Imperio De Pasiones - Capítulo 18
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Capítulo 18: Capítulo 17: El guardián en marcha.
Un jinete solitario avanzaba con prisa, montado sobre un caballo negro de pelaje brillante, fuerte y silencioso, como si también él hubiese aprendido a no temerle a la sangre ni al estruendo de la guerra. La figura que lo montaba vestía la armadura imperial, ajustada al cuerpo, marcada por golpes viejos, melladuras y arañazos que jamás fueron reparados del todo. No por descuido, sino porque cada marca era un recuerdo.
A su costado colgaba una espada, gastada por el uso constante. No era un arma ceremonial. Nunca lo había sido.
Ese joven era Yael.
Yael apenas era un niño cuando fue enviado a su primera batalla.
Mientras el campamento se preparaba para resistir, algo en el ambiente le inquietó. El viento traía un silencio extraño, y el polvo, al otro lado del terreno, se levantaba de una forma antinatural.
Yael observó con atención y comprendió antes que nadie: los soldados de Arcuarza no estaban lejos. No atacaban de frente. Se ocultaban. Esperaban.
Corrió a advertir a los oficiales, insistió cuando dudaron de él por su edad. Aun así, cuando el ataque comenzó, el caos estalló sin piedad. Yael luchó como pudo, sin técnica ni gloria, solo con instinto y desesperación. Defendió la posición hasta que sus brazos dejaron de sentir el peso del arma.
Cuando la batalla terminó, seguía en pie. Su armadura estaba empapada de sangre, irreconocible.
Desde ese día, entre murmullos y miradas temerosas, comenzó a llamársele el Caballero Rojo Escarlata.
No por honor.
Sino porque siempre regresaba cubierto de rojo.
Ese presentimiento, aquella primera visión, fue lo que lo convirtió en leyenda..
Cuando finalmente Arcuarza y Rubethia firmaron la paz, sellada con la futura boda entre Carlos y la princesa Carlota, el imperio creyó que Yael volvería al frente tarde o temprano. Pero el emperador tenía otros planes.
Lo mandó a llamar.
No para premiarlo con tierras ni títulos, sino para encomendarle una tarea distinta.
Una decisión que sorprendió a muchos: asignarlo como protector y lacayo de Eduard. No solo por su valentía, sino precisamente por su juventud. Porque Yael no era un hombre endurecido por décadas de guerra, sino alguien que aún recordaba lo que era crecer bajo la sombra del deber.
El emperador fue claro:
—No solo lo protegerás. Lo entrenarás.
Así, Yael pasó del campo de batalla al patio de entrenamiento. De enfrentar ejércitos a medir cada golpe y cada corrección junto a un príncipe marcado por el rechazo. Entrenaban al amanecer, bajo el frío, entre espadas de madera y acero real. Yael no le enseñó a Eduard solo a luchar, sino a resistir.
A levantarse. A no bajar la guardia nunca.
Y así, Yael siguió cabalgando en dirección al palacio.
El caballo avanzaba con paso constante mientras los caminos abiertos quedaban atrás y los estandartes imperiales comenzaban a aparecer a los costados. A lo lejos, las torres se alzaban imponentes, recortadas contra el cielo gris.
Yael apretó las riendas, consciente de que regresaba a un lugar distinto al campo de batalla, pero no menos peligroso. No volvía como leyenda, sino como guardián.
Cuando Yael llegó al palacio, detuvo el caballo frente a los enormes portones dorados que protegían la entrada principal. El metal relucía incluso bajo el cielo opaco, imponente, infranqueable.
En lo alto de las torres, los guardias imperiales observaron su llegada, lanzas firmes, miradas alertas.
—¡Identifícate! —ordenó uno de ellos desde lo alto—. Di tu nombre y el motivo de tu presencia.
Yael no respondió de inmediato. Con un gesto lento, se quitó el casco, dejando al descubierto su rostro joven. Su mirada se alzó hacia las murallas, serena.
—Soy Yael —dijo con firmeza—. El caballero escarlata. Les ruego que abran las puertas.
Un silencio pesado cayó sobre la entrada. Luego, sin más preguntas, se escuchó el profundo crujir del metal.
Los portones se abrieron de par en par.
Yael cruzó el umbral con el caballo avanzando lentamente. El eco de los cascos resonó hasta que Yael tiró suavemente de las riendas y se detuvo. Descendió con calma, apoyando las botas sobre el suelo, y pasó la mano por el cuello del animal antes de entregarlo.
Varios guardias se acercaron de inmediato. Sus rostros, duros por la disciplina, se suavizaron al reconocerlo.
—Ha pasado demasiado tiempo, escarlata —dijo uno de ellos con una leve sonrisa—. Pensamos que no volverías tan pronto.
—El palacio no es el frente —añadió otro—. Pero se te ve igual que siempre.
Yael inclinó la cabeza en señal de saludo.
—Me alegra verlos —respondió—. Vengo por deber. Necesito hablar con el príncipe Eduard. Entraré de inmediato.
Los guardias intercambiaron miradas breves, incómodas. Uno de ellos frunció el ceño.
—¿Estás… seguro de eso?
Yael se detuvo.
—¿Seguro de qué? —preguntó, sin comprender.
Otro guardia dio un paso al frente, con voz más baja.
—¿No te informaron?
La tensión se deslizó lentamente por la espalda de Yael.
—¿Informarme de qué? —insistió.
Hubo un silencio pesado antes de que el primero hablara, casi con pesar.
—El príncipe Eduard fue expulsado del palacio. Dicen que estuvo a punto de matar a su hermano.
Las palabras cayeron como un golpe seco. Yael permaneció inmóvil, los dedos tensándose de inmediato.
—Eso no es posible —dijo al fin, con voz firme—. Se equivocan.
Más guardias se acercaron, atraídos por el tono de la conversación.
—Ojalá fuera un error —dijo uno de ellos—, pero es cierto. El decreto fue claro. El príncipe ha sido desterrado.
Yael negó lentamente con la cabeza, como si rechazar las palabras pudiera deshacerlas.
—No… —murmuró—. No lo conocen como yo. Eduard no haría algo así.
Alzó la mirada, dura ahora.
—Necesito hablar con el emperador.
El primer guardia vaciló.
—¿Estás seguro, escarlata?
—Lo estoy —respondió Yael sin dudar—. Lo conozco desde que empuñó una espada por primera vez. Sé quién es. Y sé que lo que dicen… no puede ser verdad. Debo saber qué ocurrió.
El silencio volvió a envolver el patio.
Uno de los guardias respiró hondo antes de asentir.
—Puedo llevarte hasta el despacho del emperador —dijo—, pero no te prometo que esté disponible. A esta hora suele estar ocupado.
Yael no vaciló.
—No me importa —respondió con firmeza—. Necesito saber qué ocurrió. Acompáñame.
El guardia hizo una seña y comenzó a avanzar. Yael lo siguió sin decir más, dejando atrás el patio y adentrándose en el corazón del palacio.
Caminaron largo rato. Los pasillos parecían no terminar nunca: techos altos sostenidos por columnas antiguas, suelos de mármol pulido que devolvían el eco de sus pasos, tapices imperiales narrando conquistas pasadas.
Atravesaron galerías, escaleras interminables y corredores vigilados, donde las miradas curiosas se posaban sobre Yael al reconocer su armadura.
Yael avanzaba sin distraerse. Cada paso aumentaba la presión en su pecho.
Finalmente, tras un último corredor flanqueado por antorchas, se detuvieron frente a la gran puerta de madera.
—Llegamos —dijo el guardia en voz baja.
Yael alzó la vista, firme, preparado para enfrentar la verdad que lo aguardaba al otro lado.
Los guardias apostados a ambos lados de la puerta inclinaron la cabeza en una reverencia.
—El emperador está ocupado —dijo uno de ellos con voz firme—. No recibe a nadie en este momento.
Yael dio un paso al frente.
—Entiendo el protocolo —respondió—, pero debo hablar con él. Es urgente.
Los guardias se miraron entre sí, dudosos.
—Las órdenes son claras —insistió el otro—. Nadie entra sin autorización.
Yael apretó los puños un instante, conteniéndose.
—Entonces llamen a la puerta —dijo con calma, aunque su voz no admitía réplica—. Díganle que Yael, el caballero rojo escarlata, solicita audiencia inmediata.
El silencio se tensó en el corredor. Tras unos segundos que parecieron eternos, uno de los guardias asintió.
—Esperad aquí.
El guardia respiró hondo y golpeó la puerta tres veces, con firmeza y respeto.
—Adelante —respondió desde el interior la voz grave del emperador.
La puerta se abrió apenas. El guardia inclinó la cabeza profundamente.
—Perdone la interrupción, Alteza —comenzó—. No es nuestra intención molestar ni a usted ni a la emperatriz Calista. Sin embargo… ha llegado el lacayo del príncipe Eduard. Solicita audiencia urgente.
Dentro del despacho, el emperador permaneció en silencio unos segundos. Luego alzó lentamente la vista.
—Oh… ya comprendo —dijo con un suspiro apenas perceptible.
Giró el rostro hacia Calista, que permanecía de pie a su lado, observándolo con atención.
—Debo atender esto —añadió con voz baja—. Sabes bien de qué se trata. Es… sobre Eduard.
La emperatriz sostuvo su mirada. En sus ojos había preocupación, pero también aceptación. Asintió con suavidad.
—Lo entiendo —respondió—. Me retiraré por ahora.
Hizo una breve pausa antes de continuar—. Espero que esta conversación traiga claridad, no más dolor.
Se dirigió a la puerta, y al pasar junto a
Yael, los guardias se apartaron respetuosamente para dejarla pasar.
—Puedes entrar —ordenó entonces el emperador.
Yael avanzó, cruzó el umbral y se arrodilló sin demora, apoyando la espada frente a sí, con la cabeza inclinada.
—He regresado, alteza —dijo con voz grave—. Ruego disculpe la interrupción y las molestias causadas. Es un honor volver a presentarme ante usted.
El emperador lo observó con atención.
—Levántate, Yael —dijo finalmente—. No hay deshonra en regresar. Y debo admitir que… también me alegra verte.
Se levantó levemente de su asiento y señaló la silla frente a él.
—Toma asiento. Habrá mucho que decir.
Yael se puso de pie, guardó su espada con cuidado y obedeció, sentándose frente al emperador.
César volvió a sentarse lentamente tras su escritorio, entrelazando las manos frente a sí. Su mirada permaneció fija en Yael durante unos instantes antes de hablar.
—Debo confesarte algo —dijo al fin—. No creí que volvería a verte. Ha pasado demasiado tiempo.
Yael inclinó levemente la cabeza.
—Así es, alteza —respondió—. Lamento la demora. No fue deslealtad. Fui el único que quedó con vida de mi sangre. Hijo único, y el último de mis hermanos. Tenía un deber que no podía abandonar.
El emperador asintió con gravedad.
—Tu madre… —preguntó con cautela—. ¿Cómo se encontraba cuando partiste? ¿Logró mejorar?
Yael sostuvo la mirada unos segundos más de lo habitual.
—No, alteza —dijo finalmente—. Falleció.
El silencio que siguió fue profundo. El emperador bajó la mirada, como si aquellas palabras hubiesen despertado recuerdos propios.
—Lo lamento —dijo con sinceridad—. La pérdida de una madre es una herida que no cicatriza. Se aprende a vivir con ella, pero nunca a olvidarla.
Hizo una pausa y añadió, con voz más baja:
—Intentaré decirte algo que quizá no consuele… pero es verdad. La vida no se mide por su duración, sino por lo que deja. Todo lo que existe debe acabar, Yael. Y que algo termine no lo vuelve inútil ni cruel. A veces, simplemente significa que cumplió su propósito.
Yael escuchó en silencio. Asintió con respeto.
—Gracias, Alteza —respondió—. Era un final que sabía que llegaría. Solo… tardó más de lo que esperaba.
El emperador lo observó con atención, reconociendo en él a alguien que había aprendido demasiado pronto a aceptar la muerte.
—Así es la vida —murmuró—. Nos quita sin pedir permiso y nos obliga a seguir caminando.
Yael sostuvo la mirada del emperador durante unos segundos más, hasta que finalmente habló de nuevo.
—Con su permiso, alteza —dijo con cautela—. Preferiría cambiar de tema.
El emperador asintió.
—Me alegra que hayas regresado de todos modos —respondió—. Tu ausencia no pasó desapercibida.
Yael respiró hondo.
—¿Dónde está Eduard? —preguntó—. Vengo a verlo.
El emperador cerró los ojos por un instante y suspiró con pesadez.
—Escucha con atención, Yael —dijo el emperador—. Te contaré todo tal como ocurrió, desde el principio.
—Lo escucho, alteza.
—Carlos llevaba tiempo obsesionado con Leyla. No era un rumor ni una sospecha vaga: era insistencia, presión y abuso de poder.
