Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Imperio De Pasiones - Capítulo 6

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Imperio De Pasiones
  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 5 El acecho
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

6: Capítulo 5: El acecho.

6: Capítulo 5: El acecho.

La melodía de las campanas resonó por todo el palacio, marcando el inicio de la jornada.

Las sirvientas se levantaron de inmediato, pero Catalina continuó acostada, con los párpados pesados y el cuerpo entumecido por el sueño.

La noche anterior había soñado que el príncipe Carlos la observaba con una sonrisa grotesca mientras, con una sierra en mano, mutilaba sus extremidades.

Catalina se estremeció, era consciente de la crueldad de Carlos.

No perdonaba fácilmente, y ella había sido lo suficientemente imprudente como para cruzarse en su camino.

Se obligó a salir de la cama, vistiéndose con rapidez antes de dirigirse al comedor para el desayuno.

Mientras tomaba un sorbo de café, sus ojos se posaron en Leyla, caminando con Margaret a su lado.

Catalina chasqueó la lengua con fastidio.

-Esa entrometida de Margaret no la deja sola ni un instante..- pensó.

Malhumorada, decidió seguirlas.

El aire matutino estaba impregnado con el aroma del agua y el jabón cuando llego a la lavandería.

Allí, varias sirvientas ya trabajaban en silencio, restregando la ropa.

Catalina se unió a ellas, pero su expresión cansada no pasó desapercibida.

-Catalina, ¿estás bien?

Pareces un cadáver -comentó una de las sirvientas.

Catalina suspiró pesadamente.

-No dormí bien…

-murmuró-.

Anoche sentí que alguien salía de la habitación.

Lo dijo con fingida casualidad, sus ojos se desviaron brevemente hacia Leyla, quien, sin embargo, continuó lavando sin inmutarse.

Otra sirvienta, se acercó un poco más.

-Por cierto, Catalina…

Ayer el príncipe Carlos te llamó.

¿Qué quería?

Catalina sonrió con incomodidad.

-Oh, fue solo un malentendido…

Nada grave.

Margaret, que había permanecido callada, dejó escapar una carcajada sarcástica.

-¿Malentendido?

-repitió, fingiendo sorpresa-.

Déjame adivinar…

¿Te llamó a su habitación para darte una palmadita en la espalda por andar esparciendo rumores?

Catalina frunció el ceño.

-¡Yo solo digo lo que todas escuchan y ven!

Margaret dejó de frotar la ropa y se giró hacia ella con una sonrisa burlona.

-No, lo que haces es inventar mentiras porque no tienes nada mejor que hacer.

Seguro que se enfureció contigo.

Catalina apretó los dientes.

-¡Eso no es cierto!

Él fue amable conmigo.

Margaret rió con incredulidad.

-Ay, Catalina…

-se cruzó de brazos.- Eres tan patética que hasta te crees tus propias mentiras.

Leyla, que hasta entonces había permanecido callada, decidió intervenir.

-Por favor, basta.

No estamos aquí para discutir.

Margaret refunfuñó, pero acabó cediendo.

Catalina, por su parte, se volvió hacia Leyla.

-Siempre haciéndote la mosquita muerta, ¿verdad?

Actuando como si fueras mejor que las demás.

Margaret giró bruscamente y, sin previo aviso, tomó un balde de agua fría y se lo arrojó encima.

-¡Para que te enfríes un poco!

Catalina soltó un grito ahogado cuando el agua helada empapó su ropa y su cabello.

Sus manos temblaron de furia antes de lanzarse sobre Margaret, aferrándola por el cabello.

-¡Maldita…!

-exclamó margaret.

Las dos rodaron por el suelo forcejeando, tirándose del cabello y arañándose.

Las demás sirvientas intentaron separarlas, pero ninguna de las dos cedía.

-¡Eres una víbora!

-espetó Catalina, con el rostro rojo de ira.

Margaret logró zafarse y la empujó con fuerza, respirando agitadamente.

-¿Y tú qué eres?

¿De verdad crees que eres mejor que las demás solo por esparcir mentiras?

Eres patética.

Catalina abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras.

Finalmente bufó de enojo antes de marcharse, empapada y humillada.

Minutos después…

Catalina llegó a palacio y subió las escaleras con prisa, su único pensamiento era llegar a la habitación para cambiarse y escapar de la vergüenza.

Al llegar al final de las escaleras, se encontró de frente con Carlos, quien bajaba por ellas con una sonrisa burlona.

Al verla empapada, no pudo evitar soltar una carcajada.

-¿Qué es esto, Catalina?

-preguntó entre risas-.

¿Te caíste al río?

Catalina logró responder con la cabeza agachada.

-Margaret…

me empapó con agua por una tonta discusión -murmuró.

Carlos no pudo evitar reír.

Luego cambio de tema, sin dejar de sonreír.

-Pero hablemos de algo más interesante.

¿Cómo te fue anoche siguiendo a Leyla?

Catalina se sintió incapaz de mentir, pero la vergüenza la hizo tartamudear.

-No…

no pude ver a dónde iba -respondió, avergonzada-.

La seguí, pero estaba muy oscuro y ella se movía muy rápido.

Carlos frunció el ceño y su mirada se endureció.

-¿Eres tan inútil que no pudiste seguirle el paso?

-le espetó-.

Si vuelves a fallar, te cortaré la cabeza.

Catalina tragó saliva, asintió rápidamente, sin atreverse a decir nada más.

Carlos la observó fijamente, su rostro tan cercano al suyo que ella sintió su aliento.

-Sabes lo patética que eres, ¿verdad?

-le dijo con una sonrisa fría.

Catalina, herida por sus palabras, no pudo evitar responder.

-Sí…

Margaret me lo recordó en nuestra discusión.

Carlos se rió, luego, sin previo aviso, le apretó el cuello con su mano, la presión suficiente para que Catalina se sintiera vulnerable.

-Vas a espiar a Leyla hoy -ordenó con voz autoritaria-.

Quiero saber cada movimiento que haga, con quién habla.

Y no quiero fallos.

Catalina asintió, no se atrevió a contradecirlo, solo deseaba que él la soltara.

Carlos la observó un momento más, luego la dejó ir y comenzó a bajar las escaleras.

Catalina, temblando, continuó subiendo las escaleras con rapidez.

Llegó a la habitación, se cambió de ropa rápidamente, se secó el cabello y, con manos temblorosas, lo recogió en un moño alto.

Estaba lista para cumplir con la orden de Carlos.

Más tarde en el jardín imperial…

Más tarde, Catalina decidió ir al jardín, con la excusa de regar las plantas.

Desde lejos, vio a Leyla y Margaret trabajando juntas, y aprovechó para observarlas sin ser notada.

No pasó mucho tiempo antes de que Eduard se acercara.

Catalina, que estaba a una distancia prudente, se quedó quieta, escuchando en silencio lo que sucedía.

Este se acercó a Leyla y Margaret con andar despreocupado y una sonrisa en el rostro.

-Qué día tan bonito -comentó -.

Aunque no tanto como ustedes dos.

Leyla sintió un ligero sobresalto.

Miró alrededor antes de responder con voz baja: —No deberías acercarte mucho —susurró—.

Hay ojos en todas partes.

Eduard asintió, pero no se alejó del todo.

Se acercó solo un paso más, lo suficiente para que nadie oyera salvo ellas.

—Lo sé —dijo con un tono más apagado—.

Pero quería asegurarme de que estaban bien.

Margaret cruzó los brazos y bajó aún más la voz: —Si te quedas aquí mucho rato, los chismes van a arder como el horno de Beth.

Eduard esbozó una sonrisa pequeña, rápida, sin brillo.

—Lo último que necesitamos… —dijo en un murmullo— es que digan algo nuevo.

Leyla bajó la mirada, inquieta.

—Entonces ve —susurró—.

Antes de que alguien aparezca.

Eduard respiró hondo.

Su mirada pasó un instante por el rostro de Leyla, luego por el de Margaret.

—Está bien… —dijo, dando un paso atrás—.

Solo… cuídense.

Catalina, que había estado escuchando desde su escondite, observó todo con atención.

-¿Viste eso?

-murmuró una voz a su lado.

Catalina giró levemente la cabeza y vio a Sofía, otra sirvienta, quien se había acercado con discreción.

-Sí, lo vi -respondió Catalina, con los ojos aún fijos en Leyla y Margaret.

Sofía cruzó los brazos y susurró: -Siempre he pensado que Leyla y el príncipe Eduard tienen algo más que una simple amistad.

Catalina soltó una pequeña risa.

-Yo también lo he pensado.

Su cercanía es demasiado sospechosa.

