Imperio De Pasiones - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- Imperio De Pasiones
- Capítulo 17 - 17 Capítulo 16 Al partir el día
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capítulo 16: Al partir el día.
17: Capítulo 16: Al partir el día.
El amanecer apenas lograba colarse por las cortinas entreabiertas.
Una luz pálida, fría, iluminaba la habitación en la que Carlos yacía despierto, solo, con el cuerpo rígido y los ojos abiertos, fijos en el techo.
Nadie había entrado.
El silencio de la mañana era más hiriente que el dolor que aún le recorría los costados.
—Maldita sea… —murmuró, con la voz baja.
Todo había salido mal.
Había tenido un plan.
No improvisó nada.
Sabía que, después de lo ocurrido, ella estaría quebrada, vulnerable, incapaz de sostenerse por sí misma.
Pensó que el miedo haría el resto.
Que bastaría con volver, con hablarle despacio, con tocarla cuando no tuviera fuerzas para apartarlo.
Manipularla.
Convencerla de que dependía de él.
De que nadie más la querría así.
De que él era lo único que quedaba.
El cuerpo primero, la voluntad después.
Así debía ser.
Pero su padre intervino.
Demasiado pronto.
Le arrancó el control de las manos con una autoridad tardía y falsa.
Y luego… se la llevaron.
Leyla desapareció del palacio como si nunca hubiera existido allí.
Carlos apretó los dientes.
Le dolía no saber dónde estaba.
No saber con quién.
No saber cuánto había contado.
La distancia era una burla, una afrenta.
Necesitaba información, pero estaba rodeado de miradas cuidadosas, de silencios que lo observaban.
Cerró los ojos un instante y luego sonrió, apenas.
No había terminado.
Nunca lo estaba.
El amanecer avanzaba lento, y Carlos entendió que tendría que esperar.
Encontrar una grieta.
Un nombre.
Un descuido.
Porque aunque Leyla estuviera lejos, aún pensaba en ella como algo que se le había escapado de las manos… no como algo que hubiera perdido.
Minutos después, unos golpes suaves resonaron en la puerta, rompiendo la quietud de la habitación.
Carlos frunció el ceño, molesto por la interrupción.
—Adelante —gruñó, con la voz áspera.
La puerta se abrió despacio.
Carlota avanzó hasta la mesita junto a la cama y dejó la bandeja con delicadeza, acomodándola.
—Te traje el desayuno —añadió—.
Espero que te guste.
Dudó un instante antes de acercarse un poco más.
—Puedo… ayudarte a comer, si lo deseas.
Carlos soltó una risa breve, grave, que resonó en la habitación vacía.
—Qué inesperado —dijo—.
Me siento verdaderamente afortunado..
No imaginé que mi prometida sería tan atenta.
El color subió de inmediato al rostro de Carlota.
—No es nada —murmuró—.
Solo quiero que te recuperes.
Quiero estar contigo en este proceso… ayudarte.
—No exageres —replicó él con calma—.
Son solo unas semanas.
—Aun así —respondió ella, con una convicción suave —.
Te ayudaré igual.
Entonces, con un gesto casi tímido, tomó su mano.
Sus dedos eran cálidos, cuidadosos, como si temiera hacerle daño.
—No fue justo lo que te tocó vivir —dijo—.
Nacer en una familia tan problemática… nadie merece cargar con eso.
Carlos bajó la mirada hacia sus manos unidas.
Permaneció en silencio un segundo demasiado largo.
Luego cerró los dedos alrededor de los de ella, apretándolos con más fuerza, como si necesitara asegurarse de que aquel contacto era real.
—Gracias —dijo al fin—.
Tenerte aquí… lo hace todo más llevadero.
Después de un momento, Carlota soltó su mano con suavidad y se volvió hacia la bandeja, como si necesitara recuperar el aliento.
Destapó con cuidado los pequeños platos: pan tostado aún tibio, la mantequilla ya derretida impregnando el aroma del aire; una taza de té con leche humeante; y, a un lado, galletas acompañadas de mermelada de membrillo, espesa y brillante.
—Te traje cosas simples —dijo—.
Pensé que sería mejor así.
Le dirigió una mirada breve, expectante.
—¿Qué te gustaría comer primero?
Carlos la observó unos segundos antes de responder.
—Una galleta no estaría mal.
Carlota asintió.
Tomó una con cuidado, la untó ligeramente con la mermelada y, tras una breve duda, se acercó a él.
Carlos abrió la boca despacio y ella le dio una pequeña probada, cuidando de no rozarlo más de lo necesario.
—¿Está bien?
—preguntó.
—Está… dulce —respondió él—.
Justo lo que necesitaba esta mañana.
Carlota sonrió, y volvió a la bandeja.
—Me alegra.
Pensé que quizá no tendrías apetito.
—Lo tengo —dijo Carlos—.
Solo… no suelo dejar que nadie haga esto por mí.
—No me molesta —contestó ella—.
A veces cuidar a alguien es más sencillo que pensar en todo lo demás.
Carlos la miró de reojo.
—¿Todo lo demás?
Carlota vaciló un instante, pero siguió.
—La corona, las tensiones, los silencios… —dijo—.
Aquí, ahora, no importa nada de eso.
Solo que te recuperes.
Él dejó escapar una risa baja.
—Hablas como si fuera fácil olvidar.
—No lo es —admitió—.
Pero puedo intentarlo contigo.
Carlos guardó silencio, observándola mientras preparaba otro bocado.
Cuando ella volvió a acercarse, habló con voz más suave: —Eres… distinta a lo que esperaba.
Carlota levantó la vista.
—¿Eso es algo malo?
—No —respondió él—.
Es reconfortante.
Ella le ofreció otra galleta, y esta vez Carlos inclinó apenas la cabeza hacia adelante, aceptándola sin apartar la mirada.
—Gracias por quedarte —añadió él.
Carlota asintió, con una calma que parecía sincera.
—No pienso irme.
Carlota dejó la galleta a un lado y tomó la taza de té con ambas manos.
El vapor le rozó el rostro mientras la acercaba con cuidado.
—Está caliente —advirtió—.
Iré despacio.
Se sentó un poco más cerca de la cama y sostuvo la taza frente a él.
Carlos inclinó apenas la cabeza para beber, y cuando terminó el primer sorbo, levantó la vista hacia ella.
—Tienes buen pulso —comentó, con una media sonrisa—.
No derramaste ni una gota.
—Me esfuerzo cuando algo me importa —respondió Carlota, sosteniéndole la mirada solo un segundo antes de bajar los ojos.
Carlos rió suavemente.
—Eso suena peligroso —dijo—.
Podría acostumbrarme a que me cuiden así.
—No veo el problema —replicó ella —.
Todos necesitan a alguien de vez en cuando.
Incluso tú.
—Sobre todo yo —corrigió él—.
Aunque pocos se atreven a acercarse.
Carlota llevó la taza a sus labios otra vez.
—Tal vez solo necesitaban una razón —dijo—.
O alguien que no tuviera miedo.
Carlos bebió un sorbo más y dejó escapar un suspiro satisfecho.
—¿Y tú no tienes miedo, Carlota?
Ella dudó un instante, luego negó con suavidad.
—No por ahora.
Él la observó con atención.
—Eso es admirable —murmuró—.
Me haces sentir… en paz.
Algo raro en este lugar.
Carlota sonrió, ligeramente sonrojada, y acomodó la bandeja.
—Si puedo darte un poco de calma, entonces vale la pena.
—Lo haces —dijo Carlos—.
Más de lo que imaginas.
Ella volvió a servirle té, con un gesto cuidadoso, casi íntimo.
—Avísame si es suficiente —dijo—.
No quiero abrumarte.
—No lo haces —respondió él—.
Al contrario… tu compañía mejora la mañana.
Carlota levantó la vista, sorprendida, y sonrió con más confianza.
—Entonces me quedaré un rato más —dijo—.
Si no te molesta.
Carlos cerró los dedos alrededor de la taza cuando ella se la entregó.
—Me molestaría que te fueras —contestó, con un tono suave.
Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, y luego asintió, quedándose allí, mientras la conversación continuaba.
Más tarde..
En uno de los salones interiores del palacio, la luz del día entraba suave por los ventanales altos, posándose sobre las telas extendidas en la mesa: Vestidos aún inconclusos, bocetos de trajes, hilos y encajes que aguardaban decisiones.
Sin embargo, nada de eso parecía importar demasiado.
El emperador César estaba sentado, con el cuerpo vencido hacia atrás, los hombros hundidos por un cansancio que ya no intentaba ocultar.
Sus manos descansaban inmóviles sobre los apoyabrazos, como si incluso sostenerlas requiriera un esfuerzo excesivo.
Frente a él, la emperatriz Calista lo observaba en silencio.
—Estás agotado —dijo al fin, sin reproche—.
Mucho más de lo que admites.
César dejó escapar una exhalación larga.
—A veces siento que todo pesa al mismo tiempo —respondió—.
El imperio, las decisiones… y los errores que no se pueden corregir.
Calista se acercó despacio y apoyó una mano sobre la mesa.
—Has cargado con demasiado durante años —dijo—.
Nadie podría salir ileso de eso.
Él alzó la mirada hacia las telas, sin verlas realmente.
—Todos esperan que siga adelante como si nada —murmuró—.
Como si no me cansara.
Como si no dudara.
Calista negó suavemente.
—Si Rose aún viviera… —empezó a decir, y luego se detuvo.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—Muchos piensan eso —continuó—.
Aquí, en la corte… incluso en otros imperios.
Creen que con ella todo habría sido distinto.
Que habría sabido contener a Carlos, proteger a Eduard… sostenerte a ti.
César apretó los labios.
—Idealizan el pasado —dijo—.
Siempre lo hacen.
Calista lo observó con atención.
—Todos creen saber cómo murió —añadió—.
La versión es clara para el mundo: una caída de caballo.
Un accidente desgraciado.
Guardó silencio un instante antes de mirarlo directamente.
—¿Fue así, César?
Él no titubeó.
No dejó espacio para la duda.
—Sí —respondió—.
Fue una caída.
Nada más.
Su voz era ensayada, la misma que había sido repetida ante la corte, ante los emisarios extranjeros, ante la historia misma.
Calista sostuvo su mirada unos segundos.
No lo contradijo.
—Entonces así será recordada —dijo con suavidad—.
Como el imperio necesita.
César bajó la vista, los dedos tensándose apenas.
—El imperio no sobreviviría a otra verdad —murmuró—.
Rose murió por un accidente.
Eso es todo lo que debe existir.
Calista se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—Aun así —dijo—, todos creen que, con ella aquí, tú no estarías tan cansado.
César cerró los ojos un instante.
—Tal vez —admitió en voz baja—.
Pero ya no está.
Calista apretó suavemente su hombro.
—Todo saldrá bien —le dijo—.
No de inmediato… pero saldrá.
César no respondió.
Permaneció en silencio, sosteniendo una verdad que solo él conocía.
Mientras..
El carruaje avanzaba con un balanceo constante, casi hipnótico, siguiendo el camino que se abría entre los árboles.
La luz del sol se filtraba a intervalos, rompiéndose en destellos dorados que entraban y salían por las ventanillas, como si el bosque respirara junto a ellos.
Eduard sostenía a Leyla contra su regazo.
La rodeaba con un brazo firme, protector, mientras con la otra mano le acomodaba el cabello con cuidado.
Ella dormía aún, con la frente apoyada en su pecho, respirando de manera lenta y profunda.
Margaret, sentada frente a ellos, no apartaba la mirada de Leyla; observaba cada leve movimiento, cada cambio en su respiración.
Un rayo de sol logró colarse por la cortina mal cerrada y rozó el rostro de Leyla.
Margaret frunció el ceño de inmediato.
—Te lo dije, Eduard —murmuró, señalando la ventanilla—.
Tendríamos que haber cerrado la cortina.
Necesita dormir.
Eduard bajó la mirada hacia Leyla y luego alzó la vista con calma.
—Un poco de sol no le hará daño —respondió—.
Ha pasado demasiado tiempo en la oscuridad.
—Eso no significa que su cuerpo esté listo —replicó Margaret—.
Descansar también es sanar.
Antes de que Eduard respondiera, Leyla se removió suavemente.
Sus párpados temblaron y, poco a poco, abrió los ojos, confundida al principio por la luz y el movimiento.
—Está bien… —dijo con voz baja—.
De verdad.
Eduard tiene razón… Margaret suspiró, vencida, aunque no del todo convencida.
—Siempre terminas dándole la razón a él.
Eduard dejó escapar una risa leve, apenas audible.
—No puede evitarlo —dijo—.
Suelo tener la razón.
Leyla levantó un poco la cabeza y los miró a ambos, todavía adormecida.
—No discutan… —pidió—.
Es temprano… Eduard sonrió y acercó el rostro al de ella.
—¿Cómo te sientes ahora?
—preguntó con cuidado—.
Sé sincera.
Leyla pensó un instante antes de responder.
—Un poco mejor —dijo—.
No del todo… pero con más ánimo.
Eduard besó su mejilla con ternura, sin apuro.
—Eso es suficiente por ahora —respondió—.
Pronto llegaremos a la mansión.
Allí podrás descansar sin miedo.
Estarás a salvo.
Leyla asintió y volvió a apoyarse en su pecho.
El carruaje continuó su marcha, envuelto en un silencio tranquilo, interrumpido solo por el crujir de las ruedas sobre el camino.
Fue Margaret quien habló de nuevo, después de un largo rato.
—Eduard… —dijo, dudando—.
¿Has sabido algo de Yael?
El nombre quedó suspendido en el aire.
Eduard alzó la vista lentamente, sorprendido.
—No —respondió al cabo de unos segundos—.
Hace mucho tiempo que no sé nada de él.
—Me preguntaba si sabrá que no estamos en el palacio —añadió Margaret—.
O que nos dirigimos a otro lugar.
Eduard negó con la cabeza.
—Lo dudo.
Partió hace mucho.
Tal vez el emperador decidió prescindir de él… o quizá su madre empeoró.
Nunca me dijo nada.
—Pobre Yael… —murmuró Margaret—.
Debe haber sido difícil marcharse así.
Eduard la miró con atención.
—¿Lo extrañas?
Margaret negó de inmediato, aunque el leve rubor que subió a sus mejillas la traicionó.
—No es eso —dijo—.
Solo… entiendo lo que es tener una madre enferma y no poder cumplir con lo que se espera de uno.
A Leyla le pasó.
Y a él también, quizá.
Eduard suspiró, con tristeza.
—No sé qué fue de él —admitió—.
Nadie volvió a mencionarlo.
Es como si hubiera desaparecido.
—Tal vez aún vuelva —dijo Margaret.
—O tal vez no —respondió Eduard—.
Quizá ya no lo volvamos a ver.
—Qué pena… —susurró Leyla, sin abrir del todo los ojos—.
Era tu único amigo fiel.
Eduard cerró los ojos un instante, aceptando la verdad de aquellas palabras.
—Lo sé —dijo—.
Pero no podemos quedarnos mirando atrás.
Margaret lo observó con inquietud.
—¿Y si llega al palacio cuando no estemos?
—preguntó—.
¿Qué le dirán?
Eduard miró al frente, serio, mientras el carruaje seguía avanzando.
—Probablemente le dirán que fuimos expulsados.
El carruaje siguió avanzando, envuelto en un silencio pensativo.
Leyla, despierta ya del todo, fue la primera en hablar.
—Ahora que lo pienso… en todo este tiempo nadie volvió a mencionar a Yael —dijo con suavidad—.
Es extraño, ¿no?
Eduard suspiró.
—Lo noté —admitió—.
Simplemente no quise hablar de ello.
—Yo tampoco —añadió Margaret—.
Pensé que podía incomodar.
A veces el silencio parece más fácil.
Leyla los miró a ambos.
—Pero sigue siendo nuestro amigo.
Tal vez no tan cercano, pero igual deberíamos preocuparnos por él.
—Me preocupo —respondió Eduard—.
Más de lo que aparento.
Solo… pensé que quizá ya se olvidó de mí.
Margaret negó con una sonrisa breve.
—Ni que fuera tu novio, Eduard.
No tienes que atormentarte así.
Eduard la miró de reojo.
—Curioso que lo digas tú.
Eres la única que siempre lo piensa.
Margaret se sonrojó.
—No digas tonterías.
—¿Segura?
—insistió él—.
A veces parece que te gusta.
—Cállate —replicó ella, incómoda.
Leyla intervino de inmediato.
—No se peleen —pidió—.
Es muy temprano para eso.
Hablemos de otra cosa.
Eduard sonrió y asintió.
—Tienes razón.
Yael no está olvidado… solo guardado.
Margaret respiró hondo, y el carruaje continuó su camino.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com