—… —Yael guardó silencio.
—Eduard intentó mantenerla lejos de él. La protegía como podía, sin levantar sospechas, sin provocar un escándalo.
—Eso es propio de él —murmuró Yael—. Siempre creyó que podía cargar solo con todo.
—Carlos no aceptó el rechazo. Una noche la hizo llamar con un pretexto. Nadie sospechó nada… hasta que fue demasiado tarde.
—¿Él…? —la voz de Yael se tensó.
—Sí. Carlos la violó.
—… —Yael apretó la mandíbula, pero no interrumpió.
—Leyla estaba destrozada. Fue entonces cuando Eduard lo supo.
—Entiendo… —dijo Yael en voz baja.
—Eduard no fue a buscarme. No pidió justicia. Fue directo a Carlos.
—Por eso no lo detuvo nadie.
—Exacto. Lo enfrentó a golpes. No hubo palabras, solo rabia. Si no hubieran intervenido los guardias, Carlos estaría muerto.
—¿Carlos se defendió?
—Si.. Y eso enfureció aún más a Eduard.
—… —Yael respiró hondo.
—Carlos quedó gravemente herido. Vive, pero permanece en cama. Su cuerpo sanará antes que su orgullo.
—¿Y Eduard?
—Lo aparté del palacio de inmediato. No como castigo público, sino como protección.
—Entonces… ¿no fue expulsado?
—No. Mentí deliberadamente. Si la verdad salía a la luz, Carlos habría buscado venganza. Y Leyla no habría sobrevivido a ello.
—Hizo lo correcto —dijo Yael.
—Los envié lejos, a un lugar donde nadie pudiera alcanzarlos. Ni el odio, ni la corte, ni los rumores.
—Eduard nunca le habría perdonado si ella sufría otra vez.
César sostuvo la mirada de Yael durante unos segundos, como si midiera no su fuerza, sino su temple. Luego habló con una gravedad que no dejaba lugar a dudas.
—Yael… ahora sí debo darte una orden.
El joven caballero se incorporó levemente en el asiento, atento, con la espalda recta.
—Hablad, alteza.
—Ve con Eduard. Encuéntralo y protégelo. Protégelo a él y a Leyla con tu vida si es necesario. No permitiré que nada ni nadie vuelva a alcanzarlos.
Yael no respondió de inmediato. Se levantó del asiento y dio un paso al frente, apoyando una rodilla en el suelo.
Su espada resonó suavemente contra el piso al inclinar la cabeza.
—Así lo haré —dijo con firmeza—. No fallaré.
César continuó:
—Se dirigen a la antigua mansión Rubethia. Es un lugar olvidado, lejos de la corte y de los ojos curiosos. No estarán allí para siempre, pero será su refugio por ahora. Llegarán en unos días.
—Entonces debo partir de inmediato.
—Sí —asintió el emperador—. Quiero que llegues antes que cualquier rumor, antes que cualquier sombra. Eduard confía en ti… aunque no sepa aún que vas en camino.
Yael alzó la vista.
—Lo cuidaré como siempre lo he hecho. Como hermano, como escudo… como aquello que el mundo le ha negado.
César se puso de pie también, rodeó el escritorio y se detuvo frente a él.
—Te asigné a su lado por tu valentía, pero hoy te lo confío por algo más —dijo en voz baja—. Porque eres joven, sí, pero conoces el peso de la pérdida. Y porque tu lealtad no nace del deber, sino del corazón.
Yael cerró el puño contra su pecho.
—Mi lealtad está en mi sangre, alteza. Se forjó en el campo de batalla y se selló el día que me confiasteis al príncipe. Eduard no estará solo. Nunca más.
El emperador asintió lentamente.
—Entonces ve. No como lacayo, no solo como guardia… ve como su protector. Como la espada que no duda.
Yael se puso de pie por completo, inclinó la cabeza con respeto y dio un paso atrás.
—Lo juro por mi vida.
César lo observó marcharse hacia la puerta, sabiendo que, al enviarlo, estaba entregando lo más valioso que aún podía ofrecerle a su hijo: una sombra fiel dispuesta a arder en rojo escarlata antes de dejarlo caer.
Más tarde..
La noche comenzaba a asentarse sobre el palacio cuando Yael terminó de prepararse. En uno de los patios laterales, lejos de las estancias nobles, ajustó por última vez las correas de su armadura. El metal crujió suavemente bajo sus manos firmes. Cada movimiento era preciso, como si al repetirlo se asegurara de no pensar demasiado.
Un guardia se detuvo a observarlo desde unos pasos de distancia.
—Así que… ¿ya te vas? —preguntó al fin, rompiendo el silencio.
Yael no respondió de inmediato. Se limitó a comprobar el filo de su espada con el pulgar, con la naturalidad de quien ha hecho ese gesto cientos de veces. Luego levantó la mirada.
—Sí. No hay nada más que hacer aquí.
El guardia frunció el ceño.
—Te vimos entrar al despacho imperial —dijo—. Pensamos que… quizá habría buenas noticias.
Otros dos guardias se acercaron, atraídos por la conversación. Ninguno hablaba en voz alta; en el palacio, incluso los rumores parecían escuchar.
—¿Qué fue lo que te dijo el emperador? —preguntó uno de ellos—. ¿Qué ocurrió realmente con el príncipe?
Yael inspiró despacio. Cuando habló, su voz estaba medida.
—Eduard fue expulsado —dijo—. El decreto es definitivo. No se sabe dónde está ni si se le permitirá regresar alguna vez.
—Entonces… —murmuró otro—. Todo era cierto.
—Sí —respondió Yael, inclinando ligeramente la cabeza—. Todo.
Hubo un silencio incómodo. Uno de los guardias se apoyó contra una columna, claramente afectado.
—Nunca lo vi como alguien capaz de eso —dijo—. Siempre parecía… distinto.
—Las apariencias engañan —contestó Yael con frialdad ensayada—. Incluso las que uno cree conocer bien.
La respuesta no convenció del todo, pero nadie insistió.
—¿Y tú? —preguntó el primero—. ¿Qué será de ti ahora? No creo que el emperador deje marchar al caballero rojo escarlata sin recompensa.
Yael soltó una breve exhalación, casi una risa sin humor.
—No hubo recompensa.
—¿Nada? —repitió el guardia, sorprendido—. ¿Ni tierras, ni título, ni una pensión?
—Nada de eso —dijo Yael—. No las pedí.
—Pero podrías haberlas aceptado —insistió otro—. Te las has ganado con sangre.
Yael se volvió hacia él con una mirada firme.
—Precisamente por eso no las quiero. No luché para sentarme sobre una tierra que otros trabajen por mí, ni para vivir rodeado de lujos que no significan nada cuando el acero entra en carne.
Los guardias guardaron silencio. Uno de ellos asintió lentamente.
—Entonces… ¿qué te ofrecieron?
—Me devolvieron al ejército —respondió Yael—. A donde pertenezco, según ellos.
—¿A qué frente?
—No lo dijeron.
—Eso nunca es buena señal —murmuró uno.
—No lo es —admitió Yael.
Otro guardia bajó la voz.
—¿Y lo de ser lacayo del príncipe?
Yael tensó la mandíbula apenas un instante antes de responder.
—Terminado. Oficialmente dado de baja. Ya no sirvo a nadie en este palacio.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Para quienes lo conocían, aquello era casi impensable.
—Vaya… —dijo uno—. Pensé que ese vínculo duraría más.
—Algunas cosas no están hechas para durar —respondió Yael—. Solo para cumplir su propósito.
Uno de los guardias se acercó un poco más.
—No pareces… enfadado.
—No lo estoy.
—¿Entonces?
Yael ajustó la capa sobre sus hombros.
—Solo estoy preparado para irme.
Hubo un nuevo silencio. Esta vez, más pesado.
—Escarlata —dijo finalmente uno de ellos—. Dondequiera que te envíen… espero que encuentres lo que buscas.
Yael lo miró a los ojos.
—No busco nada —respondió—. Solo sigo adelante.
El guardia extendió el brazo en gesto fraternal.
—Que la suerte te acompañe.
Yael tomó su antebrazo con firmeza, apretándolo una vez antes de soltarlo.
—La necesitaré —dijo—. Más de lo habitual.
Luego se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Sus pasos resonaron con calma sobre la piedra, pero bajo esa calma ardía una verdad que nadie más conocía.
No partía derrotado.
Partía ocultando la verdad.
Partía hacia el único lugar al que siempre regresaba: el deber.
Minutos después, Yael tomó las riendas de su caballo negro azabache, que lo aguardaba paciente junto a los establos. El animal resopló suavemente al reconocerlo, como si comprendiera que el viaje que les esperaba no era uno común. Yael apoyó la frente un instante contra su cuello, un gesto breve, casi imperceptible, y luego ajustó la montura.
Cuando avanzó hacia los portones del palacio, varios guardias se volvieron para mirarlo. Algunos alzaron la mano en señal de despedida; otros inclinaron la cabeza con respeto.
—Que la suerte te acompañe, Escarlata —dijo uno de ellos.
—Y que la fuerza no te abandone —añadió otro—. Donde sea que te envíen.
Yael respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Gracias —dijo—. Que los muros los mantengan a salvo.
Sin decir nada más, montó el caballo con un solo movimiento fluido. El animal dio unos pasos hacia adelante, obediente, mientras los portones comenzaban a abrirse lentamente, dejando pasar el aire frío de la noche.
Cuando el paso quedó libre, Yael apretó las riendas una última vez y miró brevemente hacia atrás. Las torres, los estandartes, las sombras del palacio.. todo quedaba atrás.
Luego espoleó al caballo.
Y partió.
Al anochecer..
La noche ya había caído por completo cuando Yael se alejó del palacio. El cielo, cubierto de nubes oscuras, apenas dejaba filtrar la luz de la luna, y el mundo parecía reducido al sonido constante de los cascos golpeando la tierra.
Todo marchaba según lo previsto.
Avanzaba a buen ritmo, con el cuerpo inclinado hacia adelante y la vista fija en el camino. Sabía que, si seguía la ruta principal, llegaría tarde. Por eso, al alcanzar un desvío apenas marcado, tomó una decisión sin vacilar.
Giró las riendas y abandonó el camino de piedra.
El caballo negro respondió de inmediato, internándose en el bosque. Las ramas bajas rozaban la armadura y la capa, y el aire se volvió más frío, más denso.
El terreno era irregular, pero Yael conocía ese tipo de senderos: antiguos, olvidados, solo usados por cazadores… o por quienes no deseaban ser vistos.
—Vamos —murmuró, apremiando al animal.
El caballo galopó entre los árboles, esquivando raíces y sombras. Las hojas crujían bajo sus cascos, y el bosque parecía cerrarse a su alrededor, como si observara cada uno de sus movimientos.
Yael no aflojó el paso.
Sabía que aquel atajo era más peligroso, pero también más rápido. Y no podía permitirse llegar tarde.
Luego de galopar durante una o quizá dos horas entre la espesura del bosque, Yael distinguió una silueta a la distancia.
Era un zorro.
Pero no uno común.
Se erguía sobre dos patas, recto, inmóvil, con una postura demasiado humana para pertenecer a una bestia. Su cuerpo parecía observar, no cazar. Sus ojos, oscuros y atentos, estaban fijos en Yael, como si lo hubiera estado esperando desde mucho antes.
El caballo relinchó con nerviosismo.
Yael sostuvo la mirada sin bajar el rostro. No sintió miedo inmediato, pero sí un peso viejo en el pecho, una advertencia que no venía del pensamiento sino de la memoria.
Desde niño había escuchado historias sobre los bosques y lo que caminaba en ellos cuando un hombre viajaba solo de noche. Decían que, en esos senderos, uno podía encontrarse con Amber, la diosa de la lujuria: antigua, caprichosa, cruel con los borrachos y con los hombres de corazón torcido. Se decía que tomaba formas semihumanas, que se vestía de bestia para espantar… o castigar.
El zorro no se movió.
Solo lo miró.
Yael apuró el paso, clavando las espuelas con suavidad. El caballo respondió, inquieto, como si también sintiera que algo no estaba bien. Mientras avanzaba, Yael intentó convencerse de que aquellas historias no eran más que advertencias exageradas, cuentos para asustar jóvenes imprudentes. Aun así, un escalofrío le recorrió la espalda.
Entonces la escuchó.
Una voz comenzó a cantar entre los árboles.
Era melodiosa, dulce, casi envolvente… pero arrastraba algo áspero, una grieta profunda que hacía vibrar el aire. La canción no provenía de un solo lugar. Cambiaba, se desplazaba, como si quien cantaba se moviera con el bosque.
Yael comprendió demasiado tarde que no estaba quieta.
Entre los troncos, la figura mutaba. A veces era una mujer que se deslizaba entre las sombras; otras, el zorro que corría paralelo al camino, erguido, antinatural. La forma cambiaba, pero la intención era la misma: llamar su atención, hacerlo mirar, hacerlo detenerse.
—No —murmuró Yael, sin mirar atrás.
Siguió galopando.
No respondió al canto. No giró el rostro. No permitió que la curiosidad venciera al instinto. Sabía que algunas criaturas, diosas o no, solo necesitaban ser reconocidas para reclamarte.
Y Yael no pensaba darle ese poder.
El canto continuó durante un trecho más…
hasta que, de pronto, el bosque quedó en silencio.
Pero Yael no aflojó las riendas.
Porque sabía que, en esos caminos, lo peor no siempre persigue.
A veces, simplemente observa..
Amber comprendió entonces que aquel hombre no era como los otros.
No había deseo torcido en su mirada, ni torpeza en sus gestos, ni aliento corrompido por el vino. No había lujuria ni soberbia que castigar, ni miedo que saborear. Solo un cansancio antiguo que no pedía nada.
Por eso lo dejó ir.
Aun así, no volvió a ocultarse del todo.
Su figura permaneció entre los árboles, semihumana, deformada por la transición incompleta: el cuerpo alargado como el de un zorro erguido, las extremidades demasiado largas, el rostro indefinido entre hocico y semblante femenino. De su piel emanaba un hedor agrio, húmedo, como hojas podridas y sangre vieja. No era el olor de la bestia… sino el de lo que no pertenece del todo a ningún mundo.
Lo observó alejarse.
Yael siguió galopando sin mirar atrás, dejando que el bosque se cerrara tras él como una herida mal cicatrizada. El aire nocturno era espeso, cargado de humedad y del olor terroso de la vegetación aplastada. El caballo resoplaba con fuerza, nervioso, pero obediente.
Fue entonces cuando los vio.
Más adelante, entre un claro irregular, tres wargs se alimentaban. Eran enormes, mucho más grandes que cualquier lobo común: lomos altos como los de un toro, mandíbulas capaces de partir huesos gruesos sin esfuerzo. Estaban inclinados sobre el cadáver aún tibio de una vaca, desgarrando carne y tendones, arrancando trozos con violencia primitiva.
—Lo que me faltaba… —murmuró Yael entre dientes—. Ahora tengo que esquivarlos.
Tiró suavemente de las riendas, buscando rodearlos sin llamar la atención.
Pero el bosque no guarda secretos por mucho tiempo.
Una rama seca crujió bajo el peso del caballo.
El sonido fue suficiente.
Tres cabezas se alzaron al mismo tiempo. Los hocicos manchados de sangre giraron hacia Yael. Sus ojos amarillos brillaron con inteligencia… y hambre.
La nueva presa caminaba.
Los wargs se separaron apenas unos pasos, ajustando su formación como cazadores expertos. Sus cuerpos se tensaron, y en un segundo comenzaron a correr rápidos y letales, cerrando ángulos para interceptarlo.
Yael lo supo de inmediato.
—Maldita sea…
Espoleó al caballo, lanzándolo a toda velocidad. El viento le golpeó el rostro, pero su mente no se dispersó. Estaba fría y afilada. No había pánico, solo cálculo.
Giró en diagonal, buscando terreno irregular, raíces expuestas, piedras. Intentó atraer a uno, romper la formación, dividirlos.
No funcionó.
Los wargs no cayeron en la trampa. Se mantuvieron juntos, coordinados, cerrando espacios con una eficiencia brutal. Aquello no era caza salvaje. Era estrategia.
Yael apretó la mandíbula.
No podía huir para siempre.
Avistó un claro más amplio, sin demasiados obstáculos. Tiró de las riendas con fuerza, frenando de golpe. Saltó del caballo en un movimiento fluido y golpeó suavemente su cuello.
—Escóndete —susurró—. Ahora.
El animal, entrenado, se internó entre los árboles sin relinchar.
Yael quedó solo.
Los tres wargs se detuvieron a pocos metros. Gruñeron al unísono, mostrando colmillos largos y curvos, cubiertos de sangre fresca. El olor era insoportable.
El vapor de sus respiraciones se mezclaba con la neblina baja del bosque.
Yael no retrocedió.
Los miró fijamente, con ojos fieros, inmóviles, como si fueran ellos los que estuvieran en desventaja.
Desenvainó su espada.
El acero cantó bajo la luna.
El silencio cayó de golpe.
Un segundo.
Dos.
Entonces el más grande atacó.
El warg líder lanzó su cuerpo hacia adelante, poderoso, con las fauces abiertas directo al cuello de Yael. En ese instante, el tiempo se detuvo.
Yael vio cada detalle: la tensión de los músculos, la saliva colgando entre los colmillos, el leve desajuste en la trayectoria del salto.
Su cuerpo respondió antes que el pensamiento.
Giró.
No fue un movimiento humano común. Fue una secuencia precisa, compleja, casi imposible de imitar. Como si una línea invisible se hubiese trazado ante sus ojos, marcando el punto exacto donde debía caer la espada.
El acero se convirtió en extensión de su brazo.
El impacto fue limpio.
Brutal.
Definitivo.
La hoja entró por la tráquea, rasgando carne y tendones, y siguió sin detenerse, abriendo el vientre como mantequilla caliente.
El golpe fue tan violento que arrancó la pata trasera izquierda de la bestia en el mismo movimiento.
El warg cayó antes siquiera de comprender que estaba muerto.
La sangre brotó a borbotones, empapando la tierra, la maleza, la armadura de Yael. Un rojo carmesí cubrió todo. El cuerpo se retorció apenas unos segundos, gimiendo sin voz, hasta quedar inmóvil.
Yael se incorporó lentamente.
La luna iluminó su figura: erguido, cubierto de sangre, la espada goteando, los ojos brillando con una calma aterradora.
Los dos wargs restantes no esperaron una segunda señal.
El primero retrocedió con un gemido bajo, casi infantil, las orejas pegadas al cráneo. El segundo imitó el gesto, girando el cuerpo con torpeza, como si aún no comprendiera del todo lo que había presenciado. Durante un instante, sus miradas se cruzaron con la de Yael.
No vieron a un enemigo.
Vieron a la muerte caminando.
Huyeron.
Se internaron entre los árboles con movimientos desordenados, rompiendo ramas, perdiéndose en la espesura del bosque. Sus aullidos se apagaron rápido, tragados por la noche, como si la tierra misma los hubiera engullido para borrar todo rastro de cobardía.
El silencio regresó.
Yael permaneció inmóvil durante varios segundos más, con la espada aún alzada. Su respiración era lenta, controlada. No temblaba. Nunca lo hacía después de una batalla. El cuerpo aún estaba en guardia, esperando un ataque que ya no vendría.
Finalmente, bajó el arma.
La sangre seguía goteando por el filo, cayendo en pequeñas gotas espesas sobre la tierra oscura. Yael miró el cadáver del warg a sus pies. No había triunfo en su expresión. Tampoco orgullo.
Solo aceptación.
—Así termina todo… —murmuró—. Con un latido menos.
Limpió la hoja con el manto del animal muerto, casi respetuoso. Luego observó sus propias manos, manchadas de rojo. Recordó otros campos, otras noches, otros cuerpos caídos. Nada cambiaba realmente. Solo los nombres.
El bosque parecía observarlo ahora con cautela.
Yael alzó la vista hacia los árboles, atento a cualquier sonido. Nada. Solo el viento moviendo las hojas, como un susurro distante.
Fue entonces cuando pensó en Eduard.
En el niño que entrenaba al amanecer, en el joven que cargaba un peso que nunca eligió. En el motivo real de su regreso. Aquella pelea no había sido una prueba de fuerza… sino un recordatorio.
—No puedo caer —dijo en voz baja—. Aún no.
Envainó la espada y se giró lentamente, buscando entre las sombras.
—Ven —llamó, sin alzar la voz—. Ya pasó.
El bosque respondió con un leve crujido.
Entre los árboles apareció el caballo negro, avanzando con paso firme. No relinchó. No dudó. Sus ojos oscuros se posaron en Yael, y al llegar hasta él, inclinó levemente la cabeza, como si reconociera el fin del peligro.
Yael apoyó la frente contra el cuello del animal por un instante.
—Buen chico… —susurró—. Como siempre.
Montó de nuevo con un movimiento fluido. Antes de partir, lanzó una última mirada al claro manchado de sangre. La luna seguía allí, indiferente, testigo eterno de todo lo que moría bajo su luz.
Luego tiró de las riendas.
El caballo avanzó.
Y Yael continuó su camino, dejando atrás el olor a muerte, el eco del combate… y la certeza de que la noche aún no había terminado.
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