dijo—.
Pero uno consistente.
Seren observó los cuerpos, los ojos abiertos hacia nada.
—El mundo no olvidará esto —afirmó—.
Ni siquiera el Rey Demonio.
Eiden se acercó, pálido.
—Eso… no fue poder —dijo—.
Fue una sentencia.
Aoi asintió.
—Exacto.
Y ahora saben qué pasa cuando me obligan a escribir el punto final.
La multitud no aplaudió.
No celebró.
Entendió.
Esa noche, el rumor cambió de forma.
Ya no decían “el Fin volvió”.
Decían otra cosa, en voz baja, con cuidado: > “Si te mira… ya es tarde.” Y en algún lugar muy lejos, algo antiguo sonrió.
Porque la muerte instantánea había regresado.
Y el mundo, por fin, recordó por qué fue sellado.
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