Imperio De Pasiones - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 13 Dulce espera amarga obcecion
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14: Capítulo 13: Dulce espera, amarga obcecion.
14: Capítulo 13: Dulce espera, amarga obcecion.
Después del desayuno, cuando el sol ya acariciaba suavemente los corredores del palacio y el perfume del pan horneado aún flotaba en los pasillos, Carlos y Carlota salieron a pasear por uno de los jardines imperiales.
Iban del brazo, caminando con lentitud entre los senderos empedrados que se abrían entre rosales en plena floración.
Había flores rojas, blancas y anaranjadas, y sus pétalos, abiertos como pequeños suspiros.
A lo lejos se oían los gorriones trinar desde las ramas altas, y una fuente en forma de cisne vertía su agua con cadencia serena.
Carlos hablaba sin mucho rumbo, comentando cosas triviales, como las esculturas del jardín, las leyendas grabadas en las placas de piedra o alguna anécdota infantil.
Carlota reía con cierta timidez, a veces sin saber si debía hacerlo o no, pero lo hacía igual, contagiada por la calidez inesperada en el tono de él.
-¿Sabes montar a caballo?
-preguntó Carlos de pronto, mientras se detenía frente a un rosal particularmente frondoso, de flores carmesí.
Carlota lo miró sorprendida por el cambio de tema.
-No soy muy buena -admitió, bajando un poco la mirada.
-Eso no importa -dijo él, sonriendo mientras se inclinaba apenas hacia ella-.
Puedo enseñarte.
¿Qué dices si vamos esta tarde?
Podríamos cabalgar por las praderas.
El clima está perfecto, y…
bueno, será divertido, lo prometo.
Carlota vaciló un momento, jugueteando con el extremo de una hoja.
-No estoy segura, no quiero convertirme en un espectáculo…
imagina que me caigo delante de otros -dijo, medio en broma.
Carlos soltó una breve carcajada.
-Créeme, nadie se atrevería a reírse…
y si lo hicieran, me encargaría de que no lo olviden.
Pero no pasará.
Montar no es tan difícil, y yo estaré a tu lado todo el tiempo.
Si te caes…
-¿Sí?
-Si te caes -repitió él -.
será un honor levantarte con mis propias manos.
Carlota rió.
-Tienes respuesta para todo, ¿verdad?
-Solo cuando estoy de buen humor…
y hoy, por algún motivo, lo estoy -respondió él con galantería.
-Está bien -dijo finalmente Carlota, asintiendo -.
Acepto.
Pero solo si prometes que no me dejarás sola ni un segundo.
Carlos alzó una ceja con fingida solemnidad.
-Lo juro por todos los caballos del imperio…
No me apartaré de tu lado.
-Espero que cumplas tu palabra.
No quisiera rodar por la hierba y tener que volver al palacio cubierta de barro.
-Si eso ocurre -dijo él, dando un paso más cerca, con voz más baja -, te llevaré en brazos…
y haré que todos se aparten de nuestro paso.
Carlota volvió a sonrojarse, pero no dijo nada.
Su sonrisa, sin embargo, era sincera.
-Eres peligroso cuando coqueteas -murmuró ella.
-¿Y eso es malo?
-No lo sé aún.
Ambos se quedaron en silencio unos instantes, contemplando el jardín.
-Entonces, es un trato -dijo Carlos, ofreciéndole el brazo nuevamente-.
Esta tarde, cabalgaremos juntos.
-Está bien…
pero si vuelvo con las piernas temblorosas, será tu culpa.
-Y me aseguraré de estar allí para sostenerte -concluyó él con una sonrisa ladeada.
Ambos continuaron su paseo entre los rosales, dejando atrás el jardín florido mientras la brisa acariciaba las copas de los árboles.
Sus pasos los llevaron hacia el corral del palacio, un amplio espacio cercado junto a las caballerizas donde el sol caía con suavidad sobre la tierra removida y el aroma de heno flotaba en el aire.
Un joven mozo de cuadra, con el rostro tostado por el sol y las manos cubiertas de polvo, se acercó al verlos llegar.
Hizo una leve reverencia y les sonrió con cordialidad.
-Mi señor, mi dama -saludó respetuosamente-.
¿Qué los trae por aquí esta tarde?
Carlos le devolvió la mirada.
-Queremos cabalgar un rato.
El día está demasiado hermoso como para pasarlo entre muros.
-Enseguida, alteza -dijo el mozo, asintiendo-.
Les mostraré los caballos disponibles.
El joven los condujo por entre los establos abiertos.
Allí, los animales relinchaban suavemente y movían la cola con aire tranquilo.
De entre todos los corceles, uno llamó la atención de inmediato: un imponente caballo negro de pura sangre, de lomo fuerte y mirada orgullosa.
Carlos se acercó a él con una sonrisa.
-Este es Ébano -dijo, acariciándole el cuello con familiaridad-.
Es mi favorito.
Aunque tengo que advertirte algo -añadió, volviéndose hacia Carlota -.
Es un poco testarudo…
igual que yo.
Carlota no pudo evitar reír con dulzura ante el comentario.
-Entonces hacen una buena pareja..
Siguieron caminando entre los establos mientras el mozo les abría paso, señalando con orgullo a los corceles que aguardaban pacientes.
Fue entonces cuando Carlos se detuvo y, dirigiendo la mirada al joven, preguntó con tono sereno: -¿Tienes alguno que sea manso?
Algo tranquilo, ideal para una dama que no tiene mucha experiencia…
Preferiblemente uno que no tenga la mala costumbre de arrojar a su jinete.
El mozo asintió de inmediato, sonriendo con comprensión.
-Sí, alteza.
Acompáñenme -respondió, guiándolos hacia un rincón más resguardado del corral.
Allí, junto a una pila de heno fresco, descansaba un hermoso caballo pinto, de pelaje blanco salpicado con manchas negras.
Al verlos, el animal alzó la cabeza con curiosidad, pero sin perder su aire apacible.
-Este se llama Galleta -dijo el mozo con orgullo-.
Es noble y muy dócil, sobre todo con las damas.
Nunca ha lanzado a nadie.
Es un verdadero tesoro.
Carlos miró a Carlota con una sonrisa cómplice.
-¿Qué opinas?
¿Te agrada?
Carlota dio un par de pasos hacia el animal y le acarició suavemente la frente.
El caballo, tranquilo, inclinó un poco la cabeza como si aceptara su toque.
-Es precioso…
y se ve muy gentil -respondió ella con una sonrisa tímida.
Carlos asintió satisfecho.
-Entonces no hay duda.
Galleta será tu compañero esta tarde…
Y yo, por supuesto, cabalgaré con Ébano -añadió, lanzando una mirada hacia su corcel negro, que los observaba desde el otro extremo con el porte majestuoso de quien sabe que es el favorito.
-Bien -dijo Carlota clavando los ojos en Carlos con una sonrisa encantadora-.
Vamos a cabalgar.
El mozo asintió enseguida y fue en busca del caballo pinto.
Abrió con cuidado la verja de su pequeño corral y, sujetando las riendas, condujo a Galleta hacia el exterior con paso firme.
El animal avanzó con calma, sacudiendo levemente la crin al recibir la brisa del mediodía.
Carlos, por su parte, se acercó al imponente Ébano, su corcel negro de pura sangre.
Le palmeó suavemente el cuello, y sin necesidad de ayuda, lo condujo junto a Galleta.
-Permíteme ayudarte -dijo entonces a Carlota, ofreciéndole la mano.
Ella vaciló apenas un instante, pero aceptó.
Carlos, con firmeza, la tomó de la cintura y la alzó con facilidad.
Carlota apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de encontrarse acomodada sobre la silla de montar.
-Vaya…
-murmuró, sonrojándose-.
Tienes más fuerza de la que parece.
Carlos le guiñó un ojo.
-Digamos que levantar cosas bonitas se me da bastante bien -bromeó con tono coqueto.
Carlota bajó la mirada, riendo con timidez, mientras sujetaba con cuidado las riendas.
Acto seguido, Carlos montó a Ébano con un movimiento ágil, acomodándose con soltura en la silla.
Luego dirigió una mirada al frente y dijo: -Sígueme, princesa.
El día es demasiado hermoso como para desperdiciarlo.
Con un leve gesto, hizo avanzar a Ébano.
Carlota lo imitó, y ambos caballos comenzaron a trotar en armonía, abandonando poco a poco el recinto del palacio.
Las verjas se abrieron ante ellos y los sonidos del jardín se desvanecieron, reemplazados por la suave música de la naturaleza.
Las praderas se extendían amplias y verdes, como una alfombra viva bajo el cielo despejado.
A su paso, las liebres saltaban entre los matorrales y las aves entonaban su canto desde los árboles cercanos.
Mariposas de alas delicadas revoloteaban entre las flores silvestres, y la hierba, agitada por la brisa y el paso de los caballos, se abría como un mar verde que los saludaba al cruzar.
-Esto es libertad -dijo Carlos, respirando hondo el aire fresco-.
¿Ves por qué vale la pena saber cabalgar?
-Empiezo a comprenderlo -respondió Carlota, sujetándose con firmeza mientras su caballo seguía el ritmo de Ébano-.
Aunque aún no me siento del todo segura.
-No te preocupes -dijo él, girando ligeramente la cabeza hacia ella-.
Si algo llega a pasarte…
yo estaré ahí para ayudarte.
Siempre.
Carlota lo miró, y aunque no dijo nada, su sonrisa fue más que suficiente.
El sonido de los cascos se volvió más suave mientras los caballos cruzaban una zona de hierba más alta.
El silencio se acomodó entre ambos por unos instantes, hasta que Carlota, con cierta vacilación, habló.
-Carlos…
-dijo en voz baja, sin mirarlo -.
Esta mañana, en el desayuno…
estabas serio.
Casi no hablaste.
¿Pasó algo?
Carlos no respondió de inmediato.
Sus ojos se posaron en el horizonte.
Luego suspiró, profundo.
-Tu mirada es más aguda de lo que dejas ver, Carlota -respondió al fin, con una sonrisa breve -.
Sí, pasó algo.
Tuve una discusión con mi padre.
Ella lo miró, preocupada.
-¿Por qué discutieron?
Carlos bajó un poco la cabeza, jugando con las riendas de Ébano, como si buscara las palabras correctas.
Cuando alzó la mirada, su voz era más suave, aunque cargada de mentira.
-Mi padre…
siempre ha depositado demasiado sobre mis hombros.
Espera que sea perfecto en todo.
Que no falle, que no dude, que no sienta.
Y no es sólo él.
Mi hermano también.
Siempre juzgan cada paso que doy..
Carlota frunció ligeramente el ceño, con ternura en los ojos.
-Eso suena agotador…
No imaginé que llevaras tanto peso dentro, Carlos.
Él se encogió de hombros con cierta resignación, aunque sin perder del todo su porte altivo.
-Uno se acostumbra.
Pero a veces, como esta mañana, uno estalla.
No lo entienden.
No ven más allá del heredero, del soldado, del futuro emperador.
Nunca preguntan si estoy bien, si esto es lo que realmente quiero.
Carlota bajó un poco el ritmo de su caballo para cabalgar más cerca de él.
-Yo…
lo siento mucho.
No mereces ser tratado así.
Eres fuerte, pero también eres humano, Carlos.
Carlos giró la cabeza hacia ella.
Su mirada se suavizó.
-Gracias, Carlota.
De verdad.
Pero no te preocupes.
Todo estará bien.
-Hizo una pausa -.
Cuando el trono sea mío, cuando tú y yo estemos juntos en esto…
todo será distinto.
Haré un imperio nuevo, y tú estarás a mi lado.
Carlota lo miró, conmovida.
Sus mejillas se tiñeron apenas de rosa, y su sonrisa fue tímida pero sincera.
-Es verdad…
-dijo suavemente-.
Juntos, lo haremos mejor.
Carlos la observó por un instante más, y luego, sin decir palabra, espoleó a Ébano con suavidad.
El corcel negro relinchó y avanzó un poco más rápido.
Carlos y Carlota siguieron cabalgando entre risas y charla ligera, envueltos en la calidez de la tarde.
Mientras…
Mientras tanto, en otro rincón del continente, el carruaje que transportaba a Eduard avanzaba por los caminos sinuosos del reino de Orinzuly.
Aún faltaban varios horas de viaje para alcanzar las fronteras de Rubethia, pero el paisaje comenzaba ya a transformarse lentamente: los pinares espesos y las colinas grises daban paso a praderas más amplias y montañas más distantes.
Eduard, sentado en silencio junto a la ventana, observaba cómo los árboles pasaban uno tras otro como sombras alargadas, cómo los picos nevados se recortaban contra el cielo pálido de la tarde.
El traqueteo constante de las ruedas parecía acompañar el ritmo de sus pensamientos, mientras el sol teñía de ámbar la madera del interior.
Suspiró.
-Ya falta menos…
-se dijo a sí mismo, sin apartar los ojos del horizonte.
Durante el largo trayecto, mientras el carruaje avanzaba entre colinas, Eduard dejó que su mente divagara, hasta que inevitablemente su pensamiento regresó a ella…
a Leyla.
La imagen de su rostro se dibujó con claridad en su memoria.
Aquellos ojos azules, tan profundos como el cielo antes del anochecer, lo habían mirado con una dulzura que aún podía sentir en la piel.
Sus labios, de un rojo sereno como los pétalos de un rosal en flor, parecían siempre a punto de decir algo hermoso o guardar un secreto.
Y su cabello…
dorado como los campos de trigo bajo el sol, caía en suaves ondas que Eduard solía observar en silencio, como quien contempla algo divino.
Pensar en ella le llenaba el pecho de una tibieza melancólica, de una nostalgia dulce.
No sabía cuánto faltaba para volver a verla, pero sí sabía que, en cada kilómetro recorrido, la distancia lo acercaba más a su destino…
y al anhelo de sus brazos.
De pronto, un fuerte sacudón hizo temblar todo el carruaje.
Eduard se aferró al asiento cuando una de las ruedas pareció perder estabilidad, y el vehículo se ladeó peligrosamente hacia un costado del camino, a punto de volcarse por la pendiente.
El chirrido de la madera y el crujido de los ejes llenaron el aire, hasta que, con un esfuerzo desesperado, el cochero logró frenar a los caballos y estabilizar la marcha justo a tiempo.
El corazón de Eduard latía con fuerza mientras trataba de recomponerse.
El repentino susto le había hecho pensar por un segundo en lo peor.
Se enderezó en su asiento, aún con el pulso acelerado, y miró hacia la ventanilla.
El cochero bajó con rapidez y rodeó el carruaje, revisando la parte trasera.
Golpeó ligeramente la puerta.
-¿Su alteza está bien?
-preguntó con preocupación.
-Sí…
sí, estoy bien -respondió Eduard, abriendo la puerta y asomándose con el ceño fruncido-.
¿Qué demonios ha pasado?
-Mil disculpas, su alteza.
Una de las ruedas casi se sale por completo.
No estaba bien asegurada…
Tal vez se soltó por el impacto con una piedra del camino.
Eduard frunció los labios y asintió.
Se bajó del carruaje y observó la rueda mal colocada.
-¿Necesita ayuda para ajustarla?
-preguntó, acercándose con intención de colaborar.
El cochero levantó las manos con firmeza y una leve sonrisa.
-Le agradezco, alteza, pero está todo bajo control.
No se preocupe.
Solo tomará unos minutos.
Pasaron varios minutos, y el chirrido de herramientas mal encajadas y resoplidos frustrados rompía el silencio de las colinas.
Eduard, aún de pie junto al carruaje, cruzó los brazos y alzó una ceja al ver al cochero revolviendo una pequeña caja de herramientas.
-¿Qué ocurre ahora?
-preguntó con tono impaciente.
El cochero se incorporó bruscamente, con la frente perlada de sudor y una sonrisa tensa.
-Alteza…
me temo que la rueda trasera no encaja bien porque el eje está ligeramente torcido…
y además…
-tragó saliva-.
El pasador de hierro que la sujeta ha desaparecido.
Es posible que se haya salido con el traqueteo y…
creo que una cabra lo ha mordido.
-¿Una cabra?
-Eduard parpadeó, incrédulo.
-Sí, señor -respondió el cochero señalando una ladera donde una cabra blanca, con total desvergüenza, masticaba lo que parecía ser el pasador entre sus dientes, echada sobre una piedra.
Eduard soltó una risa seca y se pasó la mano por el rostro.
-Esto es absurdo…
-No se preocupe, alteza, ya lo solucionaré -dijo rápidamente el cochero, inclinándose de nuevo hacia la rueda, aunque claramente no tenía ni idea de cómo seguir.
Eduard dio un paso adelante.
-Déjeme al menos echar un vistazo.
-No, no, por favor, su alteza, usted no debe ensuciarse…
-insistió el cochero, interponiéndose torpemente.
Pero Eduard, le dio un leve codazo en las costillas que lo hizo quitar.
-Vamos, no será la primera vez que me ensucio las manos..
Se agachó y miró el eje, luego soltó una carcajada: una pequeña rama torcida se había metido justo en el hueco donde debía ir el pasador, impidiendo que la rueda calzara.
Eduard la sacó con cuidado y la alzó.
-He aquí al culpable del caos.
-¡Por todos los cielos!
-exclamó el cochero al verla-.
No lo había visto…
-Podríamos acusarla de conspiración junto con la cabra -bromeó Eduard.
Ambos rieron, y el cochero, más aliviado, se inclinó.
-Gracias, alteza.
Con eso fuera de en medio, podré asegurar la rueda de nuevo.
-Hazlo rápido -dijo Eduard, sacudiéndose las manos con una sonrisa -.
Me espera alguien más importante que este carruaje en Rubethia.
Finalmente, tras unos minutos de forcejeos, el cochero logró ajustar la rueda en su sitio.
Limpió sus manos en un paño raído y asintió, satisfecho.
-Está lista, alteza.
Podemos continuar.
Eduard, con una última mirada hacia la cabra que aún rumiaba despreocupadamente en la ladera, soltó una risa resignada y subió de nuevo al carruaje.
Cerró la puerta y se recostó contra el respaldo.
El carruaje retomó su andar, chirriando suavemente mientras avanzaba por el camino de tierra.
Eduard volvió a posar la mirada en la ventana, donde los árboles se mecían con la brisa y las montañas se desdibujaban en la distancia.
Eduard apoyó el codo en el marco y dejó que su cabeza descansara sobre la mano, mientras el paisaje de Orinzuly pasaba lentamente frente a sus ojos.
Pensaba en cómo había resultado todo durante su estancia.
La boda imperial había sido hermosa, majestuosa.
Los novios, los nuevos emperadores, irradiaban felicidad.
Había sido testigo de un momento histórico, y pese a la formalidad, se sintió genuinamente contento por ellos.
Recordó las largas mesas llenas de manjares exóticos, los dulces y las especias fuertes, tan distintas a las de Rubethia.
Se acordó de los bailes, de las danzas tradicionales, de los vestidos coloridos y de la música alegre que aún le sonaba en el recuerdo.
-Leyla habría disfrutado tanto de esto…
-murmuró con una sonrisa melancólica.
Se imaginó contándole todo.
Cómo era la gente: amable, hospitalaria.
Cómo los niños lo saludaban con flores y cómo incluso los sirvientes le hablaban con afecto.
Quería describirle los jardines colgantes del palacio de Orinzuly, los estanques con peces de colores, las linternas flotando en el aire como luciérnagas.
Suspiró profundamente, y su sonrisa se desvaneció con la brisa.
-¿Estará bien…?
-pensó en voz baja-.
¿La habrán tratado con respeto?
¿Estará Margaret con ella?
Apretó los labios, conteniendo la inquietud que crecía dentro de él.
Pero tras un breve silencio, se obligó a respirar hondo, cerró los ojos por un segundo y murmuró para calmarse: -No pienses lo peor…
seguro está bien…
Sí, seguro todo está bien.
Y volvió a mirar por la ventana, con el corazón anhelante, esperando volver a verla.
Más tarde…
En el palacio, la tarde caía despacio.
En la habitación de la servidumbre, Leyla estaba acostada en una de las camas, con la mirada perdida en el techo.
Margaret estaba sentada a su lado, sosteniéndole la mano con firmeza, en silencio.
-¿En qué piensas?
-preguntó Margaret, rompiendo el silencio.
Leyla giró un poco el rostro hacia ella y, tras una pausa, respondió en voz baja: -En Eduard…
y en cuánto falta para que regrese.
Margaret le apretó la mano con cariño.
-No te preocupes, Leyla.
Ya no debe faltar mucho.
Va a volver pronto, y todo va a estar bien.
Leyla asintió, pero no dijo nada más.
Bajó la vista y se quedó mirando cómo la mano de Margaret cubría la suya.
Pensó en ese sueño otra vez.
El sueño que tuvo temprano, en el que una diosa vestida de blanco con cabello corto negro, piel morena y ojos brillantes emanaba luz de sus manos, la diosa Mercy, la dejó sumida en pensamientos y dudas sobre si compartirlo con Margaret.
Apretó un poco los dedos de Margaret.
-Margaret…
-dijo con cierta duda.
-¿Sí?
-respondió ella, volviendo a mirarla con atención.
Leyla se quedó callada.
No estaba segura de si debía contarle.
No sabía si la iba a tomar en serio o si iba a preocuparse más de la cuenta.
-Margaret…
-murmuró Leyla -.
Esta mañana, mientras dormía un rato, tuve un sueño…
soñé con Mercy.
-¿Mercy?
¿La diosa de la misericordia?
Leyla asintió lentamente.
-Sí…
era ella.
Vino a hablar conmigo, a aconsejarme.
Era como la describen las leyendas…
su piel morena, sus ojos brillaba con luz.
Parecía tan real…
Margaret se inclinó un poco, interesada.
-¿Y qué te dijo?
-Fue muy dulce conmigo -susurró Leyla-.
Me habló con calma, con ternura…
me ayudó a entender algunas cosas.
Margaret asintió, pensativa.
-Tiene sentido.
Dicen que Mercy aparece solo a quienes realmente lo necesitan.
Supongo que…
después de lo que pasaste, no me sorprende que haya venido a ti.
Apretó con suavidad la mano de Leyla, mirando un punto distante en la habitación.
Leyla notó el gesto y habló bajito: -No te preocupes, Margaret.
Me dijo que todo estará bien…
Margaret aflojó un poco el agarre y acarició con suavidad la mano de Leyla.
Ella, al sentir el gesto, suspiró antes de hablar: -Aunque…
también me advirtió de algo.
-¿Qué cosa?
-preguntó Margaret con atención.
-Me dijo que no saliera de esta habitación…
que esperara a Eduard.
Que no confiara en nadie más, solo en él…
y en ti -respondió Leyla en voz baja, mirando sus manos entrelazadas.
Margaret la observó en silencio un momento, luego asintió con firmeza.
-Entonces no te preocupes.
Te cuidaré.
Esta vez no voy a alejarme…
voy a estar contigo, pase lo que pase.
Leyla la miró con ternura y le apretó un poco los dedos.
-Gracias…
por ser mi amiga.
Margaret sonrió y negó con la cabeza.
-No tienes que agradecerme nada, Leyla.
Siempre estaré para ti.
Y con cariño, se inclinó para darle un beso en la frente.
Más tarde…
Más tarde, en su habitación, Carlos se dejaba caer con fastidio sobre el sofá.
Sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre el brazo del mueble, mientras su mirada se fijaba en una vieja mancha seca de vino en la alfombra.
-Todo el maldito día perdido con esa…
princesa -murmuró entre dientes-.
Como si no hubiera cosas más importantes que perder el tiempo escuchando sus risitas estúpidas.
Suspiró con ira, recordando el regaño de su padre esa mañana.
Aún resonaban sus palabras con tono de desprecio.
-¡No fue mi culpa!
-exclamó de pronto, hablando al vacío-.
Si Leyla no hubiera sido tan terca…
le habría ofrecido el mundo a sus pies.
Se puso de pie de un salto y comenzó a caminar de un lado a otro.
-¡Pero no!
-soltó, bufando-.
Tuve que fingir sonrisas con esa inútil de Carlota.
¡Una pérdida de tiempo!
Hoy…
hoy podría haberme desquitado.
Golpeó con la palma la pared más cercana y apretó los dientes.
Su mente volvía, una y otra vez, a Leyla.
A su rostro, a su rechazo.
-La amo…
-musitó-.
La amo más de lo que nadie se imagina.
Pero su amor era retorcido, infectado por el ego y la obsesión.
En su cabeza, lo que hizo estaba justificado.
-Ella debía entenderlo.
Tenía que ser mía.
Si no lo aceptaba…
entonces yo se lo mostraría a la fuerza.
Pero no lo veía.
No entendía que su deseo no era amor, sino control.
No veía que estaba mal.
En su mente torcida, era la víctima.
Se detuvo frente al espejo y se observó en silencio, los ojos encendidos de furia.
Se habló a sí mismo: -Yo no soy el monstruo aquí.
Yo soy el único que ve con claridad.
Todos los demás están ciegos.
¡Yo soy el único que realmente la ama!
Sus labios temblaron de rabia.
-Cuando sea emperador, todos se postrarán ante mí.
Padre, Eduard…
incluso Leyla.
Me suplicarán.
Y cuando eso pase…
todos verán que yo tenía razón.
Pero lo cierto era que nadie estaba de su lado.
Su reflejo, aunque idéntico, no le devolvía la mirada con aprobación.
Solo mostraba a un hombre quebrado, consumido por su propio odio.
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