Sofía hizo un gesto con las manos, como queriendo aclarar algo.

-No es que quiera ser chismosa ni nada…

pero, si de verdad hay algo entre ellos, eso podría traer problemas.

Catalina sonrió con malicia.

-Tal vez.

Aunque si se llegara a saber, ¿quién crees que cargaría con toda la culpa?

Sofía hizo una mueca de duda.

-Probablemente Leyla…

Ya sabes cómo son estas cosas.

Luego, Sofía bajó un poco la voz y añadió: -Leyla parece una buena chica, pero sería una lástima si terminara siendo una zorra que busca meterse con el príncipe.

Catalina asintió, aunque no comentó nada más al respecto.

-Bueno, debo irme -dijo con tono ligero.

Se despidió de Sofía y centró su atención en Leyla y Margaret, quienes ya estaban terminando su labor.

Cuando comenzaron a alejarse del jardín, Catalina, sin hacer ruido, empezó a seguirlas con paso lento.

Sofía la observó, con el ceño levemente fruncido, notando su actitud sospechosa.

Sin embargo, decidió no decir nada y se limitó a seguir con su trabajo.

Minutos después…

En la cocina, Leyla y Margaret se dedicaban a lavar los platos, rodeadas del sonido del agua corriendo y el tintineo de la loza.

Pocos minutos después, Catalina llegó y las observó en su tarea.

Sin embargo, la entrada de Catalina interrumpió la rutina.

Margaret la notó de inmediato y entrecerró los ojos con desconfianza.

-¿Vienes por más problemas?

-preguntó con un tono cortante.

Catalina habló aparentando estar tranquila.

-Para nada, solo vine por un poco de pan.

Leyla, le dirigió una mirada a Margaret.

-Por favor, no le hagas caso, Margaret.

Catalina aprovechó para provocarla.

-Escucha a tu novia, Margaret.

Margaret se tensó de inmediato, y sin pensarlo, alzó la mano con la intención de abofetearla.

Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Leyla la sujetó con firmeza.

-No, Margaret.

Ya no quiero que te metas en problemas por cosas así -dijo Leyla con voz calmada .

– Deja las cosas como están.

Luego, se volvió hacia Catalina, mirándola con desaprobación.

-Deja de provocarla, Catalina.

Nosotras solo estamos trabajando.

Catalina fingió una expresión inocente.

-Está bien, yo solo quiero un pedazo de pan.

Sin más, pasó junto a ellas y se dirigió a la mesa, donde tomó un trozo de pan y comenzó a comer con tranquilidad.

Mientras tanto, Leyla y Margaret siguieron con su tarea, lavando la loza.

Desde lejos, Catalina las observaba de reojo, sentada, mientras mordía su pan con lentitud.

En voz baja, Margaret le susurró a Leyla: -No te parece raro que, a donde quiera que vamos, esté Catalina.

Leyla negó con la cabeza.

-No te preocupes.

Solo nos la hemos topado dos veces.

Margaret insistió, con un tono más bajo.

-¿Y si nos ha seguido más veces?

Leyla suspiró y continuó fregando los platos.

-No lo creo.

Sería extraño.

Además, ¿qué ganaría con eso?

Margaret suspiró y dejó el tema por el momento, aunque su incomodidad no desapareció del todo.

Mientras tanto, Catalina terminó su pan y se puso de pie.

Con calma, comenzó a marcharse de la cocina, pero antes de salir, lanzó una última mirada de reojo a Leyla.

Leyla notó el gesto, pero decidió no darle importancia y siguió con su trabajo.

Más tarde, Catalina caminaba, observando cómo algunas sirvientas barrían y limpiaban alfombras.

Mientras avanzaba, sus pensamientos la llevaron a reflexionar sobre el príncipe Carlos.

Cuando llegó al palacio para trabajar, lo encontró atractivo.

Su actitud coqueta con algunas sirvientas le pareció encantadora al principio, pero pronto escuchó rumores.

Se decía que, cuando se enojaba, rompía cosas en su habitación o castigaba brutalmente a las sirvientas que cometían errores o se negaban a obedecerlo.

En algunos casos, incluso llegaba a los latigazos.

Todos sabían que su afición era la caza.

Pero Catalina había oído que su gusto por la tortura no se limitaba solo a los animales.

Esa idea la aterraba.

Tal vez por eso reaccionó tan mal el otro día cuando la llamaron a su habitación.

Solo de recordarlo, un escalofrío recorrió su espalda.

De pronto, una voz la sacó de sus pensamientos.

-¡Catalina!

Era una de las sirvientas, que se le acercaba apresurada.

-Por favor, ayúdame a sacudir estas alfombras.

Hay demasiado polvo y no puedo hacerlo sola.

Catalina la miró con desdén.

-No es mi tarea de hoy -respondió con frialdad.

-Lo sé, pero si me ayudas terminaré más rápido.

-No veo cómo eso es mi problema -dijo Catalina, cruzándose de brazos-.

Si no puedes hacerlo sola, busca a otra.

-No hay nadie más disponible…

-insistió la sirvienta -.

Solo te tomará unos minutos.

Catalina suspiró, fingiendo cansancio.

-Mira, estoy cansada, yo también tengo cosas que hacer.

-Catalina, por favor.

Sabes que si no termino a tiempo, me castigarán.

-Pues entonces apúrate -respondió Catalina con indiferencia-.

O tal vez deberías aprender a hacer tu trabajo más rápido.

La sirvienta frunció el ceño.

-¿De verdad eres tan egoísta?

Catalina le dedicó una sonrisa burlona.

-No soy egoísta, solo sé poner mis prioridades en orden.

Y ayudarte no está entre ellas.

La sirvienta la miró mientras Catalina se alejaba con aire despreocupado.

Antes de volver a su tarea, murmuró con desprecio: -Qué mala es..

Mientras…

Mientras tanto, Leyla y Margaret terminaban de secarse las manos tras haber lavado la loza.

Sentían alivio, hasta que la puerta de la cocina se abrió de golpe.

La cocinera Beth entró con una sonrisa burlona, seguida por otra sirvienta que cargaba una pila de platos sucios.

-Vaya, qué suerte la suya -dijo Beth con tono mordaz, dejando caer los platos-.

Justo cuando creían que podían descansar…

Margaret cerró los ojos un momento, tratando de contener su molestia.

-Nosotras ya terminamos -dijo.

-¿Y qué pasa con eso?

-respondió beth, cruzándose de brazos.

Margaret la miró, molesta.

-Esto lo hiciste a propósito.

Solo querías fastidiarnos.

La cocinera sonrió.

-¿Y qué si lo hice?

Son sirvientas, es su deber.

Margaret sintió un ardor subirle al rostro.

-Mire, cerda- -¡Margaret!

-intervino Leyla, tratando de calmarla.

Pero Margaret no le hizo caso y dio un paso adelante.

-No nos trates como basura.

Tú no eres más que una cocinera mediocre que se siente con derecho a mandar porque nadie más la soporta.

Beth alzó una ceja y soltó una carcajada sarcástica.

-¿Y tú qué?

¿Te crees valiente porque gritas?

No eres más que una mocosa rebelde que debería aprender su lugar.

Margaret apretó los puños.

-¿Quieres que aprenda mi lugar?

-levantó el brazo dispuesta a darle un golpe.

Pero antes de que pudiera hacerlo, Leyla se interpuso y sujetó su brazo con ambas manos.

-No vale la pena, Margaret.

No lo hagas.

Beth, cruzó los brazos y las miró con burla.

-Qué conmovedor, Leyla salvando a su amiga como siempre.

Luego, con una sonrisa de satisfacción, se giró y comenzó a dar órdenes a otras sirvientas.

Margaret soltó un suspiro, tratando de calmarse.

-Algún día, Leyla…

Algún día la mataré…

-Por favor, Margaret, no pienses en eso -dijo Leyla, intentando calmarla.

-Es solo que me molesta -respondió Margaret, irritada.

-Es mejor que sigamos lavando la loza -sugirió intentando desviar la conversación.

-Está bien -dijo Margaret.

Pasaron algunos minutos en silencio, hasta que Margaret lo rompió: -Leyla, ¿cómo haces para estar tan tranquila?

La gente te dice cosas, inventan chismes a tus espaldas, y tú simplemente sigues con tu vida.

Leyla la miró por un momento antes de responder: -La verdad, no lo sé.

Solo no les doy importancia.

No es que no me importe, es solo que no quiero meterme en problemas.

Margaret, mientras fregaba los platos, comentó pensativa: -Te entiendo, pero yo no soy así.

No puedo permitir que me dañen, necesito defenderme.

-Y eso está bien -respondió Leyla.

-Yo peleo porque no me gusta que hablen mal de ti, ni de mí.

Quiero respeto, Leyla.

-Lo sé -dijo Leyla-, pero es mejor mantenernos lejos de los problemas, Margaret.

Margaret suspiró, frotando un plato con más fuerza.

Finalmente, dijo: -Está bien, tienes razón.

Mientras, Catalina..

Mientras tanto Catalina esperaba en el pasillo, mirando hacia los baños del servicio, esperando ver llegar a Leyla y Margaret después de haber terminado con la loza.

Sin embargo, se estaban demorando más de lo que pensaba.

Una sirvienta se acercó a ella.

-Catalina, ¿puedes encargarte de los retretes?

-dijo con tono tranquilo, señalando los baños-.

Leyla y Margaret aún no han llegado.

Catalina frunció el ceño.

-¿Yo?

No me toca a mí, es trabajo de leyla y margaret respondió, mirando hacia los baños con desdén.

-Lo sé, pero ellas no estan aquí, y si no lo haces tú ahora, va a ser peor después.

Es mejor hacerlo ya, y así no te metes en problemas.

Catalina bufó con fastidio.

-No me importa.

Mejor vete y deja de molestarme.

La sirvienta, sin inmutarse, cruzó los brazos.

-Es tu obligación -insistió -.

Si te niegas, recibirás un castigo peor.

-Está bien, lo haré…

-murmuró, con malestar, mientras comenzaba a caminar hacia los baños.

Mientras restregaba un inodoro, murmuraba para sí misma.

-Todo esto es culpa de Leyla…

-refunfuñó, golpeando el trapo -.

¡Esto es absurdo!

Ella debería estar aquí, no yo.

Catalina pasó un buen rato refunfuñando mientras fregaba los retretes.

Unos minutos después, Leyla y Margaret entraron y encontraron a Catalina agachada, limpiando un retrete con una expresión de puro asco.

-Lo siento…

No quería que terminaras haciendo mi tarea -dijo Leyla.

Margaret frunció el ceño.

-No te disculpes con ella -le advirtió.

Catalina se puso de pie de golpe.

-¡Por supuesto que debe disculparse!

¿No ven lo que estoy haciendo?

-exclamó, señalando el retrete con indignación-.

Por su culpa tuve que meter las manos en estas porquerías.

Margaret rodó los ojos y respondió: -Si tanto te molesta, lo mejor es que te vayas.

Catalina resopló, antes de marcharse, sacando la lengua en un gesto infantil.

Cuando desapareció de su vista, Margaret suspiró.

-Es como una niña malcriada.

Leyla asintió.

-Es mejor que sigamos, Margaret.

Margaret asintió y ambas pasaron un largo rato limpiando.

Llegada la noche…

Llegó la noche, y la servidumbre finalmente podía descansar.

Las sirvientas se dirigieron a sus habitaciones, en total eran cien, distribuidas en grupos de veinte por cada cuarto.

Leyla y Margaret ya estaban en la habitación, murmurando una oración a la diosa Felicity, pidiendo que al día siguiente fuera mejor y que les trajera suerte.

Catalina entró en la habitación, deseando poder descansar de inmediato.

Al ver a Leyla y Margaret rezando, las ignoró por completo, sin prestarles atención.

Su mente estaba centrada en cómo mantenerse despierta para poder seguir a Leyla durante la noche y averiguar a dónde se dirigía siempre.

Poco a poco, las sirvientas se acomodaron y comenzaron a dormir.

Catalina, fingiendo estar dormida, se recostó.

Margaret le deseó las buenas noches a Leyla y luego se quedó dormida.

Leyla, también fingiendo dormir, permaneció en silencio.

Al cabo de una hora, todas estaban profundamente dormidas.

Dos horas después, Catalina ya sentía el sueño apoderándose de ella cuando escuchó un leve movimiento.

Abrió los ojos y vio a Leyla levantándose con sigilo.

Con rapidez, Catalina se levanto sin hacer ruido y la siguió.

Esta vez, estaba decidida a no perderla de vista.

Sabia que si fallaba, la reacción de Carlos no sería nada buena.

Leyla caminaba rápido, pero Catalina logró seguirle el paso sin ser descubierta.

Se detuvo abruptamente cuando vio que la joven atravesaba un matorral.

Frunció el ceño, desconcertada.

¿Qué demonios?

Pensó que al otro lado no habría nada, o que Leyla se dirigiría al bosque, pero no.

Cuando Catalina se acercó y apartó algunas ramas, sus ojos se abrieron con sorpresa.

Frente a ella se extendía un jardín en mal estado, lleno de flores y plantas silvestres, a pesar de estar descuidadas, daban un aire misterioso y hermoso al lugar.

¿Desde cuándo existe esto aquí?

A lo lejos, divisó dos sombras y se apresuró a esconderse detrás de unos arbustos.

Maldijo en su mente al sentir las espinas clavarse en su piel, pero se mantuvo inmóvil.

Poco a poco, se acercó hasta ocultarse detrás de un árbol.

La luz de la luna iluminó el jardín y, de inmediato, Catalina reconoció a Leyla y Eduard, sentados en un banco de piedra, tomados de la mano.

Así que mis rumores eran ciertos, pensó.

Apretó los labios mientras observaba en silencio.

-¿Y cómo estuvo tu día?

-preguntó Eduard, acariciando suavemente la mano de Leyla.

-Algo agotador…

y molesto -respondió ella con un suspiro.

-Déjame adivinar.

Catalina.

-¿Quién más?

-bufó Leyla-.

Fue insoportable.

Siempre lo es, pero hoy…

hoy fue peor.

No hacía más que provocar y buscar problemas.

Catalina sintió un ligero tic en su ojo.

¿Insoportable?

¿Problemas?

¡Mira quién habla!

-No le hagas caso -dijo Eduard con tono despreocupado-.

Solo es una amargada.

No soporta ver a los demás felices.

-Lo sé, pero hoy Margaret dijo algo que me dejó pensando.

-¿Qué cosa?

-Que parecía estar en todos lados.

Eduard frunció el ceño.

-¿Cómo así?

-No lo sé…

Tal vez es una tontería, pero sentí que me vigilaba todo el día.

-No te preocupes -dijo Eduard con calma-.

Tienen las mismas tareas, es normal que se crucen a cada rato.

Además, duermen en la misma habitación.

-Tienes razón -dijo Leyla-.

No vale la pena pensar en ella.

-Si yo estuviera en tu lugar, ya le habría dado un puñetazo en la cara -comentó Eduard con una sonrisa burlona-.

Leyla rió suavemente.

-Eres un tonto, Eduard.

Sabes que yo no haría eso.

-Lo sé -admitió él-.

Eres demasiado dulce para eso…

pero me gusta que seas así.

Nunca cambies.

Leyla lo miró con ternura y se acercó a él.

-No siempre te lo digo, pero te amo.

Eduard le sonrió, entrelazando sus dedos con los de ella.

-Yo también te amo.

Con todo mi ser y corazón.

Leyla se inclinó hacia él y lo besó.

Eduard correspondió el beso con dulzura.

Catalina, aún oculta, observó todo con satisfacción.

-Insoportable, ¿eh?

Ya verás quién es la insoportable cuando Carlos se entere de esto.

Catalina permanecía oculta tras el árbol, observando en silencio.

Desde su escondite, veía a Leyla y Eduard conversando animadamente.

Leyla le contaba cómo, aquella mañana, Margaret y Catalina se habían enfrentado, llegando incluso a tirarse del cabello.

Eduard se echó a reír, pero a lo lejos, Catalina no le encontraba ninguna gracia.

Leyla, buscando cambiar de tema, se quedó pensativa unos segundos antes de hablar.

-Sé que es un asunto delicado y por eso no te lo he preguntado antes, pero…

¿cómo está Yael?

Eduard dejó de sonreír y su expresión se tornó seria.

Yael, su lacayo y amigo más cercano, había tenido que regresar a su tierra natal, el Imperio Orinzuly, para cuidar de su madre enferma.

Eso había ocurrido hacía tres meses.

-¿Cómo puedes marcharte ahora?

-le había reprochado Eduard aquel día-.

Sabes que no tengo a nadie más.

-Tienes a Leyla -dijo Yael con calma.

Eduard bajó la mirada, frustrado.

-Lo sé -admitió-, pero aun así…

eres mi lacayo, la persona en quien más confío.

Y ahora me estás abandonando.

Yael suspiró, manteniendo la compostura.

-No te estoy abandonando, Eduard.

Pero como hijo, tengo una responsabilidad.

Debo cuidar de mi madre, velar por su salud.

Eso es algo que, por mucho que lo intentes, tú no puedes entender.

Eduard permaneció en silencio.

-Lo siento, no quise decir eso, su alteza -murmuró Yael, arrepentido.

Eduard suspiró.

-No te preocupes…

Haz lo que debas hacer-dijo en voz baja-.

Pero prométeme que escribirás.

Y prométeme que volverás.

Yael lo miró en silencio por un momento, finalmente, asintió con firmeza.

-Lo prometo, alteza.

Suspirando, Eduard miró a Leyla con cierta melancolía.

-No he tenido noticias suyas -admitió-.

Espero que esté bien…

-¿Acaso ya no te ha escrito?

-preguntó Leyla.

Eduard asintió con un dejo de tristeza.

-No he recibido ninguna carta suya en semanas.

A veces pienso que algo malo le ocurrió…

o que simplemente se olvidó de mí.

Leyla le acarició el rostro con ternura.

-No digas eso, Eduard.

Sabes que él te es leal.

Tal vez esté de luto…

o simplemente no puede responder.

Eduard suspiró, sintiendo el peso de la ausencia.

-Yael ha sido mi único amigo, Leyla.

Bueno…

aparte de ti.

Lo conozco desde hace cinco años, y siempre ha estado a mi lado.

Pero ahora…

no sé qué está pasando.

-No te preocupes, Eduard.

Entiendo por lo que está pasando Yael.

Cuando mi madre enfermó de púrpurea, me desesperé…

ya sabes que la cuidé durante semanas.

Eduard le acarició la mano con ternura.

-Lo sé…

pasaste por un momento muy difícil.

No dejabas de llorar…

Me dolía verte así, con esos hermosos ojos enrojecidos por las lágrimas.

Leyla esbozó una leve sonrisa melancólica.

-Tal vez Yael esté viviendo lo mismo.

¿Recuerdas cuando yo apenas hablaba por la tristeza?

Quizás por eso ha dejado de escribir.

Eduard la observó en silencio por un instante antes de asentir.

-No lo había pensado así…

Leyla le sonrió con dulzura y le dijo: -Debes tener paciencia, solo queda esperar.

Eduard asintió en silencio, observando sus manos antes de acariciarlas con suavidad.

-¿Por qué será…

que la mayoría de los ancianos enferman de púrpurea?

-murmuró, pensativo.

Leyla suspiró.

-No lo sé…

Es una enfermedad que ataca la piel y simplemente…

mata.

Eduard le acarició el mentón con delicadeza, buscando reconfortarla.

-No tengas pena, Leyla.

Ella sostuvo su mirada y esbozó una pequeña sonrisa.

-Lo sé…

Tú eres mi único consuelo, Eduard.

Eduard se acercó lentamente, mirándola a los ojos antes de inclinarse y depositar un beso en sus labios.

Desde su escondite, Catalina observaba la escena con una sonrisa maliciosa.

Contuvo una risa, imaginando la reacción de Carlos al descubrir que estos dos se encontraban en secreto.

Leyla y Eduard continuaron conversando bajo la luz de la luna, disfrutando.

Sin embargo, cuando Leyla alzó la vista al cielo, notó lo alto que estaba la luna y suspiró.

-Es mejor que regresemos al palacio.

Eduard exhaló con resignación antes de asentir.

-Tienes razón…

Será mejor volver.

Con delicadeza, tomó su mano, y juntos comenzaron a caminar de regreso.

Sin que ellos lo supieran, Catalina los seguía, ocultándose en la oscuridad.

Al llegar a un punto seguro, Eduard se detuvo y miró a Leyla con ternura.

-Hasta pronto…

-murmuró Eduard, antes de un último beso.

Luego, se separaron, tomando caminos distintos.

Leyla avanzó con sigilo, asegurándose de no ser vista por los guardias mientras regresaba a su habitación.

Catalina, la seguía de cerca.

Una vez dentro de la habitación, Leyla se deslizó bajo las sábanas y, agotada, cerró los ojos, quedándose dormida en cuestión de minutos.

Poco después, Catalina entró con cuidado, echando un vistazo para asegurarse de que todas dormían.

Caminó en puntillas hasta su cama y se dejó caer sobre el colchón.

Estaba agotada, pero su rostro estaba marcado por una sonrisa maliciosa.

Poco a poco, su mirada se perdió en el techo hasta que, finalmente, el sueño la venció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo