Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Imperio De Pasiones - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Imperio De Pasiones
  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 18 La llegada
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Capítulo 18: La llegada.

19: Capítulo 18: La llegada.

Habían pasado ya cuatro días, y el carruaje que transportaba a Eduard, Leyla y Margaret avanzaba lentamente por el camino final, mientras la mansión Rubethia comenzaba a perfilarse a lo lejos, anunciando que el viaje estaba a punto de terminar.

Margaret se inclinó hacia la ventanilla del carruaje y apartó apenas la cortina.

Entrecerró los ojos, observando con atención el paisaje que se volvía cada vez más denso.

—Creo que ya estamos cerca —dijo al fin—.

El bosque es más espeso… pero alcanzo a ver algo entre los árboles.

Eduard, estaba sentado junto a Leyla, la mantenía acurrucada contra su costado.

Sin soltarla, levantó la vista y asintió con calma.

—Sí… es posible que ya estemos llegando.

Margaret volvió a sentarse, algo sorprendida.

—Pensé que el viaje tardaría más —comentó.

Eduard esbozó una leve sonrisa, cansada pero serena.

—Normalmente toma cerca de una semana —explicó—, depende de la velocidad.

A caballo se llega mucho más rápido, pero en carruaje es distinto.

Tras un breve silencio, interrumpido solo por el vaivén del carruaje, Margaret habló con un tono de curiosidad.

—Me pregunto cómo será vivir allí… —dijo—.

Tan lejos de todo, sin nadie alrededor.

Leyla fue la primera en responder, con una leve sonrisa.

—Creo que debe ser maravilloso —murmuró—.

Estar lejos de las miradas ajenas, sin sentir que cada paso es observado o juzgado.

Eduard asintió despacio.

—Así es —dijo—.

Por primera vez podremos hacer lo que deseemos, sin ojos curiosos siguiéndonos.

Margaret los miró a ambos, pensativa.

—¿Y creen que viviremos allí para siempre?

—preguntó—.

¿O solo será un lugar de paso?

Eduard guardó silencio unos segundos antes de responder.

—No lo sé —admitió—.

Tal vez no sea para siempre… pero por ahora es la mejor opción que tenemos.

Un lugar donde nadie pueda encontrarnos, ni hacernos daño.

El carruaje continuó su avance, mientras esas palabras quedaban flotando en el aire.

Margaret frunció el ceño, incapaz de dejar ir la inquietud que le oprimía el pecho.

—¿Y si Carlos lo descubre?

—insistió—.

¿Si llega a enterarse de que están ocultos allí… juntos?

Eduard bajó la mirada un instante antes de responder.

—Es poco probable —dijo con cautela—.

La mansión está apartada, olvidada por casi todos.

Pero… —hizo una breve pausa— si llegara a saberlo, sería terrible.

No podemos imaginar qué consecuencias traería.

Carlos no es alguien que acepte perder.

Margaret apretó las manos sobre su falda, respirando con dificultad.

—Eso es justo lo que me preocupa —dijo—.

Todo esto es una mala idea.

Ocultarse a unos pocos kilómetros de él… es como provocarlo.

Habría sido mejor huir del país, desaparecer por completo, no dejar rastro alguno.

Leyla giró el rostro hacia ella, buscando transmitir calma.

Su voz fue suave.

—Tranquila, Margaret —dijo—.

Nada de eso va a pasar.

Todo saldrá bien.

Margaret la miró, sin convencerse del todo.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Leyla entrelazó los dedos con los de Eduard y sonrió con una serenidad frágil, pero sincera.

—Porque no siempre la tragedia gana —respondió—.

Es poco probable que Carlos descubra algo… y aunque el miedo nos acompañe, no podemos vivir huyendo toda la vida.

Aquí estaremos a salvo.

Nada malo ocurrirá.

Eduard asintió despacio, reforzando las palabras de Leyla con una calma que intentaba ser firme.

—Así será —dijo—.

Todo estará bien.

La desgracia no es la única que gana en este mundo.

Nos apoyaremos entre nosotros… y estaremos juntos.

Los tres.

Margaret bajó la mirada, jugando con el borde de su manga.

Su voz salió más baja, cargada de duda.

—Quiero creerlo —confesó—, pero no puedo decir que esté tranquila.

Hay algo… un mal presentimiento que no se me va del pecho.

Eduard la observó con atención y habló con suavidad.

—Relájate, Margaret.

Mi padre me lo aseguró.

Dijo que todo estaría bien, que este lugar es seguro.

Ella alzó la vista, aún inquieta.

—¿Y cuando Carlos sea emperador?

—preguntó—.

¿No crees que entonces buscaría a Leyla?

¿Que no removería cielo y tierra hasta encontrarla?

Eduard tardó un segundo más en responder.

—Es posible —admitió—.

No voy a mentirte.

Pero incluso entonces seguiría bajo el control de mi padre.

Mientras él viva, Carlos no podrá hacer mucho.

No como quisiera.

Margaret suspiró, sin parecer del todo convencida.

—Ojalá ese control dure lo suficiente —murmuró.

Leyla apretó con más fuerza la mano de Eduard, como anclándose a sus palabras.

Al mismo tiempo, lejos del camino principal por donde avanzaba el carruaje, entre raíces retorcidas y sombras espesas, Yael cabalgaba sin detenerse por un atajo que solo unos pocos conocían.

Su caballo negro azabache resoplaba con fuerza, el pelaje húmedo de sudor y salpicado de barro oscuro.

Ambos estaban heridos.

No eran cortes mortales, pero sí lo bastante profundos como para arder con cada movimiento, recuerdos recientes de días enteros luchando contra bestias y seres que no pertenecían del todo a este mundo.

La armadura de Yael, antaño de un rojo limpio y brillante, estaba ahora manchada de sangre seca, la suya y la de aquello que había abatido.

Su arma descansaba firme a su costado, siempre al alcance de la mano.

Galopaba sin mirar atrás.

No pensaba en el dolor.

No pensaba en el cansancio.

No pensaba siquiera en el peligro que aún podía acechar entre los árboles.

Su mente estaba vacía… y al mismo tiempo llena de un solo nombre.

Eduard..

El viento golpeaba su rostro mientras avanzaba, pero sus pensamientos eran más pesados que la armadura que llevaba puesta.

Hacía meses que no le escribía.

Meses en los que las cartas de Eduard habían llegado una tras otra… y él no había sido capaz de responder ni una sola.

Tras la muerte de su madre, algo en Yael se había quebrado de forma silenciosa.

No hubo gritos ni lágrimas desbordadas, solo un vacío espeso que lo había empujado a alejarse de todo.

De sus deberes, de su nombre… y de su amigo.

No quería saber de nada ni de nadie.

Y, sin embargo, ahora estaba allí, atravesando el bosque como si el tiempo mismo lo persiguiera.

Porque lo sabía.

Sabía que Eduard lo necesitaba.

Y también sabía que él necesitaba a Eduard más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Yael apretó las riendas con fuerza, inclinándose sobre el cuello de su caballo.

—Un poco más… —murmuró —.

Solo un poco más.

A lo lejos, entre los árboles, la tierra comenzaba a cambiar.

El sendero se hacía menos abrupto.

La mansión Rubethia no debía estar lejos.

Minutos después, el carruaje redujo la velocidad hasta detenerse por completo.

Las ruedas crujieron sobre la grava húmeda y, por un instante, solo se oyó el resoplido cansado de los caballos y el murmullo lejano del bosque que rodeaba la mansión.

Desde el exterior, el cochero descendió primero.

Caminó hacia la portezuela y la abrió con un gesto respetuoso.

—Hemos llegado, mi señor.

Eduard fue el primero en bajar.

Sus botas tocaron el suelo con firmeza, aunque su mirada se elevó de inmediato hacia la mansión.

Rubethia se alzaba ante ellos imponente y sobria, de piedra clara y ventanas altas, parcialmente cubierta por la sombra de los árboles centenarios.

No era ostentosa, pero había en ella una solemnidad antigua.

Extendió la mano y ayudó a Leyla a descender.

Ella dudó apenas un segundo antes de apoyarse en él.

Al poner los pies en tierra, respiró hondo.

El aire allí era distinto: más frío, más limpio… y extrañamente ligero.

Margaret bajó después, acomodandose con nerviosismo.

Sus ojos recorrieron el lugar de inmediato, atentos, como si esperara que algo surgiera de entre los árboles en cualquier momento.

—Es… más grande de lo que imaginaba —murmuró.

Antes de que alguien respondiera, una figura se adelantó desde la escalinata principal.

Danniel.

Vestía con la sobriedad impecable que lo caracterizaba, la capa oscura perfectamente acomodada sobre los hombros, el emblema imperial discreto pero inconfundible.

Su expresión era seria, aunque no fría.

Al verlos, inclinó la cabeza con respeto.

—Príncipe Eduard —saludó—.

Señoritas.

Su voz era controlada, como si cada palabra hubiera sido medida con antelación.

—En nombre del emperador César, les doy la bienvenida a Rubethia.

Esta será su hogar durante su estadía.

Eduard sostuvo su mirada.

—Gracias, Danniel.

Me alegra ver que todo esté tal como mi padre prometió.

Danniel asintió levemente.

—La mansión ha sido preparada con antelación.

El personal es reducido y absolutamente leal.

Nadie fuera de estas murallas conoce su presencia aquí.

Margaret no pudo evitar intervenir.

—¿Nadie?

—preguntó, con un hilo de ansiedad en la voz—.

¿Ni siquiera rumores?

Danniel la observó un instante antes de responder.

—He eliminado cualquier posibilidad de filtración —dijo con calma—.

Los caminos cercanos están vigilados de forma discreta.

Rubethia figura como deshabitada en los registros.

Para el mundo exterior, este lugar no existe.

Leyla apretó suavemente la mano de Eduard.

Aun así, sus ojos seguían fijos en la mansión.

—¿Estaremos… realmente a salvo aquí?

—preguntó.

Danniel suavizó apenas su expresión.

—Mientras yo respire, nadie cruzará estas puertas sin autorización —respondió—.

Esa es mi orden.

Y mi juramento.

Un silencio denso se instaló entre ellos.

Eduard dio un paso adelante.

—Entonces entremos —dijo—.

Hemos viajado demasiado.

Danniel hizo un gesto hacia la entrada.

—Por supuesto.

El interior ya está dispuesto.

Hay habitaciones preparadas, comida caliente y agua para asearse.

Pueden descansar esta noche.

Mañana hablaremos de los detalles.

Mientras ascendían la escalinata, se escuchó de pronto un galope.

Todos se detuvieron.

El sonido venía del bosque, cada vez más cercano.

Eduard giró primero, seguido por Leyla, Margaret y Danniel.

Entre los árboles apareció un caballo negro, cubierto de polvo y heridas recientes.

Sobre él venía Yael, con la armadura roja manchada de sangre.

—¡Esperen!

—gritó.

El caballo frenó frente a la escalinata.

El silencio cayó de golpe sobre el lugar.

Yael descendió, dio unos pasos al frente, desenvainó su espada y, sin decir nada más, se arrodilló ante Eduard, apoyando la punta del arma en la piedra.

—Pido disculpas por la demora, su alteza —dijo, con la cabeza inclinada.

Eduard se quedó inmóvil por un instante.

Sus ojos recorrieron la armadura manchada, el rostro agotado, las heridas visibles.

Durante meses había imaginado mil escenarios, pero ninguno incluía verlo así… allí.

—…¿Yael?

—su voz salió baja, incrédula—.

¿Eres tú de verdad?

Dio un paso adelante, olvidando por completo a los demás.

—Desapareciste —continuó, con una mezcla de sorpresa y reproche—.

Te escribí.

Pensé que… —se detuvo, tragando saliva— pensé que quizá no volvería a verte.

Yael alzó la mirada desde su posición arrodillada, sorprendido por la emoción en su voz.

—Lo sé —respondió—.

No supe cómo volver.

No supe cómo responderte sin admitir que estaba roto.

Eduard negó despacio, aún sin apartar la vista de él.

—Estás herido… —murmuró—.

Y aun así viniste.

—Tenía que hacerlo —dijo Yael—.

Cuando supe que venías a esta mansión, entendí que ya no podía seguir escondiéndome.

Eduard soltó una breve risa ahogada, incrédula.

—Siempre llegas cuando más te necesito… incluso cuando crees que has fallado.

Extendió la mano hacia él.

—Levántate.

No quiero verte así.

Yael dudó apenas un segundo antes de tomarla.

—Creí que estarías enojado.

—Lo estuve —admitió Eduard—.

Pero ahora… solo me alegra que estés aquí.

Yael asintió, con los ojos brillantes.

—Yo también, Eduard.

Más de lo que puedo decir.

Danniel hizo un gesto solemne hacia el interior.

—Basta de interrupciones —dijo con calma—.

Es hora de entrar.

Todos cruzaron el umbral y se detuvieron casi al mismo tiempo.

La mansión los recibió con amplios salones, techos altos y una luz suave que se filtraba por los ventanales.

Incluso Margaret, siempre alerta, se quedó en silencio unos segundos.

—Es… preciosa —murmuró.

Margaret giró entonces el rostro hacia Yael, lo olfateó apenas y frunció el ceño.

—Con todo respeto —dijo—, necesitas un baño.

Hueles a animal muerto.

Yael se llevó una mano al pecho.

—Eso es ofensivo —protestó—.

Hice de todo para llegar hasta aquí.

Peleé, sangré, sobreviví… Eduard sonrió de lado.

—Y aun así, hueles fatal.

Leyla no aguantó la risa, y Margaret tampoco.

Incluso Yael terminó soltando una carcajada cansada.

—Está bien, está bien —cedió—.

Iré a lavarme el honor… y el resto.

El ambiente se relajó de inmediato.

Más tarde, la mansión comenzó a llenarse de pequeñas escenas tranquilas.

Yael se perdió en uno de los baños, dejando atrás el peso del viaje y la sangre seca.

Eduard y Leyla se acomodaron juntos en un sofá del salón, compartiendo libros antiguos, leyendo en silencio, hombro con hombro.

Margaret, en cambio, permanecía de pie frente a los grandes ventanales, observando el bosque inmóvil, como si intentara descifrar si aquel lugar realmente les permitiría descansar.

Y asi, por primera vez, la casa ya no parecía ajena.

Solo un lugar donde, al menos por ese día, podían respirar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo