Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Imperio De Pasiones - Capítulo 10

  1. Inicio
  2. Imperio De Pasiones
  3. Capítulo 10 - Capítulo 10: Capítulo 9: Noche de penumbra.
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 10: Capítulo 9: Noche de penumbra.

El pasillo que conectaba el ala este con la cocina olía a tierra húmeda. Afuera, más allá de los ventanales, la lluvia caía por fin después de semanas de un verano largo, asfixiante y seco. El cielo gris parecía un respiro, y el sonido del agua golpeando los tejados envolvía todo el palacio.

Leyla y Margaret caminaban bajo el pequeño corredor cubierto que bordeaba los jardines internos. A su lado, los rosales vibraban bajo la lluvia recién caída: las gotas se deslizaban por los pétalos rojos, rosados y blancos como si los besaran con suavidad.

El aire estaba más fresco que en días, cargado de un perfume dulce, casi embriagador.

Margaret se detuvo un momento, apoyando una mano en la baranda.

—Míralas —dijo con voz suave —. Pobrecitas… han aguantado tanto sol. Ya se lo merecían.

Leyla se acercó también, dejando que una gota de lluvia que el viento arrastró le rozara la mejilla.

—Huelen distinto hoy —comentó, inclinándose para oler una rosa roja—. No sé… más vivas. Como si hubieran estado reteniendo el aire desde hace semanas.

Margaret soltó una risa leve.

—Yo creo que estaban igual de desesperadas que nosotras. Ya no soportaba el calor en la cocina… parecía que los hornos me querían asar viva.

—A mí me estaba matando regar todos los días —añadió Leyla, acomodándose un mechón detrás de la oreja—. La tierra no alcanzaba a humedecerse. Ni una sombra… nada. Todo se secaba en un par de horas.

Margaret suspiró profundo, cerrando los ojos un instante para sentir el aroma que la lluvia levantaba del suelo.

—Es raro… ¿sabes? —murmuró—. Uno no se da cuenta de cuánto necesita algo hasta que de repente vuelve. Y ahí recién respiras.

Leyla la miró de reojo.

—¿Lo dices por la lluvia? —preguntó.

Margaret se encogió de hombros, sin esconder una pequeña sonrisa.

—Por la lluvia… y por ti también.

Leyla parpadeó, sorprendida.

Margaret continuó, esta vez más seria:

—Ayer te vi tan asustada, Leyla. Pero hoy… no sé, te ves más tranquila. Como si esta lluvia te hubiera lavado un poco del miedo.

Leyla bajó la mirada hacia los rosales. Una gota grande cayó sobre un pétalo, lo hizo temblar y luego rodó hasta la hoja.

—Es que… —comenzó, con un hilo de voz— ayer me sentí rota. Como si algo dentro de mí hubiera… tenido suficiente.

—Y aun así estás de pie —dijo Margaret con firmeza—. Y eso ya dice mucho de ti..

Leyla tocó con delicadeza un pétalo mojado, sintiendo el frío leve en la yema de los dedos.

—La lluvia… es como si Lyra nos estuviera diciendo que no todo está marchito —susurró—. Que todavía podemos respirar. Que todavía hay algo que florece, incluso cuando una se siente apagada.

Margaret asintió, dando un paso más cerca para observar una rosa blanca.

—Eso pensé cuando empezó a llover —dijo—. Que quizás era una especie de señal. Una pequeña tregua… o un regalo.

—¿Un regalo? ¿Para quién? —preguntó Leyla.

—Para ti —respondió sin dudar—. Y tal vez un poco para mí también.

Las dos sonrieron, y un silencio suave se deslizó entre ellas. No un silencio incómodo, sino uno lleno de significado.

Uno que decía más que las palabras.

Leyla sacudió un poco la cabeza y tomó aire.

—Me alegra que haya llovido —dijo con sinceridad—. No solo por los jardines… sino porque me hace sentir menos pesada. Como si… quizá… este día fuera a ser mejor que el anterior.

Margaret le dio un toque ligero con el codo, dulce y protector.

—Va a ser mejor. Hoy nadie te va a molestar. Hoy caminamos juntas. Hoy, Leyla… estás a salvo.

Leyla la miró, y sus ojos brillaron apenas, no por lágrimas, sino por un alivio que necesitaba aferrarse a algo real.

—Gracias, Margaret… siempre estás conmigo.

—Claro que sí —respondió la otra, sonriendo con un toque de timidez—. Además, mira qué perfecto está todo… —levantó la mano hacia los rosales—. La lluvia por fin cayó, las rosas están felices, y yo tengo a mi mejor amiga caminando conmigo hacia la cocina. ¿Qué más puedo pedir?

—Un día sin que el príncipe te saque canas verdes —bromeó Leyla muy bajito.

Margaret soltó una carcajada.

—¡Por las diosas, sí! Pero eso será un milagro, no un simple regalo de la lluvia.

Ambas rieron, y el sonido se mezcló con el tamborileo del agua cayendo sobre las hojas.

La lluvia siguió cayendo en ese momento perfecto, y las dos siguieron caminando hacia la cocina, sin prisa, disfrutando por primera vez en semanas de un aire que no quemaba, y de un cielo que no las oprimía…

Luego..

Más tarde, Margaret y Leyla trabajaban juntas en la cocina. Margaret colocaba los berlines en las bandejas y los llevaba al horno, mientras Leyla amasaba con paciencia la masa suave y tibia.

El lugar estaba lleno de movimiento: sirvientas iban y venían, mezclando ingredientes, limpiando mesas o revisando recetas en la pared. El ambiente olía a azúcar, levadura y calor, y entre risas y murmullos, la cocina cobraba vida.

De repente, Catalina, que estaba allí, se inclinó hacia Leyla con una sonrisa pícara y un tono de burla en la voz.

—Oye, Leyla… ¿no estarás extrañando mucho al príncipe Eduard? —preguntó canturreando—. Desde que él se fue, te veo muy calladita.

Leyla apretó apenas la mandíbula, pero no levantó la mirada.

—No es un tema del que deba hablar mientras trabajo —respondió con calma tensa—. Él cumple sus deberes y yo cumplo los míos.

Catalina soltó una risita.

—Ay, por favor… como si no lo extrañaras. Si hasta parecías suspirar cuando él pasaba cerca.

Otra sirvienta, que venía secándose las manos, intervino con tono travieso.

—Mírala cómo amasa. Eso no es fuerza, eso es añoranza —dijo riendo—. Seguro lo tiene metido en la cabeza desde que salió del palacio.

Leyla hundió los dedos en la masa con un poco más de fuerza, intentando mantener el rostro neutro.

—No hablo de mi vida personal —repitió con voz firme—. Y no tengo por qué hacerlo.

Una tercera se acercó, apoyando una bandeja y llevándose la mano al pecho de forma teatral.

—Ay, qué cliché más grande… —exclamó—. La doncella que extraña a su príncipe. Esto parece sacado de un cuento para niñas.

Las otras rieron.

—Imagínense —añadió otra, con burla ligera—, un príncipe fijándose en una sirvienta de verdad. Eso no pasa ni aunque el destino lo empuje.

—Exacto —añadió otra—. En la vida real los príncipes miran hacia arriba, no hacia abajo.

Las risas llenaron la cocina, chocando contra las paredes calientes, mientras Leyla seguía amasando con los dientes apretados y las manos cada vez más firmes, clavando la mirada en la masa como si pudiera esconderse allí.

Desde el horno, Margaret observaba la escena, y el gesto de su rostro comenzó a endurecerse.

Se acercó con el ceño fruncido, limpiándose las manos en el delantal, y se plantó a un lado de Leyla.

—Ustedes… —su voz cortó el aire— aléjense de aquí. No la rodeen como si fueran hienas. Vayan a reírse a otro lado, víboras.

Un silencio incómodo se extendió, pero solo duró un par de segundos antes de que Catalina soltara un bufido entre risas.

—Ay, por favor, Margaret… —dijo con burla— no exageres. Solo estábamos jugando un poco. Esa mujercita es muy sensible, parece.

Otra añadió, riéndose detrás de la mano:

—Si no quiere que le preguntemos por su príncipe, que no suspire tanto cuando lo nombran.

—¡Eso! —dijo otra, con voz burlonamente imitada— Hasta parece que cree que volverá solo para verla a ella.

Todas rieron. Era un sonido áspero, desagradable, uno que raspó la paciencia de Margaret como uñas en piedra.

Ella dio un paso al frente.

—Les dije que se alejen —repitió, esta vez dejando que la ira se filtrara en su tono—. No quiero verlas cerca de Leyla. No quiero oírlas, ni sentirlas respirando a menos de un metro.

Una de las mujeres alzó las cejas, como si la amenaza le pareciera un juego.

—¿Qué te pasa hoy, Margaret? ¿Tanto te duele que le preguntemos por el príncipe? ¿O te duele que él mire más a una novata que a ti?

Otras rieron.

La sangre de Margaret hervió.

—Si siguen provocándola aunque sea un segundo más, que Mercy tenga piedad de ustedes —dijo, entre dientes—, porque yo no la voy a tener.

Las sirvientas chasquearon la lengua.

—Ay, cálmate. Nadie la está lastimando. Solo hablamos un poco.

—Hablar es lo único que pueden hacer —respondió Margaret con frialdad—, porque si se atreven a levantarle siquiera una ceja, yo misma les voy a cerrar la boca.

Leyla intervino al oír el tono de su amiga. Le tomó del brazo con suavidad.

—Margaret, por favor… —susurró—. Vas a meterte en problemas. Déjalas. Déjalas decir lo que quieran. No puedes pelear con todo el mundo por mí.

Margaret se giró.

—¿Y por qué no? —murmuró—. Si ellas hablan porque pueden… yo te voy a defender porque quiero.

Antes de que Leyla pudiera contestar, Catalina volvió a comentar, con el tono más venenoso que había usado hasta ahora:

—Qué protectora… —agregó —: pareces una perra cuidando a su cachorra.

Las risas estallaron, secas.

Margaret apretó el puño.

—Cierren la boca —ordenó, con voz grave.

Pero las mujeres estaban animadas, disfrutando del momento.

—Ay, Margaret —dijo, Catalina —. Siempre actuando como si Leyla fuera especial. Y no lo es. Es solo una mocosa.

Una mocosa inútil.

Una mocosa asquerosa que cree que un príncipe va a volverse loco por ella.

El aire se cortó.

La cocina entera se quedó en silencio.

Leyla bajó la mirada, como si esas palabras la hubieran atravesado de lleno… pero Margaret dio un paso adelante tan brusco que la masa se le escapó de las manos a Leyla.

Las sirvientas retrocedieron un poco, pero una — Catalina, la misma que había dicho el insulto— se mantuvo firme, desafiante, cruzándose de brazos.

—¿Qué? ¿Vas a llorar? —provocó—. ¿O vas a—

No terminó la frase.

Margaret se movió tan rápido que nadie vio venir el impacto. En cuanto aquellas palabras salieron de los labios de la sirvienta, Margaret cruzó la distancia de dos zancadas, le tomó el cuello con ambas manos y la empujó hacia atrás con una fuerza brutal.

El golpe contra la mesa la dejó sin aire.

—¡Repite eso, desgraciada! —rugió Margaret, apretando sus dedos alrededor de su garganta.

La sirvienta abrió los ojos de par en par, sorprendida y furiosa. En un intento desesperado por liberarse, estiró las manos y le jaló el cabello a Margaret con una fuerza que casi la tiró hacia atrás.

El tirón le arrancó un grito de rabia.

—¡Suéltame, maldita! —chilló la sirvienta, aferrándose aún más, enredando los dedos en su cabello para arrancarle mechones enteros.

Margaret gruñó, apretando más su cuello, inclinándola hacia atrás.

—¡No te atrevas! ¡No vuelvas a tocarla ni a nombrarla así, pedazo de puta! —escupió con la voz rota por la furia.

La sirvienta, ahogándose, trató de golpearla en las costillas. Sus manos temblaban, pero alcanzó a propinarle puñetazos torpes.

Margaret los recibió de lleno.

Y respondió con un puño directo a la mejilla de la otra, haciendo que la cabeza de la mujer girara hacia un lado.

El impacto resonó como un latigazo.

En ese instante, todo estalló.

Leyla soltó un grito ahogado.

Las demás sirvientas dejaron caer cucharones, toallas, bandejas; algunas corrían hacia la puerta como si no supieran qué hacer, otras se lanzaron encima de las dos mujeres intentando separarlas.

—¡Margaret, basta! ¡BASTA! —suplicó Leyla, tirando de su brazo.

Pero Margaret estaba completamente fuera de sí.

