Imperio De Pasiones - Capítulo 21
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21: Capítulo 20: Unión sagrada, destino incierto.
21: Capítulo 20: Unión sagrada, destino incierto.
Han pasado varios meses desde que el imperio anunció la unión, y con ellos llegó un silencio expectante, casi reverente.
El palacio se transformó poco a poco: tapices nuevos cubrieron los muros, las columnas fueron adornadas con flores blancas, y el gran templo imperial fue preparado como si los propios dioses fueran a descender a presenciar el juramento.
La mañana de la boda amaneció clara, sin una sola nube en el cielo, como si el mundo hubiese decidido concederle a Carlos un día perfecto.
Las campanas comenzaron a sonar, profundas y solemnes, anunciando el inicio de la ceremonia.
En el interior del templo, todo resplandecía.
El mármol del suelo había sido pulido hasta reflejar la luz de los candelabros, y a ambos lados del pasillo central se alzaban filas interminables de nobles y enviados.
Había estandartes de todos los imperios conocidos, cuyos colores hablaban de alianzas antiguas.
Todos estaban allí.
Nadie importante faltaba.
En el altar, de pie y erguido, se encontraba Carlos.
Vestía ropajes ceremoniales oscuros, bordados con hilos dorados que representaban el emblema imperial.
Su postura era impecable, calculada, como cada uno de sus gestos.
Su rostro no mostraba nerviosismo alguno; solo una serenidad firme, casi fría, propia de alguien que sabía que ese momento le pertenecía.
A su lado, el sacerdote aguardaba en silencio.
Vestía completamente de blanco, símbolo de pureza y de voluntad divina, con las manos juntas y la mirada baja.
Entonces, las puertas del templo se abrieron.
Un murmullo recorrió a los invitados cuando Carlota apareció en el umbral.
Avanzó lentamente por el pasillo central, envuelta en un vestido claro que caía como una cascada de luz.
El velo cubría parte de su rostro, pero no lograba ocultar el brillo de sus ojos ni la perfección con la que cada paso había sido ensayado.
Las flores marcaban su camino, y el aire parecía contener la respiración a su alrededor.
Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.
Carlos alzó la mirada en ese instante, y el mundo pareció reducirse al altar, al templo… y a la figura que se acercaba hacia él, destinada a convertirse en su esposa ante los ojos de los hombres y de los dioses.
A su alrededor, todos los invitados se habían puesto de pie, formando un silencio solemne que pesaba más que las propias campanas.
Por un instante —breve — un pensamiento cruzó su mente: ojalá fuera Leyla quien caminara hacia mí.
Cuando Carlota finalmente alcanzó el altar, alzó las manos con delicadeza y retiró el velo.
Su rostro quedó al descubierto, sereno y resplandeciente ante todos.
El sacerdote alzó una mano con calma, pidiendo silencio.
—Pueden tomar asiento.
La ceremonia dará comienzo.
Uno a uno, los invitados obedecieron.
El templo quedó sumido en un silencio absoluto.
Entonces el sacerdote dio un paso al frente y su voz resonó con firmeza entre las columnas.
—Hoy nos hemos reunido aquí, bajo la mirada eterna de los dioses y ante los ojos de todos los imperios, para presenciar un momento que quedará inscrito en la historia de Rubethia.
En este día sagrado, la princesa Carlota y el príncipe Carlos se unen en matrimonio ante nosotros, asumiendo juntos el destino que les ha sido encomendado como futuros emperadores, cargo que tomarán mañana.
El sacerdote inclinó levemente la cabeza, con respeto.
—Esta unión no es solo el lazo entre dos personas, sino el compromiso de dos almas que caminarán juntas al servicio del imperio.
De ella nacerán herederos que continuarán la sangre imperial y serán bendecidos por la diosa Unity, guardiana de la unión, la familia y la continuidad.
Carlota bajó ligeramente la mirada y luego alzó los ojos hacia Carlos, dedicándole una expresión tímida.
—Que este matrimonio marque el comienzo de una nueva era —continuó el sacerdote—.
Una era de estabilidad, de fortaleza y de esperanza para nuestro pueblo.
Que ellos sean guía y luz para Rubethia, y que nosotros, como ciudadanos y aliados, sepamos honrarlos y seguirlos con lealtad.
Su voz se tornó más cálida.
—Ante los dioses y ante este imperio, les recordamos que este vínculo es para toda la vida.
Que permanezcan unidos en la prosperidad y en la adversidad, en la calma y en la tormenta, hasta que la muerte los separe, sin que jamás se rompa el lazo que hoy consagran.
El sacerdote extendió las manos hacia la pareja.
—Así lo desea la diosa Unity: que formen una familia, que encuentren la felicidad en el deber compartido y que su unión sea ejemplo para todos.
En ellos descansa el futuro de Rubethia, y como tal, debemos respetarlos y admirarlos.
El templo permaneció en silencio absoluto, como si incluso el mundo aguardara el siguiente paso de aquel juramento eterno.
De pronto, un niño apareció desde un costado del templo, avanzando con pasos cuidadosos.
Entre sus manos llevaba un almohadón de terciopelo carmesí, sobre el cual reposaban los anillos.
Al llegar frente al altar, se inclinó en una respetuosa reverencia y se retiró en silencio.
El sacerdote asintió con solemnidad.
—Ha llegado el momento de los votos.
Que hablen desde el corazón y ante los dioses.
Comenzará el príncipe Carlos.
Carlos dio un paso al frente.
Tomó con cuidado el anillo destinado a Carlota y, cuando ella le ofreció la mano con suavidad, él la sostuvo por un instante, como si midiera el peso de aquel gesto.
Luego deslizó el anillo en uno de sus dedos y alzó la mirada para pronunciar sus palabras.
Entonces habló.
—Carlota… desde este día pongo mi corazón en tus manos, no como un principe que ofrece poder, sino como un hombre que elige quedarse.
Te entrego mi imperio, sí, pero también mis días, mis desvelos, mis victorias y mis sombras.
Hizo una breve pausa, sin soltar su mano.
—Prometo caminar a tu lado con firmeza cuando el mundo sea cruel, y con ternura cuando el peso de la corona nos venza.
Gobernar contigo en paz, proteger este reino como si fuera nuestro hogar, y cuidar de ti como de lo más sagrado que me ha sido concedido.
Alzó la mirada.
—Deseo que nuestros hijos nazcan fuertes, que crezcan bajo un cielo sin miedo y un imperio próspero.
Prometo ser tu escudo ante cualquier mal, tu apoyo en toda duda y tu compañero en cada amanecer.
Su voz se volvió más íntima.
—Elijo quedarme.
Elijo luchar.
Elijo amarte en cada estación de esta vida.
Y mientras respire, mientras mi nombre tenga peso y mi sangre corra, estaré a tu lado… de tu lado… hoy, mañana y hasta el último de mis días.
Sin soltar la mano de Carlos, Carlota tomó el anillo con dedos ligeramente temblorosos.
Respiró hondo antes de hablar, como si reuniera el valor necesario para que su voz no la traicionara.
Con cuidado, deslizó el anillo en el dedo de él y alzó la mirada, aún tímida, pero sincera.
—Príncipe Carlos… —comenzó, con suavidad— será un honor para mí convertirme en su esposa, en su compañera de vida y en su aliada más fiel.
Aunque nuestro camino juntos ha sido breve, en este tiempo he aprendido a desear permanecer siempre a su lado.
Hizo una pausa, apretando levemente su mano.
—Lo conozco como un hombre sincero y amable, y por eso deseo que nuestros hijos crezcan felices junto a usted.
Sé que será un buen padre y un buen esposo, y que su corazón sabrá guiarlos con firmeza y ternura.
Su voz ganó un poco más de seguridad.
—Ruego para que las bendiciones nunca se aparten de nuestro hogar, para que nuestra vida sea próspera y llena de paz.
Estoy dispuesta a darlo todo por usted, a caminar a su lado en cada desafío y en cada victoria.
Carlota sonrió con pudor.
—Y cuando llegue el día de mañana en que el emperador nos ceda el trono, aceptaré con orgullo ser emperatriz… pero solo a su lado.
Porque creo en usted, porque sé que es una buena persona y porque confío en que juntos construiremos un amor digno de este imperio.
Ambos entrelazaron sus manos con firmeza y sonrieron, aún con la emoción palpitando en el aire.
El sacerdote dio un paso al frente, observándolos con solemnidad.
—Que cuando llegue el día en que porten la corona —dijo con voz profunda— nada los corrompa.
Que el poder no los separe, que el deber no apague el amor y que caminen siempre unidos.
Ámense, respétense y sosténganse mutuamente, pues solo juntos podrán cargar el peso del imperio.
Alzó entonces las manos hacia el cielo del templo.
—Que la diosa Unity bendiga esta unión, y que nuestra madre Lyra sea testigo de este juramento.
Y ahora, por el poder que me ha sido concedido por los dioses y por este imperio… pueden sellar su matrimonio con un beso.
Carlos y Carlota se inclinaron el uno hacia el otro.
Fue un beso formal, el primero como esposos.
En ese instante, el templo estalló en movimiento.
Los invitados se pusieron de pie, y un aplauso cerrado llenó cada rincón del lugar.
El emperador también se levantó, observándolos con atención mientras aplaudía, consciente de que acababa de sellarse no solo un matrimonio… sino el destino de todo el imperio.
Tras la ceremonia, las grandes puertas del templo se abrieron y la multitud fue guiada hacia el salón imperial, donde aguardaba el banquete nupcial.
El lugar había sido transformado en un espectáculo de opulencia y celebración: largos manteles de lino blanco cubrían mesas interminables, cargadas de platos exquisitos, frutas traídas de tierras lejanas, copas de cristal rebosantes de vino y candelabros dorados que iluminaban el recinto con una luz cálida y vibrante.
En el centro del salón, sobre una tarima elevada, se encontraba la mesa principal.
Allí, Carlos y Carlota fueron conducidos a sus asientos, colocados uno junto al otro, visibles para todos.
Desde ese lugar, cada mirada convergía en ellos.
Nobles, embajadores y enviados de los distintos imperios los observaban con atención, evaluando gestos, sonrisas y silencios..
Carlos mantenía una postura impecable, serena, mientras Carlota se sentaba a su lado con elegancia, sosteniendo la compostura que se esperaba de una futura emperatriz.
El banquete dio comienzo.
Criados iban y venían con platos humeantes, carnes especiadas, pescados delicadamente preparados y postres cubiertos de miel y flores comestibles.
El sonido de las copas al chocar y las conversaciones animadas llenaron el salón, mezclándose con risas y brindis dedicados a la nueva unión.
Poco después, la música comenzó a elevarse.
Instrumentos de cuerda y viento marcaron el ritmo de melodías festivas, y el espacio central del salón fue despejado para dar paso al baile.
Parejas de nobles se levantaron de sus asientos, dejando que los colores de sus vestimentas giraran bajo la luz de los candelabros.
Carlos se levantó entonces y ofreció su mano a Carlota.
Ella la aceptó con una leve sonrisa, y juntos descendieron hacia la pista.
Todas las miradas volvieron a posarse sobre ellos mientras iniciaban el primer baile como esposos.
Sus movimientos eran elegantes y ensayados hasta la perfección.
Giraban al compás de la música, reflejando la imagen de armonía que el imperio necesitaba ver.
Mientras, en uno de los rincones más apartados, lejos de la pista de baile y de las miradas curiosas, el emperador César permanecía sentado en una mesa discreta.
A su lado se encontraba la emperatriz Calista, imponente y serena, y frente a ellos, su esposo, el emperador Edrik de Arcuarza.
Desde allí observaban el centro del salón, donde Carlos y Carlota bailaban bajo la luz dorada.
Para Calista y Edrik, aquella escena era la confirmación de que el tratado se había cumplido.
Para César… era una inquietud que no dejaba de crecer.
Tamborileaba los dedos sobre la mesa, una y otra vez, sin darse cuenta.
Su mirada no era orgullosa, ni emocionada, sino tensa.
Calista lo notó de inmediato.
—¿Te encuentras bien?
—preguntó con suavidad, inclinándose hacia él—.
Te noto inquieto.
César tardó un segundo en responder.
—Estoy bien —dijo al fin—.
Solo… tengo dudas.
Edrik frunció el ceño, interesado.
—¿Dudas?
—repitió—.
¿Sobre qué exactamente?
César desvió la mirada hacia la pista de baile.
—Sobre Carlos —admitió—.
No creo que esté listo para gobernar.
Edrik soltó una breve risa, incrédula.
—¿Hablas en serio o estás bromeando?
—preguntó—.
La coronación es mañana.
Para cuando salga el sol, tu hijo y mi hija serán emperadores.
César negó lentamente con la cabeza.
—No lo será —respondió con gravedad—.
Carlos no está preparado para cargar con la corona.
No podrá llenarla.
Aún es el mismo muchacho engreído que crié… un mocoso mimado con demasiada ambición y poco juicio.
Calista apoyó una mano sobre el brazo de César, intentando tranquilizarlo.
—Es normal que estés preocupado —dijo con dulzura—.
Es tu hijo.
Pero hoy se comportó como un verdadero heredero.
Sus votos fueron correctos, su actitud intachable.
Lo hizo bien.
César apretó los labios.
—No —replicó con firmeza—.
Yo lo conozco mejor que nadie.
Bajo esa fachada sigue siendo el mismo.
Y gobernar no es actuar… es sostener un imperio sin destruirlo.
Edrik se irguió en su asiento, claramente molesto.
—¿Insinúas que quieres romper la promesa del tratado de paz?
—preguntó con dureza.
César lo miró de frente, sin bajar la voz.
—Con todo respeto, emperador —dijo—, el tratado establecía el matrimonio para asegurar prosperidad, evitar disputas y garantizar la paz entre nuestros imperios.
En ningún punto se especificaba que ambos debían gobernar inmediatamente tras la boda.
Edrik abrió la boca para responder, visiblemente irritado, pero Calista se adelantó, alzando una mano.
—Cariño, basta —dijo con calma—.
César no se equivoca.
El tratado no lo exige explícitamente.
Luego miró a César con comprensión.
—Puede que Carlos aún no esté listo.
Y si es así, no sería sabio forzarlo.
Edrik golpeó la mesa con la palma, conteniéndose.
—Es el colmo —murmuró—.
Mi hija, Carlota, fue educada desde niña para ser emperatriz.
Cada día de su vida la prepararon para este momento.
Calista sostuvo su mirada.
—Y gobernará —respondió—.
Pero cuando César decida que es el momento adecuado de dejar el cargo.
César asintió lentamente.
—Exactamente —dijo—.
No permitiré que el imperio se deshaga por orgullo o por prisas.
Si es necesario… cambiaré a mi hijo antes de entregarle la corona.
Las risas del salón siguieron resonando, ajenas a aquella conversación cargada de tensión.
Edrik respiró hondo, conteniéndose a duras penas.
Luego apoyó ambos codos sobre la mesa y habló con un tono más bajo.
—Está bien —concedió—.
Acepto que tomes precauciones.
Pero no olvides algo, César: algún día tendrás que dejar el cargo.
Y cuando eso ocurra, mi hija gobernará.
Porque Carlota nació para imperar… no solo para ser la esposa de tu mocoso mimado.
El ambiente se tensó de inmediato.
Calista frunció el ceño y se giró hacia su esposo.
—Edrik —dijo con firmeza—, contrólate.
Tomó una copa de vino y la deslizó suavemente hacia él.
—Bebe un poco.
Nada debe hacerse con prisas ni con la cabeza caliente.
César sabrá encargarse de esto.
Edrik tomó la copa, aunque sin apartar la mirada de César.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
—preguntó—.
Mañana todo estaba dispuesto para la coronación.
El imperio entero lo espera.
César respondió sin titubear.
—La pospondré.
Edrik arqueó una ceja.
—¿Posponerla?
¿Para cuándo?
¿Días?
¿Meses?
¿Años acaso?
—su voz se endureció—.
¿Pretendes que mi hija espere indefinidamente para gobernar?
—Edrik —intervino Calista, esta vez con un tono más severo—, ya basta.
¿Tanto apuro tienes porque gobierne, si este no es tu imperio?
Edrik abrió la boca, pero ella no le dio espacio.
—Será emperatriz, sí, pero cuando corresponda.
Mejor preocúpate de tus otros herederos al trono de Arcuarza, que bastante trabajo te darán.
Edrik suspiró, derrotado por el peso de su propia esposa.
—Sí, cariño… —murmuró, bajando la mirada.
César los observó a ambos con expresión grave.
—No se preocupen —dijo finalmente—.
Intentaré que esto se acelere lo más posible.
Haré todo lo que esté en mis manos para que Carlos cambie y esté a la altura.
Hizo una breve pausa.
Sus dedos dejaron de tamborilear.
—Pero si no lo hace… —añadió con voz baja, firme— lo haré cambiar por las malas.
En la distancia, la música seguía sonando y las risas llenaban el salón.
Carlos y Carlota eran celebrados, brindados y admirados.
Más tarde, cuando la noche ya había caído sobre el palacio, el murmullo del banquete comenzó a apagarse poco a poco.
El emperador César se levantó de su asiento con calma.
Tomó una copa y golpeó suavemente su borde con una cucharilla.
El sonido cristalino atravesó el salón.
Uno a uno, los invitados guardaron silencio.
Las conversaciones se apagaron, las copas quedaron suspendidas en el aire.
Carlos y Carlota, sentados en la mesa principal, alzaron la vista al mismo tiempo.
César habló.
—Queridos nobles, distinguidas damas y honorables invitados —comenzó, con una sonrisa medida—.
Es un placer inmenso haberlos tenido hoy aquí, reunidos para presenciar la unión de mi hijo, Carlos, con la encantadora princesa Carlota.
Algunos asentimientos recorrieron la sala.
—Para mí es un honor dar la bienvenida a la casa de Arcuarza como familia y como aliados —continuó—.
Que nuestras tierras, junto a las de los demás imperios aquí presentes, prosperen en paz y abundancia.
César dirigió entonces la mirada hacia Carlota.
—Debo decir que me siento orgulloso de tener una yerna tan bella, educada y digna… —hizo una breve pausa— al menos es lo mejor que puedo decir de mi hijo.
Una oleada de risas recorrió el salón.
—Pero bromas aparte —prosiguió César—, me alegra ver que mi propio hijo ha encontrado la felicidad y que esta unión, con el tiempo, nos conceda pequeños herederos.
Nuestro imperio necesita sangre nueva… y más que nada, necesita magia.
Esta alianza será, sin duda, beneficiosa para todos nuestros pueblos.
El tono de César cambió.
Apenas.
Pero lo suficiente.
—Sin embargo… El murmullo volvió, inquieto.
—He decidido que la coronación no tendrá lugar pronto.
El silencio se quebró en susurros contenidos.
Algunos invitados se miraron entre sí.
Otros fruncieron el ceño.
Carlos se quedó completamente inmóvil, como si el aire hubiese abandonado su cuerpo de golpe.
—Quiero que sepan —continuó César, imperturbable— que estoy orgulloso de esta unión.
Pero aún no estoy preparado para que ambos asuman el cargo.
Antes de entregar la corona, necesito que se ganen mi confianza… y que demuestren criterio.
Carlos apretó la mandíbula.
—Les ruego que no se molesten por esta decisión —añadió—.
Es definitiva.
Considero que estos jóvenes aún son demasiado niños para gobernar un imperio como este.
Algunos susurros de desaprobación surgieron, otros de comprensión.
—Lo digo desde la experiencia —concluyó César—.
Yo mismo me casé y goberné joven, por la ausencia de un padre que me guiara.
Pero mi hijo no está solo.
Me tiene a mí.
Y mientras yo viva, no debe cargar todavía con el peso de este hermoso imperio.
Bajó ligeramente la cabeza.
—Les pido disculpas por cualquier decepción… y agradezco su comprensión.
Durante un segundo eterno, nadie reaccionó.
Luego, lentamente, comenzaron los aplausos.
No entusiastas, no sinceros del todo, pero suficientes para llenar el salón y dar por cerrado el anuncio.
Carlos seguía helado.
Sus uñas se clavaron con fuerza en su propia pierna, hundiéndose a través de la tela, como si el dolor físico fuese la única forma de contener la rabia que le subía por el pecho.
Su respiración era controlada, su rostro inexpresivo… pero por dentro, algo se había quebrado.
Más tarde..
cuando el palacio quedó en silencio y la celebración se disolvió en pasillos vacíos, Carlos permanecía recostado sobre la cama que ahora compartiría con Carlota.
Las cortinas eran claras, las velas proyectaban sombras suaves, pero su mente estaba lejos de cualquier calma.
Estaba confundido, irritado, con el pecho ardiéndole de rabia contenida.
No lograba entender qué diantres le había pasado a su padre.
¿Había sido por Leyla?
¿Por alguna sospecha, por algún rumor que se le había escapado de las manos?
Apretó los dientes.
¿Cómo era posible que César se negara a entregarle la corona?
¿Cómo podía humillarlo así, delante de todo el imperio?
El leve sonido de la puerta lo sacó de sus pensamientos.
Carlota apareció en la habitación, ya sin los pesados ropajes ceremoniales.
Vestía un camisón blanco, ligero, sencillo, que contrastaba con el peso del día que habían vivido.
Se acercó despacio, observándolo con atención.
—¿Te ocurre algo?
—preguntó con suavidad.
Carlos bufó, girando apenas el rostro.
—No es nada.
Carlota no pareció convencida.
Caminó hasta la cama y se recostó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa al principio.
Luego, con cuidado, buscó su mano.
—Dime la verdad —insistió—.
¿Es por lo de la coronación?
Carlos cerró los ojos un instante.
—Sí —admitió al fin—.
Es por eso.
Siempre lo he esperado… y ahora mi padre lo suspende como si yo fuera un niño incapaz.
Está retrasándolo para que no llegue al poder.
Carlota lo escuchó en silencio.
—Tal vez lo hace por nuestro bien —dijo con cautela—.
Aún somos jóvenes.
Incluso mi padre estaba molesto, pero… —Todos estaban molestos —la interrumpió Carlos, con amargura—.
César está tomando la decisión equivocada.
No confía en mí.
Nunca lo ha hecho.
Carlota se incorporó un poco y lo miró de frente.
—Tu padre ha gobernado durante muchos años —respondió—.
Es sabio, Carlos.
Sabe lo que hace, incluso cuando no lo comprendemos.
Él apretó la mandíbula, pero no respondió.
—No te preocupes —continuó ella—.
Pronto llegará nuestro momento.
Gobernaremos juntos… y seremos felices.
Se acercó un poco más y, con un gesto delicado, apoyó la mano en su cuello, acariciándolo con suavidad, buscando calmarlo.
Carlos permaneció inmóvil, con la mirada perdida en el techo.
La caricia era sincera.
Las palabras, tranquilizadoras.
Pero dentro de él, la herida seguía abierta..
Carlota suspiró y apoyó la frente contra el pecho de Carlos.
—Ya no pienses en eso… —murmuró—.
Pensemos en lo hermoso que fue hoy.
La boda… tus palabras.
Fueron muy bellas.
Carlos no respondió de inmediato.
Alzó una mano y le acarició el cabello con un gesto lento, casi distraído, como si intentara calmar algo que no terminaba de ceder dentro de él.
—Tú también dijiste cosas maravillosas, Carlota —respondió al fin, con una voz más suave de lo que sentía—.
Lo hiciste muy bien.
Ella alzó el rostro, animada por ese tono, y poco a poco la distancia entre ambos comenzó a desaparecer.
Sus respiraciones se mezclaron, sus manos se buscaron sin pensarlo demasiado, hasta que sus labios se encontraron.
El beso fue profundo, intenso.
Para Carlota, estaba cargado de emoción, de pasión, de la ilusión de un comienzo real.
Lo sintió como la confirmación de que, pese a todo, algo bueno podía nacer entre ellos.
Pero para Carlos… era distinto.
Mientras la besaba, mientras sentía el calor de su cercanía, dentro de él no había ternura ni calma.
Solo furia contenida.
Humillación.
Un deseo oscuro de romper, de desquitarse, de tomar control de algo—de alguien—en una noche en la que le habían arrebatado lo que creía suyo.
Carlota se aferró a él creyendo sentir pasión compartida.
Carlos, en cambio, besaba con el corazón lleno de resentimiento.
Y de ese modo, la noche de bodas fue intensificándose lentamente, aun cuando los sentimientos que los habitaban eran muy distintos y caminaban en direcciones opuestas.
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