Imperio De Pasiones - Capítulo 1
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1: Prologo: 1: Prologo: Hace incontables milenios, antes de que el tiempo tuviera un nombre, una chispa surgió del corazón de una estrella.
De aquella luz nació Lyra, un ser todopoderoso que, al despertar, se proclamó a sí misma diosa.
Al principio, no existía nada más que un océano de sombras y el pulso lejano de luces dispersas.
El silencio era absoluto; la eternidad parecía vacía.
Lyra, consciente de su propia soledad, extendió sus manos y encendió nuevas estrellas, otorgándoles vida y propósito.
Estas nuevas entidades, hijas de su esencia, comenzaron a explorar el vasto vacío, moldeándolo con su poder hasta formar el universo.
Con el tiempo, surgió un mundo: enorme, hermoso… pero desierto.
Las estrellas-diosas, deseosas de obrar algo más grande, decidieron llenarlo de vida.
De su aliento nacieron bosques interminables, mares profundos, montañas que tocaban el firmamento y criaturas que vagaban, nadaban o volaban con libertad.
Lyra observaba todo aquello con plenitud y un amor que solo una madre podía sentir.
Sin embargo, incluso ante tanta belleza, percibía un vacío: el mundo carecía de seres capaces de comprenderlo, de sentirlo, de cuestionar la existencia.
Fue entonces cuando decidió crear algo distinto.
A su semejanza, Lyra moldeó a los primeros humanos.
Tomó barro y lo mezcló con su luz, dándoles mente, corazón y un alma capaz de soñar.
Los creó numerosos, para que poblaran el mundo y crecieran junto a él.
Eran inmortales, como los dioses, pero no todopoderosos.
Su interior estaba libre de odio; eran seres puros, sencillos, incapaces de hacer daño.
Los humanos construyeron sus primeros hogares y pronto comenzaron a convivir con los dioses.
Les pedían consejo, reían con ellos y aprendían sobre la vida.
El mundo parecía perfecto, en equilibrio, como una melodía eterna.
A la derecha de Lyra se encontraba Mercy, una diosa joven y resplandeciente, creada con el amor más puro de su creadora.
Lyra le enseñó sobre la belleza, sobre el valor de la vida y sobre la ternura de los humanos.
Mercy quedó fascinada: los veía como criaturas frágiles y dulces, almas que merecían protección, consuelo y guía.
Lyra confiaba en ella plenamente, considerándola su voz y su compañera.
Con el paso de los eones, Mercy sintió en su interior el deseo de crear.
Así nació una nueva estrella, un dios joven cuyo nombre aún no había sido revelado, pues desconocía su propósito.
Tampoco conocía su misión, ni siquiera entendía por qué existía.
Cuando Mercy le explicó que su deber era proteger a los humanos y a todas las criaturas del mundo, él se indignó.
No concebía la idea de rebajarse a cuidar lo que consideraba seres insignificantes.
Para él, los humanos no tenían derecho a igualarse a los dioses, ni a compartir su forma, ni a existir bajo la misma luz.
Mercy intentó guiarlo con paciencia.
Le mostró la belleza del mundo, la bondad de los humanos, la armonía que Lyra había creado.
Pero él se negaba a aceptarlo.
En su visión, los humanos nacían con la sombra del error en su interior.
No eran iguales, ni debían serlo.
Y más aún: estaba convencido de que tarde o temprano se corromperían.
Que la pureza no podía durar.
Que la imperfección era su verdadera naturaleza.
Mercy le pidió que abriera los ojos y viera lo bueno.
Que confiara.
Que el mundo era perfecto tal como era.
Pero aquel joven dios, lleno de orgullo y un presentimiento oscuro, ya había tomado una decisión.
Con el paso del tiempo, ocurrió algo que ninguno de los dioses había previsto: Mercy y el dios comenzaron a enamorarse.
No lo confesaban, no pronunciaban palabra alguna al respecto, pero la atracción entre ambos era tan evidente como la luz que irradiaban sus cuerpos divinos.
Mientras Mercy trataba de guiarlo con paciencia, enseñándole la bondad del universo y la armonía creada por Lyra, él continuaba sintiendo un vacío inexplicable.
En su interior crecía la certeza de que el mundo no podía estar completo solo con belleza y paz.
Algo faltaba.
Algo que él no lograba comprender, pero cuya ausencia lo atormentaba.
Ese sentimiento se mezclaba con otro aún más peligroso: celos.
El dios observaba cómo los humanos acudían a Mercy en busca de consuelo y protección.
Cuando se herían, cuando sentían miedo, cuando necesitaban esperanza… sus plegarias siempre eran para ella.
Y él, cada vez que escuchaba sus voces, ardía en una llama silenciosa.
Sentía que ningún mortal merecía el cariño de Mercy.
Que aquellos seres frágiles no tenían derecho a ocupar el corazón de la diosa que él deseaba.
Para él, los humanos no eran más que una carga que agotaba la luz de Mercy, desviando hacia ellos un afecto que debería pertenecerle solo a él.
Y no estaba solo en esa forma de pensar.
Entre las estrellas existían otros dioses y diosas que murmuraban en secreto su inconformidad.
Consideraban que Lyra había cometido un error al dar tanto poder y semejanza a criaturas que, según ellos, jamás estarían a la altura de los dioses.
Pensaban que proteger a los humanos era una tarea indigna, un desperdicio de su divinidad.
Impulsado tanto por sus celos como por su resentimiento, el dios sin nombre decidió confrontar a Lyra.
Se presentó ante ella con arrogancia, e intentó persuadirla.
Le habló de su visión del universo, afirmando que todo lo creado no debía existir, que los dioses estaban destinados a algo más grande que cuidar a seres que consideraba insignificantes.
Intentó convencerla de que los humanos eran un error, una distracción que encadenaba a los dioses a una vida de servicio que no merecían.
Lyra escuchó en silencio… pero su paciencia se agotó.
—Basta —tronó su voz —.Tu insolencia ha ido demasiado lejos.
La diosa dio un paso hacia él, y su luz se intensificó como si contuviera la fuerza de mil amaneceres.
—Eres un dios sin nombre, sin propósito, y aun así te atreves a cuestionar la obra de la madre de toda creación.
Yo di forma al universo, y no permitiré que ningún ser se levante contra lo que amo.
Su mirada se volvió severa.
—Los humanos son mis hijos tanto como ustedes.
No dañan a nadie; viven en armonía porque así han sido creados.
Tu visión está oscurecida por el orgullo y la envidia.
Contrólate… y ten paciencia.
Un último destello cruzó por sus ojos.
—Y deja en paz a Mercy..
Sé bien que intentas sembrar dudas en ella, pero te advierto: es un ser puro de luz.
No caerá en tus sombras ni se dejará arrastrar por tus palabras.
El dios bajó la cabeza por un instante, pero la furia que ardía en su interior no se extinguió.
Al contrario: las palabras de Lyra lo hirieron más profundamente de lo que jamás admitiría.
Lyra y el dios sin nombre no estaban solos en aquel vacío suspendido.
Mercy permanecía a su lado, silenciosa, como si presintiera que algo imposible estaba a punto de desatarse.
Otros dioses también estaban allí, observando con creciente inquietud cómo la presencia oscura comenzaba a envolverlo todo.
Cuando el dios sin nombre levantó su mano y una luz —fría, oscura, antinatural— surgió de ella, los demás reaccionaron de inmediato.
Los dioses se interpusieron frente a Lyra.
Ninguno entendía realmente qué era esa oscuridad; no tenía nombre, no tenía forma conocida, no pertenecía a ningún ciclo ni concepto que ellos hubieran creado.
En sus mundos no existía la idea de la muerte, ni siquiera la palabra para nombrarla.
Las luces chocaron en un estallido deslumbrante: los dioses invocaron rayos de luz pura, blanca, cargada de vida y esencia divina, pero la luz oscura devoraba todo lo que tocaba.
Uno de los dioses, viendo que la oscuridad estaba por alcanzar a Lyra, avanzó sin dudar.
Se arrojó directamente al impacto, dejando que la luz negra lo consumiera por completo.
Su sacrificio fue instantáneo, irreversible… y nadie supo cómo describir lo que presenciaron.
No era destrucción.
No era desaparición.
Era algo sin nombre.
Y por primera vez, los dioses comprendieron que existía un poder que no podían entender.
Un poder que jamás debió despertar.
Lyra permaneció inmóvil, con los ojos muy abiertos, incapaz de comprender lo que acababa de presenciar.
Su luz temblaba, parpadeando como una estrella herida.
Los demás dioses tampoco sabían qué decir.
Nadie tenía respuestas.
Nadie podía siquiera imaginar un suceso así.
—¿Qué… ocurrió?
—murmuró una de las diosas, retrocediendo como si el vacío frente a ella pudiera devorarla también.
—No lo sé… —respondió otro, incrédulo—.
Él estaba ahí… y luego… luego ya no.
—¿Puede un dios… dejar de existir?
—preguntó un tercero, con la voz quebrada.
La pregunta cayó sobre ellos como un peso insoportable.
Nunca se habían cuestionado eso, porque jamás habían visto desaparecer a uno de los suyos.
El concepto mismo de un final era inconcebible para seres nacidos de la eternidad.
Lyra apretó los puños, luchando contra la sensación de vértigo que inundaba su interior.
—No debía pasar… —susurró—.
No puede pasar.
Somos eternos.
Estamos hechos de luz.
Nada puede… arrebatarnos.
Pero su voz carecía de fuerza.
Era la primera vez que la Madre de la creación dudaba.
Mercy, con el rostro descompuesto, negó una y otra vez.
—Simplemente dejó de ser.
¿Cómo es posible eso?
Los dioses comenzaron a hablar entre sí, desesperados.
Sus voces, normalmente armoniosas, ahora chocaban en un murmullo caótico.
—Esto no debería existir… —¿Hay un límite para nuestra luz?
—Si uno de nosotros puede… desaparecer… ¿podemos todos?
—¿Es este… el final?
¿Para cualquiera?
El miedo creció entre ellos, un miedo nuevo, primitivo, que ninguno había sentido antes.
Un miedo que les revelaba una verdad insoportable: Podían terminar.
Podían ser arrancados de la creación.
Podían destruirse entre ellos.
Un dios, temblando, señaló al dios sin nombre, que aún observaba sus manos manchadas del brillo dorado del caído.
—Fue él… —escupió, con rabia y miedo—.
Él lo hizo.
Él trajo esto.
—Él creó… eso —añadió otro, sin saber cómo llamarlo.
—Esa fuerza… ese vacío que devora la luz… Otro dios continuó, incapaz de contener su horror.
—Si él puede destruirnos… nosotros también podríamos destruirnos entre nosotros.
Apartó la mirada, temblando.
—¿Qué clase de existencia es esta si no somos invencibles?
Las palabras flotaron sobre sus cabezas como una nube oscura.
La idea era nueva, nadie sabía procesarla.
Lyra miró al dios sin nombre, incrédula.
—¿Qué… has hecho?
Él levantó la vista finalmente, y aunque su expresión era severa, había en sus ojos un destello de temor… y algo más oscuro.
—He mostrado la verdad —respondió en voz baja—.
No somos tan perfectos como creías.
Los dioses retrocedieron.
La luz negra aún chisporroteaba en su piel.
—Esa fuerza… esa cosa sin nombre… —intentó decir uno, pero se trabó, incapaz de definirlo.
El dios sin nombre bajó la mirada hacia el vacío donde antes había un dios.
Y sonrió apenas, con una mezcla de orgullo y revelación.
—Si necesitan un nombre… Su voz resonó con gravedad.
—Llamen a esto..
muerte.
Los dioses sintieron un escalofrío recorrer todo.
Lyra avanzó de nuevo, la luz en su piel agrietándose como si algo dentro de ella estuviera por romperse.
—¿Crees que esto es un logro?
—su voz ya no era suave —.
¿Crees que revelar esta… cosa es algo de lo que debas sentir orgullo?
¡Has roto el orden que sostuve desde el principio!
El dios la observó sin retroceder.
Sin miedo.
Sin arrepentimiento.
—El orden que tú sostuviste estaba incompleto —respondió con calma helada—.
Esto debe significar algo bueno.
Nos libera de tu ilusión de perfección.
Mercy no pudo contenerse.
