I Am the End: Chronicles of the New King - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 NACIMIENTO DE UNA FORTALEZA MALDITA
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8: NACIMIENTO DE UNA FORTALEZA MALDITA 8: NACIMIENTO DE UNA FORTALEZA MALDITA El amanecer no llegó.
No porque fuera de noche, sino porque el bosque que ahora pertenecía a Aoi Kurogane no quiso dejar pasar la luz.
Las sombras colgaban entre los árboles como si fueran telones vivos, respirando al ritmo del nuevo dueño que acababa de reclamar el territorio.
Aoi abrió los ojos lentamente, sintiendo el pulso oscuro que latía bajo la tierra.
Era como si el bosque entero fuera un cuerpo gigantesco… y él, el corazón recién instalado.
Lyria y Seren ya estaban despiertas.
No por costumbre, sino porque algo en ellas había cambiado desde la absorción del espíritu.
Ambas podían sentir que el entorno vibraba con un propósito ajeno a ellas… pero que se doblaba solo ante Aoi.
—Maestro —dijo Seren, poniéndose de pie con la seriedad de un soldado recién forjado—.
El bosque se está moviendo.
Aoi sonrió apenas.
—No se está moviendo.
Se está despertando.
Lyria se acercó, cruzándose de brazos.
—¿Y cuál es el siguiente paso?
Ya tenemos territorio… pero esto sigue siendo solo un bosque.
No podemos gobernar desde árboles torcidos y tierra húmeda.
Aoi levantó la mano y la hundió en el suelo.
La tierra tembló con un susurro grave, como si despertara un animal antiguo dormido bajo las raíces.
—Hoy —dijo con un tono que parecía dictado por algo más allá de él— comenzamos a construir.
Una onda oscura se expandió desde su mano, corriendo bajo el suelo como fuego negro.
Las raíces se retorcieron, la hierba retrocedió, y el bosque entero empezó a deformarse para abrir un claro gigantesco en su centro.
Seren se llevó una mano a la boca.
Lyria dio un paso atrás sin siquiera darse cuenta.
No era magia común.
No era poder elemental.
Era dominio.
Del suelo emergieron estructuras primitivas: pilares de madera ennegrecida, estacas afiladas como huesos, muros que parecían crecer solos a medida que las raíces se entrelazaban para formarlos.
Era una fortaleza no hecha por manos… sino por voluntad.
—Este será nuestro bastión —declaró Aoi—.
La Fortaleza Umbría.
El primer nido de mi imperio.
El bosque tembló como si aceptara la coronación.
Lyria respiró hondo.
—Aoi… ¿cuánto poder absorbiste del espíritu?
Él la miró de reojo.
—Lo suficiente.
Seren tragó saliva.
—¿Y eso… eso significa que puedes someter más espíritus?
—Y bestias —agregó Aoi, como quien habla de recoger recursos en un campo vacío—.
Criaturas, demonios menores, sombras sin dueño.
Todo lo que pueda doblarse ante mí será mío.
Antes de que pudieran responder, un rugido profundo resonó desde lo más hondo del bosque, tan grave que hizo vibrar el suelo.
Las aves huyeron de las copas de los árboles.
Las sombras se replegaron como si esperaran sangre.
Seren se tensó.
—Eso no es un espíritu… —Es una bestia —murmuró Lyria.
Aoi sonrió como un monstruo que por fin huele un desafío.
—Perfecto.
La fortaleza necesita guardias.
Entonces lo vieron.
Una criatura gigantesca emergió entre los árboles: un lobo de pelaje oscuro como ceniza, pero lleno de luces rojas que latían bajo su piel, como brasas atrapadas en carne viva.
Sus ojos eran esferas ardientes, y su respiración era un vapor espeso que quemaba el aire a su alrededor.
Un Lupo Carmesí, una bestia del abismo.
Una criatura que incluso los aventureros de élite evitaban.
Lyria retrocedió, instintiva.
Seren desenfundó la pequeña hoja oxidada que llevaba, aunque sabía que no serviría de nada.
Aoi avanzó sin armas.
—Arrodíllate.
El lobo rugió, abriendo unas fauces que parecían un horno encendido.
Se lanzó hacia él con una velocidad brutal, derribando árboles como si fueran ramas secas.
Seren gritó: —¡Aoi!
Pero no hubo choque.
Justo antes de alcanzarlo, el lobo quedó suspendido en el aire, atrapado en una presión invisible.
Sus patas se agitaron, su cuerpo tembló como si el espacio mismo lo aplastara.
Aoi levantó lentamente la mano, cerrando los dedos en un gesto suave… casi elegante.
La bestia cayó de rodillas con un estruendo.
Su respiración se quebró.
Sus ojos ardientes se agacharon.
—Perfecto —susurró Aoi—.
Serás el primero.
Apoyó la mano en su cabeza, y una marca oscura se extendió desde su palma como tinta viva, ramificándose entre el pelaje de la criatura.
El lobo aulló, no de dolor, sino de sometimiento absoluto.
Seren observó con una mezcla de miedo y adoración.
Lyria sintió algo estremecerle el pecho: no terror… sino lealtad.
El lobo inclinó la cabeza, completamente domado.
—Lyria, Seren —dijo Aoi sin despegar la mano de la bestia—.
Hoy dejamos de ser tres.
Hoy tenemos nuestro primer guardián.
Se giró hacia su fortaleza naciente.
—Y pronto… tendremos un ejército.
El viento sopló como un suspiro profético.
El imperio oscuro de Aoi Kurogane… acababa de empezar a respirar.
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