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Imperio De Pasiones - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 10 Rumores que Matan
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11: Capítulo 10: Rumores que Matan.

11: Capítulo 10: Rumores que Matan.

Tres días habían pasado desde aquella noche, y Leyla no había salido de la habitación de las sirvientas ni por un instante.

La cama en la que descansaba se había convertido en un refugio oscuro del que no tenía fuerzas para escapar.

Las demás doncellas habían empezado a murmurar, pero Margaret no dejaba que nadie se acercara demasiado.

Leyla yacía de lado, mirando la pared sin pestañear, envuelta en varias mantas.

Su rostro estaba pálido, ojeroso, vacío.

Apenas comía y apenas bebía.

El antídoto que Carlos le había dado había detenido la debilidad extrema… pero no había curado el temblor en sus manos, ni el nudo constante en su pecho, ni la sensación de que su cuerpo ya no le pertenecía.

Margaret entró de nuevo con un cuenco de agua tibia y un paño, pero al verla igual que las últimas setenta horas, su corazón se apretó.

—Leyla… —susurró, dejando las cosas a un lado.

Se sentó en la orilla de la cama y, con cuidado, deslizó los dedos entre su cabello.

Leyla parpadeó apenas, como si esa caricia la despertara de un sueño del que no quería salir.

La habitación estaba silenciosa, iluminada solo por la luz gris del amanecer colándose por la ventana.

Afuera seguía lloviendo con intermitencia, como si el clima compartiera la tristeza de Leyla.

Margaret respiró hondo, intentando contener la angustia que había acumulado en esos días.

—Han pasado tres días… —dijo con suavidad, sus palabras rompiéndose un poco—.

¿De verdad… aún no quieres decirme qué ocurrió?

Leyla no respondió.

Su mirada continuó fija en la pared, sin emoción, sin vida.

Solo respiraba.

Solo existía.

Margaret tragó saliva, sintiendo que el pecho le ardía por la impotencia.

—Leyla, mírame… —pidió con una voz casi suplicante.

Con una lentitud dolorosa, Leyla giró apenas la cabeza.

Sus ojos se veían enrojecidos, vidriosos, como si hubiera llorado más de lo que podía soportar, o como si ya no tuviera lágrimas para derramar.

No habló.

Pero en su silencio había algo roto.

Algo que gritaba.

Margaret acarició su mejilla con el dorso de la mano, cuidando de no presionar demasiado.

—Lo que sea que pasó… —murmuró— estoy contigo, ¿sí?

Pero tienes que decirme algo… cualquier cosa… me estás matando de preocupación.

Leyla cerró los ojos.

Un temblor recorrió su labio inferior, pero ninguna palabra salió.

Era como si su voz estuviera enterrada muy, muy profundo.

Se abrazó a sí misma, encogiéndose bajo las mantas.

Margaret sintió que algo muy grave había sucedido, algo que no encajaba con ninguna situación normal en el palacio.

Y que Leyla estaba intentando olvidarlo… o temía recordarlo.

—No tienes que contarme todo —añadió Margaret—.

Solo dime si estás en peligro… por favor.

Silencio.

Leyla abrió los ojos y murmuró, con un hilo de voz que casi se perdía en las mantas: —No recuerdo bien… solo… solo sé que no quiero volver allí… Margaret se tensó.

—¿Volver… adónde?

Leyla apretó los ojos con fuerza, las lágrimas asomando, pero sin caer.

—A ningún lugar donde él esté… Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, dolorosas.

Y de pronto, Margaret entendió que el “él” no era Eduard.

Y que algo terrible había marcado a su amiga de una forma que ella aún no podía comprender.

Margaret la observó largo rato, intentando descifrar los temblores en su respiración, las sombras bajo sus ojos, la forma en que su cuerpo entero parecía encogerse como si quisiera desaparecer dentro de las mantas.

Era la Leyla más frágil que había visto jamás.

Con cuidado, se inclinó hacia ella y tomó su mano, fría como si hubiera estado a la intemperie.

—Leyla… —susurró, obligando a su voz a mantenerse firme pese al temblor—.

Escúchame bien.

Yo te voy a cuidar.

No importa qué haya pasado ni quién haya sido.