Dio un paso al frente, la voz quebrada por la conmoción.
—¿Bueno?
—su luz vaciló como una llama a punto de apagarse—.
¡¿Cómo puede ser bueno si antes no existía?!
¡Si jamás había ocurrido algo así!
¡Ni siquiera sabíamos que esto podía pasar!
El dios sin nombre alzó la vista hacia el vacío donde el otro dios desapareció.
—Ahora lo saben —murmuró, como quien contempla un amanecer oscuro—.
Ahora entienden que existe el final.
Que no son eternos por mandato, sino por ignorancia.
Lyra apretó los puños, y el viento mismo pareció encogerse.
—No —lo cortó, la palabra cargada de una autoridad que hacía vibrar el espacio—.
Esto no debía ocurrir.
No ahora.
No así.
Fue un error, tuyo.
Un error nacido de tu deseo de imponer tu visión al universo.
De tu necesidad de ser más que los demás..
La luz negra chisporroteó en los dedos del dios sin nombre, pero su expresión no cambió.
—Los errores también revelan verdad —dijo simplemente.
—¡Basta!
—tronó la voz de Lyra, haciendo vibrar el aire—.
Lo que has hecho… es lo peor que mis ojos han presenciado desde el nacimiento de las estrellas.
Tú, que ni siquiera tienes nombre, no mereces llamarte dios.
No mereces existir entre nosotros.
El dios no pestañeó ni respondió.
Solo la observó con un silencio tan profundo que parecía devorar la luz.
Lyra alzó el brazo y su luz se expandió como un muro.
—Lárgate —ordenó—.
No te quiero cerca de mis creaciones.
Ni de mis hijos.
Ni de ella.
El dios sin nombre dirigió una última mirada hacia Mercy.
Ella lo sostuvo, pero no con odio… sino con una tristeza que lo atravesó como una herida abierta.
Él apartó la vista.
Y desapareció en un destello de sombra.
No tardó en mostrarse ante otros dioses que, como él, caminaban con dudas, rencor o inconformidad en sus corazones.
Los reunió en una esfera de penumbra, lejos de la luz de Lyra.
—He descubierto algo —les dijo, con voz grave—.
Algo que Lyra ocultó bajo promesas de armonía.
Yo lo he revelado.
Yo lo he traído al universo.
Los demás dioses lo miraron, inquietos.
—¿Qué hiciste?
—preguntó uno, tembloroso.
Él extendió la mano.
La sombra en su piel chisporroteó, aún teñida del rastro dorado del dios caído.
—Demostré que no somos eternos.
Que no somos invencibles.
Que podemos caer… y hacer caer.
Que podemos derribar incluso a Lyra si lo deseamos.
Hubo un silencio denso.
Pero no de miedo.
Sino de ambición.
—Somos dioses sin nombre —murmuró una diosa, con una sonrisa torcida—.
No nacimos de Lyra.
¿Por qué deberíamos someternos a ella?
—Exacto —respondió él—.
Ella nos exige protección hacia criaturas inferiores.
Yo digo… que podemos gobernarlas.
Moldearlas.
Tomar lo que queramos del mundo que ayudamos a formar.
Las sombras se agruparon alrededor de su cuerpo, envolviéndolo.
—Yo ya elegí mi nombre —anunció, mientras su voz se profundizaba—.
Ya que he revelado el fin, seré el portador del fin.
Se volvió hacia los demás, con una sonrisa que no buscaba aprobación, sino dominio.
—Desde hoy, me llamaré Muerte.
Un murmullo recorrió al grupo.
Y uno a uno, los dioses inconformes cedieron a su influencia, a la promesa de libertad sin límites.
—Hagan lo que deseen —les indicó Muerte—.
El mundo ya no es un paraíso.
Que sientan dolor.
Que sientan miedo.
Que sepan que los dioses no son solo luz.
Y así comenzó el caos.
Entre las criaturas humanas se esparcieron la sombra, la aflicción y el sufrimiento.
Los mares temblaron.
Los bosques lloraron savia oscura.
Y por primera vez, la humanidad sintió algo que jamás había existido: La angustia.
Lyra descendió sobre el mundo como una estrella herida.
Su luz, que antes era pura armonía, ahora temblaba con una furia que los dioses nunca habían visto en ella.
Los bosques ardían con fuego que ningún dios había creado.
Los mares estaban inquietos.
Los humanos —que jamás habían sentido miedo— ahora temblaban ante presencias que no podían comprender.
Lyra extendió sus manos, intentando restablecer la calma.
Su luz recorrió los continentes, apagando sombras, recomponiendo montañas, cerrando heridas en la creación.
Pero la oscuridad regresaba una y otra vez… Porque ahora tenía dueño.
Y ese dueño la alimentaba.
Lyra, fatigada, reunió a un grupo de dioses leales: seres formados en su luz, en la paz inicial del universo.
—Id —ordenó con voz grave—.
Detened a los que traen sufrimiento a mis hijos.
No dejéis que destruyan lo que con tanto amor fue creado.
Los dioses obedecieron y se lanzaron al firmamento como estrellas en guerra.
Pronto el cielo se llenó de destellos: era la primera batalla entre dioses.
Los leales, portadores de vida y compasión.
Los humanos observaban desde abajo, confundidos, incapaces de comprender aquellos enfrentamientos que sacudían los cielos como tormentas vivientes.
El caos crecía… Uno de los dioses de Lyra cayó, consumido por un poder que nunca debió existir.
Otro fue corrompido por las sombras y cambió de bando.
Lyra lo vio todo.
Y algo dentro de ella se quebró.
—Ya basta… —susurró.
Pero su susurro se convirtió en un rugido—.
¡Ya basta!
La tierra tembló.
Las estrellas parpadearon con miedo.
Lyra se elevó a lo más alto del cielo y su luz cubrió el mundo entero.
—Si no escuchan… si no recuerdan lo que es la armonía… —Entonces no tendré otra opción más que imponer orden por la fuerza.
Mercy, que había observado todo con un dolor creciente, corrió hacia ella, rodeada de un fulgor tembloroso.
—Lyra, no —imploró—.
No puedes.
Si comienzas una guerra… habrá más sangre y más dolor.
Esto solo alimentará a la Muerte.
¡Él desea esto!
¡Lo busca!
Lyra cerró los ojos.
Su luz temblaba, dudaba, sufría.
—¿Y qué deseas que haga, Mercy?
¿Que vea cómo destruyen mis obras?
¿Que observen cómo corrompen a mis hijos?
¿Que la creación entera se desmorone ante sus caprichos?
—Podemos hablar con ellos —insistió Mercy—.
Podemos intentar traerlos de vuelta.
No eran así al principio, no tenían maldad.
Podemos guiarlos… Lyra negó con la cabeza, llena de tristeza.
—Ese tiempo ya pasó, Mercy.
Algo en ellos se rompió.
Algo que tú no puedes reparar… y ni siquiera yo.
Un trueno de sombras resonó detrás de ellas.
La muerte había llegado.
El dios se alzó en el cielo con la calma de un ser que ya no le temía a nada.
Las sombras se retorcían bajo sus pies como criaturas obedientes.
—¿Vas a declarar la guerra, Lyra?
—preguntó con una serenidad espeluznante—.
Me pregunto… ¿a cuántos de los tuyos les mostraré el final esta vez?
Lyra lo miró con fuego en los ojos.
—Tú trajiste este caos —dijo—.
Tú trajiste la corrupción, el dolor, la destrucción.
Si la guerra es necesaria para proteger a mis hijos… entonces así será.
Mercy gritó: —¡No!
¡Por favor!
¡Esto no puede terminar así!
¡No puede!
Pero su voz se perdió en el estruendo.
El universo contuvo el aliento.
La luz y la sombra se tensaron en el aire como dos fuerzas destinadas a chocarlo todo.
Lyra levantó su mano.
La Muerte hizo lo mismo.
Dos poderes opuestos.
Dos visiones irreconciliables.
Dos destinos que ya no podían coexistir.
Y así comenzó la Gran Guerra Divina.
La guerra que dividiría el cielo.
La guerra que traería lágrimas de luz y sangre de estrellas.
La guerra divina se extendió como una llama interminable sobre el firmamento.
Las nubes se teñían de púrpura y oro cada vez que un dios caía.
La sangre dorada de los inmortales llovía sobre la tierra como lluvia ardiente, abriendo cráteres, quemando bosques, partiendo montañas.
Los humanos, antes inocentes y ajenos al dolor, ahora vivían escondidos, temblando bajo el rugido de batallas que estremecían el cielo día y noche.
Los dioses leales a Lyra se defendían con desesperación.
Los dioses corrompidos por Muerte atacaban con furia y hambre de poder.
Pero lo peor de todo era que la guerra los cambiaba.
Cada dios que caía dejaba tras de sí un brillo dorado que impregnaba la tierra… y algunos dioses, tanto de un bando como del otro, comenzaron a usar esa sangre sagrada para forjar nuevas armas: Capaces de partir continentes.
Era un sacrilegio, incluso para los dioses.
Pero la guerra ya no tenía reglas.
Solo hambre de victoria.
Los cielos se convertían en tormentas vivientes donde miles de seres alados chocaban una y otra vez, trenzando relámpagos, sombras y destellos divinos.
Y por cada dios que moría, los humanos aprendían otra forma nueva del miedo.
Pasó un siglo.
Un milenio.
Y otro.
La guerra parecía infinita.
Los dioses eran inmortales, pero no indestructibles, y uno a uno caían, reduciendo su número a una fracción de lo que habían sido.
Lyra, al principio llena de fuego, comenzó a apagarse lentamente.
Cada batalla la dejaba más cansada, más vacía, más consciente de la verdadera naturaleza de la guerra que ella misma había permitido iniciar.
Un día, en medio de una noche eterna iluminada por incendios celestiales, Lyra descendió a la tierra.
Caminó entre ruinas humanas, entre cuerpos de criaturas que ella misma había creado, entre templos derrumbados y montañas rotas.
Y por primera vez, lloró.
Sus lágrimas eran luz pura, pero cuando tocaban el suelo, se oscurecían.
Nada podía mantenerse intacto en un mundo arrasado por dioses enfrentados.
Con el corazón roto, alzó la vista hacia el cielo —un cielo donde podían verse los fragmentos brillantes de armas, dioses peleando, nubes negras formadas por la sombra de la Muerte— y comprendió algo que la atravesó como una lanza: La guerra no había detenido nada.
La guerra solo había creado más destrucción.
Y ella había sido parte del error.
Al amanecer —si es que podía llamarse amanecer a aquella luz débil entre el humo— Lyra convocó a todos los dioses, tanto a los leales como a los corrompidos.
Su voz retumbó en todos los rincones del universo, obligando incluso a Muerte a presentarse.
Cuando se reunió el último de ellos, Lyra habló.
—He sido ciega —admitió, con una sinceridad que heló el aire—.
Creí que podía proteger la perfección de la creación… y en mi deseo de control, destruí aquello que decía defender.
La Muerte, envuelto en oscuridad, inclinó apenas la cabeza, como si esa confesión fuera una victoria inesperada.
Lyra continuó: —La guerra no detuvo su poder.
No detuvo su rencor.
No detuvo su esencia.
Y he comprendido… que tampoco debo detenerlos a ustedes.
Los dioses murmuraron, confundidos.
Algunos temblaron, otros mostraron una sonrisa satisfecha.
Lyra alzó una mano y un silencio absoluto se impuso.
—A partir de hoy, habrá tregua.
La palabra retumbó como un trueno.
—Vosotros, los que habéis sido corrompidos por la sombra, por el odio o la ambición… podéis existir.
Podéis actuar.
Podéis influir en el mundo.
Miró a la Muerte directamente.
—Pero lo haréis con moderación.
Sin cruzar ciertos límites.
Si dais sufrimiento al mundo, será en medidas que la vida pueda soportar.
Si causáis dolor… que sea parte del ciclo, no una destrucción absoluta.
Su voz se endureció como acero.
—Si alguno de ustedes, sea de un bando u otro, se atreve a romper este equilibrio… Yo misma lo destruiré.
Varios dioses retrocedieron ante la amenaza.
La Muerte no.
Lyra respiró hondo y volvió la mirada hacia el mundo devastado.
—Los humanos… —su voz tembló con culpa—.
Ellos ya aceptan el miedo.
Ya conocen el dolor.
Ya entienden que el mundo no es perfecto.
Y, contra toda lógica… lo han aceptado.
Lyra continuó: —Quizá la perfección no era lo que necesitaban.
Quizá la vida sin sufrimiento no es vida… sino una ilusión.
Los dioses murmuraron entre sí.
Incluso la Muerte pareció ceder un poco, como si escuchara esa verdad por primera vez.
Lyra entonces señaló a Mercy, que había permanecido a su lado, con el rostro marcado por siglos de dolor y compasión.
—A partir de hoy… habrá muerte —dijo Lyra con solemnidad—.
Pero no será un vacío eterno.
No será un final cruel.
Las almas no se perderán.
Posó su mano sobre el hombro de Mercy.
—Será la labor de Mercy guiar esas almas hacia la luz.
Ella las protegerá hasta convertirlas en estrellas… y seguirán existiendo en el cielo para siempre, brillando con la memoria de quienes fueron.
Lyra terminó: —Habrá paz..
Si los dioses corruptos se mantienen dentro de su papel.
Si los dioses luminosos respetan su existencia.
Si ninguno intenta dominar al otro.
Y si ninguno vuelve a cuestionar el equilibrio.
Miró a la Muerte, y su voz bajó, cargada de una aceptación amarga, pero real.
—Admito que tenías razón… No todo puede ser perfección.
Muerte inclinó la cabeza, como quien recibe un reconocimiento que jamás pidió… pero que siempre supo merecer.
La guerra terminó.
El cielo se calmó.
Los dioses retrocedieron a sus dominios.
Y el mundo, por primera vez en milenios, respiró.
El equilibrio —imperfecto, tenso, frágil, real— había nacido.
Tras todo lo ocurrido, Lyra —agotada en alma y luz— tomó una decisión que cambiaría para siempre el destino del cielo.
Elevó su esencia hasta convertirse en la Luna, un faro plateado que velaría noche tras noche por cada una de sus creaciones.
Y su amado Tempo, inseparable incluso en la eternidad, se transformó en el Sol, derramando calor y vida sobre el mundo.
Ambos, desde sus tronos celestes, protegían a la humanidad como padres silenciosos, acompañados por todos los dioses de corazón puro que aún amaban la vida.
Mercy, pese al dolor vivido, jamás dejó de amar a los humanos.
Siguió guiando sus almas, protegiendo cada latido, cada suspiro, cada destino.
Era su refugio, su guardiana, la voz que calmaba la angustia y alejaba el mal.
Otros dioses luminosos también permanecieron a su lado, unidos en la voluntad de preservar lo que quedaba de la creación.
Pasaron milenios..
Los imperios nacieron y cayeron como hojas arrastradas por el viento y el tiempo.
Montañas enteras se alzaron y se hundieron, los mares mudaron sus fronteras como si respiraran, y las estrellas —eternas viajeras del cielo— se desplazaron lentamente, trazando líneas invisibles sobre un inmenso tablero divino.
Las eras se sucedieron unas a otras, dejando tras de sí historias olvidadas, cenizas de imperios que alguna vez creyeron ser eternos, y canciones que el mundo ya no recuerda.
Y sin embargo, incluso en un universo marcado por guerras celestiales, milagros y tragedias antiguas, la vida siguió avanzando.
Nuevas generaciones florecieron bajo la luz de Lyra y Tempo, sin conocer los secretos enterrados en los cielos, ni las heridas aún frescas en el corazón de los dioses.
Fue entonces, en medio de un vasto continente, donde surgió un imperio orgulloso, poderoso y brillante como un amanecer.
Un imperio nacido de sangre, esfuerzo y sueños.
Un imperio que sería el escenario de un acontecimiento que ni siquiera los dioses pudieron prever.
Y allí, entre sus muros dorados y sus sombras más profundas… nació una historia.
Una historia hermosa.
Una historia prohibida.
Una historia que comenzó como algo pequeño, casi insignificante, sin que nadie imaginara lo que significaría más adelante.
Y es esa historia —de amor, de decisiones y de consecuencias que crecerían con el tiempo— la que quiero contarte ahora..
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com