La sirvienta, con el rostro rojo por la falta de aire, hundió las uñas en el cuero cabelludo de Margaret y le jaló tan fuerte que ambas cayeron al suelo. La caída levantó harina, polvo y un golpe seco que hizo temblar las bandejas.

Las sirvientas rodeaban la escena, algunas intentando agarrar brazos, otras gritando, otras paralizadas por el horror.

—¡Sepárenlas, por Lyra, separenlas! —gritó alguien.

—¡Margaret, te van a castigar! ¡Detente!

—imploró otra.

Pero ellas no escuchaban.

Eran dos fieras fuera de control.

Margaret volvió a tomarla del cuello, esta vez empujándola contra el suelo. La sirvienta pataleó, arañándole los brazos, clavándole las uñas sin piedad mientras intentaba liberarse.

—¡CÓMO TE ATREVES A HABLAR ASÍ DE ELLA! —gritó Margaret.

—¡Quítate, loca! —chilló Catalina, intentando arañarle la cara.

Leyla, desesperada, se arrodilló a su lado, intentando aflojar los dedos de Margaret.

—¡Por favor, ya! ¡Margaret, basta… basta, por favor! —la voz de Leyla temblaba.

Pero Margaret solo respiraba agitada, más impulsada por la rabia que por la razón.

Las sirvientas seguían tirando de ambas, intentando romper el combate.

Unas agarraban a Margaret de la cintura, otras de los brazos; otra intentaba sujetar la muñeca de la otra mujer que seguía golpeando y arañando.

Parecían dos bestias enredadas.

Más tarde, cuando por fin lograron separar a Margaret y a Catalina —ambas despeinadas, arañadas y respirando como si hubieran corrido por todo el palacio—, el lugar quedó en un silencio tenso. Las demás sirvientas estaban pálidas, algunas temblando todavía.

Una de ellas corrió a buscar ayuda; no tardó en llegar la doncella superior, una mujer severa, rígida y acostumbrada a poner orden a punta de mirada.

En cuanto entró al pasillo, la escena la dejó helada: dos sirvientas ensangrentadas, harina por todas partes, muebles movidos… y un ambiente tan cargado que parecía humo.

—¿Pueden explicarme qué es ESTO? —tronó con voz que retumbó en las paredes.

Nadie se atrevió a hablar.

Ni Margaret.

Ni Catalina.

Ni las que quedaron como testigo.

La mujer superior no necesitó explicación.

Lo veía todo en sus rostros.

—Las dos —señaló con un dedo firme y afilado—. Castigadas. A sus habitaciones, ahora mismo. No salen hasta mañana. Y si vuelvo a enterarme de que se pelean, aunque sea con la mirada… serán expulsadas. ¿Me entendieron?

Ambas asintieron, exhaustas y heridas, y fueron escoltadas a cuartos separados. Era evidente que Margaret y Catalina no podían permanecer en la misma habitación sin seguir peleando, así que decidieron separarlas, enviando a Catalina a otra habitación para evitar más conflictos.

Margaret caminó con la cabeza en alto, pero en cuanto cerraron la puerta de la pequeña habitación que compartía con Leyla, dejó caer el peso del cuerpo sobre la cama, respirando con dificultad. Tenía un arañazo largo en la mejilla, el cabello hecho un desastre, y el brazo derecho lleno de marcas rojas.

Leyla la siguió en silencio, con el corazón todavía apretado del susto.

Cerró la puerta, buscó una jarra con agua, un paño, y un frasco pequeño con alcohol y hierbas.

No habló.

No la miró a los ojos.

Solo se sentó a su lado y empezó a limpiar las heridas.

El alcohol ardía.

Margaret apretó los dientes, intentando no mover ni un músculo.

—Aaah… —soltó un quejido ahogado, frunciendo el ceño—. Podrías ser un poco más suave, ¿sabes…?

Leyla, con el ceño apretado, siguió limpiando con precisión, sin detenerse ni un segundo.

—Si soy suave, no se desinfecta —respondió seca.

Margaret la observó.

Leyla no levantaba la vista. Su expresión era dura, molesta, casi fría… pero cada movimiento de sus manos era cuidadoso.

—Oye… —murmuró con voz suave—. No te enojes.

Leyla no respondió. Humedeció el paño una vez más y lo llevó a la mejilla herida.

Margaret soltó otro quejido bajo.

Margaret tragó saliva. La garganta le ardía un poco del forcejeo, y el pecho le pesaba.

Ella necesitaba que la mirara.

—Leyla… —susurró, buscándole los ojos—. ¿Me perdonas?

La mano de Leyla se detuvo en el aire.

Pero no respondió.

Solo bajó la mirada hacia el paño, apretó los labios…

y siguió limpiando en silencio, sin decir una palabra.

Margaret solo la observó, como si el mundo se le vaciara debajo de los pies.

Mientras..

En otra habitación, mucho más alejada y silenciosa, Catalina estaba sentada en el borde de su cama, con las manos apretadas entre las piernas y la mirada perdida en la pared.

El castigo la había dejado sola

Sola con su rabia.

Sola con aquello que más odiaba: sus propios pensamientos.

Se inclinó hacia adelante, enterró los dedos en su cabello, y murmuró entre dientes, como si las palabras fueran veneno que no podía contener.

—La odio… —susurró, con la voz rota—. Odio a esa maldita.

Apretó más fuerte los puños,

clavándose las uñas en las palmas.

—Odio cómo camina, cómo sonríe… —continuó, casi escupiendo las palabras—. Odio que todos hablen de ella como si fuera especial. Odio que nadie la mire como lo hacen conmigo. ¿Qué tiene ella que no tenga yo?

Se levantó de golpe y comenzó a caminar por la habitación pequeña, de un lado a otro, los pasos temblando de frustración.

—¿Por qué tú, Leyla? —preguntó al aire, como si ella pudiese oírla—. ¿Por qué tú? No eres nadie. Eres una huérfana sucia que llegó aquí por lástima. No tienes familia, no tienes nombre, no tienes nada.

Su voz se quebró.

—¿Y aun así…? —cerró los ojos con rabia—. Aun así un príncipe prefiere mirarte a ti.

Se llevó ambas manos al rostro, respirando entrecortado.

—¿Por qué no puedo ser yo? —murmuró, con un tono más bajo—. ¿Por qué no puedo ser como tú? ¿Por qué nadie me mira a mí así? Yo también… —tragó saliva — yo también tengo encanto. Yo también podría ser elegante, dulce… bonita.