Estoy aquí.

Y no voy a dejar que nadie te haga daño otra vez.

Leyla respiró entrecortado.

No giró la cabeza, no habló, pero sus dedos se aferraron un poco a la mano de Margaret, como una niña buscando afecto.

Margaret la cubrió mejor con las mantas y siguió acariciándole el cabello, con una ternura que contrastaba con su temperamento impulsivo.

—No voy a dejarte sola ni un segundo —continuó, susurrándole cerca del oído—.

Te lo prometo.

Si alguien te hizo algo… tendrá que pasar por mí antes de volver a tocarte.

Leyla parpadeó lentamente, sin fuerzas, pero consciente.

Sus ojos se humedecieron apenas, y por primera vez en tres días, dejó escapar una respiración que no era de miedo sino de… alivio.

Diminuto, frágil, pero real.

Margaret le limpió con el pulgar una lágrima que cayó sin ruido.

—No te preocupes más, ¿sí?

—dijo con un suspiro profundo—.

Yo te protegeré de todo mal.

De absolutamente todo.

Leyla tembló.

No sabía si esas palabras podían ser verdad.

No sabía si alguien podría realmente protegerla de algo tan grande, tan oscuro, tan poderoso.

Pero en ese instante… la calidez de la mano de Margaret su voz firme su cercanía eran lo único que tenía.

Y aunque su corazón dudaba, su cabeza pensaba demasiado y su cuerpo aún recordaba el terror… asintió.

Muy despacio.

Muy débil.

Pero asintió.

Margaret apretó su mano con un cariño, como si ese pequeño gesto valiera más que cualquier palabra.

—Bien —murmuró—.

Entonces estarás a salvo.

Y se quedó allí, sentada a su lado, vigilándola como un guardián leal.

Mientras..

El comedor estaba iluminado por la luz suave de la mañana.

Las ventanas daban al jardín central, donde la lluvia seguía cayendo fina, constante, como si el cielo se negara a despejar.

Sobre la mesa había pan recién horneado, frutas, una jarra de vino suave y platos de porcelana.

Carlos ya estaba allí, rígido, con la espalda recta y las manos entrelazadas.

César llegó unos minutos después, envuelto en su capa oscura, bostezando ligeramente.

—Buenos días, hijo —saludó el emperador mientras se sentaba.

—Buenos días, padre —respondió Carlos, con respeto.

Ambos comenzaron a servirse en silencio durante unos instantes.

César untó un trozo de pan con mantequilla, probó un sorbo de vino, y luego, sin mirarlo directamente, preguntó: —¿Y bien?

¿Cómo va tu… plan?

—dijo con tono casual, aunque sus ojos mostraban un interés claro—.

Me refiero a lo de la muchacha, Leyla.

Carlos sonrió levemente, satisfecho.

—Marcha bien, padre.

Justo anoche la cité para hablar con ella.

César lo miró por encima de su copa, curioso.

—¿Sí?

¿Dónde hablaron?

—En su despacho —respondió Carlos —.

Conversamos con toda tranquilidad.

El emperador arqueó una ceja, sorprendido.

—¿En mi despacho?

—repitió—.

Con que así están las cosas… Carlos asintió con orgullo.

—Quise que estuviera cómoda.

Le ofrecí galletas, berlines recién hechos, y té de rosas.

Sé que ese aroma le agrada.

César dejó la copa sobre la mesa, esta vez mirándolo con genuino interés.

—Veo que te estás esforzando más de lo que creí.

Me alegra saber que se están entendiendo.

Pensé que la chica iba a ser difícil de manejar… —hizo un gesto con la mano—.

Tímida, reservada, de temperamento extraño.

Carlos sonrió con una seguridad helada.

—Tengo todo bajo control, padre.

Absolutamente todo.

—Cortó un trozo de fruta con calma—.

Y seguira así.

No habrá inconvenientes.

Todo continuará según mi plan.

César asintió satisfecho, apoyando una mano pesada sobre el hombro de su hijo.

—Bien.

Me alegra verlo.

Una concubina discreta siempre es útil… y más si te interesa de verdad.

Carlos bajó ligeramente la mirada, ocultando la sombra de triunfo que se le escapaba por los labios.

