Imperio De Pasiones - Capítulo 20
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20: Capítulo 19: La obsesión intacta.
20: Capítulo 19: La obsesión intacta.
Habían pasado dos meses desde la paliza.
Dos meses desde que el cuerpo de Carlos había sido reducido al suelo por los golpes de su propio hermano.
Las heridas visibles ya no estaban; los moretones habían desaparecido, los huesos habían soldado.
Pero el recuerdo… ese seguía latiendo bajo la piel, como una herida que se negaba a cerrar.
La boda sería mañana.
Carlos estaba solo en su recámara.
El espejo frente a él devolvía una imagen impecable: postura erguida, rostro firme, cabello ordenado.
Solo quien mirara con atención podría notar la tensión en su mandíbula, la rigidez forzada de sus hombros.
Lentamente, levantó la mano y tocó su mejilla, justo donde meses atrás había sentido el impacto más fuerte.
—Me rompiste… —murmuró—.
Y creíste que con eso bastaba.
Sus dedos descendieron hasta el cuello, luego al pecho, comprobando una y otra vez que estaba entero.
—Sobreviví —dijo, con un deje de rabia—.
A ti.
A la humillación.
Al dolor.
Alzó la vista hacia su reflejo.
—Todos creen que ya pasó.
Que estoy recuperado.
Que soy el mismo.
Una risa baja, torcida, escapó de sus labios.
—No tienen idea..
Se giró levemente, tomando una copa olvidada sobre el mueble.
No bebió.
Solo la sostuvo.
—Leyla… —pronunció su nombre despacio, saboreándolo—.
Aún puedo verte cuando cierro los ojos.
Su mirada se volvió más oscura.
—Tu voz.
Tu forma de bajar la mirada.
Esa falsa docilidad… —negó con la cabeza—.
Nadie me miró jamás como tú lo hiciste.
Ni siquiera cuando fingías no hacerlo.
Apretó la copa con fuerza.
—Me pertenecías —escupió—.
Aunque no lo supieras.
Se acercó de nuevo al espejo, demasiado cerca, como si quisiera atravesarlo.
—No sé dónde estás —admitió, con frustración—.
Te escondieron bien.
Pero no importa.
Su respiración se volvió irregular.
—El mundo es grande… pero no tanto.
Y yo tendré tiempo.
Poder.
Autoridad.
Alzó la barbilla, con una sonrisa lenta, perturbadora.
—Mañana me caso —dijo—.
Qué ironía.
Todos esperan que piense en votos, en alianzas, en futuro.
Golpeó el tocador con la mano abierta.
—¡Y yo solo pienso en ti!
El silencio volvió a caer, pesado.
Carlos respiró hondo, controlándose a la fuerza.
—No te he olvidado —susurró—.
No lo haré.
No importa cuántas puertas cierres… siempre hay grietas.
Se enderezó, alisó su ropa con un cuidado casi obsesivo y sostuvo la mirada de su reflejo.
—Disfruta tu ausencia, Leyla —dijo con frialdad—.
Porque no es libertad… es solo tiempo prestado.
Las velas parpadearon.
Y en la víspera de la boda, el heredero del imperio no se preparaba para amar, sino para poseer.
Más tarde..
El salón de cena estaba iluminado con una luz cálida y solemne.
La mesa era larga, demasiado grande para solo dos personas.
Carlos y el emperador César cenaban frente a frente.
El sonido de los cubiertos era lo único que rompía el silencio, hasta que César dejó su copa a un lado y observó a su hijo con detenimiento.
—Mañana es tu boda —dijo al fin—.
¿Estás… emocionado?
Carlos alzó la vista con lentitud.
Su expresión era controlada, casi vacía.
—Supongo que sí —respondió—.
Aunque no fue una elección mía.
César frunció apenas el ceño.
—No todo en la vida lo es —replicó—.
Fuiste educado para entender eso.
Es tu deber.
Carlos apretó la mandíbula.
—Un deber impuesto sigue siendo una carga.
El emperador dejó los cubiertos sobre el plato con un sonido seco.
—No arruines esto —dijo con voz firme—.
Esta unión es necesaria.
Para el imperio.
Para la estabilidad.
Para tu futuro.
Carlos esbozó una sonrisa ladeada.
—Mi futuro… —repitió—.
Siempre tan cuidadosamente planeado por otros.
César lo miró con dureza.
—Tu futuro es el trono —sentenció—.
Pero antes de ser emperador, debes ser esposo.
Así ha sido siempre.
Así será contigo.
El silencio volvió a instalarse, denso.
César tomó aire y habló de nuevo.
—Espero que la diosa Uma bendiga tu unión —dijo—.
Que les conceda un heredero sano y fuerte.
Que proteja nuestro linaje, a nuestra familia… y al imperio.
Carlos inclinó apenas la cabeza, sin emoción alguna.
—Ajá.
César lo observó unos segundos más, como evaluándolo.
—Recuerda quién eres y lo que representas —añadió—.
Mañana no solo te casas.
Das el primer paso para convertirte en emperador.
Carlos volvió a bajar la mirada hacia su plato.
—Lo sé —respondió.
Pero mientras el emperador hablaba de dioses, linajes y deberes, la mente de Carlos estaba en otro lugar… César lo observó unos segundos más, hasta que su paciencia se agotó.
—¿Me estás escuchando, Carlos?
—preguntó, con voz firme.
Carlos alzó la vista apenas.
—Estoy… distraído.
—¿Distraído con qué?
—insistió el emperador.
El silencio se tensó.
Carlos apretó los labios, pero finalmente habló.
—Con Leyla..
El golpe resonó en todo el salón.
César apoyó ambas manos sobre la mesa con violencia, haciendo vibrar la vajilla.
—¡Basta!
—tronó—.
Olvídate de esa muchacha de una vez.
Fue expulsada muy lejos.
Fuera de tu alcance.
Fuera de esta familia.
Carlos no se inmutó; al contrario, una sonrisa amarga cruzó su rostro.
—¿Y cómo se supone que olvide a mi primer amor?
—replicó—.
¿Cómo se borra algo así?
Los ojos de César se endurecieron.
—No fue amor —corrigió—.
Fue una obsesión tuya.
Un capricho peligroso.
—No —dijo Carlos, con la voz cargada de rencor—.
Fue lo único que quise de verdad.
Y tú me lo arrebataste.
César se incorporó lentamente, imponiendo su presencia.
—No te hagas el inocente —dijo—.
Sabes perfectamente por qué lo hice.
Teníamos un trato, Carlos.
Uno solo.
Carlos apretó los puños.
—Y aun así decidiste destruirlo todo.
—Tú lo destruiste primero —respondió César con frialdad—.
No cumpliste.
Cruzaste límites que no debías cruzar.
Se inclinó hacia él, bajando la voz.
—Ahora tu deber es la corona.
Y tu atención debe estar en la princesa Carlota: tu futura esposa y señora… la madre de tus hijos.
Carlos lo miró con los ojos encendidos.
—Nunca será ella.
César enderezó la espalda.
—Cállate —ordenó—.
No quiero volver a escuchar ese nombre.
Esa muchacha no existe para nosotros.
Y si eres inteligente, tampoco existirá para ti.
El silencio se impuso como un veredicto.
Carlos agachó la cabeza, pero su mirada reflejaba más rabia que resignación.
Asintió apenas, como si aceptara la orden, pero por dentro su mente ya se había separado de la mesa, del emperador, del salón entero.
Mientras César retomaba la cena como si nada hubiese ocurrido, Carlos bajó la mirada… y pensó.
Leyla..
El nombre no necesitaba voz.
Bastaba con pensarlo para que algo se le tensara en el pecho.
No sabía dónde estaba.
No sabía con quién.
Pero sabía una cosa con absoluta certeza: no había dejado de existir.
Y mientras eso fuera así, siempre habría un modo.
Cuando sea emperador… El pensamiento se deslizó con lentitud, casi con placer.
Tendré archivos.
Registros.
Guardias.
Informantes.
Caminos que se abren con una sola orden.
Personas que hablan cuando se les exige.
Personas que desaparecen cuando se les pide silencio.
Sintió una mezcla amarga de atracción y rencor.
La recordó sin querer —o queriendo—: la forma en que bajaba la mirada cuando se sentía observada, la suavidad de su voz, esa manera tan suya de estar presente sin imponerse.
Su cabello, su cuello, la calma aparente que escondía algo más profundo… algo que él había visto primero.
O eso se decía.
No eras como las demás.
La idea lo obsesionaba.
No era solo deseo.
Era necesidad.
Era la sensación insoportable de que algo le había sido quitado sin su consentimiento.
De que alguien había decidido por él qué podía o no amar.
Sus dedos se cerraron lentamente alrededor del borde de la mesa.
Te encontraré.
No como ahora.
No todavía.
Pero cuando tuviera la corona, cuando nadie pudiera contradecirlo, cuando su palabra fuera ley… Todo lo que necesito ya existe.
Solo tengo que alcanzarlo.
Alzó la vista un instante.
Su padre seguía comiendo, ajeno a la tormenta silenciosa que crecía frente a él.
Carlos respiró hondo, controlándose.
No dijo su nombre.
No hizo promesas en voz alta.
Pero en su mente, Leyla seguía allí, intacta, persistente, imposible de arrancar.
Y esa obsesión, silenciosa y paciente, no hacía más que fortalecerse con el tiempo..
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