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I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 SOMBRAS QUE SE ROMPEN SOMBRAS QUE SE FORJAN
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3: SOMBRAS QUE SE ROMPEN, SOMBRAS QUE SE FORJAN 3: SOMBRAS QUE SE ROMPEN, SOMBRAS QUE SE FORJAN La noche respiraba sobre el desierto como un animal viejo y herido, esparciendo un viento áspero que raspaba la piel y dejaba un gusto metálico en la boca.

Aoi Kurogane avanzaba sin detenerse, sin mirar atrás, como si cada paso ofreciera un eco que empujaba al mundo a recordar que él existía y que no tenía intención de seguir viviendo bajo reglas ajenas.

La arena gris crujía bajo sus botas y, a lo lejos, una fogata débil temblaba en medio de un campamento improvisado.

Ese brillo rojizo era casi un insulto en un paisaje muerto: demasiado pequeño para iluminar algo, demasiado miserable para espantar la oscuridad.

Pero a Aoi no le importaba el fuego, sino el olor que emanaba desde el lugar.

Un olor agrio, mezclado entre miedo, cansancio y humanidad tratada como mercancía.

Lo detectó en el aire como si fuera veneno.

Había vivido cosas peores en su antiguo mundo, pero nunca había tolerado la crueldad cobarde.

Esa que no se hace por ambición ni por guerra, sino por costumbre.

Esa que se disfraza de negocio.

Se acercó sin prisa.

La oscuridad lo cubría de forma natural, como si el propio paisaje lo aceptara como parte de su sombra.

El primer guardia estaba medio dormido, apoyado contra un barril, lo suficientemente confiado como para exponer el cuello al mundo.

Aoi no habló, no pensó, no dudó: lo desmayó con un golpe seco, limpio, directo.

Ni sangre, ni ruido.

Solo un cuerpo cayendo en la arena como un saco vacío.

Avanzó hasta un carromato cubierto por mantas desgastadas.

Podía sentir la respiración agitada de alguien detrás de la tela.

Y también la desesperación contenida.

No vaciló.

Tomó una de las sogas húmedas que colgaban del costado del carro y la arrancó como si fuera un hilo frágil.

El sonido alertó a alguien dentro.

Un murmullo.

Un movimiento.

Aoi levantó la manta.

Dos chicas permanecían encadenadas en su interior.

La luz tenue de la fogata las bañaba apenas, pero suficiente para revelar quiénes eran.

La primera tenía cabello oscuro con reflejos plateados que brillaban incluso en la penumbra.

Su mirada era afilada, llena de rabia contenida, como un arma esperando ser empuñada.

La segunda tenía expresión tranquila, casi serena, con un aura que transmitía una calma tan firme que parecía capaz de detener una tormenta con la mirada.

Aoi notó que ninguna de las dos retrocedió.

Ninguna gritó.

Ninguna suplicó.

Simplemente lo observaron, como si estuvieran evaluándolo tanto como él las evaluaba a ellas.

—Pueden gritar si quieren —dijo Aoi, sin una pizca de suavidad.

La chica de cabello oscuro, la que tenía fuego en los ojos, respondió con una mueca casi burlona: —Si fueras parte de ellos, no estarías hablando.

Ya habrías terminado el trabajo.

Aoi esbozó una sonrisa ligera, apenas perceptible.

—Correcto.

Se arrodilló frente a las cadenas.

Las tocó.

Eran gruesas, con runas grabadas para resistir energía espiritual.

Un detalle inservible contra alguien como él.

—Cierren los ojos —advirtió.

No era una petición.

Ambas obedecieron sin cuestionar, confiando en un desconocido.

Eso llamó su atención más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Un parpadeo de energía surgió de las manos de Aoi.

Un sonido profundo resonó desde el interior del metal, como si el mundo mismo estuviera forzando a las cadenas a aceptar su destino.

Luego se quebraron.

No explotaron ni se derritieron.

Simplemente cedieron, como si hubieran sido hechas de barro.

Las chicas respiraron hondo, pero no se movieron de inmediato.

La libertad recién concedida era casi sospechosa.

—¿Por qué?

—preguntó la más tranquila, con una voz suave, helada, casi musical.

Aoi se incorporó, dándoles la espalda como si no fueran una amenaza en absoluto.

—Porque puedo —respondió—.

Y porque me incomoda ver basura moviendo a personas como mercancía.

La chica de mirada afilada se levantó, frotándose la muñeca marcada por los grilletes.

—¿Qué quieres a cambio?

Aoi se detuvo.

La noche parecía contener el aliento.

—Si se quedan, serán útiles.

Herramientas afiladas.

Sombras que caminen detrás de mí mientras tomo lo que me corresponde.

Las dos lo observaron con atención.

No había ego en su voz, ni fanfarronería, ni falsa humildad.

Solo convicción pura, densa, sólida.

—¿Tomar qué?

—preguntó la tranquila.

—El trono demoníaco.

Y todo lo que venga con él.

La chica de mirada afilada sonrió.

Era una sonrisa peligrosa, nacida de heridas que aún ardían.

—Puedo causar estragos si me lo ordenas.

No soy buena sirviendo té ni haciendo reverencias.

Pero destruir… eso sí lo hago bien.

La otra asintió con calma, como si ya hubiera decidido su destino momentos antes.

—Y yo me aseguraré de que nadie vuelva a ponernos cadenas.

Ni a nosotras… ni a ti.

Aoi giró para verlas.

No eran débiles.

No eran víctimas.

Eran material sin pulir con potencial para convertirse en armas perfectas.

No necesitaba sus agradecimientos, solo su lealtad.

—Nombres —ordenó.

—Lyria —respondió la primera.

—Seren —dijo la segunda.

—Bien.

Desde hoy caminan conmigo.

Obedecen mis órdenes.

Mantienen mi ritmo.

No me frenan.

No me cuestionan sin motivo.

Si cumplen, tendrán un lugar en la nueva era que voy a construir.

Si fallan… desaparecerán.

Lyria sonrió aún más.

—Me gustan las reglas simples.

Seren bajó ligeramente la cabeza.

—Acepto tu camino.

Aoi salió del carromato sin mirar atrás.

Las dos lo siguieron de inmediato.

No porque fueran esclavas, no porque estuvieran endeudadas con él, sino porque habían reconocido en su voz algo que pocas personas poseían: un destino que avanzaba sin pedir permiso.

Mientras dejaban atrás el campamento, el viento levantó la ceniza del suelo, borrando cualquier rastro de los hombres que habían caído y de la historia que quedó atrás.

Tres figuras caminaron juntas hacia la oscuridad profunda del horizonte.

Aoi adelante.

Lyria detrás, con una energía feroz que parecía querer incendiar el mundo.

Seren cerrando la marcha, como una sombra tranquila lista para volver mortal cualquier amenaza.

Era el comienzo de algo nuevo.

Algo peligroso.

Algo que no podía detenerse.

Y aunque el mundo todavía no lo sabía, esa noche marcó el nacimiento de las primeras sombras del futuro rey demonio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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