Se quedó inmóvil, y una lágrima cayó sin que pudiera detenerla.

—Pero a mí no me ven —susurró, con voz quebrada—. Nadie me ve.

La rabia volvió a encenderse de golpe.

—Y tú… —dijo con una sonrisa rota — tú eres tan flaca que pareces una anoréxica, débil. ¿Y aún así te adoran? ¿Aún así te protegen? ¿Aún así te cuidan?

Se dejó caer de rodillas frente a la cama, apoyando la frente en la colcha.

—¿Por qué tú? —repitió, temblando—. ¿Por qué siempre tú?

Catalina apretó los ojos.

Y desde lo más oscuro de su pecho, salió la verdad que nunca diría en voz alta delante de nadie:

—Odio lo bonita que eres… —susurró, casi llorando—. Odio que seas todo lo que yo quiero ser y nunca seré.

Catalina se quedó abrazada a la colcha unos segundos, respirando con dificultad, hasta que el llanto se transformó en algo más hirviente.

Se incorporó lentamente, con el cabello cayéndole sobre el rostro, y una sombra distinta se formó en sus ojos.

—Y Margaret… —murmuró, con un temblor que no era tristeza, sino furia—. A esa sí que la odio.

Caminó hacia la ventana pequeña de la habitación y apoyó las manos contra el marco, temblando.

—Odio su actitud de heroína, de guardiana, de “yo te protejo, Leyla Odio cómo se mete en todo, cómo la cubre, cómo la mira como si fuera… suya.

El pensamiento la llenó de un asco tan profundo que casi se arrebató la piel con las uñas.

—¿Quién se cree esa imbécil? —soltó entre dientes—. Siempre metiéndose, siempre interponiéndose… siempre siendo la sombra de la favorita.

Se apartó de la ventana y comenzó a caminar de nuevo por la habitación, esta vez más rápido.

—¿Por qué demonios tiene que protegerla tanto? ¿Qué le ve? ¿Qué siente? —escupió—. Como si Leyla no valiera nada si Margaret no está detrás, respirándole en la nuca.

Catalina se detuvo, apretándose los brazos con fuerza.

—Esa mujer… esa mujer me enferma —admitió, con una voz que rozaba la locura—. Siempre con esa cara de “no te metas”, como si fuera la dueña del palacio. Como si fuera una santa. Como si nadie pudiera tocar a Leyla mientras ella esté ahí.

La rabia le subió por la garganta como un vómito caliente.

—¡Desquiciada! —escupió—. Siempre actuando como si fuera mejor que todas nosotras. Como si fuera superior. Con esa actitud de que puede golpear a quien quiera… ¿Y por qué? ¿Por Leyla? ¿Solo por ella?

Sacudió la cabeza con fuerza, sintiendo el ardor en su pecho.

—La odio —repitió, casi en un susurro ronco—. La odio tanto que me quema. Me quema por dentro.

Se dejó caer en la cama, con las manos temblorosas.

—Odio lo fuerte que es —continuó, casi con resentimiento infantil—. Odio que tenga el valor que yo no tengo. Odio que pueda hacer lo que yo no puedo. Odio que Leyla la mire como si fuera… la única persona a la que necesita.

Apretó los dientes, conteniendo un sollozo frustrado.

—Claro que la odio… —susurró—. Porque todo lo que yo quiero, lo tiene ella. Y lo que yo envidio, lo protege ella. Y lo que yo deseo… lo cuida ella.

Catalina seguía en su espiral de pensamientos cuando la puerta se abrió de golpe, sin siquiera un toque previo.

Sobresaltada, se incorporó un poco.

Era Sofía.

Apareció en el umbral con su postura elegante, cruzando la habitación con la mirada antes de hablar.

—¿Se puede? —preguntó, aunque ya estaba dentro.

Catalina tragó saliva, limpiándose disimuladamente una lágrima con el dorso de la mano.

—Sí… claro, pasa —respondió, fingiendo normalidad—. Buenas tardes, Sofía.

—Buenas tardes —respondió ella, cerrando la puerta con suavidad—. Supe que te agarraste a golpes con la tal Margaret.

Catalina soltó una risa breve.

—No es mentira —dijo—. Y la dejé toda machucada. Esa creída se lo tenía merecido.

Sofía no sonrió. Caminó hasta un mueble de madera y abrió uno de los cajones sin pedir permiso. Sacó vendas, un pequeño frasco y unas gasas dobladas con cuidado. Las llevó a la cama y se sentó al lado de Catalina.

—Déjame ver —ordenó con calma.

Catalina dudó, pero finalmente extendió el brazo. Seguía teniendo marca de uñas y un raspón seco que ardía.

Sofía comenzó a limpiar con cuidado.

Sus movimientos eran precisos, suaves, como si ya hubiera hecho ese trabajo miles de veces.

Catalina no dijo nada durante un momento, solo observó cómo sus manos trabajaban, firmes pero delicadas.

Sofía fue la primera en romper el silencio:

—¿Y por qué pelearon?

Catalina entrecerró los ojos, mirando hacia un costado.

—Eso es asunto de Margaret —respondió con un tono cortante.

Sofía levantó una ceja, incrédula.

—No me mientas —dijo, sin dureza —. Todos sabemos perfectamente que esa mujer es sobreprotectora con su amiguita.

Catalina apretó los labios.

—Sí… lo es —admitió con amargura—. La cuida demasiado. Odio eso. Las odio a las dos.

Sofía continuó vendando como si nada.

—Está bien —respondió con indiferencia tranquila—. A mí no me importa si se odian o no.

Catalina levantó la vista, desconcertada por la frialdad tan directa.

—Entonces… ¿a qué viniste? —preguntó, sin poder evitar que su voz sonara más pequeña de lo que quería.

Sofía terminó de anudar la venda y suspiró, bajando el tono.

—Solo vine a ver si estabas bien —respondió con honestidad seca—. Sabía que nadie iba a cuidarte.

Catalina bajó la cabeza, y por un instante volvió a sentirse como al comienzo.

Sofía extendió una mano y, con suavidad, le tomó la barbilla para obligarla a levantar el rostro.

Los ojos de Catalina temblaron un poco al encontrarse con los de ella.

—No te preocupes —dijo Sofía, con una voz mucho más cálida que la habitual—. A mí sí me importa.

Catalina sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

—Gracias… —susurró—. Eres una buena persona.

Sofía soltó un suspiro breve, casi como una risa apagada.

—No lo sé —respondió, apartándole un mechón del rostro—. Pero ojalá sea así.

El silencio entre ambas se volvió casi confortable por unos minutos. Sofía seguía acomodando las vendas mientras Catalina respiraba más tranquila, aunque su expresión continuaba cargada de resentimiento.

Fue entonces cuando Sofía habló de nuevo, con una voz más baja.

—¿Sabes qué me sorprende? —dijo, sin mirarla al principio—. Que todavía no hayas dicho nada sobre… aquel secreto de Leyla.

A Catalina le dio un vuelco el corazón y sus manos se crisparon, clavando las uñas en el colchón con fuerza.

Sofia volvió la mirada lentamente hacia ella.

—¿Por qué me miras así? —susurró.

Catalina tragó saliva.

—Me da miedo… —confesó por fin, con una vulnerabilidad que nunca mostraba frente a nadie—. ¿Sabes lo que pasaría si yo dijera algo? El príncipe Carlos podría tomar represalias contra mí. El emperador también… —sus ojos se nublaron con un miedo real—. Incluso el príncipe Eduard.

Pensó hasta sentarse derecha, apretando las manos sobre su falda.

—No puedo esparcir un rumor así —susurró, temblando levemente—. Es demasiado grande. Es… es una condena a muerte si no tengo pruebas. Y no quiero morir por esa maldita.

Sofía la escuchó con una expresión que mezclaba comprensión y algo más oscuro, que se ocultaba bien entre gestos suaves. Al final, suspiró.

—Te entiendo —respondió con serenidad—. Y creo que eres más fuerte de lo que crees por haber mantenido silencio. La mayoría ya habría soltado algo solo para herirla.

Catalina bajó la cabeza, pero sus ojos brillaban de impotencia.

Sofía continuó, esta vez con un tono más bajo:

—Y lo cierto… es que si el emperador se entera de algo tan grave, no será por ti. Será por su hijo Carlos. Él sería el primero en usar esa información como un arma. Y cuando lo haga… alguien va a pagar. Sea Leyla, sea Eduard… o los dos.

Catalina apretó los dientes.

—¿Pero cuándo? —escupió, frustrada—. ¡Esa maldita sigue aquí! Sigue caminando por el palacio como si nada. Como si no fuera un peligro. Como si no debiera esconderse.

Sofía sonrió apenas, de lado, con esa calma inquietante que tenía.

—Ten paciencia —dijo, inclinándose un poco hacia ella—. Todo lleva su tiempo. Las cosas en palacio no se mueven por capricho… se mueven por conveniencia.

Se levantó y comenzó a guardar lo que sobraba de las vendas, aunque no apartó la mirada de Catalina.

—Y estoy segura —añadió con voz suave— de que el príncipe Carlos ya está planeando algo.

Catalina entonces, sintió un escalofrío que no sabía si era miedo.. o de esperanza.

Llegada la noche..

La noche había caído por completo, silenciosa y pesada tras la lluvia que por fin había visitado el palacio.

Leyla permanecía sentada en una silla al lado de la cama, observando a Margaret dormir. El rostro de su amiga estaba marcado por la pelea: un labio hinchado, un pómulo rojizo, un par de rasguños que todavía ardían.

Cada respiración de Margaret era un suspiro adolorido.

Leyla frunció el ceño y, sin darse cuenta, se inclinó para acariciarle la frente con suavidad.

—Eres una tonta… —murmuró, aunque su voz estaba llena de preocupación—. Pero gracias, por todo..

El alivio de que por fin durmiera era evidente, pero también lo era la culpa que Leyla cargaba en el pecho.

Justo entonces alguien golpeó la puerta con un toque firme.

Leyla se sobresaltó, volteando de inmediato hacia la entrada.

La habitación estaba sumida en penumbra, solo iluminada por una lámpara de aceite, lo que hacía el golpe sonar todavía más abrupto.

Se levantó despacio para no despertar a Margaret y fue a abrir.

Un guardia del palacio, con el uniforme aún húmedo por la lluvia, inclinó la cabeza en un saludo respetuoso.

—Doncella Leyla —dijo—. Su alteza el Emperador César solicita su presencia en su despacho. Debe acudir de inmediato.

Leyla abrió un poco los ojos, sorprendida.

—¿A estas horas? —susurró, más para sí que para él.

Luego miró hacia la cama. Se acercó a Margaret e intentó levantarla un poco del hombro, con una voz muy baja:

—Margaret… despierta, ven conmigo. Debes acompañarme…

Pero Margaret apenas gruñó algo ininteligible, hundiéndose más en las mantas. No respondió, ni siquiera abrió los ojos. Su cuerpo estaba demasiado agotado.

Leyla exhaló con resignación.

—Está bien —susurró, en parte para el guardia—. Iré sola.

El hombre asintió, lo cual era realmente lo esperado.

Leyla salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad, dejando a Margaret sumida en su sueño inquieto.

El guardia la acompañó un tramo, pero luego se adelantó para avisarle a un lacayo del emperador.

Ella continuó sola por los pasillos silenciosos.

Mientras caminaba, sus pasos resonaban con suavidad sobre las alfombras largas y bordadas.

A ambos lados, los muros estaban adornados con cuadros antiguos de figuras importantes del imperio: emperadores, héroes, monarcas olvidados. Sus ojos se detenían en cada rostro solemne, cada mirada severa pintada con cuidado siglos atrás.

También había jarrones con flores frescas; rosas y lirios que perfumaban el aire, mezclándose con el aroma a madera barnizada y libros viejos.

La caminata se hizo larga. El palacio siempre parecía más grande de noche, más silencioso, más imponente.

Al fin llegó al despacho del emperador. La puerta estaba entreabierta.

Entró sin hacer ruido.

Para su sorpresa, el emperador no estaba allí.

En su lugar, un lacayo de edad madura se adelantó con una reverencia cortés.

—Doncella Leyla —la saludó—. Por favor, tome asiento. Su alteza llegará en unos minutos. Ha solicitado que la reciba con comodidad.

El lacayo señaló un pequeño juego de sofás a un lado del enorme escritorio. Eran suaves, tapizados en tonos vino, iluminados por una lámpara cálida.

Leyla se sentó con cuidado, algo rígida.

El lacayo continuó:

—Aquí tiene té recién hecho, galletas, y algunos berlines que llegaron hace poco de la cocina. Su Majestad tiene mucho aprecio por usted, ya lo sabe, por la amistad que comparte con el príncipe Eduard. Quería que se sintiera atendida mientras espera.

Leyla bajó la mirada, tímidamente conmovida.

—Gracias… —murmuró, apenas audible.

Se inclinó y tomó una galleta pequeña, crujiente, con aroma a vainilla. La probó, y sin darse cuenta tomó otra más. El té desprendía un aroma suave a rosas, casi etéreo, y había berlines rellenos de membrillo que soltaron un perfume dulce y cálido.

El lacayo observó la escena con una expresión amable.

—Debo retirarme ahora —dijo, haciendo una reverencia—, pero su alteza llegará enseguida. Por favor, sírvase lo que desee.

Leyla asintió.

—Muchas gracias… de verdad.

Él salió, cerrando la puerta con un clic suave.

La habitación quedó en silencio. Un silencio lleno de muebles antiguos, mapas enmarcados, libros de cuero y el murmullo lejano de la lluvia contra los ventanales.

Leyla quedó allí, sola, mirando la taza de té con vapor rosado, y las galletas de vainilla y chocolate amargo.

No quería parecer glotona ni aprovecharse de la hospitalidad del emperador, así que solo probó un par de galletas y dio un sorbo medido al té.

Luego, con las manos en el regazo, respiró hondo.. Esperando.

Pasaron apenas unos minutos cuando la puerta del despacho se abrió de golpe, con una fuerza que hizo que la lámpara sobre el techo temblara ligeramente.

Leyla dio un respingo.

Carlos entró con paso medido y la capa roja ondeándole detrás por el impulso.

Sus ojos, siempre fríos, brillaban con algo que ella no supo leer al instante.

Al verla, se inclinó en una reverencia lenta.

—Buenas noches, Leyla..

Ella se quedó inmóvil, completamente perpleja. Su corazón dio un vuelco confuso.

Pensó que se encontraría con el emperador… no con él.

—¿Príncipe Carlos? —susurró, levantándose de inmediato—. ¿Qué… qué hace aquí? Yo… pensé que iba a hablar con su alteza.

Carlos hizo un gesto con la mano, señalando a los guardias detrás de él.

—Cierren la puerta.. —ordenó.

Los guardias obedecieron sin hacer preguntas. La madera se cerró lentamente, y el sonido final del cerrojo bajando resonó demasiado fuerte en la cabeza de Leyla.

Ella dio un paso atrás, instintivamente.

—¿Qué está pasando? —preguntó, tensa, con la voz temblorosa.

Carlos levantó las manos en un gesto aparentemente pacífico.

—Tranquila, Leyla. Por favor —dijo, con una calma atípica—. Siéntate. No voy a hacerte nada.

Ella negó con la cabeza, desconfiada.

—No le creo.

Carlos esbozó una sonrisa suave.. demasiado suave para ser propia de él.

—Lo entiendo. Me lo merezco. He sido… difícil contigo. Brusco. A veces cruel. —Suspiró, como si de verdad cargara culpa—. Pero por eso vine: para disculparme.

Leyla frunció el ceño. Había algo que no encajaba. Algo en su voz, en su postura. Pero aun así… la duda siempre había sido un punto débil en su corazón.

—¿Disculparse…? —repitió, sin moverse.

—Sí —afirmó Carlos con firmeza—. Reflexioné. Sobre mi comportamiento. Sobre la manera en que te he tratado… Y no fue correcto. Vine a decirlo en persona.

Leyla no respondió. No aún. Sus ojos recorrieron la habitación, buscando algún indicio de que esto no era extraño.

—Yo… —balbuceó—. Yo pensaba que vería al emperador..

Carlos se acercó unos pasos, sin invadirla, pero acortando la distancia.

—Así era —dijo, sin dejar de observarla—. Pero su alteza tuvo un asunto urgente que atender. Me informó que vendría a platicar contigo, a disculparse por mi comportamiento recientemente…

Leyla sintió un vuelco extraño en el pecho.

Carlos respiró profundo, su voz bajando apenas un poco.

—Pero decidí asistir yo en su lugar —concluyó—. Para resolverlo personalmente.

La joven lo miró, intentando leer sus intenciones.

Su ingenuidad era real…

pero no era estúpida.

Había algo raro.

Algo fuera de lugar.

Algo en la forma en que la miraba, en la suavidad repentina de su voz.

Y aun así… por alguna razón que no entendía, se vio a sí misma obedeciendo lentamente, volviendo a tomar asiento en el sofá.

Sin quitarle los ojos de encima.

Carlos observó cómo Leyla volvía a sentarse, todavía tensa, con las manos entrelazadas sobre sus piernas. Él mostró una sonrisa tranquila y suave.

—No seas tímida —dijo mientras señalaba la mesa donde estaban el té, las galletas y los berlines—. Puedes servirte de lo que quieras.

Leyla negó lentamente.

—No, gracias… ya comí un poco —respondió en voz baja, sin apartar la mirada de él—. Prefiero que me diga… por qué quiere disculparse, en realidad.

Carlos tomó asiento frente a ella, cruzando una pierna sobre la otra.

—Porque he sido insolente —confesó con un suspiro dramático—. He actuado mal. Muy mal. Y lo sé.

Soy consciente de que mi comportamiento no solo me perjudica a mí… sino también a los demás.

Especialmente a ti.

Leyla sintió una punzada incómoda en el estómago.

Carlos continuó, inclinándose un poco hacia adelante.

—Tú, Leyla… tú eres alguien que admiro profundamente. Eres dulce, firme, trabajadora… y no mereces haber sido tratada así. Por eso quiero corregir mis errores. Por eso estoy aquí.

Leyla apretó los labios. Durante unos segundos, no dijo nada.

Pero finalmente habló.

—Un simple “lo siento” no bastará —dijo, sin suavizar la voz—. Con el daño que ha hecho… eso no se arregla.

Gracias a usted estoy siempre a la defensiva. Y todos en el palacio creen que estoy con usted a escondidas… o con el príncipe Eduard.

Carlos frunció el ceño.

—Lamento profundamente escuchar eso —dijo en un tono de compasión—. Me entristece que sufras tanto dentro del palacio. Pero te prometo que eso cambiará.

Leyla entrecerró los ojos.

—¿Por qué cambiaría?

Carlos se recargó en el respaldo del sofá, evaluando sus palabras. Luego sonrió con una suavidad.

—Porque tengo un trato para ti —dijo finalmente.

Leyla no dijo nada, pero su cuerpo se tensó de inmediato.

Carlos continuó con voz tranquila:

—Si aceptas estar a mi lado… si aceptas ser mi consorte privada, una especie de… acompañante oficial… yo me encargaré de protegerte de todo.

Te trataré como nunca te han tratado.

Te daré comodidades, joyas, un lugar privilegiado, influencia, respeto.

No tendrás que volver a temerle a nadie. Nadie se burlará de ti.

Todos te verán como alguien importante.

Como alguien de mi propiedad.

Leyla se quedó completamente inmóvil.

Sus ojos se abrieron lentamente, incrédulos.

Carlos sonreía.

—Estás pasando por mucho —continuó—. Y todo mejoraría si aceptaras. Podría arreglar tu vida… solo necesito que seas mía.

Leyla respiró hondo, tragando amargura, rabia, asco. Sus labios temblaron antes de que la voz emergiera fuerte, clara, tajante.

—No —dijo.

Y luego repitió:

—NO.

Carlos parpadeó, sorprendido por lo directo.

—No entiendo —dijo con suavidad peligrosa—. ¿Por qué no?

Leyla se puso de pie de golpe.

—Porque jamás estaría con usted —dijo con firmeza—. Jamás. Eso es imposible. Y no… no quiero eso.

Y dudo mucho que usted haya cambiado. De verdad… por un momento quise creerlo.

Pero no.

No quiero nada de usted.

Carlos la miró con ojos fríos por primera vez en toda la noche.

—Leyla… —susurró, con una falsa calma.

Pero ella ya caminaba hacia la puerta. Tomó la manilla y tiró.

La puerta no se movió.

Intentó de nuevo.

Nada.

Giró hacia Carlos, con el corazón golpeándole el pecho.

—Ábrala —exigió—. Ábrala ahora.

Carlos seguía sentado, inmóvil, con una sonrisa que ya no ocultaba nada.

—Eso no será posible.

Leyla dio un paso atrás, con la sangre helada.

—¿Qué…?

Carlos entrelazó las manos sobre la rodilla y habló:

—Si quieres salir de aquí sin problemas…

si quieres terminar bien con todo esto…

vas a tener que aceptar mi trato.

Sus ojos rubís brillaron.

—Vas a ser mi amante, Leyla..

No tienes opción..

—¡Jamás! —gritó Leyla, retrocediendo—. ¡Jamás estaría con un príncipe! ¡Nunca! ¡Nunca lo haría!

Su voz quebrada retumbó en el despacho vacío.

Carlos la observó con una calma que no coincidía con la furia en sus ojos.

—¿Ah, no? —preguntó, inclinando la cabeza con una sonrisa venenosa—. ¿Acaso eso mismo pensabas cuando estabas con Eduard?

Leyla se quedó helada.

Su respiración se detuvo.

Sus ojos se abrieron sin comprender.

—¿Qué…? —susurró—. ¿Qué está diciendo?

Carlos chasqueó la lengua.

—Que lo sé todo, Leyla. —Se puso de pie lentamente—. Sé que te vas a escondidas para verlo. Sé que lo buscas. Sé que él también te busca a ti.

Lo he sabido desde hace tiempo.

—N-no… —balbuceó ella, retrocediendo—. Eso es mentira. ¡No es así!

—Claro que lo es —respondió él, acercándose un paso más—. Y me pregunto… —sonrió con crueldad— si ya estás embarazada de él.

Leyla sintió como si algo se partiera dentro de su pecho.

Se agarró la cabeza, jalándose el cabello con desesperación.

—No… no… ¡NO! —gritó—. ¡Eso es mentira! ¡Es falso!

Carlos caminó hacia ella con una tranquilidad escalofriante,

cuando llegó frente a ella, le tomó el rostro con una mano fría.

Leyla temblaba.

—Mi querida Leyla —susurró él—. Ya lo sé todo. Y mi padre también.

Si no quieres que le pase algo malo a tu amante… o a ti… será mejor que aceptes ser mi concubina.

Leyla sintió cómo sus piernas comenzaban a fallar.

Una debilidad súbita la invadió, como si el suelo se moviera.

El aire se volvió pesado, espeso.

Los muebles parecían inclinarse.

—¿Q-qué…? —intentó hablar, pero su voz se rompió.

Retrocedió tambaleándose y cayó de rodillas al piso.

Carlos se inclinó, arrodillándose frente a ella con falsa ternura.

—Mi amor —murmuró, rozándole la mejilla—. Por favor… acepta. Yo puedo hacerte feliz. Todo estará bien si solo dices que sí.

Leyla intentó golpearlo, empujarlo, escapar.

Pero su brazo cayó débilmente a un costado.

El mundo empezaba a verse borroso, como si la luz temblara y la habitación girara.

Su respiración se volvió corta.

—¿Qué… me… hiciste…? —preguntó con un hilo de voz.

Carlos sonrió. No era una sonrisa humana.

—Las galletas y el té —susurró—. Contenían una poción para debilitar el cuerpo.

Muy útil, ¿no crees?

Leyla sintió un frío espantoso recorrerle el cuerpo.

—Te entregaré el antídoto —susurró él, acercándose hasta que su aliento rozó su oído— únicamente si aceptas pertenecerme.

De lo contrario, tu cuerpo seguirá deteriorándose… y quizá no resistas las próximas semanas.

Leyla le quiso gritar, pero apenas salió un sonido.

Su fuerza se desvanecía como arena entre los dedos.

Cayó hacia un lado, su cuerpo completamente inerte.

Intentó mantener los ojos abiertos… pero el peso era insoportable.

Todo se oscurecía.

Lo último que escuchó fue la voz de Carlos, suave y venenosa:

—Pronto… serás mía.

La oscuridad la envolvió antes de poder responder.

Luego..

La conciencia de Leyla era un faro que parpadeaba en medio de una niebla densa. Emergía a la superficie por breves instantes, solo para ser arrastrada de nuevo al abismo. En esos fugaces destellos de lucidez, percibía un peso sobre ella, una presencia que no era la suya. Sentía el roce de unas manos que exploraban su piel con una familiaridad que no le pertenecía y oía susurros que se perdían antes de formar palabras coherentes. El mundo era una mancha borrosa de sombras y sonidos, una realidad ajena que no alcanzaba a comprender. Lo que intuía, sin poder nombrarlo, era que Carlos estaba despojándola, no solo de su cuerpo, sino de su voluntad, convirtiéndola en un mero recipiente para su obsesión.

Entonces, sus labios se estamparon sobre los suyos. No fue un beso, fue una invasión. Una reclamación brutal y súbita que buscaba su rendición, pero Leyla, aunque anclada en un semiinconsciente, se negó. Su espíritu, atrapado en las redes de la confusión, resistía. La abrazó con una fuerza que parecía querer aplastarla, como si al poseerla pudiera borrar el vacío que lo consumía por dentro. No había ternura en ese abrazo, solo una desesperación áspera y violenta.

Leyla forcejeó, un intento patético de liberarse de unas cadenas invisibles. Él la inmovilizó con una facilidad insultante, sus manos recorrían su anatomía con la impunidad de quien se cree con derecho a poseerla. Un gemido de protesta escapó de su garganta, pero se convirtió en un sollozo ahogado cuando una mano seca y cruel le selló los labios. Un aliento helado rozó su oído.

—Shh… sé que terminarás disfrutándolo.

El pánico se apoderó de ella. Empujó, arañó, se debatió con una ferocidad nacida del terror, pero su fuerza era ínfima frente a la de él. La dominó, aplastando su resistencia contra el colchón. Sus labios volvieron a asaltarla, mientras sus manos descendían con una lentitud aterradora, explorando, violando cada centímetro de su piel. La confusión se mezclaba con el agotamiento; su cuerpo se negaba a obedecer, y su voz era un eco mudo en su propia garganta.

—No tan rápido. Quiero disfrutar un poco más de esto —murmuró él, con una calma gélida.

Con una torpeza deliberada, deslizó la tela que la cubría, sus dedos encontraron la humedad de su saliva y la llevaron a su intimidad. Leyla sintió una punzada, una sensación extraña y repulsiva que la sacudió hasta los cimientos. Un nuevo estremecimiento la recorrió cuando su boca se posó donde sus manos habían estado, lamiendo, chupando, extrayendo una respuesta de su cuerpo que su mente se negaba a dar. Las lágrimas brotaban silenciosas, un río de desprecio y dolor mientras anhelaba la disolución, la nada.

Carlos se liberó de la prenda que lo oprimía, y el contacto de su piel contra la suya fue como una quemadura. Frotó su miembro contra ella, un acto de posesión preliminar antes de escupir en su palma, humedecerse y, sin más preámbulos, penetrarla. El dolor fue lacerante, una hoja afilada que se desgarraba en su interior. Él se inclinó, su voz un susurro venenoso junto a su cara.

—No te preocupes, al principio duele, pero luego te acostumbrarás…

La sangre, testigo mudo de su inocencia arrebatada, tiñó las sábanas. Cada embestida era un nuevo golpe, una nueva fractura en su alma. Se cubrió el rostro con las manos, sollozando en un silencio absoluto, mientras él la usaba, la desgarraba, la dominaba. Un grito de auxilio, apenas un susurro quebrado, se perdió en el aire denso de la habitación. Los minutos se estiraron hasta volverse eternos.

Cuando por fin terminó, eyaculando sobre el lienzo manchado de sangre y sudor, Leyla permaneció inmóvil. Era un caparazón vacío, habitado por un dolor tan vasto que se sentía como un vacío. Las lágrimas seguían su curso, silenciosas, mientras su corazón se hacía añicos en el pecho. El peso sobre ella desapareció, pero el dolor se quedó, una compañera constante.

Quizás habían pasado horas. O un día entero. O más. El tiempo se había disuelto. La habitación era una cueva, la luz del día bloqueada por unas cortinas opacas. Solo sabía una cosa con una certeza terrible: algo se había roto irremediablemente mientras ella dormía. Llevó una mano temblorosa a su pecho, buscando el latido de su propio corazón, la prueba de que aún estaba viva.

—¿Qué… me ha… hecho…? —susurró, la voz hecha pedazos.

El miedo era una entidad física, un peso que le oprimía el pecho y le robaba el aliento. Y entonces, desde las sombras, una voz masculina, serena y expectante, respondió.

—Veo que por fin has despertado.

El corazón de Leyla se detuvo. No estaba sola. La silueta de Carlos se movió en la penumbra, como un espectro que la había estado vigilando durante toda su pesadilla.

—Por ahora te dejaré ir —dijo Carlos —. Pero no te engañes. A partir de este momento, siempre serás mía.

Leyla apenas procesó sus palabras. Su mente era un torbellino, y el eco de la posión aún zumbaba en sus venas, un veneno que la mantenía mareada y desconectada. Intentó levantarse, pero sus piernas no le obedecieron y se desplomó del lecho, aterrizando con un golpe sordo sobre el frío suelo de madera. El impacto la sacudió, devolviéndola una pizca de lucidez.

Miró a su alrededor. Estaba limpia. No había una mancha de sangre en la cama, ni el desorden de una lucha. Las sábanas estaban impecables, tensas y blancas, como si nadie hubiera dormido allí. Tampoco estaba sucia; su piel sentía el aroma residual del jabón, no del sudor ni del terror. La confusión la golpeó con más fuerza que la caída.

¿Alguien había entrado? ¿La habían bañado y arreglado la habitación mientras yacía inconsciente? O quizás… quizás todo había sido una pesadilla tan vívida, tan abrumadoramente real, que su cuerpo la sentía como cierta.

Mientras su mente luchaba por encontrar una explicación, Carlos se acercó al armario. Con calma, sacó un vestido y lo extendió sobre la cama. Era su ropa, pero estaba perfectamente doblada, como si acabara de salir de la lavandería.

—Aquí está tu ropa. Te veré pronto, Leyla.

Se volvió y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. El clic del cerrojo al cerrar resonó en la habitación. Le había dejado su supuesta privacidad, un gesto que solo sirvió para magnificar su humillación.

Pero Leyla no experimentó liberación. Se sentía contaminada, repugnante, como si un millón de insectos atravesaran su piel desde dentro.

Cada hilo del vestido parecía carbonizarla al tocar su cuerpo.

Al hurgar en su vestuario, consiguió localizar el antídoto y lo ingirió con el poco aire que le quedaba.

Se vistió con una lentitud tortuosa, cada movimiento un recordatorio del dolor que la habitaba, una punzada aguda entre sus piernas que le robaba el aliento. No se movía más de lo necesario, con el cuerpo rígido, como si una sola flexión pudiera hacerla añicos por completo. Estaba sola, pero la presencia de Carlos la emponzoñaba todo, una sombra que ahora sería inseparable de su alma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo