Íleo: El Príncipe Oscuro - Capítulo 104
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104: Hazte Pagar 104: Hazte Pagar Maple vagó por las calles adormecidas por un rato y cuando regresó, se dio cuenta de que el lugar se había vuelto muy activo.
Apretó los dientes al ver a hombres y mujeres ocupados en sus quehaceres habituales en la calle bulliciosa.
Se quedó allí un rato observando la entrada de la posada.
Cuando la gente empezó a mirarla con sospecha, respiró profundo y caminó hacia el interior de la posada.
El vestíbulo estaba tranquilo excepto por un sirviente que estaba limpiando el mobiliario.
Una niña pequeña estaba sentada en el salón.
Tenía los ojos cerrados y su cabeza ladeada hacia un costado.
—¿Puedo hacer algo por usted?
—preguntó el sirviente con un brillo en sus ojos.
Le pareció que la camarera era bastante alta y delgada.
—No te he visto por aquí.
¿Eres nueva?
Con una expresión fría en su rostro, Maple dijo:
—Busco al dueño.
Quería hacerlo dormir con su magia y estaba a punto de mover su mano, cuando una voz desde atrás llamó al sirviente.
—¡John!
—El dueño está allá —dijo el sirviente y señaló hacia el salón.
Maple cerró sus puños y asintió.
Se giró y caminó hacia el salón donde Lilette estaba despierta, ahora mirándola con ojos rojos y somnolientos y atándose el cabello en un moño.
—¿Qué quieres?
—preguntó Lilette con pereza apoyada en la mesa.
—Si vienes por un trabajo, tengo que decir que estamos completos.
—Por favor, señorita —dijo Maple—.
Si pudiera darme cualquier trabajo, estaría agradecida.
He viajado un largo camino y llevo un día sin comer.
—¿De dónde eres?
—preguntó Lilette frunciendo el ceño.
—Soy de Tõrme —respondió ella inmediatamente con ojos expectantes—.
¡Y puedo hacer cualquier trabajo!
Lilette suspiró profundamente.
—Mira, estamos completamente llenos y en este momento no nos podemos permitir otro empleado, pero he oído que la cervecería de la calle aún está contratando.
Puedes preguntar allá.
Deberías darte prisa e ir, y si quieres puedes llevar mi referencia —dijo con una mirada de autosuficiencia.
Por dentro Maple sentía ganas de fulminar a la chica con su magia, pero reprimió un gruñido y sonrió con tensión.
—Gracias, iré para allá —respondió Maple.
Si hubiera insistido un poco más, el incidente habría sido recordado.
Dando una última mirada a las escaleras que llevaban a las habitaciones, que tenían su objetivo, Maple salió rápidamente de la posada.
Ya que necesitaba un lugar para descansar y puesto que ya había atraído miradas extrañas de los que estaban en la calle, decidió ir a la cervecería.
Necesitaba extender sus alas y relajarse en general.
Así que antes de ir a la cervecería, giró hacia un callejón tranquilo y pasó su mano sobre su cuerpo para convertirse en una mujer viajera.
Se registró en la cervecería.
Sin embargo, cuando fue a la habitación, se dio cuenta de que era un dormitorio.
Había otras ocho camas y solo una estaba vacante.
Todos los hombres y mujeres allí estaban durmiendo.
Algunos roncaban…
fuerte.
—¡Pero usted dijo que esto era una habitación!
—atacó al sirviente con una mirada feroz.
—Esto es una habitación —respondió él.
—¡Pero una compartida!
Se encogió de hombros —Lo siento, pero si quieres habitaciones individuales, deberías ir a la posada que está calle abajo.
Ella lo miró fijamente, pero el sirviente simplemente colocó su equipaje en el suelo y se dio la vuelta para irse.
Maple apretó los dientes.
Su deseo de extender sus alas y estar sola fue aplastado.
Echando humo como una loca, recogió su caja y caminó hacia la cama.
Y olía mal.
Con un fuerte desagrado, se sentó en la cama ruidosamente.
Unos minutos más tarde, yacía en ella con extremo malestar debido a sus alas escondidas y una capa que ni siquiera podía quitarse ahora, mirando fijamente al techo —Voy a hacerte pagar por esto Anastasia —murmuró—.
¡Voy a lanzarte en los establos con los caballos!
Una hora más tarde ella estaba roncando como los demás en el dormitorio, demasiado cansada de su viaje a través de Sgiath Biò.
Cuando Maple se despertó, aún era de día.
Impaciente como era, caminó al comedor para comer algo.
Antes de regresar a su cama, salió a ver la actividad en la posada.
Al pasar por la calle empedrada, vio que había al menos dos casas que vendían brebajes, pues unos cuántos hombres borrachos estaban peleando delante de ellas.
La nieve caía en suaves remolinos y la carretera estaba cubierta con una delgada capa blanca.
Voces cruzaban las plazas y las ventanas sin cristales.
Los niños corrían y chillaban mientras jugaban entre ellos.
Una de ellas, una niña pequeña, se chocó con ella.
Irritada, Maple la empujó a un lado y la niña cayó al suelo.
Comenzó a llorar.
Maple estaba a punto de irse, cuando su madre llegó, levantó a la niña y se metió en una pelea con ella.
Pronto se juntó una multitud alrededor de ellas.
—Miren lo que ha hecho esta mujer —acusó la madre—.
Ha lanzado a mi niña pequeña a la calle.
—¡No la lancé!
—replicó Maple—.
Se cayó por sí sola.
—¡Y ahora está diciendo mentiras!
—acusó la mujer.
Maple la miró fijamente.
Se moría de ganas de usar su magia y quemarlos a todos.
La magia estallaba alrededor de sus puños mientras una luz blanca crepitaba bajo su capa.
Con gran dificultad, se controló.
—Debes disculparte —dijo otra mujer que estaba justo al lado de ella.
—No, no quiero su disculpa.
Tiene que pagar por el daño que le ha hecho a mi niña.
Mi hija está llorando y está muy lastimada —dijo la madre.
—Pero a mí me parece que está bien —contraatacó Maple mientras evaluaba a la niña llorosa.
—Está herida internamente.
Ahora tengo que ir al sanador.
Tienes que pagar por su tratamiento —dijo la madre.
La boca de Maple cayó al suelo.
Estrechó los ojos y luego, sin hablar más, sacó su bolsa y extrajo dos monedas de plata de ella —Toma —dijo y se las dio a la mujer.
—¡Voy a necesitar diez monedas de plata!
—exigió la mujer.
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