—Lo importante —añadió— es que ya está donde quiero.

Y pronto… estará completamente conmigo.

César rió por lo bajo y tomó otro trozo de pan.

—Sabía que acabarías logrando lo que te propones.

Siempre lo haces.

Carlos solo sonrió.

Frío.

Sereno.

Satisfecho.

César asintió, relajado, cuando de pronto se escuchó un golpe rápido en la puerta.

—Adelante —ordenó el emperador.

Un mensajero entró empapado por la lluvia, sujetando un tubo de pergamino sellado con un lacre rojo brillante.

El símbolo del fénix de fuego relucía, impecable.

El hombre hizo una reverencia.

—Su Majestad… ha llegado una carta desde Orinzuly.

Enviada por el príncipe Eduard.

Carlos tensó ligeramente la mirada.

César extendió la mano.

El mensajero avanzó y se la entregó.

—El sello imperial de Rubethia está intacto —añadió el mensajero—.

Trae el emblema ancestral del fénix.

César examinó el lacre por unos segundos, frunciendo el ceño con curiosidad.

Luego tomó un cuchillo de mantequilla y, con un gesto firme, cortó el sello rojo, abriendo lentamente el tubo.

Desenrolló el pergamino despacio, dejando caer el papel grueso sobre la mesa.

Carlos se inclinó hacia él.

—¿Qué dice?

—preguntó con fingido interés.

César humedeció los labios, preparándose para leer en voz alta.

Y abrió la boca..

—“Mi más cordial saludo a Su Majestad, mi padre, el emperador César de Rubethia.

Deseo informarle que he llegado sin contratiempos al Imperio de Orinzuly.

Me encuentro bien hospedado y en buenas manos…” Carlos tomó otro sorbo de té, escuchando con aparente indiferencia.

César siguió leyendo: —“No permaneceré demasiado tiempo aquí.

Solo uno o dos días, pues no deseo estar lejos de casa más de lo necesario, y el viaje es largo.

Sin embargo, asistiré a la boda de la princesa Ciel, cuya ceremonia comenzará en breve.” El emperador asintió para sí, satisfecho con la diplomacia impecable de su hijo menor.

—“Me encuentro a gusto y en buen estado.

Les deseo buenos días a usted, padre, y a mi hermano Carlos.

Pronto estaré de regreso en casa.

En cuanto a los novios, transmitiré las felicitaciones de parte de ambos.” César bajó un poco el pergamino para leer la firma final.

—“Con respeto y afecto, Eduard de Rubethia.” El emperador dejó caer la carta sobre la mesa, exhalando un suspiro de tranquilidad.

—Bien —dijo—.

No es más que un informe de llegada.

Todo en orden.

Carlos asintió con una sonrisa tranquilizadora.

—Mi hermano siempre tan correcto… —comentó con tono burlón.

César volvió a tomar su pan, más relajado que antes.

—Sí.

Correcto y puntual.

No esperaba menos de él.

La carta quedó sobre la mesa, acompañada del aroma de la lluvia y el ruido suave del comedor imperial.

Más tarde..

En uno de los pasillos laterales del palacio, dos guardias cumplían su turno apoyados contra las lanzas, aburridos mientras la lluvia golpeaba los ventanales.

La tarde estaba tranquila, y eso daba espacio a las habladurías.

—Oye —dijo uno, mirando a ambos lados antes de inclinarse hacia su compañero—.

¿Supiste lo que dijeron de la muchacha esa… Leyla?

El otro gruñó, rodando los ojos.

—Otra vez con tus chismes… ¿Qué cosa ahora?

El guardia bajó la voz.

—Hace unas noches, uno de los chicos que hace rondas dijo que vio cuando la citaron al despacho del emperador.

Muy tarde.

Algo raro.

—¿Y qué con eso?

—replicó el otro—.

A veces citan sirvientas para mil tonterías.

—Sí, pero… —se acercó aún más— otra sirvienta juró que la vio salir por la mañana de la habitación del príncipe Carlos.

El segundo guardia se quedó quieto.

—¿Qué?

No… no creo.

Tú siempre inventas huevadas.

—Te digo que es verdad —insistió el primero—.

Que la vio salir toda desconcertada, como si no supiera dónde estaba.

Lo juró por mi madre.

El otro frunció el ceño, sorprendido pese a sí mismo.

—Entonces… ¿estás diciendo que…?

—bajó la voz casi en un susurro—.

¿Que la chiquilla… se acostó con el príncipe?

El guardia soltó una risa baja, de esas que no llegan a los ojos.

—Eso dicen.

Que ya está embarazada y todo.

Anda circulando el rumor por las cocinas.

—Bah, exageraciones —respondió el otro, aunque su tono no era tan firme como antes—.

Aún así… es una niña.

¿De verdad crees que…?

—Quién sabe —dijo el primero, encogiéndose de hombros—.

Pero te digo algo: si es cierto, vaya suerte del príncipe.

Yo hubiera hecho cualquier cosa por ser el primero en— —¡Oye!

—lo cortó su compañero, sobresaltado—.

No digas estupideces.

Te meteras en problemas.

El guardia resopló, molesto.

—Es solo hablar… No seas tan moralista.

Hubo un silencio incómodo.

El segundo guardia miró hacia el pasillo, inquieto.

—Pero… si esa historia fuera cierta —dijo con un murmullo—.

¿No sería más bien… una violación?

La chica siempre anda temblando, no parece del tipo que… El otro lo interrumpió rápido, casi irritado.

—Ay, por favor.

Si pasó algo, seguro ella misma se lo buscó.

Ya sabes cómo son las sirvientas cuando ven a un príncipe.

Se mueren por llamar la atención.

El segundo guardia apretó los labios, incómodo, pero no respondió.

El pasillo estaba casi vacío cuando un tercer guardia apareció doblando la esquina, acomodándose el casco con desgano.

Al ver a los otros dos murmurando, frunció el ceño.

—¿Y ustedes dos?

—preguntó con una risita burlona—.

¿Qué tanto cuchichean ahora?

Cada vez que me acerco parecen dos viejas en el lavadero.

El primer guardia sonrió ampliamente, encantado de tener público nuevo.

—Nada, hombre… solo lo de la sirvienta esa, la Leyla..

El tercero arqueó una ceja, interesado.

—¿La chiquilla esa?

¿La que siempre anda con la Margaret pegada al trasero?

¿Qué pasó ahora?

El segundo guardia resopló, fastidiado.

—No deberíamos seguir hablando de esto —intervino—.

Es solo un rumor, nada seguro.

—Ay, por favor —interrumpió el primero—.

¿Para qué te haces el santo?

Si ya casi todo el palacio lo sabe.

Las sirvientas han corrido el chisme más rápido que la peste.

El tercero abrió los ojos, curioso.

—A ver, cuéntame.

¿Qué pasó?

El primero se acercó.

—Dicen que hace unas noches la citaron al despacho del emperador.

Muy tarde, ¿entiendes?

Y después… —pausó — una sirvienta juró que la vio salir al amanecer de la habitación del príncipe Carlos.

El tercero silbó bajo.

—No… ¿en serio?

—Te digo que sí —insistió el primero—.

Que salió toda rara, como si no supiera dónde estaba parada.

Despeinada, pálida… parecía que le habían chupado el alma.

El segundo guardia golpeó el suelo con el extremo de la lanza, irritado.

—Ya basta.

Eso no prueba nada.

No sabemos qué pasó.

Y si algo pasó… pudo haber sido algo grave.

Esto podría ser una violación.

El tercero abrió la boca sorprendido.

—¿Violación?

¿De quién?

¿Del príncipe?

—se echó a reír, incrédulo—.

No, no… es la palabra más ridícula que he escuchado hoy.

—Ridícula o no —dijo el segundo guardia—, la niña siempre anda asustada.

Y no parece alguien que buscaría meterse con un príncipe.

—Ay, ya déjate de tonterías —lo cortó el primero—.

Si llegó a estar allá arriba, por algo será.

Muchas de estas sirvientas se mueren por subir de nivel.

No sería la primera.

El tercero se rascó la barba, sonriendo de lado.

—Yo que el príncipe, también lo habría intentado.

¿Viste esos ojos que tiene?

Y lo chiquita que es… cualquiera— —¡Cállate!

—interrumpió el segundo con brusquedad—.

Hablas como un degenerado.

Estamos hablando de una jovencita, no de una mujer que anda ofreciéndose.

Los otros dos guardias se miraron entre sí, y sin tomar en serio su advertencia, siguieron con su burlesca conversación.

—Ay ya, no seas pesado —dijo el primero con una risa baja—.

Igual nadie sabe la verdad.

Y si de verdad pasó algo… ella sabrá por qué aceptó ir.

—Exacto —añadió el tercero, encogiéndose de hombros—.

Al final todas estas historias terminan igual.

Se hacen las inocentes, pero… luego no paran de buscar acusaciones.

El segundo apretó los dientes, molesto, pero no dijo nada más.

Sabía que discutir con ellos no servía.

Los otros dos siguieron riendo.

Mientras, las cocinas estaban llenas de ruido y vapor.

Ollas hirviendo, cuchillos golpeando tablas de madera, agua cayendo en cubetas.

En medio de todo ese caos, las sirvientas conversaban a media voz… aunque cada frase parecía subir más y más de tono.

La que estaba pelando papas dejó de mover las manos, asegurándose de que todas la escucharan: —Yo la vi.

Yo misma.

A la chiquilla esa… Leyla.

Salió de la habitación del príncipe Carlos al amanecer.

Parecía perdida, como si no supiera ni dónde estaba.

Varias cabezas se giraron de inmediato.

—¿Segura?

—preguntó una, dejando caer una cebolla en la mesa.

—Segurísima —respondió la primera—.

Caminaba tambaleándose.

Tenía la mirada vacía.

Como si hubiera pasado algo fuerte allá adentro.

Otra sirvienta, la de voz chillona, soltó una carcajada.

—Ay, por favor… fuerte, dice.

Si esa niña seguro fue a lo que fue.

¿No la han visto?

Siempre con esa carita de inocente que a los nobles les encanta.

Apostaría lo que quieran a que fue ella la que lo sedujo.

—Yo escuché lo mismo —agregó una más, revolviendo un caldero—.

Que ya está embarazada.

Que el príncipe no pierde el tiempo.

—¿Cómo va a estar embarazada tan rápido?

—replicó otra, arrugando la nariz—.

Ni siquiera ha pasado tanto tiempo.

—Ay, mujer, tú no entiendes —intervino la primera—.

Cuando se meten con príncipes, todo se sabe al tiro.

Todo se nota.

Y esa chiquilla siempre anduvo muy cerca de los nobles.

Primero Eduard, ahora Carlos.

Mira tú las mañas.

Un murmullo incómodo recorrió la cocina.

Algunas asentían, otras chasqueaban la lengua.

Pero una de las más jóvenes habló con cautela: —Pero… ¿y si no fue así?

—preguntó—.

¿Y si… pasó algo malo?

Digo… si salió así de desorientada… no suena a que haya sido una noche feliz.

Varias la miraron como si hubiera dicho una herejía.

—¡Qué exagerada!

—bufó una mujer mayor—.

Siempre quieren hacerse las víctimas estas niñitas.

Son capaces de meterse solas en las habitaciones y luego llorar cuando las descubren.

—Exacto —añadió otra—.

Nada de lo que le pase será culpa de nadie más.

Una se mete donde no debe y luego… pasa lo que pasa.

La joven insistió, incómoda: —Pero es que la manera en que lo cuentas… suena a que ella no estaba bien.

¿Y si…?

La más vieja golpeó la mesa con una cuchara de madera.

—¡Basta!

En los palacios siempre ha sido así.

Las muchachas bonitas se hacen notar, se insinúan, se meten donde no deben y después quieren que las crean inocentes.

Esa niña tiene más secretitos que cualquiera aquí.

Otra mujer, amasando pan, murmuró entre dientes: —Yo igual creo que algo malo pasó.

Es raro.

Muy raro.

Nadie sale de la habitación de un príncipe así, toda ida, sin poder ni caminar derecho.

La de voz chillona soltó una carcajada exagerada.

—Ay, por favor.

Ojalá todas tuviéramos esa suerte.

A ver si así salimos de la cocina.

Que venga cualquier príncipe y— —¡Ya basta con tus estupideces!

—protestó la joven, ruborizada por la crudeza—.

¿No escuchas lo que dices?

Pero las demás siguieron parloteando sin parar, una encima de la otra: —La niña se lo buscó.

—Seguro andaba detrás de él desde hace tiempo.

—Siempre se hacía la tierna, yo la vi más de una vez.

—Los príncipes no se fijan en cualquiera, así que algo habrá hecho.

Y así seguían, una tras otra, cada frase más torcida, más cruel, más alejada de la verdad… El rumor crecía como un incendio que nadie apagaba, alimentado por ignorancia, envidia y ganas de hablar.

Y la verdad —la verdadera tragedia que había vivido Leyla— se perdía entre voces que no querían escucharla.

Mientras, Margaret había ido a la cocina con la intención de traerle algo de comer a Leyla, aunque la joven rechazara todo…

aunque no comiera, aunque apenas probara agua.

Pero antes de cruzar la puerta… escuchó las voces.

Al principio creyó que eran los chismes típicos de las sirvientas, risas, murmullos, exageraciones.

Pero cuando escuchó el nombre de Leyla, su corazón se detuvo.

Se quedó quieta, con la bandeja temblando entre sus manos, pegada a la pared, escuchando cada palabra venenosa que salía de las bocas de aquellas mujeres.

—…salió de la habitación del príncipe Carlos… —…toda aturdida, como si… —…seguro embarazada ya… —…que se lo buscó ella misma… Cada frase le cayó encima como una piedra.

Una tras otra.

Pesadas, injustas, crueles.

Margaret sintió cómo el estómago se le hacía un nudo, cómo las manos le sudaban, cómo un ardor subía desde su pecho hasta su garganta.

Quiso entrar.

Quiso gritarles.

Quiso estrellarles la bandeja en la cara a todas.

Quiso.

Pero sus piernas no respondieron.

No tenía fuerzas.

No tenía voz.

No tenía corazón para soportar más odio.

Un vacío espantoso la atravesó.

Una mezcla de culpa, impotencia y miedo se asentó en su pecho.

Se alejó de la cocina sin que nadie la viera, caminando rápido por los pasillos como si algo la quemara por dentro.

Sus ojos estaban llenos de rabia húmeda.

Cuando por fin llegó a la habitación de las sirvientas, empujó la puerta con suavidad, como si entrar en ese cuarto fuera lo único que la mantenía consciente.

Leyla seguía allí.

En la misma posición.

En la misma cama.

Con las mismas mantas apretadas contra su cuerpo pequeño y debilitado.

Dormía.

O algo parecido a dormir.

Era más bien un cansancio profundo, un agotamiento del alma.

Su rostro estaba pálido, sus labios secos, su respiración débil.

Llevaba días así, sumiéndose cada vez más en un silencio que desgarraba.

Margaret dejó la bandeja a un lado y se acercó a ella.

Sus manos temblaban mientras se agachaba lentamente, hasta quedar arrodillada junto a la cama.

La miró.

La miró como si verla así le partiera el mundo en dos.

—Leyla… —susurró con un hilo de voz que se quebró al instante.

No obtuvo respuesta.

Leyla ni siquiera se movió.

Margaret apoyó una mano sobre el colchón, cerca de la mano de la joven, sin atreverse a tocarla, como si temiera romperla aún más.

Y entonces, sin poder evitarlo, sin poder contenerlo, las lágrimas le cayeron.

Lentamente.

Calientes y silenciosas.

—Perdóname… —murmuró, inclinando la cabeza—.

Perdóname por no hacer nada.

Perdóname por no haber estado… por no haber sabido… Su voz se apagó.

Porque, aunque no conocía todos los detalles, aunque no sabía exactamente qué había ocurrido… Sabía algo con seguridad.

Sabía que Carlos le había hecho daño.

Sabía que nadie salía del despacho de un príncipe así.

Sabía que la mirada de Leyla ya no era la misma.

Sabía que su silencio gritaba lo que su boca no podía decir.

Y eso la destrozaba.

Se arrodilló más cerca de la cama, inclinándose hasta apoyar la frente contra el borde del colchón, conteniendo sollozos que le quemaban la garganta..

—No te mereces esto… —dijo con una voz rota—.

No te mereces nada de lo que te están diciendo… ni lo que te hicieron… ni lo que están pensando… Las lágrimas seguían cayendo..

Margaret lloró por ella.

Por Leyla.

Por su fragilidad.

Por su dolor.

Por su injusticia.

Por no haber podido protegerla cuando más lo necesitaba.

Se quedó así, arrodillada junto a la cama, llorando en silencio mientras Leyla dormía un sueño triste y frío… Ajena a las lenguas que la desgarraban, y ajena a los rumores que la estaban crucificando… La puerta se abrió con un golpe suave, contenido, y una figura mayor, de postura erguida y rostro serio, entró en la habitación.

Su uniforme impecable y el lazo bordado en el pecho indicaban su rango alto entre las sirvientas.

—¿Qué ocurre aquí?

—preguntó la doncella superior, caminando hacia la cama en cuanto vio a Margaret arrodillada y a Leyla inmóvil—.

No las he visto trabajar en tres días.

Nadie me ha dado una explicación.

Margaret se limpió las lágrimas rápido, avergonzada por haber sido encontrada así.

—Señora… —dijo entrecortado—.

Perdón… yo… yo puedo explicarlo.

La mujer la miró con seriedad, pero sin dureza.

—Entonces explica —ordenó—.

Porque esto no es normal.

Ninguna falta al trabajo así sin razón válida.

Margaret respiró hondo, tragó su orgullo y su miedo, y se levantó lo justo para quedar sentada junto a la cama.

—Señora… he escuchado rumores… rumores horribles… —su voz tembló—.

Dicen que Leyla fue citada por el príncipe Carlos en la noche… y que después… que la vieron salir de la habitación del príncipe al amanecer.

La doncella superior frunció el ceño profundamente.

—¿Que la vieron… de dónde?

—preguntó con incredulidad.

—De la habitación del príncipe —repitió Margaret, bajando la mirada—.

Aturdida… pálida… desconcertada.

Y ahora… ahora la están acusando de cosas terribles en todo el palacio.

La tratan de seductora, de aprovechada, de… de quién sabe cuántas barbaridades más.

Las manos de la mujer mayor se tensaron al escuchar eso, pero respiró hondo para controlarse.

Caminó hasta la cama donde yacía Leyla, se inclinó y apartó suavemente un mechón de su cabello de la frente.

Sus dedos temblaron apenas.

—Pobre niña… —susurró—.

Nunca pensé que viviría para ver algo así.

Margaret la miró, sorprendida.

La mujer continuó, con una melancolía pesada en la voz: —Yo conocí a su madre, ¿sabes?

Era una muchacha fuerte, testaruda, pero honesta.

Jamás imaginé que su hija… su pequeña… terminaría envuelta en algo tan repugnante.—Suspiró, con los ojos humedecidos—.

Esto no debería haber caído sobre ella.

Margaret apretó los puños, desesperada.

—Señora… por favor… yo sola no puedo hacer nada.

No tengo rango, no tengo poder… pero usted sí.

Usted podría ayudarla… podría hablar con alguien… con un lacayo de confianza, con un guardia leal… podría informar al emperador.

Algo.

Lo que sea.

La doncella superior cerró los ojos un instante, reflexionando.

Luego asintió lentamente.

—Lo intentaré.—Abrió los ojos con lentamente—.

Hablaré con un lacayo que ha servido a la familia imperial por años.

Él sabrá cómo orientar esta información sin que recaiga sobre ustedes.

No prometo que funcione… pero haré lo posible.

Margaret casi lloró de alivio.

—Gracias… —susurró, inclinando la cabeza—.

Gracias, señora.

De verdad… gracias.

La mujer mayor tomó la mano de Leyla con suavidad.

—Cuídala mucho, Margaret —dijo finalmente, con una voz suave —.

Esta niña ya ha sufrido más de lo que debería.

No la dejes sola.

No ahora.

Margaret asintió con fuerza, apretando la mano de Leyla entre las suyas.

—No la dejaré —prometió—.

Nunca.

La doncella superior le dedicó una última mirada, llena de tristeza y responsabilidad, y salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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